Cerebros que suenan

Cerebros que suenan

A los 13 años, Friedrich Nietzche declamó que “la música nos habla a menudo más profundamente que las palabras de la poesía, en cuanto que se aferra a las grietas más recónditas del corazón”.

… O más bien las grietas más recónditas del cerebro.

Porque, desde antes de aquella frase, dentro de la mente del pequeño Nietzche ya rondaban partituras, y la música llegó a ser tan importante en su vida que compuso 70 obras musicales. Una de sus novelas más icónicas, Zaratustra, – al parecer, además de compositor, también era filósofo - fue escrita en versos, con una intención musical, y más tarde fue adaptada por nada menos que Richard Strauss, cuyo poema sinfónico sería utilizado por Kubrick como banda sonora de una de las introducciones más legendarias del cine de ciencia-ficción.

La vida y el legado del mismo Nietzche prueban que no solamente la música se acopla bien con pensamientos sino que los amplifica, y en algunos casos los completa.

Para nuestro cerebro, la música es más que un complemento del lenguaje, sino un lenguaje en sí mismo: según el neurólogo Oliver Sacks, “somos una especie tan lingüística como musical”; nuestro cerebro está tan bien desarrollado para interpretar las notas como lo está para tratar palabras, y aún resulta un gran misterio el porqué es tan bueno haciéndolo: ¿Tendría algún sentido evolutivo? ¿Nuestra supervivencia como especie dependerá, en cierto grado, de la música?

En cierto modo, sí. Todos los días, nuestra vida depende del ritmo de nuestro corazón, dictaminado por el cerebro, como un metrónomo que nunca debe fallar.

Nuestro humor, incluso, es afectado por la frecuencia de nuestras ondas cerebrales de la misma manera en que un estilo musical se caracteriza por el uso de ciertas notas. Tanto así, que la “amusia” (es decir, la incapacidad de reconocer o reproducir tonos y ritmos musicales) es considerada por muchos neurólogos como un indicio de que algo no anda del todo bien en la cabeza, pues, de hecho, puede generar problemas con la dicción o la escritura.

Nuestra mente funciona como una rockolla, adaptando lo discos y estilos de nuestras canciones internas a lo que vivimos y sentimos. Es más, algunos cerebros son capaces de generar música y sonidos para sí mismos. Y, aunque esto pueda parecer para muchos músicos como un superpoder envidiable, las alucinaciones auditivas son de los síntomas más característicos de la esquizofrenia (quizás en parte a eso se debía el talento para improvisar en piano de Thelonious Monk…)

Entonces, ¿qué viene primero? ¿El huevo o la gallina? ¿El cerebro busca la música que mejor se sincroniza con la suya o la música altera los ritmos que se manejan en nuestra cabeza? ¿Escuchamos canciones tristes cuando estamos deprimidos porque se sincronizan con el ritmo de nuestras ondas, o somos nosotros quienes nos sincronizamos a la frecuencia de dichas canciones?

Algo indudable es que la música nos impacta profundamente. Es capaz de inducir trances y alterar la conciencia a través de cantos chamánicos o conciertos de ‘psytrance’, e incluso incidir en lo que pensamos y escribimos: estoy seguro de que no soy el único que escribe o estudia con música. Es más, yo tengo una playlist “inspiradora” para escribir, y habrá quienes argumenten que sus efectos se deben a los estímulos de las ondas alpha de mi cerebro, ligadas a la inspiración y la meditación…

No faltarán los laboratorios que querrán capitalizar este fenómeno y desarrollar una canción diseñada para estimular la inspiración y el poder creativo con sólo escucharla.

Porque, por más descabellado que suene, ya existe una canción diseñada para reducir los niveles de ansiedad, llamada “Weightless”. Tras una serie de pruebas, esta canción resultó ser tan relajante, que los investigadores a cargo del estudio no recomiendan escucharla al conducir, por riesgo de quedarse dormido.

Existen también muchos estudios que vinculan la música con el comportamiento, y una de las premisas principales del neuro-marketing es poder influir, a través de ciertas canciones, en la decisión de comprar un artículo: algunos niños-rata de un laboratorio en Bélgica afirmarán con certeza que aquella falda que solamente usaste una vez (y que lleva años escondida en el armario) la compraste por un impulso inducido por la música pop, alegre y acelerada, de la tienda de ropa. O que la Bossa Nova del nuevo restaurant de Barrio Italia fue lo que te incitó a quedarte más tiempo y pedir un tiramisú carísimo que ni siquiera se te antojaba.

Lo sostendrán con datos duros, porque su trabajo consiste en colocar cascos sobre voluntarios y medir sus ondas cerebrales mientras éstos observan hamburguesas en un monitor.

Pero, tanto la consciencia humana como la música son mucho más complejas que sólo impulsos eléctricos y frecuencias. En realidad, por mucho que avance la ciencia, todavía estamos muy lejos de siquiera saber si se pueden controlar mentes a través de la música.

Aún tenemos muchas más preguntas que respuestas, y ni siquiera tenemos claro si nuestro cerebro es el instrumento que usamos para hacer música, o nuestro cerebro hace música con nosotros.

Matías A. Covacevich (1997). Mexicano-chileno. Licenciado en Ciencias Cognitivas y post-titulado en Comunicación de las Ciencias con un curriculum a la Jackson Pollock. Comunicador científico y escritor frustrado, pero obstinado. Recorrido profesional rimbombante en Letras aún pendiente.

