gatita-chale

Gatita Chalé

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Gatita Chalé

Había un disco, por ahí entre sus cosas, que yo le había regalado. Es jazz judío, lo marqué con una estrella de David, dijo. No tenía idea de qué me estaba hablando, pero encontré la estrella. Quiero escucharlo, me dijo, y al ponerlo me acordé del disco y del mal amante que me lo había regalado. Me dio un poco de asco. John Zorn. ¿Te gusta esto?, le pregunté. Me dijo que hace unos días había sacado el violín y había intentado meterse un poco. Le habían regalado un libro de técnicas de improvisación. 

Estábamos ordenando todo. Había llegado hace rato, pero entre los ensayos con la nueva orquesta, el luto del Papageno y la batalla con los animales, no había tenido tiempo. Los animales, con el cambio de ciudad se habían vuelto salvajes. No le daban tregua. Había entre ellos una ansiedad generalizada que los hacía pelear y robar comida todo el día, sin hambre. Querían estar encima de ella constantemente y, como los niños, se meaban en cualquier parte. Mi mamá no aflojaba; tenía un permanente balde con agua con cloro, como un arma cargada en el cinto. Trapos limpios, clorados también, por todos lados; traperos, atomizadores con agua y bicarbonato, colonia, represalias. Amarres, ganchos, trancas, técnicas antirrobo cada vez más sofisticadas que muchas veces diseñó sin tenerse en cuenta a sí misma. Se quedaba encerrada en el patio por la traba que le había puesto a la puerta, o no lograba abrir un tarro que ella misma había sellado. Los gatos la miraban. 

La casita estaba en una población del sur de Talca. Los vecinos la bautizaron inmediatamente como “gatita chalé”, por los catorce gatos y porque era violinista y salía vestida de gala los días de concierto. Porque era guapa, tenía libros, loza delicada, venía de Santiago. Tenía dos hijas preciosas, santiaguinas, que estudiaban en la universidad. Y se aprendieron los nombres de los gatos. Gala, Marlon, Garfio, Galita, Tití, Tecla, Monona, Ayún, Diego, Peter, Flora, Helena, Chica Superpoderosa, Pilucho. Y las perras, las tres negras; Negra mamá, Tastiera y Fusa. 

Yo iba harto. Pinchaba, escuchaba los ensayos, ordenaba, viajaba con ella a las comunas, le robaba los libros. Tomábamos fernet, martini, malta con huevo, invitábamos gente y nos recurábamos. La orquesta estaba llena de músicos jóvenes y tres o cuatro filarmónicos exonerados del Teatro Municipal, y mi madre llenó de esa energía. Su juventud encontró lugar y se asentó, sabia. Le vino otra vez esa fiebre que le da a uno en la escuela de música, cuando quieres meterle tu instrumento a todo, quieres tocar todo el tiempo, probarlo todo. 

Ordenábamos la casa y fantaseábamos con poner un bar. Escuchábamos a John Zorn, a Bach, veíamos a Fellini, Kieslowski, construíamos juguetes para los gatos, dejábamos entrar el verano. Acabábamos de abrir la última caja, la de los discos y el piso estaba recién trapeado con agua hirviendo. Un vapor de cloro se levantaba del suelo y mi mamá se puso un vestido, sacó su violín y se puso a jugar sobre Bith Aneth.

Delfina Harms (1990). Estudió Licenciatura en Música y Luthería de cuerda clásica en el ex Pedagógico. En el año 2013 se mudó a París para continuar sus00 estudios y comienza a dedicarse a la escritura. En 2014 se instala en Marsella donde migra al grabado y publica su primer libro ilustrado, “Perro Tigre”, presentado en Santiago en Agosto de 2017. En 2019 publica el libro “Nosotras las niñas” con la editorial LarvaPress. Actualmente forma parte del Taller Calicanto donde desarrolla arte gráfico y editorial.

 


“Ecos que no Volverán” (Fragmento de Adiós de G. Cerati)

“Ecos que no Volverán” (Fragmento de Adiós de G. Cerati)

Época universitaria. Año 2002 en Santiago Oriente. Estudié teatro en el Duoc. Era una mole rosada con forma de signo de interrogación. Siempre me intrigó saber por qué el arquitecto la diseñó así. 

¿

Al final del camino El Alba (literal, después venía el faldeo del cerro), estaba el paradero de la 638. Alrededor de la escuela había bosques. Un oasis realmente, no como hoy, que está inserto en una barriada aspiracional de casas estilo americano de tres pisos y dos autos en la entrada.

Los viernes era un día esperado por los alumnos y se armaba la samba desde temprano. Los estacionamientos que estaban al costado se repletaban desde la mañana con cabros que vendían pitos, pastillas y toda clase de colaciones a la medida de cada uno. 

El bosque tragaba gente sistemáticamente, era patrimonio comunitario. 

El Líder de Camino el Alba, era la botillería más cercana. Entre esperar la micro que pasaba con muy poca frecuencia, lo mejor era ir a pie y volver a dedo. Se aprovechaba de fortalecer los muslos y las amistades que duran hasta hoy.

Se parieron ideas libertarias bajo los sauces, romances de día viernes y ataques de risa eternos. Era inevitable terminar buscando el árbol con mejor sombra y tomando vino en caja. 

Siete años después de egresar, volví al Duoc como profesor. 

Estuve varios años y hubo cursos con procesos memorables.

Fue una segunda pasada por la escuela de teatro. Comprendí cosas que habían quedado truncas cuando fui estudiante. Buen proceso.

El bosque ya no estaba. Al frente, la Scuola Italiana. En la esquina diagonal un Subway, gyms, y lavanderías y una barriada estilo The Truman Show. 

Los postes de luz proliferaron y las camionetas de seguridad ciudadana pasaban a cada rato. A pesar de la ausencia del bosque, cambian los antros. Mis alumnos eran mucho más resueltos y adictos a los químicos. Pareciera que el trago es parte de lo análogo. 

Decirle trago me delata. 

Ellos hablan de M, de trips, del reino funji. Transaban por whatsapp y llegaban en uber a clases. 

