Cerebros que suenan

Cerebros que suenan

A los 13 años, Friedrich Nietzche declamó que “la música nos habla a menudo más profundamente que las palabras de la poesía, en cuanto que se aferra a las grietas más recónditas del corazón”.

… O más bien las grietas más recónditas del cerebro.

Porque, desde antes de aquella frase, dentro de la mente del pequeño Nietzche ya rondaban partituras, y la música llegó a ser tan importante en su vida que compuso 70 obras musicales. Una de sus novelas más icónicas, Zaratustra, – al parecer, además de compositor, también era filósofo - fue escrita en versos, con una intención musical, y más tarde fue adaptada por nada menos que Richard Strauss, cuyo poema sinfónico sería utilizado por Kubrick como banda sonora de una de las introducciones más legendarias del cine de ciencia-ficción.

La vida y el legado del mismo Nietzche prueban que no solamente la música se acopla bien con pensamientos sino que los amplifica, y en algunos casos los completa.

Para nuestro cerebro, la música es más que un complemento del lenguaje, sino un lenguaje en sí mismo: según el neurólogo Oliver Sacks, “somos una especie tan lingüística como musical”; nuestro cerebro está tan bien desarrollado para interpretar las notas como lo está para tratar palabras, y aún resulta un gran misterio el porqué es tan bueno haciéndolo: ¿Tendría algún sentido evolutivo? ¿Nuestra supervivencia como especie dependerá, en cierto grado, de la música?

En cierto modo, sí. Todos los días, nuestra vida depende del ritmo de nuestro corazón, dictaminado por el cerebro, como un metrónomo que nunca debe fallar.

Nuestro humor, incluso, es afectado por la frecuencia de nuestras ondas cerebrales de la misma manera en que un estilo musical se caracteriza por el uso de ciertas notas. Tanto así, que la “amusia” (es decir, la incapacidad de reconocer o reproducir tonos y ritmos musicales) es considerada por muchos neurólogos como un indicio de que algo no anda del todo bien en la cabeza, pues, de hecho, puede generar problemas con la dicción o la escritura.

Nuestra mente funciona como una rockolla, adaptando lo discos y estilos de nuestras canciones internas a lo que vivimos y sentimos. Es más, algunos cerebros son capaces de generar música y sonidos para sí mismos. Y, aunque esto pueda parecer para muchos músicos como un superpoder envidiable, las alucinaciones auditivas son de los síntomas más característicos de la esquizofrenia (quizás en parte a eso se debía el talento para improvisar en piano de Thelonious Monk…)

Entonces, ¿qué viene primero? ¿El huevo o la gallina? ¿El cerebro busca la música que mejor se sincroniza con la suya o la música altera los ritmos que se manejan en nuestra cabeza? ¿Escuchamos canciones tristes cuando estamos deprimidos porque se sincronizan con el ritmo de nuestras ondas, o somos nosotros quienes nos sincronizamos a la frecuencia de dichas canciones?

Algo indudable es que la música nos impacta profundamente. Es capaz de inducir trances y alterar la conciencia a través de cantos chamánicos o conciertos de ‘psytrance’, e incluso incidir en lo que pensamos y escribimos: estoy seguro de que no soy el único que escribe o estudia con música. Es más, yo tengo una playlist “inspiradora” para escribir, y habrá quienes argumenten que sus efectos se deben a los estímulos de las ondas alpha de mi cerebro, ligadas a la inspiración y la meditación…

No faltarán los laboratorios que querrán capitalizar este fenómeno y desarrollar una canción diseñada para estimular la inspiración y el poder creativo con sólo escucharla.

Porque, por más descabellado que suene, ya existe una canción diseñada para reducir los niveles de ansiedad, llamada “Weightless”. Tras una serie de pruebas, esta canción resultó ser tan relajante, que los investigadores a cargo del estudio no recomiendan escucharla al conducir, por riesgo de quedarse dormido.