 

 

 


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La Calle Sin Puertas

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La Calle Sin Puertas

Cuando estábamos en tercer año de la Escuela de Teatro nos tocó tener clases de actuación con Alexis Moreno. Yo había visto alguno de sus trabajos, que en esos años (2004), era lo mejor que se podía ver en el teatro emergente chileno, principalmente por la experiencia estética que implicaba asistir a sus obras, escritas y dirigidas por él, alcanzando alto nivel de ironía y oscuridad. Para recordar la profundidad de esas experiencias tengo que hacer memoria, pues lo que perdura tiene que ver con las imágenes que ese teatro configuraba, muy distintas a las que había visto hasta entonces. Lo que tengo en la memoria, compone un amplio campo semántico: colores plásticos, muertes en escena, lágrimas marcadas por el rímel corrido, personajes que son objetos, ángeles, personajes que son marcas, mitos urbanos, cultura popular, folclore rancio, personajes llorones, estúpidos, ignorantes, atrapados, poderosos, ingenuos, víctimas, sangre, efectos especiales, actos súbitos en escena, absurdo y alta dosis de crueldad. Mediante todo esto y más, se exponía, la mayoría de las veces a través de un relato inverosímil, lo deplorable de la conducta humana, marcada por un individualismo extremo puesto en tensión con la fragilidad emocional de los personajes y el contexto histórico que los contenía, insertando la comedia en la tragedia (o el absurdo). Alexis, junto a Teatro La María, creaba mundos que llevaban los recursos escénicos hasta hacerlos explotar en tu cabeza.  Todo era patético, sobre todo porque era hermoso a la vista, lo que lo hacía dramático. El Alexis profesor, cabeza de piñata como le decíamos en nuestras conversaciones de patio, era un chupasangre, que no nos dio tregua en la búsqueda que nos propuso. Un adorable jovencillo apenas 5 años mayor que todos nosotros, pero brillante, obsesivo, estudioso y demasiado divertido. Circulaba el rumor de que había sido mecánico de autos antes de transformarse en artista, lo que cargaba su ser de algo revolucionario que solo el arte podía lograr. Era exigente y generoso, hurgaba en nuestra oscuridad y compartía su mirada del mundo con nosotros, pequeños estudiantes de teatro. Ese semestre tocaba ver vanguardias históricas. Nos hizo investigar, leer, ver infinidad de películas y documentales sobre las guerras mundiales y conocer parte importante del arte desarrollado en torno a estas durante prácticamente todo el siglo XX, reconociendo los mecanismos con los que el arte ha contado la historia del mundo. Leímos sobre existencialismo, hicimos Dadá (lo que nos trajo grandes problemas, pero excelentes historias a todos), investigamos sobre expresionismo alemán, absurdo, Sartre, Camus, Buchner (dramaturgo alemán excepcional, que murió a los 23 años después de escribir tres obras de teatro que cambiaron la dramaturgia alemana para siempre, principalmente con Woyzeck), por supuesto Artaud, Jarry, Ionesco, Cocteau, Brecht (de pasada, porque nos tocaba verlo como tema en sí mismo al año siguiente), surrealismo, Bretón, Dalí, el futurismo de Marinetti, Lili Marleen, Un perro andaluz, Metrópolis, Nosferatu, El gabinete del doctor Caligari, Picasso, Munch, Chaplin, John Cage, Arte conceptual, Happening, Fluxus.

Después de leer, leer y leer, de todas las formas posibles, Alexis nos propuso un texto, que había guardado por años, con el deseo de montar alguna vez. Se trataba de La calle sin puertas (Afuera ante la puerta, en otra traducción) del alemán Wolfgang Borchert. Un texto extrañísimo, por su estructura, el relato y los personajes, entre los que se encuentran un soldado y su otro yo, un empresario de pompas fúnebres, un director de cabaret, el río Elba, Dios, la muerte.

La obra trata sobre el viaje del protagonista, Beckmann, un exsoldado alemán, atrapado por la guerra que vuelve a su ciudad y la encuentra destruida. En sus sueños, que pierden el límite con la realidad, lo persiguen muertos, fantasmas y sí mismo. Es la exhibición de la culpa y el conflicto interno de quien ha asesinado por la patria y, perseguido por sus contradicciones, debe reinsertarse en una sociedad que lo rechaza. Un drama sobre lo que queda después de la guerra. Así introduce el texto su autor:

Un hombre llega a Alemania.
Y entonces es el protagonista de una historia increíble. Durante su transcurso tiene que pellizcarse reiteradamente porque no sabe si vive o sueña. Pero más tarde cae en la cuenta de que a su lado, a derecha e izquierda, hay mucha más gente que sufre y pasa por análogas experiencias. Y piensa, por tanto, que todo ha de ser verdadero. Así es, y cuando, al final de la acción, se encuentra de nuevo en la calle, con el estómago vacío y los pies fríos, advierte que todo lo pasado no es sino el repetido argumento de la película cotidiana, la vida de cada día, lo corriente: la historia de un hombre que regresa a Alemania, la historia de uno de tantos. Uno entre tantos que vuelven a casa, pero que nunca llegan, por la sencilla razón de que su casa ya no existe. Y su casa entonces está afuera, ante la puerta. Su Alemania está fuera, a la intemperie en la noche de lluvia, en la calle. Esta es su Alemania.

Hicimos muchos ejercicios con distintos textos y con el texto mismo antes de que Alexis nos asignara los personajes. Me tocó interpretar a La directora de cabaret que, en la versión de Moreno, era atendido por mutilados. Montamos la obra en un galpón de la Escuela de Artes del Arcis. La escenografía estable del montaje era piso de cemento, paredes de cemento y tres cuerpos colgando, encargados de contar los chistes en los entretiempos. Chistes sobre judíos. Algunos personajes tenían dobletes, es decir había dos Beckmann, dos El otro de cada Beckman, muchos personajes del texto original se transformaron y otros fueron creados para el montaje como los colgados, los mutilados, las enfermeras, había una familia alemana inspirada en el documental I love Pinochet (pues si bien respetamos el tema de la guerra en el texto original, nuestros referentes o más bien la obra debía ser un correlato de nuestra propia historia) y el Río Elba, personaje maravilloso que comenzaba la obra hablándole al soldado, desde la penumbra:

Beckmann: ¿Dónde estoy? ¡Dios mío! ¿Dónde estoy?
El Elba: En mí.
Beckmann: ¿En ti? ¿Y quién eres tú?
El Elba: ¿Y quién puedo ser sino yo, muchacho, si te has arrojado al agua desde el embarcadero de Saint Pauli?
Beckmann: ¿El Elba?
El Elba: Eso es, el Elba.
Beckmann: ¿Tu eres el Elba?
El Elba: ¡Claro! ¿A qué vienen esos ojos de asombro? ¿O es que esperabas encontrarte con una muchachita romántica de tez aceitunada? ¿Algo así como un tipo Ofelia, con el pelo suelto adornado de nenúfares? ¿Habías pensado que te podías pasar la eternidad durmiendo dulcemente en mis olorosos brazos de lirio? ¡No hijo, no! Te equivocas: ni soy romántica ni huelo a rosas. Un río que se precie apesta. Sí señor, a petróleo y pescado. ¿Qué buscas aquí?
Beckmann: Dormir. Allá arriba ya no puedo resistir más. Renuncio al juego. Lo que quiero es dormir… 

La escena que me correspondía consistía en recibir a Beckman, humillarlo y despacharlo, para que pasara a otro sitio en su periplo, pues el hombre lo que buscaba era encontrar otra vez su lugar en un país que ya no existía como él lo había conocido. 