Mi renuncia fue abrupta, impulsada por una cátedra del director de la escuela. Estábamos en una semana de retiro docente (Eufemismo para llamar al adoctrinamiento). 

Cuando partió la reunión preguntaron por los desafíos para este año entrante. Surgían iniciativas desde los profesores acerca de cómo fortalecer el bagaje en tanto lecturas y talleres complementarios. Había muchos cirqueros, músicos, semaforistas. Salieron ideas de talleres de iluminación, teatro de calle, profundización en interpretación musical, y…

Momento. Freno en seco. 

Nos explicó que las necesidades de la escuela estaban mutando, que no proyectáramos en nuestros alumnos la idea de instalar contenidos académicos que no estuvieran dentro del lineamiento de Duoc. 

¿Qué significa esto? Preguntó alguien. 

Que no es necesario ponerse creativo. Tomó un sorbo de su café de grano en un vaso con su nombre. Nos dejó claro que no éramos la Chile (Universidad en la que él estudió) ni la Católica, que los alumnos nuestros son casi todos de provincia y la gran mayoría de colegios municipales. Prácticamente es una escuela para oficiantes que ocuparán puestos de trabajo junto a los teatristas salidos de las casas más reputadas.

Nadie objetó. Yo tampoco. Me ahogué. Tuve que salir al patio. Caminar. Yo estudié ahí, putamadre, sentí la violencia de ese lineamiento como propia. Se me posó en la espalda la orfandad de estar trabajando en un lugar de descariño tan categórico con sus muchachos. 

El director de escuela también fue profesor nuestro. Tiendo a pensar que esa fue la diana con que nos medía. 

A pesar de ello salieron compañías de teatro connotadas que se abrieron paso en la escena teatral chilena. Entre ellos grandes amigos.

Lo que me violentaba era lo pusilánime de la cátedra farsante. Una escuela enmarcada en pagarés, quintiles y letras que encasillan por ingresos a sus alumnos. 

Ver la escuela de teatro, espacio trascendente en tanto material sensible que se articula, en manos del snobismo, con nula capacidad de ver las potencialidades. 

El director jugaba como peón que intermediaba entre el trabajo precarizado de los docentes, y el directorio que siempre calculaba todo en monedas.

Cuando renuncié, me costó acostumbrarme. 

El ingreso fijo, la estabilidá.

Esa tarde llegué triste. Dejamos a mi hija con sus abuelos. Mi compañera me invitó unas cervezas esa noche en un bar que está cerca de nuestra casa. 

Estaba frustrado por las esquivas posibilidades, la impotencia de influir en un cambio de paradigma en la escuela. 

Cesante y pensativo.

Me habló de Cerati y la canción Adiós.

Me la cantó incluso:

Quedabas esperando ecos que no volverán
Flotando entre rechazos
Del mismo dolor
Vendrá un nuevo amanecer
Uh uh uh uh

Repasamos memoria de nuestra época de la escuela, (Ambos Duocanos) de los compañeros históricos y el anecdotario. Nos metimos de lleno en los recuerdos. 

Algo con el desapego se instaló en mi cabeza. 

Pagamos la cuenta a medias. La tranquilidad del finiquito duraría un mes más, tiempo para planear los nuevos pasos, y con el ojo lavado y sin legañas.

Caminamos abrazados hasta la casa, chinos de cebada y marihuana. 

En ese tiempo no me hubiese imaginado escribir de ese episodio. 

A ese nivel de impensadas fueron las oportunidades que se abrieron al tomar esa decisión.

Cerati sabía mucho.

Vicente Larenas Añasco. 1983. Dramaturgo, director y actor de teatro. Fundador de la compañía Caldo con Enjundia teatro-Chile. Colaborador en Revista Lecturas.

 

 

 

 


Máquinas para el sonido

Máquinas para el sonido

Máquinas para el sonido

Máquinas para el sonido

Hace algunos días buceando en el feed de instagram me pillé con un meme o infografía particular. Trataba sobre el proceso de evolución histórica de los reproductores y la industria musical, partiendo desde los fonógrafos hasta llegar a los modernos y luminosos ipods. Es interesante pensar en cómo se relaciona el avance tecnológico con los procesos compositivos de las épocas, y cuánto se influencia lo uno de lo otro. La carrera del dinero siempre mete sus manos en el desarrollo de ambos.

La música y los aparatos que la reproducen nunca faltaron en mi casa. Recuerdo que mi hermana se encontró un cajón de feria lleno de cintas. Rescatamos varias joyas, el resto se usaron para grabar encima. Teníamos una casetera negra y destartalada marca Panasonic que resistió varias caídas por su traslado constante y nada cuidadoso. Programas radiales (los reales y los que hacíamos jugando con mis sobrinos), aceite evaporado cuando sonaba Perales mientras mi madre cocinaba, mi hermana pausando y retrocediendo de manera compulsiva un track para poder transcribir una canción que le gustase. Parecía que nada podría destruirla.

Recuerdo también cuando mi hermano mayor me regaló mi primer personal estéreo junto a una cinta, un casete pirata con el disco King For a Day...Fool for a Lifetime de la banda estadounidense Faith No More. Era una tarde cálida y aburrida de esas de los 2000. Para variar había peleado con mi sobrino menor(aunque suene raro teníamos casi la misma edad). Pero esta vez el “castigo” sería uno de los momentos más importantes en mi vida como músico: tuve que estar sentado en silencio mientras mi hermano limpiaba su pieza y escuchar ese disco de principio a fin. Tenía un sistema un poco chasquilla en el que reproducía el disco desde una consola Playstation, pasaba por un equipo de música y la señal finalmente llegaba a una radio antigua donde se sobrescribía la cinta del cassette.

Algo pasó en ese momento. Descubrí lo que significa disfrutar un álbum en su totalidad, con todos los matices y transiciones que componen la unidad en una obra. Empecé también a desarrollar el gusto por recopilar música, ejercicio que termina por construirte como individuo, separando tus gustos y preferencias del resto, ayudándote a encontrar un espacio de intimidad frente al mundo, maravillarte por cómo una música en particular puede hacerte sentir identificado. No tanto tiempo después empezaría mi amor por tocar guitarra y componer canciones, lo que me llevó a juntar una gran cantidad de música.

