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Regresar a Casa: Impresiones musicales en cuarentena

regresar-a-casa-impresiones-musicales-en-cuarentenaFotografía por Pablo Cheng

Regresar a Casa: Impresiones musicales en cuarentena

La primera foto que tomé esta cuarentena fue ese día que volví del campo. Estaba en la Estación Central, necesitaba ir al baño y recordé que en el patio de comidas había uno gratuito. Hacía frío, recuerdo, de hecho andaba con chaleco y la gente escaseaba, pero no las mascarillas y los vendedores de productos higiénicos. 

Si el apocalipsis ocurre, esas serán las imágenes de Santiago impresas en las membranas de los ojos. 

Pensaba, bajándome del tren, en Rodchenko. El viaje de San Bernardo a la Alameda cobraba la impresión de una escala de grises nítida, perspicacia de la mirada ante las posibilidades de los ángulos de las cosas. 

La primera foto que tomé días antes de la cuarentena oficial y días antes de mi encierro por completo en la casa, fue a las sillas apiladas sobre las mesas del patio de comidas del mall Arauco Estación. La luz incandescente sobre el material plástico de las sillas, la luz pálida que caía sobre el diseño futurista de estas: ángulos rectos, orificios en el respaldo, grises, damascos. Y filas que me recordaron al disco One hundred mornings de Windows 96 que tengo pegado y que oímos con Osvaldo, amigo músico, en su departamento que da a la intersección de Portugal con la Alameda.

El disco del brasileño Windows 96 (como se llamaría la actualización cancelada de Windows 95) tiene su raigambre en el lenguaje transmental de Velimir Jlébnikov. Una poesía sonora suprematista que se repliega más en las huellas de los signos que en la armonía pura y dura de lo melódico. Algo así remarca “Calígula” de One hundred morning, tema que hace lo que quiere con los synths. 

Pero no quiero detenerme solo en Windows 96. Los sonidos, de algún modo, se han solidificado durante la cuarentena. Algunos han hablado de la baja de la contaminación acústica, pero cuando fui a la Vega me di cuenta de que no. Seguíamos en el Santiago ochentero aspiracional, pero permanecíamos con las fauces abiertas si un mendigo –como vi en la compra de quesos en Arturito– dormía con la cabeza apoyada en la pared y vomitado de porotos con riendas. ¿Higiene? ¿Inmunidad? Poco y nada. 

La segunda foto que tomé y las siguientes han sido con una cámara Minolta 7000 AF, del año 85, copada por botones, la primera en ofrecer enfoque automático y avance motorizado del rollo. Mi ventana da al cerro San Cristóbal y al estacionamiento del edificio. Cada día, en un acto voyerista, fotografío los vehículos, la posición que toman en su espacio rectangular, delimitado. Camionetas de fletes, autos sedan, jeeps, incluso carritos de super he visto desde la altura del cuarto piso, altura que considero adecuada para fotografiar y conseguir planos que emulen cenital, nadir, qué sé yo. 

La verdad es que alucino con la portada de Construction time again, disco de Depeche Mode. Si pudiera copiar y fotografiar esa imagen lo haría mil veces. Un hombre con un martillo contra las piedras de una montaña. El azul opaco del cielo. Como si fuera la pintura apocalíptica El mar de hielo de Friedrich. O más allá: como Horizon perdido de Erik Bulátov, cuadro en que se representan personas vestidas a “la soviética” (como señala Boris Groys en Obra de Arte Total Stalin), y caminan por la playa hacia un horizonte marino, pero rojo, una línea plana, horizontal que atraviesa el cuadro. 

La pintura, como el tema “Landscape is changing”, posee esa negatividad engañosa del progreso, la desaparición del horizonte, la muerte de toda espiritualidad incluso. En los sonidos industriales de la canción y en la pintura de Bulátov se conserva ese germen que nos encierra y nos vuelve planos, bidimensionales, abstractos, etcétera. 

Sin embargo, el horizonte, el paisaje, necesitan recrearse. Y hoy, en cuarentena, tanto Windows 96 como Depeche Mode nos precisan que el futuro se aproxima rápido, más de lo que hemos creído. Es hoy.

 

Pablo Cheng (1995). Publicó la novela Charapo (Cuneta, 2016).