Yo estaba obsesionada con Lili Marleen, cantada por Lale Andersen, una canción compuesta a partir del poema que un soldado alemán escribió a su amada y que se transformó en himno de los soldados alemanes y también de los aliados durante la segunda guerra mundial, lo que curiosamente proporcionó un lugar común a ambos bandos. Esa canción apareció durante varios momentos del proceso creativo y si bien no la usamos directamente, de alguna manera inspiró lo que vendría a continuación. Junto a mis compañeras de escena, las mutiladas, que eran las bailarinas del cabaret, algunas sin piernas que se trasladaban sobre tablas con ruedas, otras mancas de ambos lados, todas llenas de vendas y manchadas con sangre, más los colgados y las enfermeras, conformamos un ballet de muerte. Hicimos de nuestra escena un musical, con la dirección de Alexis y el trabajo sonoro de nuestro profesor de música, Alejandro Miranda, que adoró la idea y nos ayudó a elaborar la canción que interpretaríamos, basándose en la melodía de Hello, Dolly!, ícono del musical estadounidense, compuesto por Jerry Herman en 1964. Creamos una escena inolvidable, por lo espectacular, rara, delirante y cruel, gracias al texto y los elementos que la componían. El diálogo se desarrolla entre el  soldado y una empresaria de las artes que le cierra las puertas por falta de talento y experiencia:

La directora de cabaret: ¡Beckmann, Beckmann!... No recuerdo ningún nombre parecido en cabarets. ¿O trabaja usted bajo un seudónimo?
Beckmann: No, soy nuevo. Un principiante.
La directora de cabaret: ¡Ah! ¿Principiante? Mire, amigo, las cosas no son tan fáciles en la vida como usted se las imagina (…) ¿Cuántos años tiene usted?
Beckmann: Veinticinco.
La directora de cabaret: ¿Lo está usted viendo? Aún tiene mucho que aprender… Entérese primero de lo que es la vida. ¿Qué ha hecho usted hasta ahora?
Beckmann: Nada, solo la guerra, pasar hambre, helarme, disparar…, es decir, la guerra. Si no, nada…
La directora de cabaret: ¿Si no, nada? ¿Y qué significa esto? Aún le falta madurar en los campos de batalla de la vida. Trabaje, hágase un nombre y entonces haremos algo bueno…
Beckmann: ¿Pero dónde comenzar? ¿Puede decírmelo? ¡En algún sitio se ha de tener la oportunidad! Tiene que haber un lugar para que los principiantes comiencen. En Rusia no hemos sabido apreciar la vida, pero sí el metal. Mucho metal, rígido y caliente… ¿Dónde podemos comenzar?
La directora de cabaret: A fin de cuentas, no soy yo la que ha enviado a la gente a Siberia.
Beckmann: No, si nadie nos ha enviado a Siberia. Nos fuimos voluntariamente, porque nos dio la gana. Y porque les dio la gana algunos no han vuelto. Ahora se encuentran bajo la nieve, o la arena, ¡todo porque les dio la gana, claro! Para ellos se terminaron las posibilidades. Pero nosotros, los que aun vivimos, somos los que no podemos comenzar en ninguna parte, en ninguna parte…

La escena concluía en el despliegue escénico de las mutiladas, enfermeras y colgados que acompañaban a La directora en una intervención al estilo Broadway en la que se enrostraba a Beckmann su falta de talento. La canción, que tradujimos al inglés para alejarla aún más del personaje y sumar a la lectura del musical, era un poema que el soldado recitaba en el texto:

Valiente mujercita del soldado
De la nación la gloria pura
Hoy la canción nos habla de una gloria
y en realidad todo es basura.

Estribillo: El mundo se reía
mientras yo lloraba.
La sombra de la noche
todo ocultaba.
La luna me ilumina
por uno de los rotos
de la cortina.

Al llegar a mi casa
-seguro puerto-
mi cama ya no era mía
Y yo ahora me pregunto,
por qué no he muerto.

(…)

El musical, como género teatral, en la vida me había interesado, pues jamás lo había disfrutado como espectadora y desconocía su sentido, tal vez. Nunca volvimos a montar la obra, pero el aprendizaje de ese semestre fue de alto impacto en mi vida, no solo por todo lo que conocimos sino también porque Moreno ponía en valor nuestras dificultades y errores, nuestras zonas oscuras, disponiéndolas al servicio del trabajo artístico que realizábamos. A Alexis lo volví a ver este verano, cuando su compañía, Teatro La María, cumplió 20 años y remontaron Las Huachas, donde tuve la oportunidad de mediar un conversatorio entre el elenco y el público. Nos saludamos con mucho cariño y por supuesto recordamos, en nuestro breve cruce de palabras, La calle sin puertas.

Bernardita LiraBernardita Lira Manriquez (1981). Licenciada en Artes Escénicas (Arcis), Máster en Historia del Arte Contemporáneo y Cultura Visual (UNAM-MNCARS). Actualmente coordina procesos de mediación artística y lectora a través del Plan Nacional de la Lectura.

 

 


gatita-chale

Gatita Chalé

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Gatita Chalé

Había un disco, por ahí entre sus cosas, que yo le había regalado. Es jazz judío, lo marqué con una estrella de David, dijo. No tenía idea de qué me estaba hablando, pero encontré la estrella. Quiero escucharlo, me dijo, y al ponerlo me acordé del disco y del mal amante que me lo había regalado. Me dio un poco de asco. John Zorn. ¿Te gusta esto?, le pregunté. Me dijo que hace unos días había sacado el violín y había intentado meterse un poco. Le habían regalado un libro de técnicas de improvisación. 