El año 2005 me regalaron una radio con casetera y reproductor de cd. De un día para el otro se volvió accesible para algunos tener un computador con internet en casa. Podías descargar millones de canciones sueltas o discos enteros si querías. Tenía un par de amigos que “quemaban” en discos vírgenes lo que les pidieras, películas de culto, rarezas imposibles de encontrar en disquerías, conciertos en vivo, incluso (ahora me parece algo bizarro) bromas telefónicas. Gracias a esto pude ampliar mi conocimiento sonoro radicalmente. Todos los estilos, todas las épocas, todas las bandas cabían en ese momento en un disco duro y en los recientes y populares Mp3s. A pesar de que la calidad de estos últimos es inferior y al principio solo tenían una capacidad limitada de almacenamiento. 

Con la llegada de las plataformas de streaming el panorama cambió. Parece que ahora todo se construye bajo la premisa del lanzamiento, la expectativa del millón de visitas y los miles seguidores. Quizás ésta transformación en la manera de reproducir música, también cambió nuestra manera de disfrutarla. No es menor que en los carretes, en vez de sintonizar la estación radial favorita o elegir una canción en la gramola del bar, ahora se disputen teléfonos celulares para elegir las listas top de la semana. Pienso en esto escuchando Strange Days de The Doors en el auto de mi primo, uno de los cientos discos rayados y guardados en una funda, como se hacía antes.

Camilo Zanetti(Diciembre, 1990). Es músico, cantautor y poeta. Ha publicado Jardín(Calavero Estudio, 2018).

 

 

 

 


papageno

Papageno

papageno

Papageno

Mi papá dijo, nos preguntó en el almuerzo, ¿han llamado a su madre? Sentí como un líquido que se me filtraba por alguna grieta del pecho. Habrán sido semanas. No, le dije, no he hablado con ella. El cuerpo avisa cuando va a llover. El líquido ensanchó la grieta, habrán sido semanas, pensé. El líquido ensanchó la grieta, me mojó las piernas por dentro. Habrán sido semanas. Sentí miedo de escucharla, pero me puse el teléfono en la oreja, rezando. Su voz se metió por mi mano, por mi brazo y me erizó los poros escondidos bajo un chaleco que ella misma había tejido, me hizo temblar y me abrió los ojos como dos lagunas. ¿Qué pasa, Delfina? ¿Qué pasa?, me preguntó mi hermana, me preguntó mi papá. Encontré sangre en la muralla, gritaba. Deben haber jugado con él, está muerto, ni siquiera pude enterrarlo, lloraba. Lo envolví en un pañuelo y salí a comprar veneno, voy a matar esas perras, perras asesinas. 

Le dije que se calmara, colgué el teléfono, preparé una mochila y me fui al terminal para rellenar el vacío que sentía en la clavícula, queriendo mi cuerpo esconder la cabeza de una madre que llora y no encontrándola por ninguna parte. Ella había armado un camión con todas sus cosas, sus 14 gatos, sus 3 perras y su ninfa cantora, el Papageno, y se había ido a cuatro horas de nosotros, al frío, al olor a leña húmeda, a una casa con un patio barroso y lleno de piedras. Ella se había ido arrancando de la pobreza de la música, de los alcaldes, de las corporaciones culturales, de los fondos estatales, de las orquestas herméticas y de la música que se desvanecía. Ella se había ido, y nosotras la habíamos abandonado.

Ese día que las perras mataron al Papageno y que supe que mi mamá lloraba de frío en las noches en su colchón en el suelo de la casa vacía, una represa entera se terminó de trizar en mi pecho y la ola me llevó derecho hasta ella, a la casa donde vivía hacía semanas y que yo no conocía. Tenía un baño sin tina, húmedo y frío. Tenía dos habitaciones con puertas que no cerraban bien. Tenía un living comedor cocina con una columna en el medio y un piso de baldosas que nos hizo caer a todos. Todo húmedo. Todo frío. Todo Talca. Y en la muralla del living, la mancha de sangre café de su amor cantante, que con nada del mundo podía borrarse.

Delfina Harms (1990). Estudió Licenciatura en Música y Luthería de cuerda clásica en el ex Pedagógico. En el año 2013 se mudó a París para continuar sus estudios y comienza a dedicarse a la escritura. En 2014 se instala en Marsella donde migra de la luthería al grabado y publica su primer libro ilustrado, “Perro Tigre”, presentado en Santiago en Agosto de 2017. En 2019 publica el libro “Nosotras las niñas” con la editorial LarvaPress. Actualmente forma parte del Taller Calicanto donde desarrolla arte gráfico y editorial.

 


