Luz Cuadros

Música Sagrada

Luz Cuadros

Música Sagrada

0.

Escribir sobre música es algo que amerita reverencia e inclemencia. Escribir sin derramar lágrimas se convierte en un sabotaje íntimo, como los secretos más profundos de la entidad humana. Hablar sin caer en el drama ancestral de lo que viene primero y después. ¿Que importa? No he ganado aún los recursos trascendentales de una madre que acoge la vida, la muerte, la incertidumbre. Tratamos de estructurar la naturaleza que es mayormente superior, ligados a un tiempo que no se deja domar, si no que te invita a crecer con el oficio divino, un paradigma protuberante, basto de dudas, de riquezas espirituales que sudan el placer de lo corporal, sumido en elixires que penetran la piel y la transparencia,  para así crear un nuevo trazo: LA TANGENTE 

1.

¿Dónde estás música? ¿Quién eres? Con esta pregunta me saco la ropa y me arrodillo frente a ti. Soy devota, esclava. Soy una idiota que día a día busca tu perfección, esperando las señales que das cuando estoy en el limite de mi propia verdad, que es una tangente obtusa y humana, imperfecta y a la vez cruel. Pero ¿Qué importa? La inmortalidad de mi crueldad viene de la mano con este don de crear. Crear la vida, crear después una puerta para cruzar el sonido a otros mundos. Vengo de allá, lejos de aquí donde la imperfección se nutre de sus necesidades precarias en esencia. ¿Quiénes son ustedes? Los hijos de la miseria que arrancan mi cuerpo, la verdad de un sonido mediocre, escondido de un ritmo que no merecen nombrar. Hablo, en tu nombre, soy yo la DIOSA MÚSICA.

2.

Ustedes, mortales que han usurpado el terciopelo de mi sutileza, se mofan con sus cánticos banales lejos de mi hermano ARTE. Serán castigados quienes se atrevan a usar mi nombre en el nombre del sin nombre, a ese que llaman DIOS. ¿Como les puedo explicar por medio de esta humana que alguna vez fui en busca de la materialización? Hoy solo busco que limpien mi nombre ¿No entienden que el acceso a la divinidad requiere coraje? Precisa embarrar la comodidad de sus estudios tecnológicos, explotar la gracia de una voz interna que habla al son de las circunferencias invisibles. Ni se acercan a los antiguos, ni  a la purificación que soy capaz de dar, a quién sea devoto mío. De todas formas los acojo en mi manto eterno a quienes quieran aprender la realidad de la luz negra y la luz blanca, pues sin ellas yo no existo. Es así de imprescindible despertar en los sueños, es así de urgente volar en los sueños para poder soltar la ilusión de una vida segura. Los recibo en mi morada angelical llena de demonios blancos, fueron ellos quienes dieron vida a sus manos para crear la fuente del progreso evolutivo. Solo les digo: miren las estrellas, estudien el océano, escuchen a los pájaros. Quien no esté en armonía con el infinito no merece mi manto divino. Y si, aún así, continuas contaminando mi casa y te vistes con mi nombre, estarás destinado a los círculos del infierno Dantesco.

3.

Saturno es mi hermano, DIOS del tiempo y espacio. Él está antes y después. No pierdan la sangre que les he dado cuando venían a la tierra. Ustedes saben, a quienes les hablo, hijos míos, no existe pandemia alguna, no existe tiempo lineal ni existe el contorno de una realidad. Ustedes la hacen, moldean y comen. Estaré aquí para quienes busquen el camino de lo trascendental, ya no hay tregua. Estamos los DIOSES juntos esperando la fecundación de lo nuevo, asistimos la verdad humana venida del Khaos, lo entenderán quienes estén libres de dominios inventados. La creación es su dimensión, entiéndanlo y vivanlo sin dudar. 

Aquí estaré para quien se quite las máscaras…

Música.

Luz CuadrosLuz Alighieri, 9.345. Clarinetista y compositora, amante de las letras y libros, directora del proyecto Ensamble de Luz (jazz contemporáneo). Ana en la quinta dimensión, Luziana en el Mundo Zero. Hija de Lilith.

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=JqCwQ9clHec


sons of kemet

IN THE CASTLE OF MY SKIN

sons of kemet

IN THE CASTLE OF MY SKIN. Levantemos polvo en las canchas de tierra del Congo.

Tome nota, vecina.

Hay un grupo que se llama Sons of Kemet y tienen una canción increíble: In the Castle of my skin. 

Se ven bailando sobre una cancha de tierra a hombres y mujeres vestidos de ternos y camisas.

Usted trabaja así.

La he visto llegar del trabajo.

O la veía, más bien.

La música de estos gallos es mezcla de percusiones e instrumentos de vientos. 

Trombón, saxo, clarinete.

Todo empuja las pulsaciones. 

Es por los golpes. 

Es contagiosa la coreografía. 

Los negros bailan hasta cuando están en problemas.

Deberíamos aprender de eso.

Mover el cuerpo, o la cuerpa, o la cuerpá.

Sáquele, sáquele.

Preocúpese de respirar no más.

Vea cómo se le mueve la sangre y lo bien que se siente.

Hágalo para espantar males, o moles.

Deje de ir a esas vainas.

Apoye el comercio local.

No compre lechugas de góndola de supermercado.

Desconfíe si las coliflores son muy blancas. 

¿Cuándo han sido todos los tomates iguales?

Evite esa música que le ponen sin que usted se dé cuenta.

No mire las ofertas de cosas que no necesita.

¿Para qué querría comprar una alfombra persa ahora?

¿A quién va a recibir?

A no ser que la quiera para bailar descalza.

Ahí me retracto altiro.

Ya sé.

Al vecino que le vende las dobladitas y que le hace ojito.

Sé que lo encuentra insalubre y que le molesta que ande sin guantes, que tenga la nariz fuera de la mascarilla. 

Que la tiente tanto a usté como al viru.

No le compre mascarillas que no va a ocupar, si usted no sale.

Baile, señora.

Se lo recomiendo.

No descargue aplicaciones que le avisan si está temblando.

No sea ridícula. 

Si viene un terremoto ya veremos.

Su marido siempre decía que había que ahorrar neuronas.

El bailaba mucho cuando llegaba cocío de noche.

De las fiestas de fin de año siempre llegaba caramboleado.

¿No sabe lo que es estar caramboleado?

Le falta baile entonces.

Escuche a Redolés y pregúntese:

¿Cuándo llegará el socialismo?

Porque eso se espera del plebiscito ¿O no?

Báilese una polka, un tango contra la pared.

Practique besos con el espejo, mírese los ojos y enamórese de usted, no queda de otra.

No ponga sus fichas en llenar la despensa.

Destine esa plata en ayuda de la gente que está pasándolo mal.

Realmente mal.

Angustiados, con niños y el frío sobándoles las canillas.

Vamos a tener que movernos para darles la mano.

A ellos no les podría decir que bailen con esta desgracia, pero a pesar de todo, ellos bailan. 

Y los admiro, pero me da pudor decírselo.

Vergüenza de estar en mi computador escribiendo y tomando mate.

El mate lo voy a dejar porque me está desvelando.

