sons of kemet

IN THE CASTLE OF MY SKIN

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IN THE CASTLE OF MY SKIN. Levantemos polvo en las canchas de tierra del Congo.

Tome nota, vecina.

Hay un grupo que se llama Sons of Kemet y tienen una canción increíble: In the Castle of my skin. 

Se ven bailando sobre una cancha de tierra a hombres y mujeres vestidos de ternos y camisas.

Usted trabaja así.

La he visto llegar del trabajo.

O la veía, más bien.

La música de estos gallos es mezcla de percusiones e instrumentos de vientos. 

Trombón, saxo, clarinete.

Todo empuja las pulsaciones. 

Es por los golpes. 

Es contagiosa la coreografía. 

Los negros bailan hasta cuando están en problemas.

Deberíamos aprender de eso.

Mover el cuerpo, o la cuerpa, o la cuerpá.

Sáquele, sáquele.

Preocúpese de respirar no más.

Vea cómo se le mueve la sangre y lo bien que se siente.

Hágalo para espantar males, o moles.

Deje de ir a esas vainas.

Apoye el comercio local.

No compre lechugas de góndola de supermercado.

Desconfíe si las coliflores son muy blancas. 

¿Cuándo han sido todos los tomates iguales?

Evite esa música que le ponen sin que usted se dé cuenta.

No mire las ofertas de cosas que no necesita.

¿Para qué querría comprar una alfombra persa ahora?

¿A quién va a recibir?

A no ser que la quiera para bailar descalza.

Ahí me retracto altiro.

Ya sé.

Al vecino que le vende las dobladitas y que le hace ojito.

Sé que lo encuentra insalubre y que le molesta que ande sin guantes, que tenga la nariz fuera de la mascarilla. 

Que la tiente tanto a usté como al viru.

No le compre mascarillas que no va a ocupar, si usted no sale.

Baile, señora.

Se lo recomiendo.

No descargue aplicaciones que le avisan si está temblando.

No sea ridícula. 

Si viene un terremoto ya veremos.

Su marido siempre decía que había que ahorrar neuronas.

El bailaba mucho cuando llegaba cocío de noche.

De las fiestas de fin de año siempre llegaba caramboleado.

¿No sabe lo que es estar caramboleado?

Le falta baile entonces.

Escuche a Redolés y pregúntese:

¿Cuándo llegará el socialismo?

Porque eso se espera del plebiscito ¿O no?

Báilese una polka, un tango contra la pared.

Practique besos con el espejo, mírese los ojos y enamórese de usted, no queda de otra.

No ponga sus fichas en llenar la despensa.

Destine esa plata en ayuda de la gente que está pasándolo mal.

Realmente mal.

Angustiados, con niños y el frío sobándoles las canillas.

Vamos a tener que movernos para darles la mano.

A ellos no les podría decir que bailen con esta desgracia, pero a pesar de todo, ellos bailan. 

Y los admiro, pero me da pudor decírselo.

Vergüenza de estar en mi computador escribiendo y tomando mate.

El mate lo voy a dejar porque me está desvelando.

Me preguntan por las reuniones de Zoom si trasnoché.

Claro, les digo yo. 

Me quedé bailando. ¿Solo? Me preguntan. Sí, solo.

Es que así es el mate. Así son las preocupaciones.

¿Sabía vecina que el mate es un regalo que le hizo la luna a los guaraníes para que se sentaran a conversar?

Yo lo aprendí ayer.

Pero ellos toman tereré.

Eso es helado.

Y al verano le faltan vueltas.

Capaz que se demore en llegar.

¿Se imagina si nos quieren encerrar por harto tiempo más?

Le insisto que tiene que aprender a bailar.

¿Cómo irá a reaccionar la gente con calor, confinada y bailando?

El vecino que vende pan amasado va a tener que ofrecer cubos de leche o de jugo de frutilla o de melón tuna.

Y usted va querer comprar varios para tener por si acaso llega.

¿El socialismo? Se preguntará usted.

NO.

Recuerde que esta vez es a la inversa.

Usted diga que SÍ.

SÍ, APRUEBO.

Que SÍ quiere cambiar la constitución.