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Al sur de la memoria

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Al sur de la memoria

Cuando niño tenía varias ensaladas o enredaderas en mi mente. Una de ellas era creer que Los Prisioneros y The Beatles formaban una misma banda. Está confusión -pienso ahora- se produjo durante los viajes al sur con mis viejos, en esa camioneta roja destartalada que se hundía en la lluvia y los helechos, mientras nos acercábamos más y más a tierras huilliches. Viajar conmigo no era fácil, ni siquiera salíamos de Santiago, a menos de una cuadra de la casa de Ñuñoa, y ya estaba preguntando cuanto faltaba para llegar a Maicolpue. Lo único que me sosegaba era jugar al Secreto de la Momia, un juego que consiste en adivinar el personaje o cosa que el otro está imaginando, a través de preguntas sencillas como: ¿tiene pelos? o ¿está vivo ahora?, y sí la respuesta es <si> puedes seguir preguntando, pero si es <no> le toca al que sigue y así hasta achuntarle. Otra de las estrategias de mis viejos para mantenerme entretenido y no volverlos locos, era escuchar música en extintos cassettes y acompañarla con nuestras voces desafinadas; canciones y melodías que dibujan el paisaje de mi infancia con sus ritmos. Valparaiso del Gitano Rodriguez me sigue conmoviendo. La voz de la Violeta incluso hoy me resuena junto a los saltos duros de la Toyota. En esos cassettes las canciones no seguían un orden claro, pues habían sido grabadas directamente de la radio. Su organización era el gusto de la persona que las grabó cuando pudo y no la coherencia del álbum original. Ese orden musical para los viajes estaba a cargo de mi madre, una fanática empedernida de The Beatles. El Sargent peppers es ella y no mi padre, quien es Led Zeppelin, sobre todo Black dog. Recuerdo perfectamente cuando me mostró mi viejo ese tema y no podía dejar de moverme y saltar sobre el sillón y querer escucharlo una y otra vez. Después de eso me prohibió escucharlo. Como es evidente, Tren al sur no podía faltar en esos viajes, como tampoco las canciones de los ingleses, que en mis oídos se sobreponían unas sobre otras armando un solo amasijo sonoro que yo disfrutaba indistintamente. Lo que quiero decir es que para ese niño las dos bandas eran parte de un continuo gozoso, una misma y desordenada pero alucinante armonía. No recuerdo bien cuando me di cuenta que estaba confundido, debió ser años después, cuando ya habíamos abandonado esa cabaña húmeda rodeada de alerces; como a los doce o por ahí, cuando mi primo comenzaba a estudiar en el Conservatorio guitarra clásica y me mostraba otro tipo de música -como King Crimson, Frank Zappa o The Who, entre otras.- alejada de las huevadas que escuchaban mis compañeros  -Blink 182 o Limp Bizkit-; debió ser por ahí, mientras escuchábamos Revolver y decirle a este huevón oye, no cachaba este disco tan pulento de Los Prisioneros y que se cagara de la risa. Estay mal po primo, si son dos bandas nada que ver, unos son chilenos y los otros ingleses. A pesar de sus enormes diferencias, sigo creyendo que ambas bandas tienen algo en común que las une. Las dos provienen de barrios de trabajadores y no de clase media, no se conocen en la universidad -como los Rollings- sino en la calle. Ambas conformaron la idiosincracia de un país en una época, salvo que unos recorrieron todo el mundo y los otros con suerte Latinoamérica, pero que para mi son una misma emoción: recorrer una carretera perdida, acompañado de seres queridos y que me quieren, a pesar de estar volviéndolos locos.

Cristian Rolf Foerster Montecino (1988). Magister en Arte, mención Teoría e Historia del Arte y Diplomado en Gestión Cultural, ambos de la Universidad de Chile. Licenciado en Letras, mención Literatura Hispanoamericana, de la PUC. Ha publicado Ruido Blanco (Cuneta, 2013) y Balada (Libros del Pez Espiral, 2019). Actualmente cursa el Doctorado en Literatura de la PUC y es secretario de la Fundación Rectángulos de Agua. Patrimonio, Arte y Cultura.

 


estrujar-las-piedras

Estrujar las piedras

estrujar-las-piedras

Estrujar las piedras

Para bien o para mal, escucho música hasta que el placer se disipa por completo. Con esto me refiero a que, una vez descubierto el artista o banda, reviso todo lo que hay disponible, lo repito una y otra vez, lo celebro, recomiendo, quemo discos para ponerlos en el auto mientras manejo, incluso, ahora último, lo llego a bailar levemente mientras hago aseo con los audífonos puestos. Hace unas semanas le decía a un amigo que tal vez no es que a uno le gusten ciertas cosas, sino que simplemente se entienden, y, al entenderlas, se produce el goce y posterior obsesión, locura que tiene fecha de vencimiento o por lo menos un final provisorio, asunto impensable cuando se comienza el viaje a través de los discos. 

Camarón de la Isla y Moondog fueron los últimos en sacarme del tedio de no tener nada que escuchar. Evidentemente disímiles y parecidos en la definición de la expresividad -tal vez eso transforma la música en buena música: la claridad de sus posibilidades y límites-, devoré cuanto había de cada uno de estos. Los tiempos de Camarón fueron largos y tal vez un poco cansadores para mi entorno, no solo escuché todo, además aprendí algunos acordes -todo esto en España- y los importé a Chile, contagiando a mi primo y a un par de amigos. Dos o tres cervezas y estábamos buscando la manera de cantar una “alegría”, “solea”, “bulería”, hablando del “duende” que tenía José Monje Cruz, admirando su chocopanda, joyas de oro, soñando con ser gitanos. El disco “La leyenda del tiempo” aun puedo oírlo, pero sin la emoción de antes. Que quede claro: adoro a Camarón, a Tomatito, a Paco de Lucía, a Paco Cepero a La Perla de Cádiz y a Rosalía (aunque sea paya).

A Moondog lo había escuchado pero sin saber quién era. Esa típica situación de escuchar algo a medias en la radio o de música de fondo de una película -después caché que era de él la música del documental sobre Roberto Bolaño El último maldito de la Televisión Española. Fue un amigo, el escritor y músico Sebastián Astorga quien me tiró un link de mala gana -por que siempre lo molesto con lo mismo-. Se trataba del disco homónimo de Moondog, artista llamado realmente Louis Thomas Hardin, apodado “El Vikingo de la Sexta Avenida”, quien solía ganarse la vida como músico callejero en Nueva York. El disco me voló la cabeza. Aunque lejos el que más me impresionó fue “Moondog and his Friends” de 1954, con aires orientales, bongós, marimbas, flautas, un gong y un relator. Una verdadera maravilla que ahora, me doy cuenta, vuelvo a disfrutar. Por eso hablaba de fechas de vencimiento y finales provisorios. A las bandas mediocres es imposible volver a disfrutarlas. Moondog está muy lejos de eso. Por el contrario, el tiempo le hace bien.

Gabriel Zanetti (Santiago, 1983). Es autor de Cordón umbilical (2008) y coautor de Prohibiciones y títulos (2015). Es uno de los fundadores de Revista Lecturas y Lecturas Ediciones. Trabaja como editor y profesor de escritura.