Me preguntan por las reuniones de Zoom si trasnoché.

Claro, les digo yo. 

Me quedé bailando. ¿Solo? Me preguntan. Sí, solo.

Es que así es el mate. Así son las preocupaciones.

¿Sabía vecina que el mate es un regalo que le hizo la luna a los guaraníes para que se sentaran a conversar?

Yo lo aprendí ayer.

Pero ellos toman tereré.

Eso es helado.

Y al verano le faltan vueltas.

Capaz que se demore en llegar.

¿Se imagina si nos quieren encerrar por harto tiempo más?

Le insisto que tiene que aprender a bailar.

¿Cómo irá a reaccionar la gente con calor, confinada y bailando?

El vecino que vende pan amasado va a tener que ofrecer cubos de leche o de jugo de frutilla o de melón tuna.

Y usted va querer comprar varios para tener por si acaso llega.

¿El socialismo? Se preguntará usted.

NO.

Recuerde que esta vez es a la inversa.

Usted diga que SÍ.

SÍ, APRUEBO.

Que SÍ quiere cambiar la constitución.

Yo sé que usted cree en esa vía.

Le encanta cumplir con su deber cívico.

Usted votó por el plebiscito del 88.

Fue concertacionista.

Nueva mayorista.

Coqueteó con Lavín eso sí.

Ahí se me cayó.

Se le hizo agua la boca con los parques de nieve en pleno verano.

También se sonrió con el Kiki challenge de la Kathy Barriga. 

Esa es la famosa Robotina.

¿Qué pensarán el Pera y el Salfate?

Maldita sea, deben decir en su interior.

Y usted debe pensar, maldita sea no atreverme.

A propósito ¿Le pagó el kit de cuarentena a la vecina de la torre b?

B de baile.

B de billetera para pagarle todo lo que le vende.

Se me olvida que le anota al lápiz y le cobra lo de la semana completa.

Algo así como un crédito, porque así le gusta a usted.

 

Vi que a su casilla le sigue llegando el Mercurio.

¿Hasta cuándo?

Y no me diga que cuando llegue el socialismo.

Usted sabe muy bien lo que hace Agustín y que él no cree en esos proyectos colectivos.

Engañe a otro diciéndole que le es imposible renunciar a la suscripción.

Yo renuncié a mi trabajo y tengo más suerte que usted.

Usted lee a mentirosos patológicos y les cree.

Y usted se persignaba los domingos, cuando había misa en el San Juan, que le queda en la esquina, atrás del paradero.

¿Cuándo llegará la ofrenda y la señal de la paz?

¿Pensó que le iba a hablar del So…cia…lis…mo?

No me mire como diciendo qué está hablando este negro de mierda.

No se equivoque conmigo.

Yo uso cortinas de papel kraft.

Usted tiene una vitrina comprada en Muebles Sur.

Yo la mía la compré en la feria de Arrieta. 

La trajimos en la camioneta del amigo que la vendía. 

De don Ivo. Como el Basay.

Le aproveché de pasar un refrigerador malo que yo tenía en la casa a don Ivo.

Usted piensa en mandarlo a arreglar para mantener más comida congelada. ¿Para qué hace eso?

Ya veremos si es necesario.

Salga a pasear a su perro, señora.

Afuera hay sol y le hace bien la vitamina D. 

D de Danza.

El necesita estirar las piernas y usted también.

Lea lo que dice el diario mural: 

“15 claves para entender por qué a las mascotas no se les pega el viru.”

A propósito, hay una oferta de nueces orgánicas que se la recomiendo.

 

Su marido se murió y usted no maneja.

Ese auto que tiene ahí… Me pregunto…

¿Le interesaría que yo se lo trabajara?

Usted pone la bencina, y yo la mano de obra.

Usted el auto, y yo la licencia de conducir.

Entre que se llene de polvo o se llene de monedas…

¿Cree usted que haciendo esto, llegue el socialismo?

 

PAUSA

 

Le cambio lo que tengo en el bolsillo por su auto.

Así. 

Mano a mano.

Aunque pierda.

Aunque perdamos ambos.

¿Se podría correr el riesgo?

Y si todo falla, bailemos.

Yo le enseño.

Correteamos a las arañas que están debajo de los sillones.

Y si es arrítmica, se bailará así no más. 

A lo loco.

Van a volar los mercurios.

Van a caer como hojas en otoño y se van a pegar en el barro, como cuando usted quiere quedarse acostada viendo Netflix o durmiendo a pata suelta y le suena el timbre.

Hágale caso a su instinto y óbvielo. 

Duerma no más, sin pudor. 

Por último, sueñe que baila sola.

Sienta el castillo que tiene en su piel, así como esa canción hermosa de la que le hablé al principio.

 

Vicente Larenas Añasco. 1983. Dramaturgo, director y actor de teatro. Fundador de la compañía Caldo con Enjundia teatro-Chile. Colaborador en Revista Lecturas.

 

 

 

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=wmN3vFIukk4&ab_channel=SonsOfKemet


nuevafecha

NUEVA FECHA

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NUEVA FECHA

El 2019 fue un calendario borrado por su miseria. Desde octubre, el guión del país aparentemente estable y ordenado se fue a la mierda. O ya no había guión y se escribiría de nuevo en alguna parte. En ese escenario, la única certeza que tenía eran mis entradas para ver a Dream Theater, que tocaba en diciembre. Como ya no quedaba mucho tiempo, fui sin tener claro qué esperar, aunque sí estaba seguro que no quería ninguna nueva masacre. 

El día del concierto nos instalamos junto con mi amigo Marcelo en medio de un Movistar Arena lleno, pero no silente. La gente no estaba ajena a los caceroleos, a las marchas, al tóxico gas lacrimógeno que no se extinguía porque parecía que siempre fue parte de la memoria chilensis. Aunque un mito de la cultura popular cuenta que casi todos los metaleros son fachos, adentro se veía cómo la muchedumbre coreaba: “¡EL QUE NO SALTA ES PACO!”. Ni Phil Anselmo (Pantera) ni Dave Mustaine (Megadeth) habrían aguantado suprema insurrección. Seguro que eso sólo pasa en los países serios, como decía la diputada Camila Flores, una declarada fanática de Slayer orgullosa de homenajear en la Cámara de Diputados a su vocalista, Tom Araya. 

Cuando empezó, yo estaba totalmente ausente de ese sitio. Hasta que sonó el péndulo del reloj. Se escuchó: close your eyes and begin to relax. Siguió la cuenta regresiva, Petrucci comenzó a tocar y LaBrie a cantar desde su escalera. Ahí comenzó el Act I del Scenes from a Memory. Ahí volví a creer en el presente, abrir la misma retina que se mostraba en pantalla y gozar la simetría absoluta de los sonidos que conjugaba Petrucci con maestría y los demás en brillante complicidad. Ahí comenzó uno de los mejores conciertos que he visto, que todavía sigo escuchando en medio del silencio.