Yo sé que usted cree en esa vía.

Le encanta cumplir con su deber cívico.

Usted votó por el plebiscito del 88.

Fue concertacionista.

Nueva mayorista.

Coqueteó con Lavín eso sí.

Ahí se me cayó.

Se le hizo agua la boca con los parques de nieve en pleno verano.

También se sonrió con el Kiki challenge de la Kathy Barriga. 

Esa es la famosa Robotina.

¿Qué pensarán el Pera y el Salfate?

Maldita sea, deben decir en su interior.

Y usted debe pensar, maldita sea no atreverme.

A propósito ¿Le pagó el kit de cuarentena a la vecina de la torre b?

B de baile.

B de billetera para pagarle todo lo que le vende.

Se me olvida que le anota al lápiz y le cobra lo de la semana completa.

Algo así como un crédito, porque así le gusta a usted.

 

Vi que a su casilla le sigue llegando el Mercurio.

¿Hasta cuándo?

Y no me diga que cuando llegue el socialismo.

Usted sabe muy bien lo que hace Agustín y que él no cree en esos proyectos colectivos.

Engañe a otro diciéndole que le es imposible renunciar a la suscripción.

Yo renuncié a mi trabajo y tengo más suerte que usted.

Usted lee a mentirosos patológicos y les cree.

Y usted se persignaba los domingos, cuando había misa en el San Juan, que le queda en la esquina, atrás del paradero.

¿Cuándo llegará la ofrenda y la señal de la paz?

¿Pensó que le iba a hablar del So…cia…lis…mo?

No me mire como diciendo qué está hablando este negro de mierda.

No se equivoque conmigo.

Yo uso cortinas de papel kraft.

Usted tiene una vitrina comprada en Muebles Sur.

Yo la mía la compré en la feria de Arrieta. 

La trajimos en la camioneta del amigo que la vendía. 

De don Ivo. Como el Basay.

Le aproveché de pasar un refrigerador malo que yo tenía en la casa a don Ivo.

Usted piensa en mandarlo a arreglar para mantener más comida congelada. ¿Para qué hace eso?

Ya veremos si es necesario.

Salga a pasear a su perro, señora.

Afuera hay sol y le hace bien la vitamina D. 

D de Danza.

El necesita estirar las piernas y usted también.

Lea lo que dice el diario mural: 

“15 claves para entender por qué a las mascotas no se les pega el viru.”

A propósito, hay una oferta de nueces orgánicas que se la recomiendo.

 

Su marido se murió y usted no maneja.

Ese auto que tiene ahí… Me pregunto…

¿Le interesaría que yo se lo trabajara?

Usted pone la bencina, y yo la mano de obra.

Usted el auto, y yo la licencia de conducir.

Entre que se llene de polvo o se llene de monedas…

¿Cree usted que haciendo esto, llegue el socialismo?

 

PAUSA

 

Le cambio lo que tengo en el bolsillo por su auto.

Así. 

Mano a mano.

Aunque pierda.

Aunque perdamos ambos.

¿Se podría correr el riesgo?

Y si todo falla, bailemos.

Yo le enseño.

Correteamos a las arañas que están debajo de los sillones.

Y si es arrítmica, se bailará así no más. 

A lo loco.

Van a volar los mercurios.

Van a caer como hojas en otoño y se van a pegar en el barro, como cuando usted quiere quedarse acostada viendo Netflix o durmiendo a pata suelta y le suena el timbre.

Hágale caso a su instinto y óbvielo. 

Duerma no más, sin pudor. 

Por último, sueñe que baila sola.

Sienta el castillo que tiene en su piel, así como esa canción hermosa de la que le hablé al principio.

 

Vicente Larenas Añasco. 1983. Dramaturgo, director y actor de teatro. Fundador de la compañía Caldo con Enjundia teatro-Chile. Colaborador en Revista Lecturas.

