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Es mejor quemarse que apagarse lentamente

Angra pisaba suelo nacional y yo, siendo un cabro soñador y fanático, compré mi entrada con plata que no tenía y aseguré mi puesto. La noche anterior al concierto, celebramos el cumpleaños de un amigo muy religioso, y pasamos en banda tomando cerveza y fumando porros. Escuchamos toda la noche el disco que venían promocionando: Rebirth. Renacimiento. Fuimos los parias escogidos de forma unánime. Hicimos una fiesta aparte. Los demás invitados, igual de creyentes en la santísima trinidad y el flaco INRI, estaban escandalizados con la barbarie y la desvergüenza de los adoradores de satanás. Se iban porque la música era mono temática y aburría a cualquiera escuchar los mismos temas más de dos veces seguidas. Antes de irnos por la puerta chica y con miradas agrias de los dueños de casa, vaciamos la cocina y la despensa comiendo panes con mayo Click y vienesas crudas. Sabíamos que se nos venía un día largo y no teníamos plata para nada. Había que echar mano a la generosidad de la familia Flanders. Tomamos la micro en la plaza de Quilicura a eso de las 6:20 de la mañana un día sábado. Llevábamos las entradas a la vista, como si eso fuera carta de salvación de los cogoteros que siempre andan por ahí a esas horas. La gente iba a sus trabajos y nosotros recién apagando el último pucho arrugado que nos quedaba. Señoras bañadas, hombres con olor a colonia Flaño y el chofer que nos llevó de malas pulgas por quinientos pesos. En esos tiempos la tarjeta Bip era un artefacto del imaginario de Blade Runner. Nos fuimos tomando unas latas de chela que fondeamos a medianoche. Las reservamos, para ser más precisos con el lenguaje, y cruzamos la ciudad hasta Manuel Montt con Providencia. Corrimos desde la bajada de la micro hasta la entrada del Teatro Providencia. Fuimos los primeros en llegar con nuestras entradas aún en la mano, blandengues de sudor a esas alturas. Ni siquiera el guardia del lugar estaba. Era un hecho que seríamos los primeros en entrar y, de puro contentos, nos pusimos a bailar y corear canciones en un inglés tan charcha como apasionado. Era la demostración de felicidad más honesta de la hinchada local. Después de eso, caímos dormidos en un sueño pesado y brutal. Despertamos a eso de las 11 de la mañana con el sol machacándonos la testa. Sed. Hambre. Calor. Sudor en la raja. Sin ducharnos y la caña más mala de la historia, pero felices. Los niños nos esquivaban tomados de la mano de su mamá horrorizada. ¿Quiénes serían esos chascones de poleras con calaveras y ángeles? Sacrílegos inmorales hediondos a cantina periférica. 

A eso de las 14:00, recién llegó el guardia del teatro. Traía una bolsa con un churrasco caliente para almorzar. Me dolió el estómago de la envidia. Tenía una actitud de funcionario marca tarjetas. ¿Qué iba a saber de Angra ese? Le preguntamos si podíamos pasar al baño y ni nos miró. Meamos el árbol que estaba afuera del Teatro Providencia. Actualmente Nescafé de las artes. Siempre se me ha escapado la estofa clasista. No es lo mismo mear el forestal, que mearles las veredas a los, en ese tiempo, regalones del Labbé. Litros de pichí amarillo regaron el arbolito. En eso llegó Pablo. Un cabro chico que tenía no más de trece años y sabía más de música que yo y mi amigo juntos. Era una especie de Alfredo Lewin. Además, manejaba un inglés perfecto. Le preguntamos respetuosamente si le podíamos decir Pablito. Accedió gustoso. Nos contó que el papá de Bruce Springsteen fue veterano de la segunda guerra mudial (en realidad yo me enteré que existía alguien con ese nombre), nos dio su teoría de por qué Sepultura había nombrado Roots a su álbum, y nos recitó un fragmento de la carta que dejó Kurt Cobain antes de suicidarse: “Soy una criatura voluble y lunática. Se me ha acabado la pasión, y recordad que es mejor quemarse que apagarse lentamente.” Así, escuchando anécdotas del rock mundial, se nos pasó la tarde con nuevo amigo y un recital inolvidable que era inminente.

Al abrir las puertas corrimos desaforados y agarramos el centro del escenario, encaramados en las vallas papales. La primera fila era nuestra. Salieron a tocar por dos horas. Con mi amigo y Pablito sabíamos de memoria las canciones del disco. Los integrantes de la banda nos miraban asombrados, si el disco había salido hace poco más de una semana y nosotros lo coreamos como si fuese el disco de cabecera por décadas. Al terminar, el baterista, Aquiles Priester, se acerca al borde y me regala las baquetas. A mi amigo, Kiko Loureiro le regaló su uñeta. Yo en ese tiempo era batero y mi amigo guitarrista. Demasiada coincidencia. Demasiada magia en esa memorable noche. Una vez fuera, sin caña y sin voz, no volvimos a encontrar a Pablito. Estaba triste. Tenía la mirada del perro apaleado. Nos confesó que él también era guitarrista, pero que no había podido conservar la uñeta que agarró del suelo, porque un grandote se la había arrebatado por la fuerza. Con lágrimas en los ojos pidió ver de cerca la de mi amigo. En honor a la amistad genuina que se había formado en la fila, se la pasó. Pablito la miró y en un arranque de ardilla furiosa salió corriendo a toda velocidad en dirección a Andrés Bello. Nosotros corrimos fuerte atrás de Pablito, que además de saber mucho de música, era muy rápido. Un virtuoso en muchos aspectos. Mi amigo era atleta del colegio y lo llevaba pillado. A menos de dos metros. Cuando Pablito quiso hacen una finta y regresar, lo agarramos y lo bajamos de un zapatazo en el hocico. Un par de combos y le abrimos la mano en que tenía empuñada la uñeta. Mi amigo le preguntaba ¿Por qué? ¿Por qué me hiciste pegarte? Pablito sangraba y pedía que se la regaláramos por favor. La respuesta era un no rotundo. Mi amigo tomó su uñeta y caminamos en dirección al poniente, jadeantes y tristes de perder a Pablo. Se había acabado espacio para el diminutivo. Cuando íbamos un poco avanzados nos gritó: “Es mejor quemarse que apagarse lentamente”. Lo vimos perderse dando manotazos al aire y agarrándose la cabeza. 

Cerca de la plaza de la aviación, volvimos a mear, esta vez los emblemas patrios. Siempre se me escapa la estofa rebelde. Ya con la vejiga vaciada, nos fuimos caminando con el frescor de la noche hasta Santa Rosa con la Alameda. Nos reímos de Pablo, y el viento nos enfriaba la transpiración. Caminamos felices y mudos. La única forma de comunicarse fue repasando las canciones que acabábamos de escuchar, cantadas con el mismo inglés charcha, pero esta vez yo con mi batería imaginaria y mi amigo haciendo los mejores riffs de la historia. 

 

Vicente Larenas Añasco. 1983. Dramaturgo, director y actor de teatro. Fundador de la compañía Caldo con Enjundia teatro-Chile. Colaborador en Revista Lecturas.