Al llegar a mi casa, creí que ese sería mi último concierto en vivo, tal como lo conocía. ¿Habrá una nueva vez? Metallica venía en marzo de este año y me hizo dudar. Mi duda se demoró meses, hasta que las entradas se agotaron y ya no había nada que hacer. A lo mejor habría una nueva oportunidad. Pero suspendieron. Vino marzo, la pandemia, el confinamiento, las rutas comunitarias para matar el hambre, las epidemias del Excel y de los números poniendo la bota sobre las almas humanas. Desde que llegó marzo, parece que todavía no se acaba.

A pesar de eso, vuelvo a escuchar el Metropolis y no puedo dejar de pensar en el Monsters of Rock de septiembre del 91, donde Metallica, junto con Pantera y AC/DC tocaron en Moscú, en un momento bisagra, en un mundo que meses después despediría un importante ciclo de su historia. Un extraño registro de ese concierto que todavía circula por internet permite ver a Metallica interpretar Enter Sandman en medio de masas de gente y una muralla de militares rusos que luchaban por contener todo, incluso a los soldados que se sublevaban queriendo ser uno más del público. Yo nunca pisé suelo soviético, pero cuando lo vi por primera vez, también me creí uno de esos soldados repartiendo vodka en medio del público. Yo nunca fui ese soldado, pero le creo absolutamente a James Hetfield cuando contó en una entrevista su sorpresa por ver a esa gente disfrutar esa vivencia como si fuera su primera vez, en lo que algunos ven la consagración del capitalismo tardío y la muerte del estalinismo. El muro de Berlín todavía no se derrumbaba, pero a partir de ese concierto todo su cemento estaba empezando a trizarse. 

Por eso, después de escuchar el Scenes from a Memory, a veces pienso que estuve en un concierto de una época que se fue abajo. Eso sí, el derrumbe fue claramente muy distinto: si en los 90 fue un muro el que se cayó, hoy muchas murallas se derribaron entre nosotros y nos volvieron transparentes ante cualquier mirada, exponiéndonos como siempre hemos sido y como nunca lo imaginamos. ¿Y ahora qué?

Lo que sí se sabe, por ahora, es que se viene el rebrote (al menos, de los conciertos). Metallica reagendó, como gran leyenda viva, para una nueva fecha, a fines de este año. Quizás nosotros también nos convirtamos en leyenda cuando termine la guerra, alguien la limpie y las cámaras se hayan ido a otra guerra, como dice Wislawa Szymborska en “Fin y principio”. No lo sabemos. Quizá lo sepamos cuando tengamos, como sociedad, una nueva fecha.

Ismael SierraIsmael Sierra (Santiago, 1986). Abogado de profesión, aficionado a la escritura, coleccionista de victorias pírricas.

 

 

 

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=yhFyT0tx7Xc&list=PL0tX8IvlqTFtpB-H5g_xDK2SXuDkixjva


grunge-y-o-trap

Grunge y/o Trap

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Grunge y/o Trap

Al principio era el verbo. Luego llegaron los adjetivos y quedó la tole tole: jazz, salsa, rock, pop, psychobilly, kraut, swing, house, blues, garage, calypso, cueca, hiphop, ska, folk, reggae, techno, funk, punk, metal, noise, ambient, manouche, bachata, rhythm & blues, dubstep, aggro, afrobeat, triphop, deadcore, shoegaze, k-pop, cumbia, trova, bossanova, postpunk, postrock, postmetal, reggaeton, electrotango, grunge, trap, worldmusic…

Son nuestras formas de incompletarnos.

¿Que el trap y el grunge se parecen?

Claro que no, digo a la primera.

¿Que unos traperos argentinos son el nuevo rock&roll?

Claro que sí, respondo apurado.

Oigo a mis espaldas algunxs rockerxs desenfundando sus argumentos.

Ay, trap. ¿Qué culpa tienes?

Vengo haciendo rock desde los noventas. Vengo poniéndole atención a la música desde fines de los setentas: mi primer recuerdo es el sonido de burbujas de saliva reventando melodiosas y la luz de la mañana en la ventana del cité de calle San Diego. Tenía dos años.

Lo cuento no porque el recuerdo me dé alguna autoridad, sino al contrario, porque tener este recuerdo me hizo entender temprano que la experiencia de la escucha es completamente diferente para cada unx. Ninguna escucha está por sobre otra.

¿Por qué entonces desarrollamos como oyentes esta antipatía hacia ciertas músicas? ¿Este malestar, este descrédito? 

Nos aferramos a nuestra identidad, con miedo a perderla. Es nuestra madre, es nuestra hija. Nuestra continuidad universal. ¿Quién querría soltarla?

Pero ocurre que viene alguien y te dice que debes contentarte con tu cotidiano, con un poquito de tu cotidiano, y que no abras los oídos a eso que suena afuera. Es raro, distinto, peligroso… Podría gustarte.

Y la verdad nunca sabré si es Paul o Faul. No tengo las herramientas para saberlo con certeza. Y en esta carencia de herramientas se sustenta el espectáculo, la magia. Viene alguien y me cuenta esa historia. Pone un velo entre el fenómeno y yo. 

La historia me dice cosas sobre McCartney y los Beatles, que la música no dice.

Sin embargo yo escucho todo y hago una sola mole mental con la historia, con la música, con otras historias, con “Say, say, say” y un Michael Jackson negro, “Ebony & Ivory” y un atardecer en Talcahuano, con recuerdos de un departamento en San Miguel y mi padre cantando en la mañana “I saw her standing there”.

¿Es todo eso parte del discurso de Paul o Faul? 

Eso es lo que yo leo, lo que siento, lo que recuerdo.

El discurso musical de una obra se completa con la percepción que tenemos de ella.

Viene alguien y te dice “te llamarás grunge”.

Y a ti te gusta, porque eso no existía. Y todo lo que vives a esta edad parece nuevo en el mundo. Atrás quedó el glam que nos inseminaban por Sábado Taquilla y por la TVGrama. 

Ya no te venderán sus modas. Has tomado consciencia de la humildad del dolor y de la belleza de las camisas leñadoras.

Esto es otro rock. Tú eres otra juventud.

Respira.

Viene alguien y te dice “me llamo trap”.

Y a ti no te gusta, porque eso no existía. Y todo lo que vive el trap parece una anomalía.

No quieres saber de todas sus variantes estilísticas. La muerte de Lil Peep no es la muerte de Cobain. Te aferras a Soundgarden, Dinosaur Jr., Mudhoney, Babes in Toyland, Butthole Surfers, Nirvana, Mad Season, Stone Temple Pilots, L7, Screaming Trees, Meat Puppets, Candlebox, Alice in Chains, Melvins, Hole, Soul Assylum, Sponge, The Jesus Lizard, Temple of the Dog, Tad, Toadies, Days of the New, Veruca Salt, Smashing Pumpkins, Pearl Jam…

Y viene Wos y Trueno y te dicen “Te guste o no te guste, somos el nuevo rock and roll, niño”.

El discurso musical de una obra se completa con la percepción que tenemos de ella.

Vino John Lennon y dijo “Ahora mismo somos más populares que Jesús. No sé qué se irá antes, si el rock o el cristianismo”.