 

 

 

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=wmN3vFIukk4&ab_channel=SonsOfKemet


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Grunge y/o Trap

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Grunge y/o Trap

Al principio era el verbo. Luego llegaron los adjetivos y quedó la tole tole: jazz, salsa, rock, pop, psychobilly, kraut, swing, house, blues, garage, calypso, cueca, hiphop, ska, folk, reggae, techno, funk, punk, metal, noise, ambient, manouche, bachata, rhythm & blues, dubstep, aggro, afrobeat, triphop, deadcore, shoegaze, k-pop, cumbia, trova, bossanova, postpunk, postrock, postmetal, reggaeton, electrotango, grunge, trap, worldmusic…

Son nuestras formas de incompletarnos.

¿Que el trap y el grunge se parecen?

Claro que no, digo a la primera.

¿Que unos traperos argentinos son el nuevo rock&roll?

Claro que sí, respondo apurado.

Oigo a mis espaldas algunxs rockerxs desenfundando sus argumentos.

Ay, trap. ¿Qué culpa tienes?

Vengo haciendo rock desde los noventas. Vengo poniéndole atención a la música desde fines de los setentas: mi primer recuerdo es el sonido de burbujas de saliva reventando melodiosas y la luz de la mañana en la ventana del cité de calle San Diego. Tenía dos años.

Lo cuento no porque el recuerdo me dé alguna autoridad, sino al contrario, porque tener este recuerdo me hizo entender temprano que la experiencia de la escucha es completamente diferente para cada unx. Ninguna escucha está por sobre otra.

¿Por qué entonces desarrollamos como oyentes esta antipatía hacia ciertas músicas? ¿Este malestar, este descrédito? 

Nos aferramos a nuestra identidad, con miedo a perderla. Es nuestra madre, es nuestra hija. Nuestra continuidad universal. ¿Quién querría soltarla?

Pero ocurre que viene alguien y te dice que debes contentarte con tu cotidiano, con un poquito de tu cotidiano, y que no abras los oídos a eso que suena afuera. Es raro, distinto, peligroso… Podría gustarte.

Y la verdad nunca sabré si es Paul o Faul. No tengo las herramientas para saberlo con certeza. Y en esta carencia de herramientas se sustenta el espectáculo, la magia. Viene alguien y me cuenta esa historia. Pone un velo entre el fenómeno y yo. 

La historia me dice cosas sobre McCartney y los Beatles, que la música no dice.

Sin embargo yo escucho todo y hago una sola mole mental con la historia, con la música, con otras historias, con “Say, say, say” y un Michael Jackson negro, “Ebony & Ivory” y un atardecer en Talcahuano, con recuerdos de un departamento en San Miguel y mi padre cantando en la mañana “I saw her standing there”.

¿Es todo eso parte del discurso de Paul o Faul? 

Eso es lo que yo leo, lo que siento, lo que recuerdo.

El discurso musical de una obra se completa con la percepción que tenemos de ella.

Viene alguien y te dice “te llamarás grunge”.

Y a ti te gusta, porque eso no existía. Y todo lo que vives a esta edad parece nuevo en el mundo. Atrás quedó el glam que nos inseminaban por Sábado Taquilla y por la TVGrama. 

Ya no te venderán sus modas. Has tomado consciencia de la humildad del dolor y de la belleza de las camisas leñadoras.

Esto es otro rock. Tú eres otra juventud.

Respira.

Viene alguien y te dice “me llamo trap”.

Y a ti no te gusta, porque eso no existía. Y todo lo que vive el trap parece una anomalía.

No quieres saber de todas sus variantes estilísticas. La muerte de Lil Peep no es la muerte de Cobain. Te aferras a Soundgarden, Dinosaur Jr., Mudhoney, Babes in Toyland, Butthole Surfers, Nirvana, Mad Season, Stone Temple Pilots, L7, Screaming Trees, Meat Puppets, Candlebox, Alice in Chains, Melvins, Hole, Soul Assylum, Sponge, The Jesus Lizard, Temple of the Dog, Tad, Toadies, Days of the New, Veruca Salt, Smashing Pumpkins, Pearl Jam…

Y viene Wos y Trueno y te dicen “Te guste o no te guste, somos el nuevo rock and roll, niño”.

El discurso musical de una obra se completa con la percepción que tenemos de ella.

Vino John Lennon y dijo “Ahora mismo somos más populares que Jesús. No sé qué se irá antes, si el rock o el cristianismo”.

