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Dibujar un disco: trizas, trazos y burbujas

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Dibujar un disco: trizas, trazos y burbujas

¿Y qué nos pasa cuando creamos algo? ¿Qué se juega en ese hacer, y en los deshaceres que se borran con el codo? ¿Qué pasa con esas carpetas que se acumulan en el estudio del dibujante o en el disco duro del músico auto editado? ¿Conciencia de recicle de ideas abandonadas, o el ego que se resiste a dejarlas? ¿Cuáles son los desvíos, retrasos y extravíos que evitamos a toda costa cuando nos empecinamos no perder la vía regia, el ancho sendero? ¿De qué nos perdemos cuando no nos soltamos?

El otro día Lissette y yo veíamos un documental sobre Hayao Miyazaki, sobre el proceso de creación de Ponyo. Decir que la obra no es más importante que el proceso que conduce a ella resulta un eufemismo aceptable, pero cuando hablamos de cine y dibujo de animación, parece que nada en el resultado final permite atisbar un asomo de trazo, de pluma empuñada, en el producto cinematográfico. 

Sin embargo, el documental deja de manifiesto cómo el proceso creativo es una especie de demonio que le come las calcetas al autor. Jugando a despecho del equipo, patea la canilla y no el balón, en vez de convertir el golazo en misión cumplida. Los productores le enrostran el atraso al artista. Le preguntan si puede tener los guiones gráficos a fin de mes. Miyazaki se agarra la cabeza. La presión por hacer una película entretenida para tod@s lo conduce a traicionar su propio proceso creativo, y en esa traición se juega su proceso de vida, aunque, dicho proceso creativo arranca con la decisión de traicionar un estilo anterior, que emana a su vez, de otro proceso. 

Se va tejiendo así una trama tormentosa con este demonio que le hace la guerra a su propio rostro: la obra. Cuánto fulgor, sobre la palabra obra, a pesar de ser tan susceptible como producto, y qué industrial suena la palabra proceso, que habita en el cigarrillo apagado que cuelga en los labios de Miyazaki mientras se afirma la cabeza frente al boceto, con los ojos salados de lágrimas, como el mar de Ponyo. Intenta resolver qué va a pasar con la abuela del protagonista, la cual representa a su propia madre. El proceso entero de su vida se vierte sobre la hoja, toda esa materia densa de emoción y memoria sobre la cual se resolverá la escena crucial de la película. 

El proceso es el conflicto, el tinku, la alternancia de fuerzas contrarias que se encuentran y se enfrentan, igualándose, taoístamente. La obra muchas veces es la resolución violenta al conflicto, cuando los plazos, la venta, la producción exige la llegada ansiada del estreno, del lanzamiento. 

¿Qué se enfrenta a veces en el proceso? Qué se frustra, ¿qué se traiciona, ¿qué persevera?

 La lucha de Miyazaki por dar vida a Ponyo rompe con las expectativas occidentales respecto del proceso creativo, en tanto exitista, efectista y lineal. 

A propósito de tinku, una tensión similar se da entre la cosmovisión andina y la estética clásica. Para la cultura Aymara, toda idea de perfección está más cercana a la esterilidad que al genio. Para el espíritu griego, siempre la copia debe ser más mala que el original (“el 7.0 es pal’ profe”). El original es siempre el ideal, lo sublime, lo inaccesible. De ahí quizás esa obsesión con el lujo, con esa exclusividad que compra el éxito… ok, el capitalismo juega a favor del ideal estético de Occidente, y eso se refleja, por ejemplo, en cómo la tecnología avanza gracias al consumismo extasiado. Sin embargo, lo que pasa con ésta es que juega en contra del ideal griego clásico, pues hace que la copia le dé mil patadas al original. 

¿Qué original nos queda entonces? ¿El original primario, ideal? ¿el original serializado al infinito, o el original en tanto que singular, en tanto que falla?

Volvamos a la cultura Aymara. Comparemos la cerámica precolombina con la Occidental. En el “proceso” se forman burbujas, que luego se tornan grietas, trizaduras. En el proceso serial industrial, obra que queda con grietas, obra imperfecta y por tanto, se destruye. En esa trizadura, en ese error inimitable, en esa burbuja que revienta, grita sin ser escuchada una idea de estilo.

Hace unas horas, logré grabar en la memoria de mi loopera una maqueta de guitarra para un vídeo que intentamos producir a distancia con la banda en la que toco, Soto es mi Copiloto. Lissette me aconseja grabarla dos veces, por si acaso. Yo le digo que igual tenía pensado grabarla de nuevo, que igual “no quedó perfecta”, a lo que me dice: “Si quieres que quede perfecta, entonces que lo haga una máquina”.

Miyazaki traicionó su estilo tradicional por un trazo más sencillo, menos ambicioso, dejó la acuarela y sacó los pasteles. En la música, quizás no haya mayor borradura del error, de la burbuja que en el proceso de grabación, edición y mezcla. Quizás no vendría tan mal, dejar los trazos curvos, angulosos, inexactos en la pista grabada, como este texto, que abusa de sus propios límites aun forzando su redacción.

Dibujar sonido en los estudios de grabación. Traicionar la técnica, la academia, experimentar. Exponer el genuino error como la piedra que jamás quiso ser diamante y revelar, de una vez por todas que lo que aquí llamamos obra, no es más que el pretexto por donde se asoma ese monstruo inacabable que, de cuando en cuando, busca compartirse.

Mario Ley (Baldío). Padre de Celeste Ley, Músico Callejero, compositor, intérprete y profesor de filosofía (por orden de importancia). Perteneciente al SIMM, Sindicato Independiente Musical Metropolitano y al proyecto poético, performático y musical Soto es mi Copiloto.