Estábamos ordenando todo. Había llegado hace rato, pero entre los ensayos con la nueva orquesta, el luto del Papageno y la batalla con los animales, no había tenido tiempo. Los animales, con el cambio de ciudad se habían vuelto salvajes. No le daban tregua. Había entre ellos una ansiedad generalizada que los hacía pelear y robar comida todo el día, sin hambre. Querían estar encima de ella constantemente y, como los niños, se meaban en cualquier parte. Mi mamá no aflojaba; tenía un permanente balde con agua con cloro, como un arma cargada en el cinto. Trapos limpios, clorados también, por todos lados; traperos, atomizadores con agua y bicarbonato, colonia, represalias. Amarres, ganchos, trancas, técnicas antirrobo cada vez más sofisticadas que muchas veces diseñó sin tenerse en cuenta a sí misma. Se quedaba encerrada en el patio por la traba que le había puesto a la puerta, o no lograba abrir un tarro que ella misma había sellado. Los gatos la miraban. 

La casita estaba en una población del sur de Talca. Los vecinos la bautizaron inmediatamente como “gatita chalé”, por los catorce gatos y porque era violinista y salía vestida de gala los días de concierto. Porque era guapa, tenía libros, loza delicada, venía de Santiago. Tenía dos hijas preciosas, santiaguinas, que estudiaban en la universidad. Y se aprendieron los nombres de los gatos. Gala, Marlon, Garfio, Galita, Tití, Tecla, Monona, Ayún, Diego, Peter, Flora, Helena, Chica Superpoderosa, Pilucho. Y las perras, las tres negras; Negra mamá, Tastiera y Fusa. 

Yo iba harto. Pinchaba, escuchaba los ensayos, ordenaba, viajaba con ella a las comunas, le robaba los libros. Tomábamos fernet, martini, malta con huevo, invitábamos gente y nos recurábamos. La orquesta estaba llena de músicos jóvenes y tres o cuatro filarmónicos exonerados del Teatro Municipal, y mi madre llenó de esa energía. Su juventud encontró lugar y se asentó, sabia. Le vino otra vez esa fiebre que le da a uno en la escuela de música, cuando quieres meterle tu instrumento a todo, quieres tocar todo el tiempo, probarlo todo. 

Ordenábamos la casa y fantaseábamos con poner un bar. Escuchábamos a John Zorn, a Bach, veíamos a Fellini, Kieslowski, construíamos juguetes para los gatos, dejábamos entrar el verano. Acabábamos de abrir la última caja, la de los discos y el piso estaba recién trapeado con agua hirviendo. Un vapor de cloro se levantaba del suelo y mi mamá se puso un vestido, sacó su violín y se puso a jugar sobre Bith Aneth.

Delfina Harms (1990). Estudió Licenciatura en Música y Luthería de cuerda clásica en el ex Pedagógico. En el año 2013 se mudó a París para continuar sus00 estudios y comienza a dedicarse a la escritura. En 2014 se instala en Marsella donde migra al grabado y publica su primer libro ilustrado, “Perro Tigre”, presentado en Santiago en Agosto de 2017. En 2019 publica el libro “Nosotras las niñas” con la editorial LarvaPress. Actualmente forma parte del Taller Calicanto donde desarrolla arte gráfico y editorial.

 


“Ecos que no Volverán” (Fragmento de Adiós de G. Cerati)

“Ecos que no Volverán” (Fragmento de Adiós de G. Cerati)

Época universitaria. Año 2002 en Santiago Oriente. Estudié teatro en el Duoc. Era una mole rosada con forma de signo de interrogación. Siempre me intrigó saber por qué el arquitecto la diseñó así. 

¿

Al final del camino El Alba (literal, después venía el faldeo del cerro), estaba el paradero de la 638. Alrededor de la escuela había bosques. Un oasis realmente, no como hoy, que está inserto en una barriada aspiracional de casas estilo americano de tres pisos y dos autos en la entrada.

Los viernes era un día esperado por los alumnos y se armaba la samba desde temprano. Los estacionamientos que estaban al costado se repletaban desde la mañana con cabros que vendían pitos, pastillas y toda clase de colaciones a la medida de cada uno. 

El bosque tragaba gente sistemáticamente, era patrimonio comunitario. 

El Líder de Camino el Alba, era la botillería más cercana. Entre esperar la micro que pasaba con muy poca frecuencia, lo mejor era ir a pie y volver a dedo. Se aprovechaba de fortalecer los muslos y las amistades que duran hasta hoy.

Se parieron ideas libertarias bajo los sauces, romances de día viernes y ataques de risa eternos. Era inevitable terminar buscando el árbol con mejor sombra y tomando vino en caja. 

Siete años después de egresar, volví al Duoc como profesor. 

Estuve varios años y hubo cursos con procesos memorables.

Fue una segunda pasada por la escuela de teatro. Comprendí cosas que habían quedado truncas cuando fui estudiante. Buen proceso.

El bosque ya no estaba. Al frente, la Scuola Italiana. En la esquina diagonal un Subway, gyms, y lavanderías y una barriada estilo The Truman Show. 

Los postes de luz proliferaron y las camionetas de seguridad ciudadana pasaban a cada rato. A pesar de la ausencia del bosque, cambian los antros. Mis alumnos eran mucho más resueltos y adictos a los químicos. Pareciera que el trago es parte de lo análogo. 

Decirle trago me delata. 

Ellos hablan de M, de trips, del reino funji. Transaban por whatsapp y llegaban en uber a clases. 

Mi renuncia fue abrupta, impulsada por una cátedra del director de la escuela. Estábamos en una semana de retiro docente (Eufemismo para llamar al adoctrinamiento). 

Cuando partió la reunión preguntaron por los desafíos para este año entrante. Surgían iniciativas desde los profesores acerca de cómo fortalecer el bagaje en tanto lecturas y talleres complementarios. Había muchos cirqueros, músicos, semaforistas. Salieron ideas de talleres de iluminación, teatro de calle, profundización en interpretación musical, y…

Momento. Freno en seco. 