La musicología en sus inicios entendió el discurso musical como lo que decía únicamente la partitura. Luego se empezó a considerar el contexto histórico y social de la obra. Después, el estado mental, emotivo y físico del autor. Poco a poco se fueron agregando más elementos al análisis que nos hablaban de la obra y que se consideraban parte del proceso, como los medios de distribución, la técnica fonográfica, los vínculos con otras artes, y por supuesto, las líricas.

Hoy se comprende como un fenómeno social integral que abarca desde la intertextualidad de la obra en sus inicios hasta la recepción e interpretación que el público tiene. O sea, todo lo que dice algo de la obra, es parte de ella.

Eso incluye la actitud de lxs músicxs. 

Estas declaraciones irreverentes son muy rocanroleras y afectan el fenómeno social integral del que son parte. No es algo estrictamente musical. No hay guitarras afiladas en lo que dice Wos y Trueno. Pero ellos vienen del freestyle. Son maestros a la hora de meter la palabra en la llaga. No olvidemos que el rock surge como llaga, como ruptura en los 50s, y lo que en ese entonces era irreverente ahora es una teleserie para tomar once.

La ruptura siempre será la esencia del rock. No hay reglas musicales para eso.

En qué lugar y con qué fin inicias una ruptura es lo que definirá tu adjetivo.

En rigor todas las músicas son un mismo verbo.

Ese “alguien que viene” se llama Industria Cultural.

Doctor PezDoctor Pez no sabe nadar. Nunca supo. Ni siquiera cuando escribió la novela “Molotov”, esos puzzles surreales o esa treintena de poemarios confusionistas, disfrutando lo inédito de su obra. Sus discos transitan el mismo surco, equilibrándose entre lo popular y lo hermético. Su pedagogía es al revés, siempre aprendizaje y costalazo propio. Sus reflexiones se empeñan en volverse sangre en múltiples ejercicios de asociatividad musical. Desde 1995 se asume como creador en tiempo real y se ha asomado de vez en cuando en concursos musicales como el Festival de la Canción Comprometida o el concurso de composición Luis Advis (junto a la banda Solteronas en Escabeche), siendo reconocido siempre con el máximo color. Con 29 discos como solista, a sus 44 años es posible que su trabajo tenga más que ver con el amor, la exploración y la serendipia que con una categoría laboral, y más posible aún, que su ideario sea una huelga invisible.

 


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La Calle Sin Puertas

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La Calle Sin Puertas

Cuando estábamos en tercer año de la Escuela de Teatro nos tocó tener clases de actuación con Alexis Moreno. Yo había visto alguno de sus trabajos, que en esos años (2004), era lo mejor que se podía ver en el teatro emergente chileno, principalmente por la experiencia estética que implicaba asistir a sus obras, escritas y dirigidas por él, alcanzando alto nivel de ironía y oscuridad. Para recordar la profundidad de esas experiencias tengo que hacer memoria, pues lo que perdura tiene que ver con las imágenes que ese teatro configuraba, muy distintas a las que había visto hasta entonces. Lo que tengo en la memoria, compone un amplio campo semántico: colores plásticos, muertes en escena, lágrimas marcadas por el rímel corrido, personajes que son objetos, ángeles, personajes que son marcas, mitos urbanos, cultura popular, folclore rancio, personajes llorones, estúpidos, ignorantes, atrapados, poderosos, ingenuos, víctimas, sangre, efectos especiales, actos súbitos en escena, absurdo y alta dosis de crueldad. Mediante todo esto y más, se exponía, la mayoría de las veces a través de un relato inverosímil, lo deplorable de la conducta humana, marcada por un individualismo extremo puesto en tensión con la fragilidad emocional de los personajes y el contexto histórico que los contenía, insertando la comedia en la tragedia (o el absurdo). Alexis, junto a Teatro La María, creaba mundos que llevaban los recursos escénicos hasta hacerlos explotar en tu cabeza.  Todo era patético, sobre todo porque era hermoso a la vista, lo que lo hacía dramático. El Alexis profesor, cabeza de piñata como le decíamos en nuestras conversaciones de patio, era un chupasangre, que no nos dio tregua en la búsqueda que nos propuso. Un adorable jovencillo apenas 5 años mayor que todos nosotros, pero brillante, obsesivo, estudioso y demasiado divertido. Circulaba el rumor de que había sido mecánico de autos antes de transformarse en artista, lo que cargaba su ser de algo revolucionario que solo el arte podía lograr. Era exigente y generoso, hurgaba en nuestra oscuridad y compartía su mirada del mundo con nosotros, pequeños estudiantes de teatro. Ese semestre tocaba ver vanguardias históricas. Nos hizo investigar, leer, ver infinidad de películas y documentales sobre las guerras mundiales y conocer parte importante del arte desarrollado en torno a estas durante prácticamente todo el siglo XX, reconociendo los mecanismos con los que el arte ha contado la historia del mundo. Leímos sobre existencialismo, hicimos Dadá (lo que nos trajo grandes problemas, pero excelentes historias a todos), investigamos sobre expresionismo alemán, absurdo, Sartre, Camus, Buchner (dramaturgo alemán excepcional, que murió a los 23 años después de escribir tres obras de teatro que cambiaron la dramaturgia alemana para siempre, principalmente con Woyzeck), por supuesto Artaud, Jarry, Ionesco, Cocteau, Brecht (de pasada, porque nos tocaba verlo como tema en sí mismo al año siguiente), surrealismo, Bretón, Dalí, el futurismo de Marinetti, Lili Marleen, Un perro andaluz, Metrópolis, Nosferatu, El gabinete del doctor Caligari, Picasso, Munch, Chaplin, John Cage, Arte conceptual, Happening, Fluxus.

Después de leer, leer y leer, de todas las formas posibles, Alexis nos propuso un texto, que había guardado por años, con el deseo de montar alguna vez. Se trataba de La calle sin puertas (Afuera ante la puerta, en otra traducción) del alemán Wolfgang Borchert. Un texto extrañísimo, por su estructura, el relato y los personajes, entre los que se encuentran un soldado y su otro yo, un empresario de pompas fúnebres, un director de cabaret, el río Elba, Dios, la muerte.

La obra trata sobre el viaje del protagonista, Beckmann, un exsoldado alemán, atrapado por la guerra que vuelve a su ciudad y la encuentra destruida. En sus sueños, que pierden el límite con la realidad, lo persiguen muertos, fantasmas y sí mismo. Es la exhibición de la culpa y el conflicto interno de quien ha asesinado por la patria y, perseguido por sus contradicciones, debe reinsertarse en una sociedad que lo rechaza. Un drama sobre lo que queda después de la guerra. Así introduce el texto su autor:

Un hombre llega a Alemania.
Y entonces es el protagonista de una historia increíble. Durante su transcurso tiene que pellizcarse reiteradamente porque no sabe si vive o sueña. Pero más tarde cae en la cuenta de que a su lado, a derecha e izquierda, hay mucha más gente que sufre y pasa por análogas experiencias. Y piensa, por tanto, que todo ha de ser verdadero. Así es, y cuando, al final de la acción, se encuentra de nuevo en la calle, con el estómago vacío y los pies fríos, advierte que todo lo pasado no es sino el repetido argumento de la película cotidiana, la vida de cada día, lo corriente: la historia de un hombre que regresa a Alemania, la historia de uno de tantos. Uno entre tantos que vuelven a casa, pero que nunca llegan, por la sencilla razón de que su casa ya no existe. Y su casa entonces está afuera, ante la puerta. Su Alemania está fuera, a la intemperie en la noche de lluvia, en la calle. Esta es su Alemania.