 


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La música como única contaminación que no asusta

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La música como única contaminación que no asusta

En el encierro obligatorio la angustia no solo se expresa en el querer salir a comprar a la esquina, o ir a ver a algún amigo a su casa por el puro hecho de estar en la calle. Este tipo de necesidad nunca estuvo presente en mi vida – más bien siempre ha sido un problema ya que el contacto social me puede poner bastante ansiosa en algunas situaciones.  O sea, lo he pasado bien sin poder salir y sin tener que encontrar excusas para no hacerlo. 

La angustia del encierro que más ha aparecido en estos días es la de tener ganas de viajar, de estar en otros lugares del mundo. Acá, en el horizonte veo una muralla gigantesca de montañas que solo acentúan la sensación de que no hay salida, aunque salga. 

 La trampa para lidiar con eso es escuchar música. Cercar la mente con paisajes sonoros y olvidar el espacio físico por varios minutos. Al que también le vienen las ganas de mirar el mundo y prefiere no aburrirse con la “mesmedad”, le conviene oír música de otros países o finalmente poner oreja a aquellos artistas que estaban en la lista de intereses (que crece a cada semana y nunca es revisitada). Posponer parece no tener excusa en el encierro, lo que multiplica la ansiedad por querer huir. 

Transformando ese texto lleno de clichés en uno de tips para superar la cuarentena: hace poco recibí el link de una plataforma de música a través de la cual se puede oír diferentes estilos, épocas y países en un solo lugar (Les dejo el enlace aquí). Con esa página he volado por todos lados, creado un par de teleseries mentales e incluso redescubierto artistas que habían caído en mi olvido (como casi todo en mi vida de memoria miserable). 

The Musical Time MachineSeleccionando países y épocas diferentes en la plataforma, también se percibe que nos influenciamos de las maneras más obvias. Los 80’s fueron marcados por beats electrobailables en muchos lados, las investigaciones de los 70’s se profundizaron en las más variadas culturas, sea hindú, pachamamica, carnavalesca u otras. Así como el virus y la contaminación, la música viaja por el aire y llega a los oídos más lejanos. Dicen incluso que queda vibrando por mucho tiempo hasta finalmente desaparecer (o no - el silencio no existe).

Cambiar las épocas con solo un clic del mouse, también es una manera de hacer comparativos incluso de la evolución musical, como el surgimiento de ciertos instrumentos y ambientes en las composiciones. Claro que eso es una observación básica ya que la música acompaña también el desarrollo social y humano. Aun así, es genial reparar como estos aspectos humanos e históricos se traducen en melodías y armonías que transmiten emoción, capaces de transformar el espacio físico al tan solo influenciar la mente.

 

Ana Oneda (Santa Catarina, 1991). Es brasilera, periodista y traductora. Escribe crónicas, ensayos y poesía. Su voz está en la no-ficción y en el interpretar las miudezas de la vida cotidiana.

 

 

 

 


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Evolución musical

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Fotografía por Emiliano Valenzuela

Evolución musical

De quinceañero vivía pegado al personal, atravesaba la ciudad en micros amarillas escuchando diversas bandas como una manera de no pertenecer (o de negar) al mundo que me rodeaba. Tenía dieciocho años, estudiaba algo que no me gustaba, vivía con mis papás, es decir, no estaba cómodo con el entorno. Es raro que bandas que ya no escucho me hayan acompañado todo ese tiempo y ahora no me interesen. Salvo en minutos de melancolía -en general acompañada por viejos amigos- regreso al grunge, al punk, al power metal. 

Tal vez haya también un desgaste: fui roadie de Raza durante muchos años, banda de mi primo mayor, donde asistí a miles de conciertos eternos y que tal vez provocaron la leve sordera que me hace hablar más fuerte de lo normal y de pasada exasperar a algunos cercanos. Rey Chocolate, Audiopsicotica, Lupus, 2X y Raza, solían ser los platos fuertes. Y yo los escuchaba; estaba en la onda y me hacía sentir poderoso. Me provocaban una sensación de vivir en una galaxia aparte. 

Como es natural -ojalá- pasé a otros derroteros. Me reconocí en bandas más tristes y desafinadas como Sonic Youth, Yo la tengo o The Pixies. De ahí en adelante, como si bajara los brazos ante todo o simplemente me reconociera a mí mismo, ingresaron más y más bandas, la verdad no las podría enumerar. De golpe dejé el personal: en un momento dado lo guardé y preferí unirme al entorno, mirar por la ventana y regresar a casa. Es optar por el silencio o algo parecido. Similar por que la ciudad no es precisamente un espacio sin ruido, por el contrario, una orquesta a la que estamos acostumbrados y no prestamos atención. Creo que John Cage decía que la música era ruido ordenado. Me inscribo con la idea.  

Tal vez siempre hay una relación emocional con todo lo que hacemos. Solemos ligarlo con asuntos amorosos, de familia, pero la verdad es que, posiblemente, todo podría relacionarse con la emocionalidad. Han pasado casi veinte años de aquellos tiempos de roddie, envidiado por tener movidas para entrar gratis a los conciertos y conocer a todo el mundo de esa “escena”. Actualmente apenas escucho música con letra: puede parecer una pretensión, pero el jazz y la música clásica generan algo en mí sumamente escaso: silencio. Para empezar el día me preparo un café y escucho Telemann y sus tremendos oboes y si quiero subirle la intensidad al día voy por Wagner o algún ruso. Esa es mi situación actual: por no gozar de tranquilidad, o silencio, lo compuesto muchos siglos atrás ha sido mi salvación. 

Sin embargo, todo es móvil, todo se mueve y transforma. Cuántas casas y departamentos pinté con mis primos escuchando casetes grabados de la Concierto de The Doors o The Beatles. Seguro que cuando termine esta peste del coronavirus recurriré a los Fiskales o a la banda hermana peruana Los Saicos para demoler el tren, aunque sea un tren mental. 

 

Gabriel Zanetti (Santiago, 1983) es autor de Cordón umbilical (2008) y coautor de Prohibiciones y títulos (2015). Es uno de los fundadores de Revista Lecturas y Lecturas Ediciones. Trabaja como editor y profesor de escritura.

