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Fotografía por Cristian Foerster

Los pollitos dicen

De las artes la música es de la que me siento más alejado. En mi casa no habían instrumentos, salvo un kultrung y una corneta que nadie tocaba. O quizás si, algún curado durante los carretes que celebraban mis viejos y que observaba por los barrotes de la escalera que daba al segundo piso donde dormía. Recuerdo esa escalera de madera y sus crujidos cuando alguien subía por ella y nos despertaba. También recuerdo el libro El odio a la música de Pascual Quignard, su título más no sus argumentos e imágenes irreproducibles. Algo oigo, la música, el sonido o el ruido son ondas que nos envuelven y tocan aunque no lo queramos. Están ahí como el aire o los latidos del corazón. Nos constituyen. Intento preguntarme cuál sería la banda sonora de mi vida, pero  al tiro se vienen encima los murmullos de la calle Los Aliaga y las lecciones de piano para oligofrénicos de mi vecina. No puede ser que la única canción que enseñe sea Los pollitos dicen. Imagínense 8 horas diarias escuchando esa canción. Nada más alejado de la pianista de Jelinek y su adaptación al cine de manos de Haneke. El ritmo incansable de esa canción -que más encima era la única que me sabía en flauta en el colegio- a veces se transforma en gusanos que hacen túneles en mi mente. Ellos me obligan a tararearla mientras cocino o hago el aseo. Lo que hago para sobrellevar esto es cambiarle la letra para que se acomode mejor a la situación de turno. En lugar de los pollitos dicen, pío, pío, pío, el huevito frito, rico, rico, rico. Etc. Así es la música durante la cuarentena para mi, un largo etc de elementos sensibles con los que debo lidiar ahora, que ya no es posible escuchar tu banda favorita -los Arcade Fire en ese momento, el álbum The Suburbs- durante las mañanas frías mientras caminabas cuadras bajo un sol otoñal para tomar la micro. Las hojas amarillas cubrían tus pasos y los sepultaban al ritmo del tema que abrazaban tus oídos. Eras feliz en ese momento y no lo sabías hasta ahora, que solo te queda escuchar el chirrido de las teclas de un piano azotado por las manos de un niño sin orejas, me digo. Pero esto no quiere decir que no sea feliz ahora con la música que escucho. Por ejemplo recién aprendí a oír (gracias al youtuber español Shauntrack debo confesar) Las Alturas de Machu Picchu de Los Jaivas, que muchos amigos encuentran mejor que el libro de Neruda. Yo no sabía que decir, solo me encogía de hombros o guardaba silencio. Pero ahora me siento tentado a coincidir con ellos. El disco recalca o enfatiza el ímpetu de la letra, la interpreta de tal modo que palpamos su misticismo y solemnidad, su arrebato cósmico andino. No soy un águila sideral ni un domador de guanacos tutelares, solo soy una persona que se detiene a admirar esa médula, esa guadaña que nos corta en dos, que nos respira por nuestros huesos y piel, esa vibración que aunque no la oigamos ni comprendamos nos remite al primer estallido del universo. O al pío pío de la vecina. 

 

Cristian Rolf Foerster Montecino (1988). Magister en Arte, mención Teoría e Historia del Arte y Diplomado en Gestión Cultural, ambos de la Universidad de Chile. Licenciado en Letras, mención Literatura Hispanoamericana, de la PUC. Ha publicado Ruido Blanco (Cuneta, 2013) y Balada (Libros del Pez Espiral, 2019). Actualmente cursa el Doctorado en Literatura de la PUC y es secretario de la Fundación Rectángulos de Agua. Patrimonio, Arte y Cultura.