Hicimos muchos ejercicios con distintos textos y con el texto mismo antes de que Alexis nos asignara los personajes. Me tocó interpretar a La directora de cabaret que, en la versión de Moreno, era atendido por mutilados. Montamos la obra en un galpón de la Escuela de Artes del Arcis. La escenografía estable del montaje era piso de cemento, paredes de cemento y tres cuerpos colgando, encargados de contar los chistes en los entretiempos. Chistes sobre judíos. Algunos personajes tenían dobletes, es decir había dos Beckmann, dos El otro de cada Beckman, muchos personajes del texto original se transformaron y otros fueron creados para el montaje como los colgados, los mutilados, las enfermeras, había una familia alemana inspirada en el documental I love Pinochet (pues si bien respetamos el tema de la guerra en el texto original, nuestros referentes o más bien la obra debía ser un correlato de nuestra propia historia) y el Río Elba, personaje maravilloso que comenzaba la obra hablándole al soldado, desde la penumbra:

Beckmann: ¿Dónde estoy? ¡Dios mío! ¿Dónde estoy?
El Elba: En mí.
Beckmann: ¿En ti? ¿Y quién eres tú?
El Elba: ¿Y quién puedo ser sino yo, muchacho, si te has arrojado al agua desde el embarcadero de Saint Pauli?
Beckmann: ¿El Elba?
El Elba: Eso es, el Elba.
Beckmann: ¿Tu eres el Elba?
El Elba: ¡Claro! ¿A qué vienen esos ojos de asombro? ¿O es que esperabas encontrarte con una muchachita romántica de tez aceitunada? ¿Algo así como un tipo Ofelia, con el pelo suelto adornado de nenúfares? ¿Habías pensado que te podías pasar la eternidad durmiendo dulcemente en mis olorosos brazos de lirio? ¡No hijo, no! Te equivocas: ni soy romántica ni huelo a rosas. Un río que se precie apesta. Sí señor, a petróleo y pescado. ¿Qué buscas aquí?
Beckmann: Dormir. Allá arriba ya no puedo resistir más. Renuncio al juego. Lo que quiero es dormir… 

La escena que me correspondía consistía en recibir a Beckman, humillarlo y despacharlo, para que pasara a otro sitio en su periplo, pues el hombre lo que buscaba era encontrar otra vez su lugar en un país que ya no existía como él lo había conocido. 

Yo estaba obsesionada con Lili Marleen, cantada por Lale Andersen, una canción compuesta a partir del poema que un soldado alemán escribió a su amada y que se transformó en himno de los soldados alemanes y también de los aliados durante la segunda guerra mundial, lo que curiosamente proporcionó un lugar común a ambos bandos. Esa canción apareció durante varios momentos del proceso creativo y si bien no la usamos directamente, de alguna manera inspiró lo que vendría a continuación. Junto a mis compañeras de escena, las mutiladas, que eran las bailarinas del cabaret, algunas sin piernas que se trasladaban sobre tablas con ruedas, otras mancas de ambos lados, todas llenas de vendas y manchadas con sangre, más los colgados y las enfermeras, conformamos un ballet de muerte. Hicimos de nuestra escena un musical, con la dirección de Alexis y el trabajo sonoro de nuestro profesor de música, Alejandro Miranda, que adoró la idea y nos ayudó a elaborar la canción que interpretaríamos, basándose en la melodía de Hello, Dolly!, ícono del musical estadounidense, compuesto por Jerry Herman en 1964. Creamos una escena inolvidable, por lo espectacular, rara, delirante y cruel, gracias al texto y los elementos que la componían. El diálogo se desarrolla entre el  soldado y una empresaria de las artes que le cierra las puertas por falta de talento y experiencia:

La directora de cabaret: ¡Beckmann, Beckmann!... No recuerdo ningún nombre parecido en cabarets. ¿O trabaja usted bajo un seudónimo?
Beckmann: No, soy nuevo. Un principiante.
La directora de cabaret: ¡Ah! ¿Principiante? Mire, amigo, las cosas no son tan fáciles en la vida como usted se las imagina (…) ¿Cuántos años tiene usted?
Beckmann: Veinticinco.
La directora de cabaret: ¿Lo está usted viendo? Aún tiene mucho que aprender… Entérese primero de lo que es la vida. ¿Qué ha hecho usted hasta ahora?
Beckmann: Nada, solo la guerra, pasar hambre, helarme, disparar…, es decir, la guerra. Si no, nada…
La directora de cabaret: ¿Si no, nada? ¿Y qué significa esto? Aún le falta madurar en los campos de batalla de la vida. Trabaje, hágase un nombre y entonces haremos algo bueno…
Beckmann: ¿Pero dónde comenzar? ¿Puede decírmelo? ¡En algún sitio se ha de tener la oportunidad! Tiene que haber un lugar para que los principiantes comiencen. En Rusia no hemos sabido apreciar la vida, pero sí el metal. Mucho metal, rígido y caliente… ¿Dónde podemos comenzar?
La directora de cabaret: A fin de cuentas, no soy yo la que ha enviado a la gente a Siberia.
Beckmann: No, si nadie nos ha enviado a Siberia. Nos fuimos voluntariamente, porque nos dio la gana. Y porque les dio la gana algunos no han vuelto. Ahora se encuentran bajo la nieve, o la arena, ¡todo porque les dio la gana, claro! Para ellos se terminaron las posibilidades. Pero nosotros, los que aun vivimos, somos los que no podemos comenzar en ninguna parte, en ninguna parte…

La escena concluía en el despliegue escénico de las mutiladas, enfermeras y colgados que acompañaban a La directora en una intervención al estilo Broadway en la que se enrostraba a Beckmann su falta de talento. La canción, que tradujimos al inglés para alejarla aún más del personaje y sumar a la lectura del musical, era un poema que el soldado recitaba en el texto:

Valiente mujercita del soldado
De la nación la gloria pura
Hoy la canción nos habla de una gloria
y en realidad todo es basura.

Estribillo: El mundo se reía
mientras yo lloraba.
La sombra de la noche
todo ocultaba.
La luna me ilumina
por uno de los rotos
de la cortina.

Al llegar a mi casa
-seguro puerto-
mi cama ya no era mía
Y yo ahora me pregunto,
por qué no he muerto.

(…)

El musical, como género teatral, en la vida me había interesado, pues jamás lo había disfrutado como espectadora y desconocía su sentido, tal vez. Nunca volvimos a montar la obra, pero el aprendizaje de ese semestre fue de alto impacto en mi vida, no solo por todo lo que conocimos sino también porque Moreno ponía en valor nuestras dificultades y errores, nuestras zonas oscuras, disponiéndolas al servicio del trabajo artístico que realizábamos. A Alexis lo volví a ver este verano, cuando su compañía, Teatro La María, cumplió 20 años y remontaron Las Huachas, donde tuve la oportunidad de mediar un conversatorio entre el elenco y el público. Nos saludamos con mucho cariño y por supuesto recordamos, en nuestro breve cruce de palabras, La calle sin puertas.