 

 

 

 


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Sequía Valdiviana

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Sequía Valdiviana

Una vez mi mamá me llevó con ella de gira. Mi papá se quedó con mi hermana menor y nos fuimos en un viaje de casi dos semanas por el sur. Yo era chica. Chica de perderme, chica de ser regaloneada por todos los músicos como la guagua de la orquesta, de caber debajo de sus sillas durante los ensayos, chica de meterme a las piscinas con alitas. Chica de no entender las peleas entre los músicos, de haber canjeado un juguetito en una máquina y que ese sea mi recuerdo más claro del viaje; un mono de goma de dos colores que olía asqueroso. Chica de coleccionar las mermeladas que dan en el desayuno para llevárselas a mi papá, y después comérmelas con los dedos, llorando por mi fracaso. Chica, como para que mi mamá se controlara e interpretara cabalmente su papel de madre en ese contexto tan ligero y festivo. Pienso en eso y digo, si fuera yo la que se va de gira dos semanas al sur, ni cagando llevo a mi hijo. 

Esa vez viajaba con nosotros la Claudia, hija de una prima de mi mamá, que había fallado en medicina y se había pasado su año sabático con un megáfono en la mano, alegando afuera de todos los edificios gubernamentales por causas que nunca pudo explicarnos, porque imagino que ni ella conocía bien. Seguía al bus de la orquesta en un volvo azul y se colaba en todos los ensayos y conciertos. Tenía casi treinta años y había decidido que se iba a dedicar a la música, aunque no tocaba ningún instrumento ni leía partitura. Aún así no se perdía una nota, decía estar estudiando, y la escuchábamos en la cena comentar los conciertos y hacer sugerencias, todos perplejos, menos yo, que la adoraba y me fascinaba su traje de varón, su pelo corto peinado con gel, sus cigarros con boquillas transparentes y su timbre grueso y agresivo. Nadie le dijo que dejara la quinta de Beethoven en paz y se dedicara al canto, le hubiese ido bien. 

Valdivia fue una de las últimas paradas. Llovía con furia y en vez de hotel, nos instalaron en unas cabañas de veraneo, bien fomes en invierno, con tormenta y las piscinas llenas de lodo. Yo me había pasado toda la gira rondando los hoteles al cuidado de las mucamas y los botones, jugueteando en la recepción y ayudando a hacer las camas. Ahora tenía una caja de lápices de colores -más bacana de lo habitual, debo admitir- y una resma de papel, y estaba encantada, pero era la única; el agua estaba cortada, no se podía ni hacer caca. Las cabañas tenían cocina y habíamos comprado de todo para hacer una cena piola con la Claudia y mi mamá, pero sólo nos habían dado una botella de agua con gas en la recepción. Algunos colegas de mi mamá negociaron unas botellas de pisco y pasaron por nuestra cabaña a invitarnos. La Claudia se puso su blazer y sus zapatitos de una y salió con ellos, aunque no la habían invitado, porque ni siquiera tenía autorizado quedarse con la orquesta, pero ella sorteaba todos los protocolos y convencía a todo el mundo de todo y allá estaba, en una de las cabañas, discutiendo de política con los músicos al pulso de las tapitas de pisco. Y mi mamá se quedó, serena con su decisión de llevar a su hija a la gira y guardarse por una vez de los carretes. Le preocupaba más no tener agua para lavarse el poto, porque siempre que le da ansiedad se lava el poto. Comimos unas galletas de agua con lo que quedaba de mi colección de mermeladas y nos fuimos a dormir. 

Al otro día en la mañana, cuando la Claudia yacía como un globo desinflado en el camarote de arriba, mi mamá se levantó al baño y todavía no había agua. Parte de la orquesta se había dado cabezazos con el pisco durante la noche y estaban deshidratados; nada como una buena caña para buscar pleito, y a primera hora figuraban todos en las puertas de sus cabañas, separados por una lluvia espesa que no paraba de caer, gritándose de allá para acá que cómo era posible, que qué falta de respeto, que sin agua no hay ensayo, que sin agua no hay función. Y mi mamá, que tengo a mi hija aquí, que con quién hay que hablar para lavarse el poto en este puto lugar. Hasta que llegó un funcionario, un tipo estándar, medio calvo, amable y bien vestido, y se paró bajo su paraguas en medio de las cabañas a hablar en nombre del hotel, a pedir disculpas por la demora en las reparaciones, y a pedir que tuviéramos paciencia, que la lluvia dificultaba la obra. La Claudia entendía a medias lo que decía el funcionario y escupía el código del trabajo con la lengua seca, pensando quizá en su megáfono, que sin duda estaba en el volvo azul en alguna calle de Valdivia.

“Seguramente tienen agua que podamos calentar para lavarnos”, dijo mi mamá, pero el funcionario desvió la vista hacia los caballeros de la orquesta y siguió con sus disculpas. Mi vieja era animal de sindicato, sus colegas la conocían bien, sabían cómo se ponía cuando no la escuchaban, y ni siquiera trataron de detenerla. Salió de la cabaña mirando al tipo, se sacó la ropa, le pidió a la Claudia que le trajera jabón, y se lavó el poto bajo la lluvia. 

Los ojos de la Claudia brillaban. Todas las García somos nudistas, eso se sabe, pero ahí estaba su tía, ejerciendo el acto de protesta con el que ella siempre había soñado, y los colegas, que se habían bancado varios carapálida en las reuniones del sindicato, reían y aplaudían, porque estaban con caña, secos por dentro, aburridos y enojados y la cara del funcionario era un regalo.

Mi mamá se entró como una boxeadora cuando vuelve a su rincón, la Claudia esperándola con una toalla y toda la admiración que le cabía en el pecho. En minutos volvió el agua, mi mamá se ganó una invitación a cenar en un restorán de su elección y supe hace poco que la Claudia se graduó en derecho laboral.