Nos explicó que las necesidades de la escuela estaban mutando, que no proyectáramos en nuestros alumnos la idea de instalar contenidos académicos que no estuvieran dentro del lineamiento de Duoc. 

¿Qué significa esto? Preguntó alguien. 

Que no es necesario ponerse creativo. Tomó un sorbo de su café de grano en un vaso con su nombre. Nos dejó claro que no éramos la Chile (Universidad en la que él estudió) ni la Católica, que los alumnos nuestros son casi todos de provincia y la gran mayoría de colegios municipales. Prácticamente es una escuela para oficiantes que ocuparán puestos de trabajo junto a los teatristas salidos de las casas más reputadas.

Nadie objetó. Yo tampoco. Me ahogué. Tuve que salir al patio. Caminar. Yo estudié ahí, putamadre, sentí la violencia de ese lineamiento como propia. Se me posó en la espalda la orfandad de estar trabajando en un lugar de descariño tan categórico con sus muchachos. 

El director de escuela también fue profesor nuestro. Tiendo a pensar que esa fue la diana con que nos medía. 

A pesar de ello salieron compañías de teatro connotadas que se abrieron paso en la escena teatral chilena. Entre ellos grandes amigos.

Lo que me violentaba era lo pusilánime de la cátedra farsante. Una escuela enmarcada en pagarés, quintiles y letras que encasillan por ingresos a sus alumnos. 

Ver la escuela de teatro, espacio trascendente en tanto material sensible que se articula, en manos del snobismo, con nula capacidad de ver las potencialidades. 

El director jugaba como peón que intermediaba entre el trabajo precarizado de los docentes, y el directorio que siempre calculaba todo en monedas.

Cuando renuncié, me costó acostumbrarme. 

El ingreso fijo, la estabilidá.

Esa tarde llegué triste. Dejamos a mi hija con sus abuelos. Mi compañera me invitó unas cervezas esa noche en un bar que está cerca de nuestra casa. 

Estaba frustrado por las esquivas posibilidades, la impotencia de influir en un cambio de paradigma en la escuela. 

Cesante y pensativo.

Me habló de Cerati y la canción Adiós.

Me la cantó incluso:

Quedabas esperando ecos que no volverán
Flotando entre rechazos
Del mismo dolor
Vendrá un nuevo amanecer
Uh uh uh uh

Repasamos memoria de nuestra época de la escuela, (Ambos Duocanos) de los compañeros históricos y el anecdotario. Nos metimos de lleno en los recuerdos. 

Algo con el desapego se instaló en mi cabeza. 

Pagamos la cuenta a medias. La tranquilidad del finiquito duraría un mes más, tiempo para planear los nuevos pasos, y con el ojo lavado y sin legañas.

Caminamos abrazados hasta la casa, chinos de cebada y marihuana. 

En ese tiempo no me hubiese imaginado escribir de ese episodio. 

A ese nivel de impensadas fueron las oportunidades que se abrieron al tomar esa decisión.

Cerati sabía mucho.

Vicente Larenas Añasco. 1983. Dramaturgo, director y actor de teatro. Fundador de la compañía Caldo con Enjundia teatro-Chile. Colaborador en Revista Lecturas.

 

 

 

 


Máquinas para el sonido

Máquinas para el sonido

Máquinas para el sonido

Máquinas para el sonido

Hace algunos días buceando en el feed de instagram me pillé con un meme o infografía particular. Trataba sobre el proceso de evolución histórica de los reproductores y la industria musical, partiendo desde los fonógrafos hasta llegar a los modernos y luminosos ipods. Es interesante pensar en cómo se relaciona el avance tecnológico con los procesos compositivos de las épocas, y cuánto se influencia lo uno de lo otro. La carrera del dinero siempre mete sus manos en el desarrollo de ambos.

La música y los aparatos que la reproducen nunca faltaron en mi casa. Recuerdo que mi hermana se encontró un cajón de feria lleno de cintas. Rescatamos varias joyas, el resto se usaron para grabar encima. Teníamos una casetera negra y destartalada marca Panasonic que resistió varias caídas por su traslado constante y nada cuidadoso. Programas radiales (los reales y los que hacíamos jugando con mis sobrinos), aceite evaporado cuando sonaba Perales mientras mi madre cocinaba, mi hermana pausando y retrocediendo de manera compulsiva un track para poder transcribir una canción que le gustase. Parecía que nada podría destruirla.

Recuerdo también cuando mi hermano mayor me regaló mi primer personal estéreo junto a una cinta, un casete pirata con el disco King For a Day...Fool for a Lifetime de la banda estadounidense Faith No More. Era una tarde cálida y aburrida de esas de los 2000. Para variar había peleado con mi sobrino menor(aunque suene raro teníamos casi la misma edad). Pero esta vez el “castigo” sería uno de los momentos más importantes en mi vida como músico: tuve que estar sentado en silencio mientras mi hermano limpiaba su pieza y escuchar ese disco de principio a fin. Tenía un sistema un poco chasquilla en el que reproducía el disco desde una consola Playstation, pasaba por un equipo de música y la señal finalmente llegaba a una radio antigua donde se sobrescribía la cinta del cassette.

Algo pasó en ese momento. Descubrí lo que significa disfrutar un álbum en su totalidad, con todos los matices y transiciones que componen la unidad en una obra. Empecé también a desarrollar el gusto por recopilar música, ejercicio que termina por construirte como individuo, separando tus gustos y preferencias del resto, ayudándote a encontrar un espacio de intimidad frente al mundo, maravillarte por cómo una música en particular puede hacerte sentir identificado. No tanto tiempo después empezaría mi amor por tocar guitarra y componer canciones, lo que me llevó a juntar una gran cantidad de música.

El año 2005 me regalaron una radio con casetera y reproductor de cd. De un día para el otro se volvió accesible para algunos tener un computador con internet en casa. Podías descargar millones de canciones sueltas o discos enteros si querías. Tenía un par de amigos que “quemaban” en discos vírgenes lo que les pidieras, películas de culto, rarezas imposibles de encontrar en disquerías, conciertos en vivo, incluso (ahora me parece algo bizarro) bromas telefónicas. Gracias a esto pude ampliar mi conocimiento sonoro radicalmente. Todos los estilos, todas las épocas, todas las bandas cabían en ese momento en un disco duro y en los recientes y populares Mp3s. A pesar de que la calidad de estos últimos es inferior y al principio solo tenían una capacidad limitada de almacenamiento. 