Bernardita LiraBernardita Lira Manriquez (1981). Licenciada en Artes Escénicas (Arcis), Máster en Historia del Arte Contemporáneo y Cultura Visual (UNAM-MNCARS). Actualmente coordina procesos de mediación artística y lectora a través del Plan Nacional de la Lectura.

 

 


gatita-chale

Gatita Chalé

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Gatita Chalé

Había un disco, por ahí entre sus cosas, que yo le había regalado. Es jazz judío, lo marqué con una estrella de David, dijo. No tenía idea de qué me estaba hablando, pero encontré la estrella. Quiero escucharlo, me dijo, y al ponerlo me acordé del disco y del mal amante que me lo había regalado. Me dio un poco de asco. John Zorn. ¿Te gusta esto?, le pregunté. Me dijo que hace unos días había sacado el violín y había intentado meterse un poco. Le habían regalado un libro de técnicas de improvisación. 

Estábamos ordenando todo. Había llegado hace rato, pero entre los ensayos con la nueva orquesta, el luto del Papageno y la batalla con los animales, no había tenido tiempo. Los animales, con el cambio de ciudad se habían vuelto salvajes. No le daban tregua. Había entre ellos una ansiedad generalizada que los hacía pelear y robar comida todo el día, sin hambre. Querían estar encima de ella constantemente y, como los niños, se meaban en cualquier parte. Mi mamá no aflojaba; tenía un permanente balde con agua con cloro, como un arma cargada en el cinto. Trapos limpios, clorados también, por todos lados; traperos, atomizadores con agua y bicarbonato, colonia, represalias. Amarres, ganchos, trancas, técnicas antirrobo cada vez más sofisticadas que muchas veces diseñó sin tenerse en cuenta a sí misma. Se quedaba encerrada en el patio por la traba que le había puesto a la puerta, o no lograba abrir un tarro que ella misma había sellado. Los gatos la miraban. 

La casita estaba en una población del sur de Talca. Los vecinos la bautizaron inmediatamente como “gatita chalé”, por los catorce gatos y porque era violinista y salía vestida de gala los días de concierto. Porque era guapa, tenía libros, loza delicada, venía de Santiago. Tenía dos hijas preciosas, santiaguinas, que estudiaban en la universidad. Y se aprendieron los nombres de los gatos. Gala, Marlon, Garfio, Galita, Tití, Tecla, Monona, Ayún, Diego, Peter, Flora, Helena, Chica Superpoderosa, Pilucho. Y las perras, las tres negras; Negra mamá, Tastiera y Fusa. 

Yo iba harto. Pinchaba, escuchaba los ensayos, ordenaba, viajaba con ella a las comunas, le robaba los libros. Tomábamos fernet, martini, malta con huevo, invitábamos gente y nos recurábamos. La orquesta estaba llena de músicos jóvenes y tres o cuatro filarmónicos exonerados del Teatro Municipal, y mi madre llenó de esa energía. Su juventud encontró lugar y se asentó, sabia. Le vino otra vez esa fiebre que le da a uno en la escuela de música, cuando quieres meterle tu instrumento a todo, quieres tocar todo el tiempo, probarlo todo. 

Ordenábamos la casa y fantaseábamos con poner un bar. Escuchábamos a John Zorn, a Bach, veíamos a Fellini, Kieslowski, construíamos juguetes para los gatos, dejábamos entrar el verano. Acabábamos de abrir la última caja, la de los discos y el piso estaba recién trapeado con agua hirviendo. Un vapor de cloro se levantaba del suelo y mi mamá se puso un vestido, sacó su violín y se puso a jugar sobre Bith Aneth.

Delfina Harms (1990). Estudió Licenciatura en Música y Luthería de cuerda clásica en el ex Pedagógico. En el año 2013 se mudó a París para continuar sus00 estudios y comienza a dedicarse a la escritura. En 2014 se instala en Marsella donde migra al grabado y publica su primer libro ilustrado, “Perro Tigre”, presentado en Santiago en Agosto de 2017. En 2019 publica el libro “Nosotras las niñas” con la editorial LarvaPress. Actualmente forma parte del Taller Calicanto donde desarrolla arte gráfico y editorial.

 


“Ecos que no Volverán” (Fragmento de Adiós de G. Cerati)

“Ecos que no Volverán” (Fragmento de Adiós de G. Cerati)

Época universitaria. Año 2002 en Santiago Oriente. Estudié teatro en el Duoc. Era una mole rosada con forma de signo de interrogación. Siempre me intrigó saber por qué el arquitecto la diseñó así. 

¿

Al final del camino El Alba (literal, después venía el faldeo del cerro), estaba el paradero de la 638. Alrededor de la escuela había bosques. Un oasis realmente, no como hoy, que está inserto en una barriada aspiracional de casas estilo americano de tres pisos y dos autos en la entrada.

Los viernes era un día esperado por los alumnos y se armaba la samba desde temprano. Los estacionamientos que estaban al costado se repletaban desde la mañana con cabros que vendían pitos, pastillas y toda clase de colaciones a la medida de cada uno. 

El bosque tragaba gente sistemáticamente, era patrimonio comunitario. 

El Líder de Camino el Alba, era la botillería más cercana. Entre esperar la micro que pasaba con muy poca frecuencia, lo mejor era ir a pie y volver a dedo. Se aprovechaba de fortalecer los muslos y las amistades que duran hasta hoy.

Se parieron ideas libertarias bajo los sauces, romances de día viernes y ataques de risa eternos. Era inevitable terminar buscando el árbol con mejor sombra y tomando vino en caja. 

Siete años después de egresar, volví al Duoc como profesor. 

Estuve varios años y hubo cursos con procesos memorables.

Fue una segunda pasada por la escuela de teatro. Comprendí cosas que habían quedado truncas cuando fui estudiante. Buen proceso.

El bosque ya no estaba. Al frente, la Scuola Italiana. En la esquina diagonal un Subway, gyms, y lavanderías y una barriada estilo The Truman Show. 

Los postes de luz proliferaron y las camionetas de seguridad ciudadana pasaban a cada rato. A pesar de la ausencia del bosque, cambian los antros. Mis alumnos eran mucho más resueltos y adictos a los químicos. Pareciera que el trago es parte de lo análogo. 

Decirle trago me delata. 

Ellos hablan de M, de trips, del reino funji. Transaban por whatsapp y llegaban en uber a clases. 

Mi renuncia fue abrupta, impulsada por una cátedra del director de la escuela. Estábamos en una semana de retiro docente (Eufemismo para llamar al adoctrinamiento). 

Cuando partió la reunión preguntaron por los desafíos para este año entrante. Surgían iniciativas desde los profesores acerca de cómo fortalecer el bagaje en tanto lecturas y talleres complementarios. Había muchos cirqueros, músicos, semaforistas. Salieron ideas de talleres de iluminación, teatro de calle, profundización en interpretación musical, y…

Momento. Freno en seco. 