 

 

 


abril-94

Abril 94

abril-94

Abril 94

En el 94 el teléfono estaba a la entrada de la casa, sobre una mesa de máquina de coser marca Singer pintada de negro. En esa época las casas aún tenían sala de estar (ahora parece ser cada vez más difícil estar) y la nuestra no era la excepción. La voz al otro lado del teléfono era la de mi primera novia (de ascendencia italiana, me dejó por el presidente de curso, pero eso es otra historia) y me decía que Kurt Cobain había muerto. Miré los hoyos que le había hecho al jersey azul que le había robado a mi viejo y luego miré hacia arriba la lámpara de color verde botella. 

Un compañero de curso me prestó el Nevermind, un caset de edición gringa. Ya de partida, la portada no se parecía a nada de lo que había visto. No era oscura en el sentido clásico (al menos no a propósito) y me recordaba a cierto trauma que tenía con las piscinas. Se lo pedí prestado y lo grabé en un caset de cromo que compré especialmente para dicho efecto. Como sobraba un poco de cinta por cada lado, grabé algunas canciones de los Beatles, por lo que al cambiar el lado, siempre sonaba Hello, Goodbye o We can work it out. Me resultaba divertido matizar la amargura y desesperanza de Cobain con el optimismo inocente y melódico de McCartney. Era como tomar café negro con una galletita. 

Mi papá estaba empeñado en hacerme trabajar, porque estaba convencido de que lo único que hacía era ver televisión, escuchar música y hacer collages (puede ser). Pero en una capa más profunda, tal vez se daba cuenta de que nos alejábamos irremediablemente. Entonces me hacía levantarme a las 6 AM  y me llevaba a trabajar con él, a bordo de su furgón destartalado, por caminos de tierra rumbo a la costa, como hacían los hombres. Como era lógico, odiaba la situación (y el silencio instalándose entre nosotros, pesado como la rueda con cemento acostada en la parte trasera del furgón), y entonces me llevaba el Nevermind en el walkman Sony que le había robado a mi hermana (total, apenas lo usaba) mientras surfeaba con los ojos los paisajes costeros de la región del Maule. Cada vez que escucho ese disco, pienso en patos silvestres planeando sobre el lago Vichuquén y en la luna llena iluminando un cerro en cuyos caminos llenos de barro yace un furgón gris en pana. 

Mi mamá me había regalado una camisa de franela verde, muy abrigadora y muy bonita. Hoy daría lo que fuera por recuperarla, pero en aquel entonces, como era demasiado abrigadora y bonita para ser grunge, no la usaba mucho. Con mis amigos salíamos a pasar frío, usando chaquetas delgadas y zapatillas de lona en pleno invierno, para tocar guitarra en la plaza hasta la madrugada, compartiendo botellas y besos bajo la luz amarilla del alumbrado público. Tal vez si en aquella época hubiese elegido el hip hop no hubiese pasado tanto frío. 

Corté el teléfono, fui al living y puse el MTV. Era real: Kurt Cobain estaba muerto. Apagué la tele y subí a mi pieza, donde mi papá había empotrado una radio de auto en la muralla, con un par de parlantes a cada lado. Comenzó a sonar Serve the servants. Habría que buscar nuevas formas de llenar el silencio. 

Nader Cabezas: 42 años. Editor de contenidos digitales y músico autodidacta. Ha publicado los discos Día blanco (2009), Caminos, barrios y gente (2011), El hijo del monstruo (2012), Esfinges (2013), Rocket cinema (2015). Melómano y entusiasta del cine

 

 


De Memorias y Reencarnaciones

De Memorias y Reencarnaciones

En el colegio en que estudié, cuando iba en quinto básico, el centro de alumnos organizó primer festival de destreza musical. Temática libre. Mis amigos cercanos de quinto básico eran el Luna y el Gormaz. El Luna nos propuso preparar un par de temas y presentarnos en la competencia. En ese tiempo yo no tocaba ningún instrumento, fuera de la flauta dulce y el metalófono, que eran de la malla obligatoria de música. Me sabía unas canciones caladas: Mira niñita, Sambalando, Tatatí y otras del cancionero jipón exiliado. En kínder nos aprendimos Que la tortilla se vuelva y Arriba en la cordillera. 

La cantamos a coro en el acto de fin de año, entre aplausos de los apoderados y borras de vino tinto de sus recuerdos.

Ese era mi periplo musical hasta entonces.

Yo no sé tocar, dije. Yo tampoco, pero no debe ser tan difícil, me dijo el Luna. Tú tocai la batería, Gormaz la guitarra, yo canto y toco el bajo.
¿Pero batería yo? Sí, me dijo. Tu tení mejor ritmo que yo. Como era intuitivo, yo acepté. El Luna siempre fue de mentalidad decidida, un caradura y patudo a veces, aunque siempre acertaba. No sabía de donde iba a sacar una batería.

Ese mismo día en la tarde me invitó a su casa después del taller de fútbol y le pidió a su hermano que me enseñara el patrón de El baile de los que sobran de Los Prisioneros. Con ese tema nos vamos a presentar. 

Su hermano decía ser baterista. Tenía pósters de los Illya Kuryaki y usaba trenzas. Con mis amigos teníamos una afición por los Illya Kuryaki y el video clip de Abarajáme era nuestra obsesión.

El hermano mayor de Luna, luna grande por ende, nos convenció que el ascenso a la popularidad se abría siendo músico. Que él lo había comprobado. Yo soy baterista, decía, pero no tenía batería, ni siquiera baquetas. 

Da igual, le gustaban los Illya Kuryaki

En ese momento de la vida, alguien que tiene un par de años más, es un referente de alguna manera. Estaba en la media y fumaba. 

Tantas lógicas insulsas que uno despliega en esas edades del bigote plomizo y el cambio de voz.

Despejó la mesa y empezó con los dedos a golpear el patrón de El baile de los que sobran, tarareó la intro, hizo los ladridos de los perros y siguió con la letra: 

Es otra noche más

de caminar

Es otro fin de mes

sin novedad…

(Interludio)

Mis ami…

Ahí entra la batería. ¿Cachaste? En mis ami… 

Luna grande me dio una pincelada básica. 

Anota me dijo: Los golpes con la mano derecha van al Hi hat. Los de la mano izquierda a la caja. El pie derecho al bombo y el izquierdo al pedal del atril del hi hat.  