Con la llegada de las plataformas de streaming el panorama cambió. Parece que ahora todo se construye bajo la premisa del lanzamiento, la expectativa del millón de visitas y los miles seguidores. Quizás ésta transformación en la manera de reproducir música, también cambió nuestra manera de disfrutarla. No es menor que en los carretes, en vez de sintonizar la estación radial favorita o elegir una canción en la gramola del bar, ahora se disputen teléfonos celulares para elegir las listas top de la semana. Pienso en esto escuchando Strange Days de The Doors en el auto de mi primo, uno de los cientos discos rayados y guardados en una funda, como se hacía antes.

Camilo Zanetti(Diciembre, 1990). Es músico, cantautor y poeta. Ha publicado Jardín(Calavero Estudio, 2018).

 

 

 

 


nuestra-indigencia

Nuestra indigencia

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Nuestra indigencia

Hace unas horas me compartieron una cita del pintor y teórico del diseño argentino Tomás Maldonado. Hablaba de la pérdida de la comunicación a causa del sacrificio humano por la producción de objetos. Al final del párrafo se esbozaba una crítica al socialismo soviético, cuya comunicación se parecía más al silencio medieval que a un diálogo nuevo, estético, que combinara arte y vida como lección de las vanguardias históricas. Con lo último exagero, pero ha sido motivo de reflexiones personales durante estos días de Covid y después de ver A russian youth (2019), ópera prima del ucraniano Alexander Zolotukhin. 

La película vuelve a la Primera Guerra Mundial. Es protagonizada por un joven llamado Alexei (Vladimir Korolev) quien se alista al ejército y quiere solo matar alemanes, o quizá solo busca un lugar en el mundo, como todo adolescente capaz de los mayores delirios: escribir poesía, emborracharse, consumir drogas, mochilear, ser DJ. En vez de portar un fusil, lleva colgado un acordeón. En una batalla, debido al gas mostaza, pierde la vista. Esta peripecia es acompañada por una orquesta de San Petersburgo que, cien años después de la guerra, ensaya un par de piezas de Sergei Rachmaninoff, las Danzas sinfónicas y el Concierto de piano No. 3

Alexei, luego de quedar ciego, queda a cargo de un dispositivo de localización acústica. El director de A russian youth cuenta que estos radares se utilizaron con el objetivo de encontrar nuevas formas de luchar contra la aviación. Estos aparatos, durante la Primera Guerra, permitían oír aviones enemigos cuando se acercaban a los campamentos de defensa. Las imágenes, entonces, de la película penetran en la tradición rusa, en personajes característicos de un periodo crítico y se mezclan –a la manera de un collage visual y sonoro– con la interpretación de Rachmaninoff, compuestas en las vísperas de la Primera Guerra. Al final, lo único que espera a Alexei es la muerte. 

En la guerra –como hoy sin permisos para salir de casa– hay belleza. Y la hay en el proceso creativo de la película: corrección de color, recuerdos de épocas pasadas, imágenes ruidosas. Pero también, al igual que en cada guerra, hay horror y atrocidades en nuestros días: imágenes de cuerpos sin vida en la calle, muertos de Covid en Rio de Janeiro, goteras de hospitales a causa de la lluvia en una época de sequía, inmigrantes que venden confort e higiene a la salida de supermercados y metros. 

Otra lección de las vanguardias históricas es nuestro esnobismo. Nuestra generación, la veinteañera y treintona, ensimismada en las redes sociales, actúa como la DJ Velja (Alina Nasibulina), la protagonista de Crystal Swan (2018). Esta película bielorrusa aborda el sueño americano de los jóvenes de Europa del Este, sus ansias por triunfar en países capitalistas y desarrollados, donde la cultura tiene precio y la juventud se gesta en escenas alternativas. Sin embargo, nacidos en el Tercer Mundo, en un país chico, parecido incluso en costumbres a Bielorrusia, poco y nada podríamos hacer en Chicago, Nueva York, o en las ciudades económicamente triunfadoras de Europa, como Hamburgo o Londres. Allí solo cabemos por nuestra indigencia. 

El problema es nuestro delirio. Ante el desempleo y nuestras ansias de triunfo esnob, deseamos, como la hermosa Velja, el visado hacia los centros del mundo. Ella llega a inventar que es la dueña de un taller de costura de un pueblo imposible de pronunciar y escribir. En Chile fantaseamos con nuestras identidades expuestas en las redes sociales y nos olvidamos que el Estado de Sitio es permanente, incluso en las ficciones de la interfaz. Cualquier intento por salir resultará en fracaso.  

Pablo Cheng (1995). Publicó la novela Charapo (Cuneta, 2016).

 

 

 


papageno

Papageno

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Papageno

Mi papá dijo, nos preguntó en el almuerzo, ¿han llamado a su madre? Sentí como un líquido que se me filtraba por alguna grieta del pecho. Habrán sido semanas. No, le dije, no he hablado con ella. El cuerpo avisa cuando va a llover. El líquido ensanchó la grieta, habrán sido semanas, pensé. El líquido ensanchó la grieta, me mojó las piernas por dentro. Habrán sido semanas. Sentí miedo de escucharla, pero me puse el teléfono en la oreja, rezando. Su voz se metió por mi mano, por mi brazo y me erizó los poros escondidos bajo un chaleco que ella misma había tejido, me hizo temblar y me abrió los ojos como dos lagunas. ¿Qué pasa, Delfina? ¿Qué pasa?, me preguntó mi hermana, me preguntó mi papá. Encontré sangre en la muralla, gritaba. Deben haber jugado con él, está muerto, ni siquiera pude enterrarlo, lloraba. Lo envolví en un pañuelo y salí a comprar veneno, voy a matar esas perras, perras asesinas. 