 

Delfina Harms (1990). Estudió Licenciatura en Música y Luthería de cuerda clásica en el ex Pedagógico. En el año 2013 se mudó a París para continuar sus estudios y comienza a dedicarse a la escritura. En 2014 se instala en Marsella donde migra de la luthería al grabado y publica su primer libro ilustrado, “Perro Tigre”, presentado en Santiago en Agosto de 2017. En 2019 publica el libro “Nosotras las niñas” con la editorial LarvaPress. Actualmente forma parte del Taller Calicanto donde desarrolla arte gráfico y editorial.

 


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El arte como expresión del espíritu

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El arte como expresión del espíritu

El arte, como expresión física de los seres humanos, ha dado cuenta del espíritu de cada generación, contándonos su historia, sus anhelos y desencantos; en tal sentido, podemos leer la época de la epopeya, donde la virtud en la guerra y la belleza, eran los deseos primarios de los hombres; o en la época medieval, donde la arquitectura cobró vida al retratar la creación; y aunque a los mismos dioses les hayamos otorgamos nuestra vanidad, esta nos trajo de vuelta la vista hacia nosotros mismos, renaciendo como centro de todo pensamiento, pintando nuestra humanidad e ilustrándonos con los relatos de quienes nos antecedieron.

En 7 líneas no se podrá dar cuenta de la historia de los hombres a través del arte, ni tampoco esa ha sido la encomienda de este escrito, sin embargo, cuestionar nuestro espíritu, es un acto tan sublime, tan humano, que no fue proyectado en los otros. ¿Cuál es el relato de nuestro espíritu? Es decir, ¿Cuál es su historia y su sentir? ¿Qué atributos le damos la generación actual? Es la reflexión del ser colectivo desde el ser individual, expresado en ocasiones mediante el arte. ¿Qué expresa nuestro arte? En la actualidad, la música se presenta como el escenario de mayor predilección social, la encontramos en todas partes en conjunción con otras artes, e igualmente ha estado sujeta a las transformaciones generacionales que se han presentado.  

Como se ha dicho, la observación de la industria musical actual, es una observación de nosotros mismos. En principio, se entrevé el cambio sustancial del proceso y el objeto de este arte, el cual pasa a adaptarse a las exigencias del mercado y, en consecuencia, a su producción; a diferencia de antaño, el artista deja de ser el transmisor del espíritu, pasa a ser un producto más de consumo, y la trasmisión, queda a cargo de un equipo técnico de conocedores de la industria, sus demandas y expectativas. La virtud y lo transcendental ya no tiene cabida en la nueva búsqueda, la de utilidad, son los placeres finitos los que garantizan el arte como expresión del espíritu l éxito comercial, el éxito de esta generación, el discurso que compramos, de acumular, guardar y desechar.

El contenido artístico cuenta con nuevas herramientas, nuestras nuevas compañeras de existencia, el arte está sujeto a tecnologías que son las encargadas de reemplazarnos progresivamente, al punto de que el artista solo necesita ser comercial, vendible en apariencia, hasta que ello sea remplazado por lo digital.

Sin embargo, cualquier hombre que se ha superado, ha de desprenderse de la omnipotencia que se les ha otorgado a nuestros nuevos dioses, e iría en la búsqueda del arte genuino, aquel sin el cual la vida incurriría en un error; es decir, sin la apreciación del verdadero arte, de la transmisión de lo que somos y no de lo que aparentamos ser, lo que nos han vendido y hemos aceptado sin juicio alguno a beneficio de unos pocos. He ahí la importancia de los artistas que no siguen discursos de las doctrinas que hoy en día imperan, que se alejan del sistema de valores predominante, y plasman sus propias historias y sentires, abandonando la dirección que toma el rebaño, siguiendo sus propios instintos; individuos que representan a quienes sentimos que algo está mal, que aún se sostienen sistemas que atentan lo que somos, considerando que aun el espíritu generacional debe seguir floreciendo, y por el disfrute de placeres temporales ello no puede perecer. 

El espíritu colectivo es uno solo, es la historia de los hombres, nuestra historia, una narrativa tan compleja como nuestra composición misma, como el universo mismo.  No todos los hombres han gozado del ser los transmisores del espíritu, esto ha sido atesorado por quienes llamamos artistas, y el arte, no podemos dejarlo reducido a las condiciones del mercado, en donde lo que no vende, no se hace, no podemos reducir de esa forma nuestro espíritu, ese no puede ser nuestro ocaso. 

Queda en manos del orfebre, cualquiera que sea su objeto y su metal, dar cuenta, cuando nuestro espíritu experimente nuevas historias y sentires, como fue nuestra experiencia y nuestro lugar.

 

Luis Felipe Gonzalez Gallego. (Cali, 16 de enero de 1996) Estudiante de ultimo año de ciencias políticas de la universidad del Valle, Colombia.

 

 

 


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Los Jaivas y "El tema de los solos"

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Los Jaivas y "El tema de los solos"

Los Jaivas se reunían, a finales de los '60 y recién partiendo los '70 en la Boite Chichón, subterráneo de la casa de los Parra en Calle Viana, centro de Viña del Mar. Lugar en que desarrollaban espectáculos teatrales, discusiones alrededor de temas culturales (y otros no tanto). Espacio en que tocaban y se armaban fiestas que generalmente resultaban con algún hematoma en la cabeza producto de una viga a poca altura: de ahí el nombre del pequeño recinto. El grupo ya estaba desarrollando un lenguaje musical basado en la experticia del manejo instrumental y la creatividad que los llevaba a desafiarse sin límites.

Fue así como una noche estaban los tres hermanos Parra junto a grupo de amigos, desarrollaban lo que llamaban “El Tema de los Solos”: una pieza musical que rotaba en tres acordes – tal vez muy similar a lo que sería el “Corre que te pillo”- y que daba espacio a cada uno, claro está, a lucirse en un solo instrumental echando mano de toda su pericia y creatividad.

