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Fotografía por Emiliano Valenzuela

Evolución musical

De quinceañero vivía pegado al personal, atravesaba la ciudad en micros amarillas escuchando diversas bandas como una manera de no pertenecer (o de negar) al mundo que me rodeaba. Tenía dieciocho años, estudiaba algo que no me gustaba, vivía con mis papás, es decir, no estaba cómodo con el entorno. Es raro que bandas que ya no escucho me hayan acompañado todo ese tiempo y ahora no me interesen. Salvo en minutos de melancolía -en general acompañada por viejos amigos- regreso al grunge, al punk, al power metal. 

Tal vez haya también un desgaste: fui roadie de Raza durante muchos años, banda de mi primo mayor, donde asistí a miles de conciertos eternos y que tal vez provocaron la leve sordera que me hace hablar más fuerte de lo normal y de pasada exasperar a algunos cercanos. Rey Chocolate, Audiopsicotica, Lupus, 2X y Raza, solían ser los platos fuertes. Y yo los escuchaba; estaba en la onda y me hacía sentir poderoso. Me provocaban una sensación de vivir en una galaxia aparte. 

Como es natural -ojalá- pasé a otros derroteros. Me reconocí en bandas más tristes y desafinadas como Sonic Youth, Yo la tengo o The Pixies. De ahí en adelante, como si bajara los brazos ante todo o simplemente me reconociera a mí mismo, ingresaron más y más bandas, la verdad no las podría enumerar. De golpe dejé el personal: en un momento dado lo guardé y preferí unirme al entorno, mirar por la ventana y regresar a casa. Es optar por el silencio o algo parecido. Similar por que la ciudad no es precisamente un espacio sin ruido, por el contrario, una orquesta a la que estamos acostumbrados y no prestamos atención. Creo que John Cage decía que la música era ruido ordenado. Me inscribo con la idea.  

Tal vez siempre hay una relación emocional con todo lo que hacemos. Solemos ligarlo con asuntos amorosos, de familia, pero la verdad es que, posiblemente, todo podría relacionarse con la emocionalidad. Han pasado casi veinte años de aquellos tiempos de roddie, envidiado por tener movidas para entrar gratis a los conciertos y conocer a todo el mundo de esa “escena”. Actualmente apenas escucho música con letra: puede parecer una pretensión, pero el jazz y la música clásica generan algo en mí sumamente escaso: silencio. Para empezar el día me preparo un café y escucho Telemann y sus tremendos oboes y si quiero subirle la intensidad al día voy por Wagner o algún ruso. Esa es mi situación actual: por no gozar de tranquilidad, o silencio, lo compuesto muchos siglos atrás ha sido mi salvación. 

Sin embargo, todo es móvil, todo se mueve y transforma. Cuántas casas y departamentos pinté con mis primos escuchando casetes grabados de la Concierto de The Doors o The Beatles. Seguro que cuando termine esta peste del coronavirus recurriré a los Fiskales o a la banda hermana peruana Los Saicos para demoler el tren, aunque sea un tren mental. 

 

Gabriel Zanetti (Santiago, 1983) es autor de Cordón umbilical (2008) y coautor de Prohibiciones y títulos (2015). Es uno de los fundadores de Revista Lecturas y Lecturas Ediciones. Trabaja como editor y profesor de escritura.