Lo anoté en un cuaderno sin entender nada. En la micro me fui familiarizando con la terminología que había usado Luna grande.

Cuando llegué a la casa, le conté a mi mamá que íbamos a participar del festival y que yo iba a tocar la batería.

Mi mamá actriz, tenía un colega baterista. Le pidió si me podía hacer unas clases. Él aceptó. Clases dos veces a la semana. Los miércoles en la tarde y los sábados en la mañana. 

Igual que a un niño arquero que le compran guantes nuevos y espera la pichanga para estrenar, mi mamá me compró baquetas en el Portal Lyon y esperé la primera clase ansioso.

El colega de mi mamá tenía dos bandas; un tributo a The Ramones y la otra, era la banda de una compañía de teatro muy conocida en el circuito.

La primera vez que nos vimos, llegó con olor a copete y sin la batería. Me hizo escuchar un caset completo de Don Ramones. Así se llamaba su banda tributo. El sonido era muy artesanal, de garaje, coherente con su apariencia. Es para que sepas con quién vas a aprender a tocar, me dijo. Yo puse atención a la música mientras le miraba los bototos negros con que andaba. Tenían cordones rojos. ¿Cuándo fue la primera vez que descubriste la música? Abrió una ventana, prendió un cigarro y se dispuso a escucharme. Le hablé de los Yllia Kuryaki, por supuesto. 

Quedé contento, a pesar que no pude estrenar las baquetas.

La segunda clase fue un sábado en la mañana. Traía la batería en su auto. Era una Tama Swingstar. Algo como el balanceo de las estrellas. Buen instrumento. Otra vez el olor a copete. Claramente había una tendencia al alcohol, pero qué importaba. Yo estaba duchado y había tomado desayuno. Él venía de una fiesta, seguro. 

-Me atrasé un poco, se excusó. ¿Vives lejos? Le pregunté. A la misma distancia que tú de mi casa. 

Se saludó con mi mamá. Se tenían muy buena onda. Mi mamá ofreció ayuda para bajar la batería.

-No. –Dijo seco el profe. -Tiene que saber lo que pesa el instrumento que eligió. 

Por primera vez vi un desafío a la sobreprotección de mi mamá. Se sonrojó y acató. Quizá era parte del aprendizaje y ella poco sabía de baterías y de punkrock. 

Tuve que entrarla yo sólo. Ellos conversaban de un estreno que habían visto hace un par de días y de gente que yo no conocía. 

La instalamos en una pieza chica para que yo aprendiera. Qué altruismo. Un ser humano muy particular. Hablaba en claves que estaban a mitad de camino entre mi mamá y yo, y a pesar que tenían edades similares, inclinaba la balanza a la juventud eterna más que a sentar cabeza. No tenía la responsabilidad de criar. Era el profe punki. 

En dos clases, me había hecho dos jugadas que no preví. 

Era un muy buen inicio. Le agarré confianza. 

Además, toda la semana había practicado imaginariamente la combinación de golpes. Quería sentarme en el sillín y mostrarle al profe que había practicado. Quería estrenar las baquetas. 

Las estrené, pero con una repetición tediosa de golpes cuadrados. Plato bombo, plato caja. Plato bombo, plato caja. Toda la clase así. Me dijo que tenía buen ritmo. 

Dejó la batería para que practicara.

Luna y Gormaz hablaron con mi mamá para que nos dejara ensayar ahí hasta el festival. Era más fácil mover una guitarra y un bajo que los tambores. Mi mamá aceptó. Al primer ensayo, llegó un fierro al techo. Algún vecino desesperado por el ruido. Mi mamá compró napa y forramos con mis amigos la pieza completa. 

Pasaba las tardes sólo. Empezamos a fumar nuestros primeros cigarros y a escuchar a Los Prisioneros sistemáticamente. Eso me había sugerido el profe.

Al otro día nos inscribimos en el concurso. Necesitábamos un nombre de banda. Los reos le pusimos. La alusión estaba clara. Había que pagar una suma simbólica de dinero que iba en ayuda de un campamento que estaba cerca del colegio, que, a pesar de ser privado, ligaba todas las iniciativas a lo social. Era un oasis en medio de una población.

Seguí con las clases los miércoles y los sábados, y ensayaba con mis amigos día por medio. 

Agarré soltura en mis muñecas. Luna y Gormaz notaron mi avance.

La semana de la presentación, llamé por teléfono al profe. Le pedí si podía dirigirnos a los tres en un ensayo definitivo. Claro, me dijo. Nos vemos el miércoles en la tarde. 

Luna y Gormaz ya dejaban sus instrumentos en mi casa. Iban todos los días después de clases. 

Almorzábamos croquetas de pescado congeladas y puré instantáneo todos los días. No invertíamos tiempo en preparar nada muy elaborado. 

El miércoles del ensayo general, el profe no llegó. 

Estaba preso. 

Había chocado con un poste. Ensayamos igual.

Ese viernes nos presentamos en el patio del colegio. Era invierno y salimos con poleras y pelo engominado a tocar. Obtuvimos el segundo lugar en la competencia. Nada mal para ser unos principiantes. Ganó el flaco Greene de octavo que tocaba flauta traversa y estudiaba en el conservatorio. Era del gusto de los profes. Nosotros éramos del gusto del alumnado.

Fue un despertar en muchos aspectos. Nos hicimos conocidos para los más grandes. Me atreví a declararle mi amor a una chica de séptimo y fue mi primer pololeo. La banda duró un par de años más y para las kermeses tocábamos un repertorio que incluía Nirvana, los Guns´n Roses y Sepultura. Nos dejamos el pelo largo. Es que en el colegio se podía ir así. Fuimos rockeros reputados y abrimos la puerta a los que venían después que nosotros.

Mi profe desapareció. La batería quedó en mi casa. Hasta que un día, me lo encuentro en un estreno de mi mamá en el teatro Antonio Varas. 

-Tengo tu batería, le dije. ¿Seguís tocando? Sí. Te la regalo, y se empinó la copa de champaña al seco. –Esas weás tienen que circular. Pa eso las hicieron.