El primero fue Claudio, que empezó a derrochar sobre las teclas lo aprendido en el conservatorio. Cuando ya tenía a todos los presentes entusiasmados, haciendo gala de la brutal técnica adquirida, sin detenerse empezó a echar dentro del piano todo lo que tuviera a su alcance: primero fue un chaleco, luego la chaqueta, rápidamente tomó un bolso que tenía a un costado; fue apañando el instrumento con todo lo que tenía cerca hasta casi perder su sonido por este cerro de ropa. Gritos de asombro y entusiasmo de todos los presentes y ¡paf!: vuelven al motivo central del “Tema de los Solos”.

Después de esta proeza instrumental los ojos estaban puestos en Gabriel, el menor de los hermanos, que era reconocido por su talento frente a la batería pero: ¿Podría enfrentarse al desafío impuesto? ¿Qué haría?: ¿Cómo sobrepasaría o al menos igualaría lo hecho en el solo de Claudio? El tema seguía rotando con las miradas fijas en él hasta que llegó su momento: Gabriel aceleraba y retrazaba el pulso, matizaba el sonido pasando de eufóricos golpes a susurros en los platillos y tambores. Sorprendiendo a todos, la batería se fue desmantelando. Primero los metales: sin perder el ritmo con certeros golpes de baqueta soltaba los pernos y los iba ordenando a un lado. Así fue con todas sus partes dejando solo el bombo y la caja y ¡paf!: vuelven al “Tema de los Solos” despertando aplausos sordos entre los amigos.

El tema seguía rotando y ahora los ojos estaban fijos en Eduardo: el desafío estaba echado y él debía responder desde su teclado moog. ¿Cómo superar a Claudio con el cerro de ropa dentro de su piano? ¿A Gabriel y su circense acto de disociación? Llegó su momento: el mayor de los hermanos se pone de pie, con todos los presentes pendientes de sus movimientos: deja el teclado a un lado y se sienta en el sillón junto a uno de sus amigos que estaba de público; prende un cigarro se sirve una cerveza y empieza: “La música es más que sentimiento y señales sonoras…”, dando un discurso en el que todos se largan a reír por su abierta comicidad, dejando claro que las noches de correrías y bohemia literaria le habían dado un profundo interés en la expresión poética. Eduardo deja su cigarro, vuelve al teclado y ¡paf!: vuelve a sonar el “Tema de los Solos”.

De una conversación con Eduardo Parra, Los Jaivas.

 

Matías Correa, músico e investigador musical. Ha escrito en Diario La Segunda y El Periodista; los programas radiales Alertas y Sonidos y Cadáver Exquisito en Radio Tierra; actualmente es parte del equipo de La Lira Popular Colectiva y escribe en su propio blog musical Afiche En La Pared.

 

 

 


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It’s my pleasure

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Fotografía por Nader Cabezas

It’s my pleasure

Raúl Ruiz dice que hay un comportamiento muy chileno que consiste en no preguntar nada ante las situaciones más sorprendentes. Es un deber comportarse como si no pasara nada. Escribo estas palabras animado un poco por ese espíritu. Es una historia que cuento a veces, un poco para mantener una audiencia cautiva entre el ir y venir de copas y otro poco para sabotear temas aburridos como el trabajo o el dinero que alguien gana. A veces le pongo o le saco, dependiendo de la calidad de la audiencia.

Esto ocurrió en noviembre de 2012, en el festival primavera fauna, en el ex espacio Broadway. Abrió Poolside en el escenario internacional, sin mucho público. Todo el mundo estaba evitando el sol, menos nosotros que tuvimos la buena idea (de Valentina, en realidad) de llevar un quitasol. De a poco, el sol comenzó a retroceder y la gente fue poblando la cancha hasta que nuestro pequeño picnic de Manet se hizo insostenible. Luego oscureció por completo y perdí a mis amigos. El plato fuerte de aquella noche era Pulp, en un line up que también incluía a Dinosaur Jr, The Walkmen, Jorge González, en suma, una oferta musical que dicho festival difícilmente superaría con los años. 

Olvidé mencionar que entré gratis porque en aquel entonces escribía reseñas para una revista donde me pagaban con entradas para conciertos. Andaba con una pequeña libreta donde anotaba cosas y me había conseguido una cámara digital profesional que apenas había tenido tiempo de aprender a usar (esto me pasaría la cuenta más tarde). Estaba tocando Dinosaur Jr en el escenario internacional cuando sentí que tenía que ir al baño. Supuse que no sería mucho problema, porque estaba en el foso de los fotógrafos y tenía que haber un baño cerca. Pero me equivocaba en grande. El guardia me dice que hay un solo baño: el del público. “¿Me está diciendo que tengo que atravesar todo el público para ir al baño?”. “Le repito, el único baño…” “Ya, ya gracias”. 

No iba a atravesar ese mar de gente para ir al baño y después todo de nuevo para volver al foso de prensa. Así que me fui por el lado izquierdo, y caminé medio desorientado entre carritos de golf (puede que los haya agregado en mi recuerdo pero no es relevante) y gente con credenciales y linternas. Seguí caminando hasta  que empecé a escuchar conversaciones en inglés y me encontré en una especie de patio trasero de restorán de playa, con una cocinera fumándose un cigarrillo apoyada en el marco de la puerta. Le pregunté si sabía dónde había baño. “Por acá, pase” me dijo, mostrándome la cocina y al fondo una puerta abierta. Le agradecí efusivamente y caminé sin titubear. 

Mientras mi chorrito caía al agua, mi cerebro  -liberado ya de la tarea urgente de encontrar baño- comenzó a preguntarse dónde había ido a parar, motivado tal vez por la inquietante presencia de dos latas de coca cola cerradas y dispuestas simétricamente sobre el estanque color beige. Salí del baño y en lugar de volver por donde había entrado, caminé hacia la derecha, a una barra atendida por un par de muchachas. Los comensales consumían sin pagar, así que pedí un par de cervezas y me las entregaron amablemente. Miré alrededor y me fijé en una hoja impresa que decía camarín vip.  Fui a buscar a Valentina y le conté que había descubierto un pasadizo secreto gracias a mi vejiga pequeña. Creo que comencé a pedir whisky o gin, no recuerdo. Ahí todo comenzó a ponerse confuso, pero en el buen sentido. En ese caos agradable, recuerdo haber abrazado y felicitado al menudo Alec Ounsworth, de Clap your hands say yeah! por su show. Un tipo piola, de verdad.

