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Abril 94

En el 94 el teléfono estaba a la entrada de la casa, sobre una mesa de máquina de coser marca Singer pintada de negro. En esa época las casas aún tenían sala de estar (ahora parece ser cada vez más difícil estar) y la nuestra no era la excepción. La voz al otro lado del teléfono era la de mi primera novia (de ascendencia italiana, me dejó por el presidente de curso, pero eso es otra historia) y me decía que Kurt Cobain había muerto. Miré los hoyos que le había hecho al jersey azul que le había robado a mi viejo y luego miré hacia arriba la lámpara de color verde botella. 

Un compañero de curso me prestó el Nevermind, un caset de edición gringa. Ya de partida, la portada no se parecía a nada de lo que había visto. No era oscura en el sentido clásico (al menos no a propósito) y me recordaba a cierto trauma que tenía con las piscinas. Se lo pedí prestado y lo grabé en un caset de cromo que compré especialmente para dicho efecto. Como sobraba un poco de cinta por cada lado, grabé algunas canciones de los Beatles, por lo que al cambiar el lado, siempre sonaba Hello, Goodbye o We can work it out. Me resultaba divertido matizar la amargura y desesperanza de Cobain con el optimismo inocente y melódico de McCartney. Era como tomar café negro con una galletita. 

Mi papá estaba empeñado en hacerme trabajar, porque estaba convencido de que lo único que hacía era ver televisión, escuchar música y hacer collages (puede ser). Pero en una capa más profunda, tal vez se daba cuenta de que nos alejábamos irremediablemente. Entonces me hacía levantarme a las 6 AM  y me llevaba a trabajar con él, a bordo de su furgón destartalado, por caminos de tierra rumbo a la costa, como hacían los hombres. Como era lógico, odiaba la situación (y el silencio instalándose entre nosotros, pesado como la rueda con cemento acostada en la parte trasera del furgón), y entonces me llevaba el Nevermind en el walkman Sony que le había robado a mi hermana (total, apenas lo usaba) mientras surfeaba con los ojos los paisajes costeros de la región del Maule. Cada vez que escucho ese disco, pienso en patos silvestres planeando sobre el lago Vichuquén y en la luna llena iluminando un cerro en cuyos caminos llenos de barro yace un furgón gris en pana. 

Mi mamá me había regalado una camisa de franela verde, muy abrigadora y muy bonita. Hoy daría lo que fuera por recuperarla, pero en aquel entonces, como era demasiado abrigadora y bonita para ser grunge, no la usaba mucho. Con mis amigos salíamos a pasar frío, usando chaquetas delgadas y zapatillas de lona en pleno invierno, para tocar guitarra en la plaza hasta la madrugada, compartiendo botellas y besos bajo la luz amarilla del alumbrado público. Tal vez si en aquella época hubiese elegido el hip hop no hubiese pasado tanto frío. 

Corté el teléfono, fui al living y puse el MTV. Era real: Kurt Cobain estaba muerto. Apagué la tele y subí a mi pieza, donde mi papá había empotrado una radio de auto en la muralla, con un par de parlantes a cada lado. Comenzó a sonar Serve the servants. Habría que buscar nuevas formas de llenar el silencio. 

Nader Cabezas: 42 años. Editor de contenidos digitales y músico autodidacta. Ha publicado los discos Día blanco (2009), Caminos, barrios y gente (2011), El hijo del monstruo (2012), Esfinges (2013), Rocket cinema (2015). Melómano y entusiasta del cine