La musicología en sus inicios entendió el discurso musical como lo que decía únicamente la partitura. Luego se empezó a considerar el contexto histórico y social de la obra. Después, el estado mental, emotivo y físico del autor. Poco a poco se fueron agregando más elementos al análisis que nos hablaban de la obra y que se consideraban parte del proceso, como los medios de distribución, la técnica fonográfica, los vínculos con otras artes, y por supuesto, las líricas.

Hoy se comprende como un fenómeno social integral que abarca desde la intertextualidad de la obra en sus inicios hasta la recepción e interpretación que el público tiene. O sea, todo lo que dice algo de la obra, es parte de ella.

Eso incluye la actitud de lxs músicxs. 

Estas declaraciones irreverentes son muy rocanroleras y afectan el fenómeno social integral del que son parte. No es algo estrictamente musical. No hay guitarras afiladas en lo que dice Wos y Trueno. Pero ellos vienen del freestyle. Son maestros a la hora de meter la palabra en la llaga. No olvidemos que el rock surge como llaga, como ruptura en los 50s, y lo que en ese entonces era irreverente ahora es una teleserie para tomar once.

La ruptura siempre será la esencia del rock. No hay reglas musicales para eso.

En qué lugar y con qué fin inicias una ruptura es lo que definirá tu adjetivo.

En rigor todas las músicas son un mismo verbo.

Ese “alguien que viene” se llama Industria Cultural.

Doctor PezDoctor Pez no sabe nadar. Nunca supo. Ni siquiera cuando escribió la novela “Molotov”, esos puzzles surreales o esa treintena de poemarios confusionistas, disfrutando lo inédito de su obra. Sus discos transitan el mismo surco, equilibrándose entre lo popular y lo hermético. Su pedagogía es al revés, siempre aprendizaje y costalazo propio. Sus reflexiones se empeñan en volverse sangre en múltiples ejercicios de asociatividad musical. Desde 1995 se asume como creador en tiempo real y se ha asomado de vez en cuando en concursos musicales como el Festival de la Canción Comprometida o el concurso de composición Luis Advis (junto a la banda Solteronas en Escabeche), siendo reconocido siempre con el máximo color. Con 29 discos como solista, a sus 44 años es posible que su trabajo tenga más que ver con el amor, la exploración y la serendipia que con una categoría laboral, y más posible aún, que su ideario sea una huelga invisible.

 


Cerebros que suenan

Cerebros que suenan

A los 13 años, Friedrich Nietzche declamó que “la música nos habla a menudo más profundamente que las palabras de la poesía, en cuanto que se aferra a las grietas más recónditas del corazón”.

… O más bien las grietas más recónditas del cerebro.

Porque, desde antes de aquella frase, dentro de la mente del pequeño Nietzche ya rondaban partituras, y la música llegó a ser tan importante en su vida que compuso 70 obras musicales. Una de sus novelas más icónicas, Zaratustra, – al parecer, además de compositor, también era filósofo - fue escrita en versos, con una intención musical, y más tarde fue adaptada por nada menos que Richard Strauss, cuyo poema sinfónico sería utilizado por Kubrick como banda sonora de una de las introducciones más legendarias del cine de ciencia-ficción.

La vida y el legado del mismo Nietzche prueban que no solamente la música se acopla bien con pensamientos sino que los amplifica, y en algunos casos los completa.

Para nuestro cerebro, la música es más que un complemento del lenguaje, sino un lenguaje en sí mismo: según el neurólogo Oliver Sacks, “somos una especie tan lingüística como musical”; nuestro cerebro está tan bien desarrollado para interpretar las notas como lo está para tratar palabras, y aún resulta un gran misterio el porqué es tan bueno haciéndolo: ¿Tendría algún sentido evolutivo? ¿Nuestra supervivencia como especie dependerá, en cierto grado, de la música?

En cierto modo, sí. Todos los días, nuestra vida depende del ritmo de nuestro corazón, dictaminado por el cerebro, como un metrónomo que nunca debe fallar.