Luego intenté hacer una entrevista a Bomba Estéreo. Digo intenté porque no podía encontrar la función para grabar en la maldita cámara. Se quedaron sentados riéndose de mi torpeza como notero cuando sonó la voz de Jorge González (salvándome de la pesadilla) y Li Saumet partió gritando en dirección a la salida, llevándose a toda la banda detrás. Estaba un poco aturdido (así podría describir mi estado durante casi toda la jornada) cuando el baterista regresó y nos invitó a ir con ellos. Supongo que mi torpeza le hizo gracia, porque se enfrentó a un guardia que no nos quería dejar subir al vip para ver el show. Recuerdo haber estado sentado al lado de Li, que vestía un sweater negro tachonado con pequeñas llaves doradas de metal. Las llavecitas brillaban mientras ella miraba con asombro a Jorge González. Hablamos de la importancia de Los Prisioneros en nuestras vidas y cosas por el estilo.  Seguramente le conté que había aprendido guitarra con los cancioneros del Icarito

Después apareció Pulp en el escenario principal y recordé con pesar que estaba ahí para escribir una nota y tomar fotos. Tenía que hacer mi trabajo. Atravesé todo el público seguido por Valentina. No me gustan las multitudes y odio pasar a llevar a las personas, así que en una movida al estilo de Forrest Gump comencé a hacer comentarios positivos sobre la vestimenta de la  persona que estaba adelante y avancé hasta encontrarme nuevamente en el foso de prensa.

De vuelta en el camarín, nos sentamos en una mesa con la gente de Poolside. Recuerdo una conversación con Filip Nikolic, un tipo muy agradable y tranquilo, en medio de un ambiente un tanto sórdido (supe que dejó Poolside el 2017, bien por él). Estábamos pensando en algún lugar de Santiago a donde ir más tarde y estaba a punto de hacer algunas llamadas cuando comenzamos a notar cierta agitación. Era Jarvis Cocker, que estaba saliendo de su container en dirección al bar. Algunos corrían para pedirle autógrafos y fotos. Yo dejé a Filip y el resto en la mesa y me dirigí donde estaba Cocker.  En ese momento recordé que en la mochila llevaba un ejemplar de “Madre, hermano, amante”, su libro de letras. A esa altura el gin ya me había hecho efecto (y también algo de crystal meth que un gringo generosamente compartió con la mesa) y solo pude articular algunas palabras. Le pasé el libro, le dije mi nombre y puso una dedicatoria “It’s my pleasure”. Le comenté algo sobre Geoffrey Chaucer y me respondió muy animado. Siempre me he arrepentido de no preguntarle sobre Scott Walker. Valentina lo abrazó y le dio un beso en el cuello. Los muchachos de Poolside se esfumaron. Una pena. Hubiese sido interesante salir con ellos pero en ese contexto, las cosas se mueven rápido.

Volvimos desde el espacio Broadway al centro de Santiago en un taxi que salió tan caro como una entrada al festival. Pero no importaba. Habíamos vivido una gran aventura y me había robado una botella de gin del bar. Al día siguiente, nos pusimos a escuchar el Pacific Standard Time de Poolside y lo tuvimos en repeat por un buen tiempo.

 

Nader Cabezas: 42 años. Editor de contenidos digitales y músico autodidacta. Ha publicado los discos Día blanco (2009), Caminos, barrios y gente (2011), El hijo del monstruo (2012), Esfinges (2013), Rocket cinema (2015). Melómano y entusiasta del cine

 

 

https://open.spotify.com/album/0H8umic35SHzLg26lL1ld9?si=SSrJi8AIS9mbX4nVq0stTg


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Es mejor quemarse que apagarse lentamente

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Es mejor quemarse que apagarse lentamente

Angra pisaba suelo nacional y yo, siendo un cabro soñador y fanático, compré mi entrada con plata que no tenía y aseguré mi puesto. La noche anterior al concierto, celebramos el cumpleaños de un amigo muy religioso, y pasamos en banda tomando cerveza y fumando porros. Escuchamos toda la noche el disco que venían promocionando: Rebirth. Renacimiento. Fuimos los parias escogidos de forma unánime. Hicimos una fiesta aparte. Los demás invitados, igual de creyentes en la santísima trinidad y el flaco INRI, estaban escandalizados con la barbarie y la desvergüenza de los adoradores de satanás. Se iban porque la música era mono temática y aburría a cualquiera escuchar los mismos temas más de dos veces seguidas. Antes de irnos por la puerta chica y con miradas agrias de los dueños de casa, vaciamos la cocina y la despensa comiendo panes con mayo Click y vienesas crudas. Sabíamos que se nos venía un día largo y no teníamos plata para nada. Había que echar mano a la generosidad de la familia Flanders. Tomamos la micro en la plaza de Quilicura a eso de las 6:20 de la mañana un día sábado. Llevábamos las entradas a la vista, como si eso fuera carta de salvación de los cogoteros que siempre andan por ahí a esas horas. La gente iba a sus trabajos y nosotros recién apagando el último pucho arrugado que nos quedaba. Señoras bañadas, hombres con olor a colonia Flaño y el chofer que nos llevó de malas pulgas por quinientos pesos. En esos tiempos la tarjeta Bip era un artefacto del imaginario de Blade Runner. Nos fuimos tomando unas latas de chela que fondeamos a medianoche. Las reservamos, para ser más precisos con el lenguaje, y cruzamos la ciudad hasta Manuel Montt con Providencia. Corrimos desde la bajada de la micro hasta la entrada del Teatro Providencia. Fuimos los primeros en llegar con nuestras entradas aún en la mano, blandengues de sudor a esas alturas. Ni siquiera el guardia del lugar estaba. Era un hecho que seríamos los primeros en entrar y, de puro contentos, nos pusimos a bailar y corear canciones en un inglés tan charcha como apasionado. Era la demostración de felicidad más honesta de la hinchada local. Después de eso, caímos dormidos en un sueño pesado y brutal. Despertamos a eso de las 11 de la mañana con el sol machacándonos la testa. Sed. Hambre. Calor. Sudor en la raja. Sin ducharnos y la caña más mala de la historia, pero felices. Los niños nos esquivaban tomados de la mano de su mamá horrorizada. ¿Quiénes serían esos chascones de poleras con calaveras y ángeles? Sacrílegos inmorales hediondos a cantina periférica. 