Nos explicó que las necesidades de la escuela estaban mutando, que no proyectáramos en nuestros alumnos la idea de instalar contenidos académicos que no estuvieran dentro del lineamiento de Duoc. 

¿Qué significa esto? Preguntó alguien. 

Que no es necesario ponerse creativo. Tomó un sorbo de su café de grano en un vaso con su nombre. Nos dejó claro que no éramos la Chile (Universidad en la que él estudió) ni la Católica, que los alumnos nuestros son casi todos de provincia y la gran mayoría de colegios municipales. Prácticamente es una escuela para oficiantes que ocuparán puestos de trabajo junto a los teatristas salidos de las casas más reputadas.

Nadie objetó. Yo tampoco. Me ahogué. Tuve que salir al patio. Caminar. Yo estudié ahí, putamadre, sentí la violencia de ese lineamiento como propia. Se me posó en la espalda la orfandad de estar trabajando en un lugar de descariño tan categórico con sus muchachos. 

El director de escuela también fue profesor nuestro. Tiendo a pensar que esa fue la diana con que nos medía. 

A pesar de ello salieron compañías de teatro connotadas que se abrieron paso en la escena teatral chilena. Entre ellos grandes amigos.

Lo que me violentaba era lo pusilánime de la cátedra farsante. Una escuela enmarcada en pagarés, quintiles y letras que encasillan por ingresos a sus alumnos. 

Ver la escuela de teatro, espacio trascendente en tanto material sensible que se articula, en manos del snobismo, con nula capacidad de ver las potencialidades. 

El director jugaba como peón que intermediaba entre el trabajo precarizado de los docentes, y el directorio que siempre calculaba todo en monedas.

Cuando renuncié, me costó acostumbrarme. 

El ingreso fijo, la estabilidá.

Esa tarde llegué triste. Dejamos a mi hija con sus abuelos. Mi compañera me invitó unas cervezas esa noche en un bar que está cerca de nuestra casa. 

Estaba frustrado por las esquivas posibilidades, la impotencia de influir en un cambio de paradigma en la escuela. 

Cesante y pensativo.

Me habló de Cerati y la canción Adiós.

Me la cantó incluso:

Quedabas esperando ecos que no volverán
Flotando entre rechazos
Del mismo dolor
Vendrá un nuevo amanecer
Uh uh uh uh

Repasamos memoria de nuestra época de la escuela, (Ambos Duocanos) de los compañeros históricos y el anecdotario. Nos metimos de lleno en los recuerdos. 

Algo con el desapego se instaló en mi cabeza. 

Pagamos la cuenta a medias. La tranquilidad del finiquito duraría un mes más, tiempo para planear los nuevos pasos, y con el ojo lavado y sin legañas.

Caminamos abrazados hasta la casa, chinos de cebada y marihuana. 

En ese tiempo no me hubiese imaginado escribir de ese episodio. 

A ese nivel de impensadas fueron las oportunidades que se abrieron al tomar esa decisión.

Cerati sabía mucho.

Vicente Larenas Añasco. 1983. Dramaturgo, director y actor de teatro. Fundador de la compañía Caldo con Enjundia teatro-Chile. Colaborador en Revista Lecturas.

 

 

 

 


Máquinas para el sonido

Máquinas para el sonido

Máquinas para el sonido

Máquinas para el sonido

Hace algunos días buceando en el feed de instagram me pillé con un meme o infografía particular. Trataba sobre el proceso de evolución histórica de los reproductores y la industria musical, partiendo desde los fonógrafos hasta llegar a los modernos y luminosos ipods. Es interesante pensar en cómo se relaciona el avance tecnológico con los procesos compositivos de las épocas, y cuánto se influencia lo uno de lo otro. La carrera del dinero siempre mete sus manos en el desarrollo de ambos.

La música y los aparatos que la reproducen nunca faltaron en mi casa. Recuerdo que mi hermana se encontró un cajón de feria lleno de cintas. Rescatamos varias joyas, el resto se usaron para grabar encima. Teníamos una casetera negra y destartalada marca Panasonic que resistió varias caídas por su traslado constante y nada cuidadoso. Programas radiales (los reales y los que hacíamos jugando con mis sobrinos), aceite evaporado cuando sonaba Perales mientras mi madre cocinaba, mi hermana pausando y retrocediendo de manera compulsiva un track para poder transcribir una canción que le gustase. Parecía que nada podría destruirla.

Recuerdo también cuando mi hermano mayor me regaló mi primer personal estéreo junto a una cinta, un casete pirata con el disco King For a Day...Fool for a Lifetime de la banda estadounidense Faith No More. Era una tarde cálida y aburrida de esas de los 2000. Para variar había peleado con mi sobrino menor(aunque suene raro teníamos casi la misma edad). Pero esta vez el “castigo” sería uno de los momentos más importantes en mi vida como músico: tuve que estar sentado en silencio mientras mi hermano limpiaba su pieza y escuchar ese disco de principio a fin. Tenía un sistema un poco chasquilla en el que reproducía el disco desde una consola Playstation, pasaba por un equipo de música y la señal finalmente llegaba a una radio antigua donde se sobrescribía la cinta del cassette.

Algo pasó en ese momento. Descubrí lo que significa disfrutar un álbum en su totalidad, con todos los matices y transiciones que componen la unidad en una obra. Empecé también a desarrollar el gusto por recopilar música, ejercicio que termina por construirte como individuo, separando tus gustos y preferencias del resto, ayudándote a encontrar un espacio de intimidad frente al mundo, maravillarte por cómo una música en particular puede hacerte sentir identificado. No tanto tiempo después empezaría mi amor por tocar guitarra y componer canciones, lo que me llevó a juntar una gran cantidad de música.

El año 2005 me regalaron una radio con casetera y reproductor de cd. De un día para el otro se volvió accesible para algunos tener un computador con internet en casa. Podías descargar millones de canciones sueltas o discos enteros si querías. Tenía un par de amigos que “quemaban” en discos vírgenes lo que les pidieras, películas de culto, rarezas imposibles de encontrar en disquerías, conciertos en vivo, incluso (ahora me parece algo bizarro) bromas telefónicas. Gracias a esto pude ampliar mi conocimiento sonoro radicalmente. Todos los estilos, todas las épocas, todas las bandas cabían en ese momento en un disco duro y en los recientes y populares Mp3s. A pesar de que la calidad de estos últimos es inferior y al principio solo tenían una capacidad limitada de almacenamiento. 

Con la llegada de las plataformas de streaming el panorama cambió. Parece que ahora todo se construye bajo la premisa del lanzamiento, la expectativa del millón de visitas y los miles seguidores. Quizás ésta transformación en la manera de reproducir música, también cambió nuestra manera de disfrutarla. No es menor que en los carretes, en vez de sintonizar la estación radial favorita o elegir una canción en la gramola del bar, ahora se disputen teléfonos celulares para elegir las listas top de la semana. Pienso en esto escuchando Strange Days de The Doors en el auto de mi primo, uno de los cientos discos rayados y guardados en una funda, como se hacía antes.