Le dije que se calmara, colgué el teléfono, preparé una mochila y me fui al terminal para rellenar el vacío que sentía en la clavícula, queriendo mi cuerpo esconder la cabeza de una madre que llora y no encontrándola por ninguna parte. Ella había armado un camión con todas sus cosas, sus 14 gatos, sus 3 perras y su ninfa cantora, el Papageno, y se había ido a cuatro horas de nosotros, al frío, al olor a leña húmeda, a una casa con un patio barroso y lleno de piedras. Ella se había ido arrancando de la pobreza de la música, de los alcaldes, de las corporaciones culturales, de los fondos estatales, de las orquestas herméticas y de la música que se desvanecía. Ella se había ido, y nosotras la habíamos abandonado.

Ese día que las perras mataron al Papageno y que supe que mi mamá lloraba de frío en las noches en su colchón en el suelo de la casa vacía, una represa entera se terminó de trizar en mi pecho y la ola me llevó derecho hasta ella, a la casa donde vivía hacía semanas y que yo no conocía. Tenía un baño sin tina, húmedo y frío. Tenía dos habitaciones con puertas que no cerraban bien. Tenía un living comedor cocina con una columna en el medio y un piso de baldosas que nos hizo caer a todos. Todo húmedo. Todo frío. Todo Talca. Y en la muralla del living, la mancha de sangre café de su amor cantante, que con nada del mundo podía borrarse.

Delfina Harms (1990). Estudió Licenciatura en Música y Luthería de cuerda clásica en el ex Pedagógico. En el año 2013 se mudó a París para continuar sus estudios y comienza a dedicarse a la escritura. En 2014 se instala en Marsella donde migra de la luthería al grabado y publica su primer libro ilustrado, “Perro Tigre”, presentado en Santiago en Agosto de 2017. En 2019 publica el libro “Nosotras las niñas” con la editorial LarvaPress. Actualmente forma parte del Taller Calicanto donde desarrolla arte gráfico y editorial.

 


al-sur-de-la-memoria

Al sur de la memoria

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Al sur de la memoria

Cuando niño tenía varias ensaladas o enredaderas en mi mente. Una de ellas era creer que Los Prisioneros y The Beatles formaban una misma banda. Está confusión -pienso ahora- se produjo durante los viajes al sur con mis viejos, en esa camioneta roja destartalada que se hundía en la lluvia y los helechos, mientras nos acercábamos más y más a tierras huilliches. Viajar conmigo no era fácil, ni siquiera salíamos de Santiago, a menos de una cuadra de la casa de Ñuñoa, y ya estaba preguntando cuanto faltaba para llegar a Maicolpue. Lo único que me sosegaba era jugar al Secreto de la Momia, un juego que consiste en adivinar el personaje o cosa que el otro está imaginando, a través de preguntas sencillas como: ¿tiene pelos? o ¿está vivo ahora?, y sí la respuesta es <si> puedes seguir preguntando, pero si es <no> le toca al que sigue y así hasta achuntarle. Otra de las estrategias de mis viejos para mantenerme entretenido y no volverlos locos, era escuchar música en extintos cassettes y acompañarla con nuestras voces desafinadas; canciones y melodías que dibujan el paisaje de mi infancia con sus ritmos. Valparaiso del Gitano Rodriguez me sigue conmoviendo. La voz de la Violeta incluso hoy me resuena junto a los saltos duros de la Toyota. En esos cassettes las canciones no seguían un orden claro, pues habían sido grabadas directamente de la radio. Su organización era el gusto de la persona que las grabó cuando pudo y no la coherencia del álbum original. Ese orden musical para los viajes estaba a cargo de mi madre, una fanática empedernida de The Beatles. El Sargent peppers es ella y no mi padre, quien es Led Zeppelin, sobre todo Black dog. Recuerdo perfectamente cuando me mostró mi viejo ese tema y no podía dejar de moverme y saltar sobre el sillón y querer escucharlo una y otra vez. Después de eso me prohibió escucharlo. Como es evidente, Tren al sur no podía faltar en esos viajes, como tampoco las canciones de los ingleses, que en mis oídos se sobreponían unas sobre otras armando un solo amasijo sonoro que yo disfrutaba indistintamente. Lo que quiero decir es que para ese niño las dos bandas eran parte de un continuo gozoso, una misma y desordenada pero alucinante armonía. No recuerdo bien cuando me di cuenta que estaba confundido, debió ser años después, cuando ya habíamos abandonado esa cabaña húmeda rodeada de alerces; como a los doce o por ahí, cuando mi primo comenzaba a estudiar en el Conservatorio guitarra clásica y me mostraba otro tipo de música -como King Crimson, Frank Zappa o The Who, entre otras.- alejada de las huevadas que escuchaban mis compañeros  -Blink 182 o Limp Bizkit-; debió ser por ahí, mientras escuchábamos Revolver y decirle a este huevón oye, no cachaba este disco tan pulento de Los Prisioneros y que se cagara de la risa. Estay mal po primo, si son dos bandas nada que ver, unos son chilenos y los otros ingleses. A pesar de sus enormes diferencias, sigo creyendo que ambas bandas tienen algo en común que las une. Las dos provienen de barrios de trabajadores y no de clase media, no se conocen en la universidad -como los Rollings- sino en la calle. Ambas conformaron la idiosincracia de un país en una época, salvo que unos recorrieron todo el mundo y los otros con suerte Latinoamérica, pero que para mi son una misma emoción: recorrer una carretera perdida, acompañado de seres queridos y que me quieren, a pesar de estar volviéndolos locos.

Cristian Rolf Foerster Montecino (1988). Magister en Arte, mención Teoría e Historia del Arte y Diplomado en Gestión Cultural, ambos de la Universidad de Chile. Licenciado en Letras, mención Literatura Hispanoamericana, de la PUC. Ha publicado Ruido Blanco (Cuneta, 2013) y Balada (Libros del Pez Espiral, 2019). Actualmente cursa el Doctorado en Literatura de la PUC y es secretario de la Fundación Rectángulos de Agua. Patrimonio, Arte y Cultura.

 


estrujar-las-piedras

Estrujar las piedras

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Estrujar las piedras

Para bien o para mal, escucho música hasta que el placer se disipa por completo. Con esto me refiero a que, una vez descubierto el artista o banda, reviso todo lo que hay disponible, lo repito una y otra vez, lo celebro, recomiendo, quemo discos para ponerlos en el auto mientras manejo, incluso, ahora último, lo llego a bailar levemente mientras hago aseo con los audífonos puestos. Hace unas semanas le decía a un amigo que tal vez no es que a uno le gusten ciertas cosas, sino que simplemente se entienden, y, al entenderlas, se produce el goce y posterior obsesión, locura que tiene fecha de vencimiento o por lo menos un final provisorio, asunto impensable cuando se comienza el viaje a través de los discos. 