A eso de las 14:00, recién llegó el guardia del teatro. Traía una bolsa con un churrasco caliente para almorzar. Me dolió el estómago de la envidia. Tenía una actitud de funcionario marca tarjetas. ¿Qué iba a saber de Angra ese? Le preguntamos si podíamos pasar al baño y ni nos miró. Meamos el árbol que estaba afuera del Teatro Providencia. Actualmente Nescafé de las artes. Siempre se me ha escapado la estofa clasista. No es lo mismo mear el forestal, que mearles las veredas a los, en ese tiempo, regalones del Labbé. Litros de pichí amarillo regaron el arbolito. En eso llegó Pablo. Un cabro chico que tenía no más de trece años y sabía más de música que yo y mi amigo juntos. Era una especie de Alfredo Lewin. Además, manejaba un inglés perfecto. Le preguntamos respetuosamente si le podíamos decir Pablito. Accedió gustoso. Nos contó que el papá de Bruce Springsteen fue veterano de la segunda guerra mudial (en realidad yo me enteré que existía alguien con ese nombre), nos dio su teoría de por qué Sepultura había nombrado Roots a su álbum, y nos recitó un fragmento de la carta que dejó Kurt Cobain antes de suicidarse: “Soy una criatura voluble y lunática. Se me ha acabado la pasión, y recordad que es mejor quemarse que apagarse lentamente.” Así, escuchando anécdotas del rock mundial, se nos pasó la tarde con nuevo amigo y un recital inolvidable que era inminente.

Al abrir las puertas corrimos desaforados y agarramos el centro del escenario, encaramados en las vallas papales. La primera fila era nuestra. Salieron a tocar por dos horas. Con mi amigo y Pablito sabíamos de memoria las canciones del disco. Los integrantes de la banda nos miraban asombrados, si el disco había salido hace poco más de una semana y nosotros lo coreamos como si fuese el disco de cabecera por décadas. Al terminar, el baterista, Aquiles Priester, se acerca al borde y me regala las baquetas. A mi amigo, Kiko Loureiro le regaló su uñeta. Yo en ese tiempo era batero y mi amigo guitarrista. Demasiada coincidencia. Demasiada magia en esa memorable noche. Una vez fuera, sin caña y sin voz, no volvimos a encontrar a Pablito. Estaba triste. Tenía la mirada del perro apaleado. Nos confesó que él también era guitarrista, pero que no había podido conservar la uñeta que agarró del suelo, porque un grandote se la había arrebatado por la fuerza. Con lágrimas en los ojos pidió ver de cerca la de mi amigo. En honor a la amistad genuina que se había formado en la fila, se la pasó. Pablito la miró y en un arranque de ardilla furiosa salió corriendo a toda velocidad en dirección a Andrés Bello. Nosotros corrimos fuerte atrás de Pablito, que además de saber mucho de música, era muy rápido. Un virtuoso en muchos aspectos. Mi amigo era atleta del colegio y lo llevaba pillado. A menos de dos metros. Cuando Pablito quiso hacen una finta y regresar, lo agarramos y lo bajamos de un zapatazo en el hocico. Un par de combos y le abrimos la mano en que tenía empuñada la uñeta. Mi amigo le preguntaba ¿Por qué? ¿Por qué me hiciste pegarte? Pablito sangraba y pedía que se la regaláramos por favor. La respuesta era un no rotundo. Mi amigo tomó su uñeta y caminamos en dirección al poniente, jadeantes y tristes de perder a Pablo. Se había acabado espacio para el diminutivo. Cuando íbamos un poco avanzados nos gritó: “Es mejor quemarse que apagarse lentamente”. Lo vimos perderse dando manotazos al aire y agarrándose la cabeza. 

Cerca de la plaza de la aviación, volvimos a mear, esta vez los emblemas patrios. Siempre se me escapa la estofa rebelde. Ya con la vejiga vaciada, nos fuimos caminando con el frescor de la noche hasta Santa Rosa con la Alameda. Nos reímos de Pablo, y el viento nos enfriaba la transpiración. Caminamos felices y mudos. La única forma de comunicarse fue repasando las canciones que acabábamos de escuchar, cantadas con el mismo inglés charcha, pero esta vez yo con mi batería imaginaria y mi amigo haciendo los mejores riffs de la historia. 

 

Vicente Larenas Añasco. 1983. Dramaturgo, director y actor de teatro. Fundador de la compañía Caldo con Enjundia teatro-Chile. Colaborador en Revista Lecturas.