Yo ya le había comprado parches nuevos, más platos y un doble pedal. Era mía hacía un tiempo, sólo faltaba hacerlo oficial. 

A ese profe le debo mucho. Cuando lo vea lo voy a abrazar y se lo voy a decir.

Con mis amigos seguimos en contacto hasta ahora. 

El Luna se dedicó a la música y el Gormaz vive en Suiza, en los Alpes y es instructor de escalada. Seco.

Salimos del colegio y yo me fui a vivir a Los Lleuques, a un campo de mi abuelo. Vendí la batería y me compré un udú en Pomaire y un caballo. En la montaña es más necesario un caballo que una batería. 

Escuchaba el galope y era percusión. La bomba que extraía agua de la noria, tenía un ritmo. Se me había clavado el sentido sonoro.

A los dos años volví a Santiago. Mi hermano estaba con depresión y no quise estar lejos en ese momento. 

Me metí a estudiar con un cubano percusión latinoamericana. Toqué en bares, en la micro, y en combos. Las fiestas no las cuento, porque las fiestas son con música en vivo. No hay de otra.

Un día caminando con mi hermano por Plaza Egaña, vimos a un grupo evangélico con banda de música. 

La batería. 

Sonaba parecida. Me acerqué y tenía las mismas marcas y los mismos scotchs pegados. Era la Tama Swingstar, sólo que el parche delantero del bombo tenía una leyenda que decía “Dios es más grande que tu problema”.

Nos quedamos escuchándolos un rato. Había sol.

Se instalaban los sábados en la tarde a tocar frente al teletrak. Querían convencer a los descarriados, pero los viejos ludópatas les echaban la talla y seguían pendientes de los caballos fina sangre del hipódromo, las quinelas y las superfectas.

Un sábado pasé y habían renovado la batería. Al baterista también. 

Se la vendimos a un chinchinero, me respondieron cuando les pregunté. Sé que los chinchineros las intervienen, les cortan la longitud de fondo y las rompen para armar su herramienta de trabajo. 

Quizá en qué lugar terminó la Tama Swingstar. 

La nombré la callejera errante. 

La que llegó en un auto, se transformó en caballo y después se fue en carruajes a golpear la puerta de los ángeles, con sus platillos como timbres celestiales y los bombos marcando el pulso de los feligreses que escuchaban las alabanzas en las bancas de la Plaza Egaña. 

Ojalá que ruede por más tiempo. Ojalá que siga en manos de alguien que la use. 

Así fue el regalo que me hizo el profe.

Así tiene que terminar.

Vicente Larenas Añasco. 1983. Dramaturgo, director y actor de teatro. Fundador de la compañía Caldo con Enjundia teatro-Chile. Colaborador en Revista Lecturas.

 

 

 

 

 


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“Show no mercy”

“Show no mercy”

Tenía once o quizás doce años, cuando un amigo/novio metalero de mi hermana mayor, en un acto casi espiritual o epifánico, me prestó el cassette original americano de Slayer “Show no mercy”. Era verano y corría el año 1988, en el calendario occidental. Yo creo que básicamente estaba intentando ganarse mi cariño como cuñado, pero esa es otra historia, así que mejor quedémonos con la espiritualidad del acto, aunque pienso que lo que hacía este personaje era más bien una campaña de satanización infantil por el barrio. Esto último sí fue logrado.

En fin, les comenté a mis dos mejores amigos este suceso y nos juntamos al otro día en la casa de uno de ellos, sus padres trabajaban largas jornadas fuera de la casa, solo estaba su nana y su hermana chica. Fuimos a su pieza en el segundo piso, nos encerramos ahí y puse el cassette en la radio tipo Boombox que le habían regalado la navidad pasada. 

Cuando eres un pre púber durante la década de los 80, lo único importante para tí es callejear, andar en bicicleta o inventar pichangas, meterte a una pieza a escuchar música no era gran panorama. O quizás sí .Eso quedó claro un rato después.

Recuerdo como se movió mi cabeza por dentro con la intro del primer tema y su demoledora explosión de guitarras y baterías.¿Qué es esto? Me preguntaba mientras nos mirábamos con mis amigos y nos movíamos intentando seguir el ritmo o el sonido que salía por los parlantes. Tocábamos guitarras imaginarias y saltábamos como locos.

Si bien, me gustaba mucho la música new wave que escuchaban otros amigos, o la música popular en español que sonaba en la radio de mi casa, hasta el momento nunca había oído algo parecido a esto. El lado A del cassette terminó y descansamos un poco. Ha sido una descarga de energía trascendental. Tomamos un poco de bebida con unas marraquetas con queso que nos preparó la nana de mi amigo. Era un día casi perfecto. Digo casi porque aún no escuchábamos el lado B.

Gritábamos eufóricos, lo que se nos ocurriera en el instante, la hermana chica de mi amigo entró de imprevisto a la pieza y solo atino a reírse de nosotros, mi amigo la echo de un empujón, su llanto no se escuchó mientras bajaba las escaleras.

Nos tomó sólo treinta y cinco minutos entender que solo eramos niños queriendo entrar en un mundo de sonidos diferentes y que disfrutamos como si fuera la llegada de una bici nueva en navidad o ir al estadio a ver una final del campeonato. Era una alegría distinta, expresada a través de una música, que si bien era mal vista en esos tiempos de libertades vigiladas y padres sobre protectores, no fue impedimento para encontrar en ella un refugio al mundo externo e intentar vivir nuestras propias reglas desde ese día en adelante.

Nunca encontré al diablo visitándome por las noches debajo de mi cama y nunca tuve la intención de matar a mi mejor amigo con un cuchillo. Muy por el contrario esta música me propuso pasarlo bien, vivir la vida, reír, andar más rápido en la bici, jugar mejor las pichangas del barrio o, incluso, tener mejores notas en el colegio para comprarme mas cassettes de ese estilo. Lo de las mejores notas en el colegio nunca funcionó, pero logré igual conseguirme o grabar discos completos de la radio. Era más barato comprar cintas vírgenes y hacerlo de esa manera. Era el pirateo de esa época.