Camilo Zanetti(Diciembre, 1990). Es músico, cantautor y poeta. Ha publicado Jardín(Calavero Estudio, 2018).

 

 

 

 


nuestra-indigencia

Nuestra indigencia

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Nuestra indigencia

Hace unas horas me compartieron una cita del pintor y teórico del diseño argentino Tomás Maldonado. Hablaba de la pérdida de la comunicación a causa del sacrificio humano por la producción de objetos. Al final del párrafo se esbozaba una crítica al socialismo soviético, cuya comunicación se parecía más al silencio medieval que a un diálogo nuevo, estético, que combinara arte y vida como lección de las vanguardias históricas. Con lo último exagero, pero ha sido motivo de reflexiones personales durante estos días de Covid y después de ver A russian youth (2019), ópera prima del ucraniano Alexander Zolotukhin. 

La película vuelve a la Primera Guerra Mundial. Es protagonizada por un joven llamado Alexei (Vladimir Korolev) quien se alista al ejército y quiere solo matar alemanes, o quizá solo busca un lugar en el mundo, como todo adolescente capaz de los mayores delirios: escribir poesía, emborracharse, consumir drogas, mochilear, ser DJ. En vez de portar un fusil, lleva colgado un acordeón. En una batalla, debido al gas mostaza, pierde la vista. Esta peripecia es acompañada por una orquesta de San Petersburgo que, cien años después de la guerra, ensaya un par de piezas de Sergei Rachmaninoff, las Danzas sinfónicas y el Concierto de piano No. 3

Alexei, luego de quedar ciego, queda a cargo de un dispositivo de localización acústica. El director de A russian youth cuenta que estos radares se utilizaron con el objetivo de encontrar nuevas formas de luchar contra la aviación. Estos aparatos, durante la Primera Guerra, permitían oír aviones enemigos cuando se acercaban a los campamentos de defensa. Las imágenes, entonces, de la película penetran en la tradición rusa, en personajes característicos de un periodo crítico y se mezclan –a la manera de un collage visual y sonoro– con la interpretación de Rachmaninoff, compuestas en las vísperas de la Primera Guerra. Al final, lo único que espera a Alexei es la muerte. 

En la guerra –como hoy sin permisos para salir de casa– hay belleza. Y la hay en el proceso creativo de la película: corrección de color, recuerdos de épocas pasadas, imágenes ruidosas. Pero también, al igual que en cada guerra, hay horror y atrocidades en nuestros días: imágenes de cuerpos sin vida en la calle, muertos de Covid en Rio de Janeiro, goteras de hospitales a causa de la lluvia en una época de sequía, inmigrantes que venden confort e higiene a la salida de supermercados y metros. 

Otra lección de las vanguardias históricas es nuestro esnobismo. Nuestra generación, la veinteañera y treintona, ensimismada en las redes sociales, actúa como la DJ Velja (Alina Nasibulina), la protagonista de Crystal Swan (2018). Esta película bielorrusa aborda el sueño americano de los jóvenes de Europa del Este, sus ansias por triunfar en países capitalistas y desarrollados, donde la cultura tiene precio y la juventud se gesta en escenas alternativas. Sin embargo, nacidos en el Tercer Mundo, en un país chico, parecido incluso en costumbres a Bielorrusia, poco y nada podríamos hacer en Chicago, Nueva York, o en las ciudades económicamente triunfadoras de Europa, como Hamburgo o Londres. Allí solo cabemos por nuestra indigencia. 

El problema es nuestro delirio. Ante el desempleo y nuestras ansias de triunfo esnob, deseamos, como la hermosa Velja, el visado hacia los centros del mundo. Ella llega a inventar que es la dueña de un taller de costura de un pueblo imposible de pronunciar y escribir. En Chile fantaseamos con nuestras identidades expuestas en las redes sociales y nos olvidamos que el Estado de Sitio es permanente, incluso en las ficciones de la interfaz. Cualquier intento por salir resultará en fracaso.  

Pablo Cheng (1995). Publicó la novela Charapo (Cuneta, 2016).

 

 

 


papageno

Papageno

papageno

Papageno

Mi papá dijo, nos preguntó en el almuerzo, ¿han llamado a su madre? Sentí como un líquido que se me filtraba por alguna grieta del pecho. Habrán sido semanas. No, le dije, no he hablado con ella. El cuerpo avisa cuando va a llover. El líquido ensanchó la grieta, habrán sido semanas, pensé. El líquido ensanchó la grieta, me mojó las piernas por dentro. Habrán sido semanas. Sentí miedo de escucharla, pero me puse el teléfono en la oreja, rezando. Su voz se metió por mi mano, por mi brazo y me erizó los poros escondidos bajo un chaleco que ella misma había tejido, me hizo temblar y me abrió los ojos como dos lagunas. ¿Qué pasa, Delfina? ¿Qué pasa?, me preguntó mi hermana, me preguntó mi papá. Encontré sangre en la muralla, gritaba. Deben haber jugado con él, está muerto, ni siquiera pude enterrarlo, lloraba. Lo envolví en un pañuelo y salí a comprar veneno, voy a matar esas perras, perras asesinas. 

Le dije que se calmara, colgué el teléfono, preparé una mochila y me fui al terminal para rellenar el vacío que sentía en la clavícula, queriendo mi cuerpo esconder la cabeza de una madre que llora y no encontrándola por ninguna parte. Ella había armado un camión con todas sus cosas, sus 14 gatos, sus 3 perras y su ninfa cantora, el Papageno, y se había ido a cuatro horas de nosotros, al frío, al olor a leña húmeda, a una casa con un patio barroso y lleno de piedras. Ella se había ido arrancando de la pobreza de la música, de los alcaldes, de las corporaciones culturales, de los fondos estatales, de las orquestas herméticas y de la música que se desvanecía. Ella se había ido, y nosotras la habíamos abandonado.

Ese día que las perras mataron al Papageno y que supe que mi mamá lloraba de frío en las noches en su colchón en el suelo de la casa vacía, una represa entera se terminó de trizar en mi pecho y la ola me llevó derecho hasta ella, a la casa donde vivía hacía semanas y que yo no conocía. Tenía un baño sin tina, húmedo y frío. Tenía dos habitaciones con puertas que no cerraban bien. Tenía un living comedor cocina con una columna en el medio y un piso de baldosas que nos hizo caer a todos. Todo húmedo. Todo frío. Todo Talca. Y en la muralla del living, la mancha de sangre café de su amor cantante, que con nada del mundo podía borrarse.

Delfina Harms (1990). Estudió Licenciatura en Música y Luthería de cuerda clásica en el ex Pedagógico. En el año 2013 se mudó a París para continuar sus estudios y comienza a dedicarse a la escritura. En 2014 se instala en Marsella donde migra de la luthería al grabado y publica su primer libro ilustrado, “Perro Tigre”, presentado en Santiago en Agosto de 2017. En 2019 publica el libro “Nosotras las niñas” con la editorial LarvaPress. Actualmente forma parte del Taller Calicanto donde desarrolla arte gráfico y editorial.