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Gatita Chalé

Había un disco, por ahí entre sus cosas, que yo le había regalado. Es jazz judío, lo marqué con una estrella de David, dijo. No tenía idea de qué me estaba hablando, pero encontré la estrella. Quiero escucharlo, me dijo, y al ponerlo me acordé del disco y del mal amante que me lo había regalado. Me dio un poco de asco. John Zorn. ¿Te gusta esto?, le pregunté. Me dijo que hace unos días había sacado el violín y había intentado meterse un poco. Le habían regalado un libro de técnicas de improvisación. 

Estábamos ordenando todo. Había llegado hace rato, pero entre los ensayos con la nueva orquesta, el luto del Papageno y la batalla con los animales, no había tenido tiempo. Los animales, con el cambio de ciudad se habían vuelto salvajes. No le daban tregua. Había entre ellos una ansiedad generalizada que los hacía pelear y robar comida todo el día, sin hambre. Querían estar encima de ella constantemente y, como los niños, se meaban en cualquier parte. Mi mamá no aflojaba; tenía un permanente balde con agua con cloro, como un arma cargada en el cinto. Trapos limpios, clorados también, por todos lados; traperos, atomizadores con agua y bicarbonato, colonia, represalias. Amarres, ganchos, trancas, técnicas antirrobo cada vez más sofisticadas que muchas veces diseñó sin tenerse en cuenta a sí misma. Se quedaba encerrada en el patio por la traba que le había puesto a la puerta, o no lograba abrir un tarro que ella misma había sellado. Los gatos la miraban. 

La casita estaba en una población del sur de Talca. Los vecinos la bautizaron inmediatamente como “gatita chalé”, por los catorce gatos y porque era violinista y salía vestida de gala los días de concierto. Porque era guapa, tenía libros, loza delicada, venía de Santiago. Tenía dos hijas preciosas, santiaguinas, que estudiaban en la universidad. Y se aprendieron los nombres de los gatos. Gala, Marlon, Garfio, Galita, Tití, Tecla, Monona, Ayún, Diego, Peter, Flora, Helena, Chica Superpoderosa, Pilucho. Y las perras, las tres negras; Negra mamá, Tastiera y Fusa. 

Yo iba harto. Pinchaba, escuchaba los ensayos, ordenaba, viajaba con ella a las comunas, le robaba los libros. Tomábamos fernet, martini, malta con huevo, invitábamos gente y nos recurábamos. La orquesta estaba llena de músicos jóvenes y tres o cuatro filarmónicos exonerados del Teatro Municipal, y mi madre llenó de esa energía. Su juventud encontró lugar y se asentó, sabia. Le vino otra vez esa fiebre que le da a uno en la escuela de música, cuando quieres meterle tu instrumento a todo, quieres tocar todo el tiempo, probarlo todo. 

Ordenábamos la casa y fantaseábamos con poner un bar. Escuchábamos a John Zorn, a Bach, veíamos a Fellini, Kieslowski, construíamos juguetes para los gatos, dejábamos entrar el verano. Acabábamos de abrir la última caja, la de los discos y el piso estaba recién trapeado con agua hirviendo. Un vapor de cloro se levantaba del suelo y mi mamá se puso un vestido, sacó su violín y se puso a jugar sobre Bith Aneth.

Delfina Harms (1990). Estudió Licenciatura en Música y Luthería de cuerda clásica en el ex Pedagógico. En el año 2013 se mudó a París para continuar sus00 estudios y comienza a dedicarse a la escritura. En 2014 se instala en Marsella donde migra al grabado y publica su primer libro ilustrado, “Perro Tigre”, presentado en Santiago en Agosto de 2017. En 2019 publica el libro “Nosotras las niñas” con la editorial LarvaPress. Actualmente forma parte del Taller Calicanto donde desarrolla arte gráfico y editorial.