Nunca he dejado de escuchar Thrash metal y todos los derivados de esta música, pero sí agradezco poder haber logrado abrir la cabeza a diversos estilos que me parecían en un principio muy lejanos, pero hoy en día me parecen tan cercanos y motivantes en mi vida como lo fue ese  primer disco de Slayer una tarde de verano en los 80´s. Actualmente ya no los escucho la verdad, hay diferencias de pensamiento que me alejaron de ellos, pero esa es otra historia.

Juan Manuel aburto Z. (1976) Realizador audiovisual, fotógrafo, melómano y escritor en proceso. Cincoojos en Instagram.

 

 

 

 


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Cantar o Declamar

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Cantar o Declamar

A los chilenos nos fascinan los discursos. Algunos los recitan de memoria y otros los homenajean en canciones. Es algo recurrente, que no parece ser casualidad ni depende del género musical. Desde Anita Tijoux hasta Newen Afrobeat, nos encanta encontrar alguna grabación metida entremedio de las estrofas que escuchamos. Ni siquiera Chico Trujillo pudo contenerse a poner un discurso de Allende en alguna canción, y más de una vez he escuchado La Bala de Calle 13 o Semillas de Muerdo sonando por Santiago. 

Se nos infiltraron hasta en el Festival de Viña. ¿Cuántos salieron a reclamar que, para ser un festival de música, hubo demasiadas reivindicaciones? Los productores debieron estar vueltos locos desviando la toma de todas las pancartas con “Piñera culiao”, y no supieron para dónde apuntar la cámara cuando Mon Laferte, entre otros, comenzaron a declamar algunas palabras contra el gobierno. No podía ser de otra manera: el descontento masivo exigía una posición clara frente a la contingencia como un requisito imperativo para poder pasearse por el escenario más popular de la región.

Es más, es difícil encontrar un concierto de Laferte sin alguna denuncia. Tanto así, que yo me enteré de ella cuando increpó a un periodista mexicano que se atrevió a preguntarle sobre las adversidades de ser mujer en la industria de la música. Escuché su respuesta y después busqué sus discos, y no es la única. 

Lo que nos gusta recordar es lo dicho, pues somos “un país pequeño pero que en una sola generación ha dado dos Premios Nobel de Literatura”, cuyos poemas han sido homenajeados en numerosas canciones. Somos un país de palabras, con una cultura oral heredada desde hace muchos siglos, que escribe su propia historia hablando, gritando y cantando; a menudo las tres al mismo tiempo. 

Mi madre una vez me dijo que no le gustaba el rock and roll porque “nomás hablan de puro drogarse y fiestear”. Ella no veía el sentido de bailar al son de un keytar ochentero en una ‘discotèque’ cuando unas cuadras al lado desaparecían gente. Las canciones de protesta siempre fueron su refugio secreto de resistencia. 

Quizás la música en nuestro angosto país andino es el grito ahogado de nuestra historia que se filtra por las grietas de los dedos fracturados de nuestros músicos. 

De ser así; tendría sentido porque Chile, a pesar de ser un país pequeño [“pero que en una sola generación…”] se ha vuelto un gran exportador de canciones de protesta y para protestar:

Recuerdo cómo se me erizó la piel cuando escuche “El Baile de los que Sobran” resonando en las marchas de Colombia. Y bueno, ni se diga de “Un Violador en tu Camino” …

De hecho, yo no tenía idea de que “el pueblo unido jamás será vencido” de Gimme da Power - el cual escuchaba a escondidas, porque Molotov estaba prohibido en mi casa por “majaderos” - era prestado de Inti Illimani. Supongo que a mi madre no le tocó ser “joven y revolucionaria” cuando la guitarra eléctrica empezó a gritar inconformidad en el mundo con Tom Morello o con el Tri y La Maldita Vecindad en México, porque ella ya había escapado del hemisferio Sur cuando Spinetta y Charlie García comenzaron a llenar conciertos.

Es posible que de ella haya sacado mi necedad política; mi obstinación a escribir algo forzosamente politizado…

Porque el chileno es inevitablemente político. Tenemos que ponernos de un lado de esta frontera tercamente ligera, segregando las mismas dos nociones moribundas, que tajan nuestras familias hasta seccionar nuestras ciudades. Y, a pesar de que el arte tiende a trascender más allá de cualquier matiz o color, pareciera que acá se resume en una sola ecuación: los que producen arte son de izquierda y los que compran son de derecha; el artista lanza con fuerza el balón al otro lado, y quien sea que le achunte le regresa el dinero con la misma intensidad. Víctor Jara y Violeta Parra, por ejemplo, están y estarán eternamente atorados del lado izquierdo de este interminable partido de “quemado” que nos rehusamos a detener.

O bien todo esto podría ser simplemente algo latino: toda Latinoamérica siente en el fondo que el Ojalá de Silvio escondía un mensaje secreto, dirigido al dictador de su respectivo país, como lo hizo Chico Buarque con Castelo Branco. Tal vez la música en América Latina se filtró como una resistencia a las diversas imposiciones culturales de la conquista, como un lenguaje secreto que vehiculaba una cultura que se negaba a ser reemplazada, como lo han sabido hacer en África, y que quizás ellos mismos nos enseñaron al retumbar sus percusiones en Brasil y el Caribe. 

Por mi parte, yo vivo en una constante pelea interna, pues mi mitad chilena insiste en trazar una línea de color político, y por detrás mi mitad mexicana la difumina. ¿Qué más puede esperarse de un país que formó un Partido Revolucionario Institucional para derrocar una dictadura, y que ese mismo partido se impuso por más de setenta años?

Supongo que es ahí donde radica la diferencia más fundamental: en México, el arte y la política brotan implícitas, sin necesidad de decirse, mientras que en Chile son una sola cosa, y ambas se declaman.

Matías A. Covacevich (1997). Mexicano-chileno. Licenciado en Ciencias Cognitivas y post-titulado en Comunicación de las Ciencias con un curriculum a la Jackson Pollock. Comunicador científico y escritor frustrado, pero obstinado. Recorrido profesional rimbombante en Letras aún pendiente.