Nuestro humor, incluso, es afectado por la frecuencia de nuestras ondas cerebrales de la misma manera en que un estilo musical se caracteriza por el uso de ciertas notas. Tanto así, que la “amusia” (es decir, la incapacidad de reconocer o reproducir tonos y ritmos musicales) es considerada por muchos neurólogos como un indicio de que algo no anda del todo bien en la cabeza, pues, de hecho, puede generar problemas con la dicción o la escritura.

Nuestra mente funciona como una rockolla, adaptando lo discos y estilos de nuestras canciones internas a lo que vivimos y sentimos. Es más, algunos cerebros son capaces de generar música y sonidos para sí mismos. Y, aunque esto pueda parecer para muchos músicos como un superpoder envidiable, las alucinaciones auditivas son de los síntomas más característicos de la esquizofrenia (quizás en parte a eso se debía el talento para improvisar en piano de Thelonious Monk…)

Entonces, ¿qué viene primero? ¿El huevo o la gallina? ¿El cerebro busca la música que mejor se sincroniza con la suya o la música altera los ritmos que se manejan en nuestra cabeza? ¿Escuchamos canciones tristes cuando estamos deprimidos porque se sincronizan con el ritmo de nuestras ondas, o somos nosotros quienes nos sincronizamos a la frecuencia de dichas canciones?

Algo indudable es que la música nos impacta profundamente. Es capaz de inducir trances y alterar la conciencia a través de cantos chamánicos o conciertos de ‘psytrance’, e incluso incidir en lo que pensamos y escribimos: estoy seguro de que no soy el único que escribe o estudia con música. Es más, yo tengo una playlist “inspiradora” para escribir, y habrá quienes argumenten que sus efectos se deben a los estímulos de las ondas alpha de mi cerebro, ligadas a la inspiración y la meditación…

No faltarán los laboratorios que querrán capitalizar este fenómeno y desarrollar una canción diseñada para estimular la inspiración y el poder creativo con sólo escucharla.

Porque, por más descabellado que suene, ya existe una canción diseñada para reducir los niveles de ansiedad, llamada “Weightless”. Tras una serie de pruebas, esta canción resultó ser tan relajante, que los investigadores a cargo del estudio no recomiendan escucharla al conducir, por riesgo de quedarse dormido.

Existen también muchos estudios que vinculan la música con el comportamiento, y una de las premisas principales del neuro-marketing es poder influir, a través de ciertas canciones, en la decisión de comprar un artículo: algunos niños-rata de un laboratorio en Bélgica afirmarán con certeza que aquella falda que solamente usaste una vez (y que lleva años escondida en el armario) la compraste por un impulso inducido por la música pop, alegre y acelerada, de la tienda de ropa. O que la Bossa Nova del nuevo restaurant de Barrio Italia fue lo que te incitó a quedarte más tiempo y pedir un tiramisú carísimo que ni siquiera se te antojaba.

Lo sostendrán con datos duros, porque su trabajo consiste en colocar cascos sobre voluntarios y medir sus ondas cerebrales mientras éstos observan hamburguesas en un monitor.

Pero, tanto la consciencia humana como la música son mucho más complejas que sólo impulsos eléctricos y frecuencias. En realidad, por mucho que avance la ciencia, todavía estamos muy lejos de siquiera saber si se pueden controlar mentes a través de la música.

Aún tenemos muchas más preguntas que respuestas, y ni siquiera tenemos claro si nuestro cerebro es el instrumento que usamos para hacer música, o nuestro cerebro hace música con nosotros.

Matías A. Covacevich (1997). Mexicano-chileno. Licenciado en Ciencias Cognitivas y post-titulado en Comunicación de las Ciencias con un curriculum a la Jackson Pollock. Comunicador científico y escritor frustrado, pero obstinado. Recorrido profesional rimbombante en Letras aún pendiente.