Camarón de la Isla y Moondog fueron los últimos en sacarme del tedio de no tener nada que escuchar. Evidentemente disímiles y parecidos en la definición de la expresividad -tal vez eso transforma la música en buena música: la claridad de sus posibilidades y límites-, devoré cuanto había de cada uno de estos. Los tiempos de Camarón fueron largos y tal vez un poco cansadores para mi entorno, no solo escuché todo, además aprendí algunos acordes -todo esto en España- y los importé a Chile, contagiando a mi primo y a un par de amigos. Dos o tres cervezas y estábamos buscando la manera de cantar una “alegría”, “solea”, “bulería”, hablando del “duende” que tenía José Monje Cruz, admirando su chocopanda, joyas de oro, soñando con ser gitanos. El disco “La leyenda del tiempo” aun puedo oírlo, pero sin la emoción de antes. Que quede claro: adoro a Camarón, a Tomatito, a Paco de Lucía, a Paco Cepero a La Perla de Cádiz y a Rosalía (aunque sea paya).

A Moondog lo había escuchado pero sin saber quién era. Esa típica situación de escuchar algo a medias en la radio o de música de fondo de una película -después caché que era de él la música del documental sobre Roberto Bolaño El último maldito de la Televisión Española. Fue un amigo, el escritor y músico Sebastián Astorga quien me tiró un link de mala gana -por que siempre lo molesto con lo mismo-. Se trataba del disco homónimo de Moondog, artista llamado realmente Louis Thomas Hardin, apodado “El Vikingo de la Sexta Avenida”, quien solía ganarse la vida como músico callejero en Nueva York. El disco me voló la cabeza. Aunque lejos el que más me impresionó fue “Moondog and his Friends” de 1954, con aires orientales, bongós, marimbas, flautas, un gong y un relator. Una verdadera maravilla que ahora, me doy cuenta, vuelvo a disfrutar. Por eso hablaba de fechas de vencimiento y finales provisorios. A las bandas mediocres es imposible volver a disfrutarlas. Moondog está muy lejos de eso. Por el contrario, el tiempo le hace bien.

Gabriel Zanetti (Santiago, 1983). Es autor de Cordón umbilical (2008) y coautor de Prohibiciones y títulos (2015). Es uno de los fundadores de Revista Lecturas y Lecturas Ediciones. Trabaja como editor y profesor de escritura.

 

 

 


abril-94

Abril 94

abril-94

Abril 94

En el 94 el teléfono estaba a la entrada de la casa, sobre una mesa de máquina de coser marca Singer pintada de negro. En esa época las casas aún tenían sala de estar (ahora parece ser cada vez más difícil estar) y la nuestra no era la excepción. La voz al otro lado del teléfono era la de mi primera novia (de ascendencia italiana, me dejó por el presidente de curso, pero eso es otra historia) y me decía que Kurt Cobain había muerto. Miré los hoyos que le había hecho al jersey azul que le había robado a mi viejo y luego miré hacia arriba la lámpara de color verde botella. 

Un compañero de curso me prestó el Nevermind, un caset de edición gringa. Ya de partida, la portada no se parecía a nada de lo que había visto. No era oscura en el sentido clásico (al menos no a propósito) y me recordaba a cierto trauma que tenía con las piscinas. Se lo pedí prestado y lo grabé en un caset de cromo que compré especialmente para dicho efecto. Como sobraba un poco de cinta por cada lado, grabé algunas canciones de los Beatles, por lo que al cambiar el lado, siempre sonaba Hello, Goodbye o We can work it out. Me resultaba divertido matizar la amargura y desesperanza de Cobain con el optimismo inocente y melódico de McCartney. Era como tomar café negro con una galletita. 

Mi papá estaba empeñado en hacerme trabajar, porque estaba convencido de que lo único que hacía era ver televisión, escuchar música y hacer collages (puede ser). Pero en una capa más profunda, tal vez se daba cuenta de que nos alejábamos irremediablemente. Entonces me hacía levantarme a las 6 AM  y me llevaba a trabajar con él, a bordo de su furgón destartalado, por caminos de tierra rumbo a la costa, como hacían los hombres. Como era lógico, odiaba la situación (y el silencio instalándose entre nosotros, pesado como la rueda con cemento acostada en la parte trasera del furgón), y entonces me llevaba el Nevermind en el walkman Sony que le había robado a mi hermana (total, apenas lo usaba) mientras surfeaba con los ojos los paisajes costeros de la región del Maule. Cada vez que escucho ese disco, pienso en patos silvestres planeando sobre el lago Vichuquén y en la luna llena iluminando un cerro en cuyos caminos llenos de barro yace un furgón gris en pana. 

Mi mamá me había regalado una camisa de franela verde, muy abrigadora y muy bonita. Hoy daría lo que fuera por recuperarla, pero en aquel entonces, como era demasiado abrigadora y bonita para ser grunge, no la usaba mucho. Con mis amigos salíamos a pasar frío, usando chaquetas delgadas y zapatillas de lona en pleno invierno, para tocar guitarra en la plaza hasta la madrugada, compartiendo botellas y besos bajo la luz amarilla del alumbrado público. Tal vez si en aquella época hubiese elegido el hip hop no hubiese pasado tanto frío. 

Corté el teléfono, fui al living y puse el MTV. Era real: Kurt Cobain estaba muerto. Apagué la tele y subí a mi pieza, donde mi papá había empotrado una radio de auto en la muralla, con un par de parlantes a cada lado. Comenzó a sonar Serve the servants. Habría que buscar nuevas formas de llenar el silencio. 

Nader Cabezas: 42 años. Editor de contenidos digitales y músico autodidacta. Ha publicado los discos Día blanco (2009), Caminos, barrios y gente (2011), El hijo del monstruo (2012), Esfinges (2013), Rocket cinema (2015). Melómano y entusiasta del cine