 

 

 

 

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Los pollitos dicen

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Fotografía por Cristian Foerster

Los pollitos dicen

De las artes la música es de la que me siento más alejado. En mi casa no habían instrumentos, salvo un kultrung y una corneta que nadie tocaba. O quizás si, algún curado durante los carretes que celebraban mis viejos y que observaba por los barrotes de la escalera que daba al segundo piso donde dormía. Recuerdo esa escalera de madera y sus crujidos cuando alguien subía por ella y nos despertaba. También recuerdo el libro El odio a la música de Pascual Quignard, su título más no sus argumentos e imágenes irreproducibles. Algo oigo, la música, el sonido o el ruido son ondas que nos envuelven y tocan aunque no lo queramos. Están ahí como el aire o los latidos del corazón. Nos constituyen. Intento preguntarme cuál sería la banda sonora de mi vida, pero  al tiro se vienen encima los murmullos de la calle Los Aliaga y las lecciones de piano para oligofrénicos de mi vecina. No puede ser que la única canción que enseñe sea Los pollitos dicen. Imagínense 8 horas diarias escuchando esa canción. Nada más alejado de la pianista de Jelinek y su adaptación al cine de manos de Haneke. El ritmo incansable de esa canción -que más encima era la única que me sabía en flauta en el colegio- a veces se transforma en gusanos que hacen túneles en mi mente. Ellos me obligan a tararearla mientras cocino o hago el aseo. Lo que hago para sobrellevar esto es cambiarle la letra para que se acomode mejor a la situación de turno. En lugar de los pollitos dicen, pío, pío, pío, el huevito frito, rico, rico, rico. Etc. Así es la música durante la cuarentena para mi, un largo etc de elementos sensibles con los que debo lidiar ahora, que ya no es posible escuchar tu banda favorita -los Arcade Fire en ese momento, el álbum The Suburbs- durante las mañanas frías mientras caminabas cuadras bajo un sol otoñal para tomar la micro. Las hojas amarillas cubrían tus pasos y los sepultaban al ritmo del tema que abrazaban tus oídos. Eras feliz en ese momento y no lo sabías hasta ahora, que solo te queda escuchar el chirrido de las teclas de un piano azotado por las manos de un niño sin orejas, me digo. Pero esto no quiere decir que no sea feliz ahora con la música que escucho. Por ejemplo recién aprendí a oír (gracias al youtuber español Shauntrack debo confesar) Las Alturas de Machu Picchu de Los Jaivas, que muchos amigos encuentran mejor que el libro de Neruda. Yo no sabía que decir, solo me encogía de hombros o guardaba silencio. Pero ahora me siento tentado a coincidir con ellos. El disco recalca o enfatiza el ímpetu de la letra, la interpreta de tal modo que palpamos su misticismo y solemnidad, su arrebato cósmico andino. No soy un águila sideral ni un domador de guanacos tutelares, solo soy una persona que se detiene a admirar esa médula, esa guadaña que nos corta en dos, que nos respira por nuestros huesos y piel, esa vibración que aunque no la oigamos ni comprendamos nos remite al primer estallido del universo. O al pío pío de la vecina. 

 

Cristian Rolf Foerster Montecino (1988). Magister en Arte, mención Teoría e Historia del Arte y Diplomado en Gestión Cultural, ambos de la Universidad de Chile. Licenciado en Letras, mención Literatura Hispanoamericana, de la PUC. Ha publicado Ruido Blanco (Cuneta, 2013) y Balada (Libros del Pez Espiral, 2019). Actualmente cursa el Doctorado en Literatura de la PUC y es secretario de la Fundación Rectángulos de Agua. Patrimonio, Arte y Cultura.

 

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Tú hablas mi lenguaje

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Fotografía por CincoOjos

Tú hablas mi lenguaje

Al pensar en música y su significancia a nivel social solo se me viene a la mente mi experiencia con ella. La música ha sido una de mis dos pasiones, dialogando eternamente con la literatura. Esta última la he estudiado y digerido de diferentes formas. Me he hecho amiga de las palabras, también he peleado con ellas y me he frustrado más de una vez al no poder concretar una imagen, un personaje o una historia. A veces al leer una novela puedo observar la estructura del texto, la cual imagino como un esqueleto que va tejiendo sus partes para concretarse por último como un ser individual y único. Esto me produce felicidad. Pienso que el lenguaje tiene su matemática y que tengo suerte al lograr decodificarlo. La literatura se transforma así para mí en una experiencia de goce y a su vez en un reto diario de intentar comprenderla. Por lo mismo, me es imposible pensar la música sin compararla con las palabras.

La música tiene un lenguaje que no descifro y que no comprendo a cabalidad. Esta carece de semántica, no busca su fundamento en el sentido. Se comunica conmigo en un lenguaje mítico, vibracional y corpóreo. ¿Cómo describo la textura y la experiencia física del sonido con palabras? Varias veces lo he intentado sin lograrlo plenamente. Desentrañarla es una tarea desconcertante y más bien imposible y es por esto mi pasión por ella.

Tengo la idea de que las artes son como unas raíces arbóreas que se crean en conjunto con la historia social en la cual nacieron. Al poner una raíz en la tierra esta irá expandiendo raíces más pequeñas y a su vez nacerán tubérculos que deformarán y cambiarán el crecimiento mismo de la planta. Es así como veo tanto a la literatura como a la música. Muchas veces he comparado bandas o tendencias musicales con escritores o libros. He llegado a decir en conversaciones nocturnas que Keruoac sería lo que es a The Ramones en literatura. Solo a veces acierto.

También, a ratos, la comparo con la poesía. La música logra imágenes y sensaciones extraterrenales. Una palabra unida a un conjunto de ritmos y sonidos puede englobar un sentimiento sin decir mucho, estas logran sacarte del lugar en donde estas y viajar a diferentes espacios, al igual que un verso o una estrofa. Entrar en un disco o en una banda es recorrer desde los acordes hasta su lugar de origen. Es estar ahí en medio de Nueva York con gritos enajenados por las injusticias sociales, es volcarse a las raíces indígenas de tu tierra, es recordar la historia o imaginar esa historia llena de individualidades, subjetividades y contextos. Ambas artes son una recreación de las vivencias personales y nacen de la observación individual interna buscando capturar los ritmos del campo, de la calle, del hogar o de donde se posa el ojo mítico.

Es así que pienso que tanto la música como la literatura te sacan de lo terrenal  para llevarte a un registro de la actividad de los pensamientos.

 

Constanza Bustos(31 años) Licenciada en Letras Hispanoamericanas y lingüística y Magíster en Literatura Hispanoamericana de la Universidad Católica.  Colaboradora en la revista Rockaxis y en la página digital Walking Stgo.