 

 

 


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La Calle Sin Puertas

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La Calle Sin Puertas

Cuando estábamos en tercer año de la Escuela de Teatro nos tocó tener clases de actuación con Alexis Moreno. Yo había visto alguno de sus trabajos, que en esos años (2004), era lo mejor que se podía ver en el teatro emergente chileno, principalmente por la experiencia estética que implicaba asistir a sus obras, escritas y dirigidas por él, alcanzando alto nivel de ironía y oscuridad. Para recordar la profundidad de esas experiencias tengo que hacer memoria, pues lo que perdura tiene que ver con las imágenes que ese teatro configuraba, muy distintas a las que había visto hasta entonces. Lo que tengo en la memoria, compone un amplio campo semántico: colores plásticos, muertes en escena, lágrimas marcadas por el rímel corrido, personajes que son objetos, ángeles, personajes que son marcas, mitos urbanos, cultura popular, folclore rancio, personajes llorones, estúpidos, ignorantes, atrapados, poderosos, ingenuos, víctimas, sangre, efectos especiales, actos súbitos en escena, absurdo y alta dosis de crueldad. Mediante todo esto y más, se exponía, la mayoría de las veces a través de un relato inverosímil, lo deplorable de la conducta humana, marcada por un individualismo extremo puesto en tensión con la fragilidad emocional de los personajes y el contexto histórico que los contenía, insertando la comedia en la tragedia (o el absurdo). Alexis, junto a Teatro La María, creaba mundos que llevaban los recursos escénicos hasta hacerlos explotar en tu cabeza.  Todo era patético, sobre todo porque era hermoso a la vista, lo que lo hacía dramático. El Alexis profesor, cabeza de piñata como le decíamos en nuestras conversaciones de patio, era un chupasangre, que no nos dio tregua en la búsqueda que nos propuso. Un adorable jovencillo apenas 5 años mayor que todos nosotros, pero brillante, obsesivo, estudioso y demasiado divertido. Circulaba el rumor de que había sido mecánico de autos antes de transformarse en artista, lo que cargaba su ser de algo revolucionario que solo el arte podía lograr. Era exigente y generoso, hurgaba en nuestra oscuridad y compartía su mirada del mundo con nosotros, pequeños estudiantes de teatro. Ese semestre tocaba ver vanguardias históricas. Nos hizo investigar, leer, ver infinidad de películas y documentales sobre las guerras mundiales y conocer parte importante del arte desarrollado en torno a estas durante prácticamente todo el siglo XX, reconociendo los mecanismos con los que el arte ha contado la historia del mundo. Leímos sobre existencialismo, hicimos Dadá (lo que nos trajo grandes problemas, pero excelentes historias a todos), investigamos sobre expresionismo alemán, absurdo, Sartre, Camus, Buchner (dramaturgo alemán excepcional, que murió a los 23 años después de escribir tres obras de teatro que cambiaron la dramaturgia alemana para siempre, principalmente con Woyzeck), por supuesto Artaud, Jarry, Ionesco, Cocteau, Brecht (de pasada, porque nos tocaba verlo como tema en sí mismo al año siguiente), surrealismo, Bretón, Dalí, el futurismo de Marinetti, Lili Marleen, Un perro andaluz, Metrópolis, Nosferatu, El gabinete del doctor Caligari, Picasso, Munch, Chaplin, John Cage, Arte conceptual, Happening, Fluxus.

Después de leer, leer y leer, de todas las formas posibles, Alexis nos propuso un texto, que había guardado por años, con el deseo de montar alguna vez. Se trataba de La calle sin puertas (Afuera ante la puerta, en otra traducción) del alemán Wolfgang Borchert. Un texto extrañísimo, por su estructura, el relato y los personajes, entre los que se encuentran un soldado y su otro yo, un empresario de pompas fúnebres, un director de cabaret, el río Elba, Dios, la muerte.

La obra trata sobre el viaje del protagonista, Beckmann, un exsoldado alemán, atrapado por la guerra que vuelve a su ciudad y la encuentra destruida. En sus sueños, que pierden el límite con la realidad, lo persiguen muertos, fantasmas y sí mismo. Es la exhibición de la culpa y el conflicto interno de quien ha asesinado por la patria y, perseguido por sus contradicciones, debe reinsertarse en una sociedad que lo rechaza. Un drama sobre lo que queda después de la guerra. Así introduce el texto su autor:

Un hombre llega a Alemania.
Y entonces es el protagonista de una historia increíble. Durante su transcurso tiene que pellizcarse reiteradamente porque no sabe si vive o sueña. Pero más tarde cae en la cuenta de que a su lado, a derecha e izquierda, hay mucha más gente que sufre y pasa por análogas experiencias. Y piensa, por tanto, que todo ha de ser verdadero. Así es, y cuando, al final de la acción, se encuentra de nuevo en la calle, con el estómago vacío y los pies fríos, advierte que todo lo pasado no es sino el repetido argumento de la película cotidiana, la vida de cada día, lo corriente: la historia de un hombre que regresa a Alemania, la historia de uno de tantos. Uno entre tantos que vuelven a casa, pero que nunca llegan, por la sencilla razón de que su casa ya no existe. Y su casa entonces está afuera, ante la puerta. Su Alemania está fuera, a la intemperie en la noche de lluvia, en la calle. Esta es su Alemania.

Hicimos muchos ejercicios con distintos textos y con el texto mismo antes de que Alexis nos asignara los personajes. Me tocó interpretar a La directora de cabaret que, en la versión de Moreno, era atendido por mutilados. Montamos la obra en un galpón de la Escuela de Artes del Arcis. La escenografía estable del montaje era piso de cemento, paredes de cemento y tres cuerpos colgando, encargados de contar los chistes en los entretiempos. Chistes sobre judíos. Algunos personajes tenían dobletes, es decir había dos Beckmann, dos El otro de cada Beckman, muchos personajes del texto original se transformaron y otros fueron creados para el montaje como los colgados, los mutilados, las enfermeras, había una familia alemana inspirada en el documental I love Pinochet (pues si bien respetamos el tema de la guerra en el texto original, nuestros referentes o más bien la obra debía ser un correlato de nuestra propia historia) y el Río Elba, personaje maravilloso que comenzaba la obra hablándole al soldado, desde la penumbra:

Beckmann: ¿Dónde estoy? ¡Dios mío! ¿Dónde estoy?
El Elba: En mí.
Beckmann: ¿En ti? ¿Y quién eres tú?
El Elba: ¿Y quién puedo ser sino yo, muchacho, si te has arrojado al agua desde el embarcadero de Saint Pauli?
Beckmann: ¿El Elba?
El Elba: Eso es, el Elba.
Beckmann: ¿Tu eres el Elba?
El Elba: ¡Claro! ¿A qué vienen esos ojos de asombro? ¿O es que esperabas encontrarte con una muchachita romántica de tez aceitunada? ¿Algo así como un tipo Ofelia, con el pelo suelto adornado de nenúfares? ¿Habías pensado que te podías pasar la eternidad durmiendo dulcemente en mis olorosos brazos de lirio? ¡No hijo, no! Te equivocas: ni soy romántica ni huelo a rosas. Un río que se precie apesta. Sí señor, a petróleo y pescado. ¿Qué buscas aquí?
Beckmann: Dormir. Allá arriba ya no puedo resistir más. Renuncio al juego. Lo que quiero es dormir… 

La escena que me correspondía consistía en recibir a Beckman, humillarlo y despacharlo, para que pasara a otro sitio en su periplo, pues el hombre lo que buscaba era encontrar otra vez su lugar en un país que ya no existía como él lo había conocido. 

Yo estaba obsesionada con Lili Marleen, cantada por Lale Andersen, una canción compuesta a partir del poema que un soldado alemán escribió a su amada y que se transformó en himno de los soldados alemanes y también de los aliados durante la segunda guerra mundial, lo que curiosamente proporcionó un lugar común a ambos bandos. Esa canción apareció durante varios momentos del proceso creativo y si bien no la usamos directamente, de alguna manera inspiró lo que vendría a continuación. Junto a mis compañeras de escena, las mutiladas, que eran las bailarinas del cabaret, algunas sin piernas que se trasladaban sobre tablas con ruedas, otras mancas de ambos lados, todas llenas de vendas y manchadas con sangre, más los colgados y las enfermeras, conformamos un ballet de muerte. Hicimos de nuestra escena un musical, con la dirección de Alexis y el trabajo sonoro de nuestro profesor de música, Alejandro Miranda, que adoró la idea y nos ayudó a elaborar la canción que interpretaríamos, basándose en la melodía de Hello, Dolly!, ícono del musical estadounidense, compuesto por Jerry Herman en 1964. Creamos una escena inolvidable, por lo espectacular, rara, delirante y cruel, gracias al texto y los elementos que la componían. El diálogo se desarrolla entre el  soldado y una empresaria de las artes que le cierra las puertas por falta de talento y experiencia:

La directora de cabaret: ¡Beckmann, Beckmann!... No recuerdo ningún nombre parecido en cabarets. ¿O trabaja usted bajo un seudónimo?
Beckmann: No, soy nuevo. Un principiante.
La directora de cabaret: ¡Ah! ¿Principiante? Mire, amigo, las cosas no son tan fáciles en la vida como usted se las imagina (…) ¿Cuántos años tiene usted?
Beckmann: Veinticinco.
La directora de cabaret: ¿Lo está usted viendo? Aún tiene mucho que aprender… Entérese primero de lo que es la vida. ¿Qué ha hecho usted hasta ahora?
Beckmann: Nada, solo la guerra, pasar hambre, helarme, disparar…, es decir, la guerra. Si no, nada…
La directora de cabaret: ¿Si no, nada? ¿Y qué significa esto? Aún le falta madurar en los campos de batalla de la vida. Trabaje, hágase un nombre y entonces haremos algo bueno…
Beckmann: ¿Pero dónde comenzar? ¿Puede decírmelo? ¡En algún sitio se ha de tener la oportunidad! Tiene que haber un lugar para que los principiantes comiencen. En Rusia no hemos sabido apreciar la vida, pero sí el metal. Mucho metal, rígido y caliente… ¿Dónde podemos comenzar?
La directora de cabaret: A fin de cuentas, no soy yo la que ha enviado a la gente a Siberia.
Beckmann: No, si nadie nos ha enviado a Siberia. Nos fuimos voluntariamente, porque nos dio la gana. Y porque les dio la gana algunos no han vuelto. Ahora se encuentran bajo la nieve, o la arena, ¡todo porque les dio la gana, claro! Para ellos se terminaron las posibilidades. Pero nosotros, los que aun vivimos, somos los que no podemos comenzar en ninguna parte, en ninguna parte…

La escena concluía en el despliegue escénico de las mutiladas, enfermeras y colgados que acompañaban a La directora en una intervención al estilo Broadway en la que se enrostraba a Beckmann su falta de talento. La canción, que tradujimos al inglés para alejarla aún más del personaje y sumar a la lectura del musical, era un poema que el soldado recitaba en el texto:

Valiente mujercita del soldado
De la nación la gloria pura
Hoy la canción nos habla de una gloria
y en realidad todo es basura.

Estribillo: El mundo se reía
mientras yo lloraba.
La sombra de la noche
todo ocultaba.
La luna me ilumina
por uno de los rotos
de la cortina.

Al llegar a mi casa
-seguro puerto-
mi cama ya no era mía
Y yo ahora me pregunto,
por qué no he muerto.

(…)

El musical, como género teatral, en la vida me había interesado, pues jamás lo había disfrutado como espectadora y desconocía su sentido, tal vez. Nunca volvimos a montar la obra, pero el aprendizaje de ese semestre fue de alto impacto en mi vida, no solo por todo lo que conocimos sino también porque Moreno ponía en valor nuestras dificultades y errores, nuestras zonas oscuras, disponiéndolas al servicio del trabajo artístico que realizábamos. A Alexis lo volví a ver este verano, cuando su compañía, Teatro La María, cumplió 20 años y remontaron Las Huachas, donde tuve la oportunidad de mediar un conversatorio entre el elenco y el público. Nos saludamos con mucho cariño y por supuesto recordamos, en nuestro breve cruce de palabras, La calle sin puertas.

Bernardita LiraBernardita Lira Manriquez (1981). Licenciada en Artes Escénicas (Arcis), Máster en Historia del Arte Contemporáneo y Cultura Visual (UNAM-MNCARS). Actualmente coordina procesos de mediación artística y lectora a través del Plan Nacional de la Lectura.