Existen también muchos estudios que vinculan la música con el comportamiento, y una de las premisas principales del neuro-marketing es poder influir, a través de ciertas canciones, en la decisión de comprar un artículo: algunos niños-rata de un laboratorio en Bélgica afirmarán con certeza que aquella falda que solamente usaste una vez (y que lleva años escondida en el armario) la compraste por un impulso inducido por la música pop, alegre y acelerada, de la tienda de ropa. O que la Bossa Nova del nuevo restaurant de Barrio Italia fue lo que te incitó a quedarte más tiempo y pedir un tiramisú carísimo que ni siquiera se te antojaba.

Lo sostendrán con datos duros, porque su trabajo consiste en colocar cascos sobre voluntarios y medir sus ondas cerebrales mientras éstos observan hamburguesas en un monitor.

Pero, tanto la consciencia humana como la música son mucho más complejas que sólo impulsos eléctricos y frecuencias. En realidad, por mucho que avance la ciencia, todavía estamos muy lejos de siquiera saber si se pueden controlar mentes a través de la música.

Aún tenemos muchas más preguntas que respuestas, y ni siquiera tenemos claro si nuestro cerebro es el instrumento que usamos para hacer música, o nuestro cerebro hace música con nosotros.

Matías A. Covacevich (1997). Mexicano-chileno. Licenciado en Ciencias Cognitivas y post-titulado en Comunicación de las Ciencias con un curriculum a la Jackson Pollock. Comunicador científico y escritor frustrado, pero obstinado. Recorrido profesional rimbombante en Letras aún pendiente.

 

 

 


gatita-chale

Gatita Chalé

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Gatita Chalé

Había un disco, por ahí entre sus cosas, que yo le había regalado. Es jazz judío, lo marqué con una estrella de David, dijo. No tenía idea de qué me estaba hablando, pero encontré la estrella. Quiero escucharlo, me dijo, y al ponerlo me acordé del disco y del mal amante que me lo había regalado. Me dio un poco de asco. John Zorn. ¿Te gusta esto?, le pregunté. Me dijo que hace unos días había sacado el violín y había intentado meterse un poco. Le habían regalado un libro de técnicas de improvisación. 

Estábamos ordenando todo. Había llegado hace rato, pero entre los ensayos con la nueva orquesta, el luto del Papageno y la batalla con los animales, no había tenido tiempo. Los animales, con el cambio de ciudad se habían vuelto salvajes. No le daban tregua. Había entre ellos una ansiedad generalizada que los hacía pelear y robar comida todo el día, sin hambre. Querían estar encima de ella constantemente y, como los niños, se meaban en cualquier parte. Mi mamá no aflojaba; tenía un permanente balde con agua con cloro, como un arma cargada en el cinto. Trapos limpios, clorados también, por todos lados; traperos, atomizadores con agua y bicarbonato, colonia, represalias. Amarres, ganchos, trancas, técnicas antirrobo cada vez más sofisticadas que muchas veces diseñó sin tenerse en cuenta a sí misma. Se quedaba encerrada en el patio por la traba que le había puesto a la puerta, o no lograba abrir un tarro que ella misma había sellado. Los gatos la miraban. 

La casita estaba en una población del sur de Talca. Los vecinos la bautizaron inmediatamente como “gatita chalé”, por los catorce gatos y porque era violinista y salía vestida de gala los días de concierto. Porque era guapa, tenía libros, loza delicada, venía de Santiago. Tenía dos hijas preciosas, santiaguinas, que estudiaban en la universidad. Y se aprendieron los nombres de los gatos. Gala, Marlon, Garfio, Galita, Tití, Tecla, Monona, Ayún, Diego, Peter, Flora, Helena, Chica Superpoderosa, Pilucho. Y las perras, las tres negras; Negra mamá, Tastiera y Fusa. 

Yo iba harto. Pinchaba, escuchaba los ensayos, ordenaba, viajaba con ella a las comunas, le robaba los libros. Tomábamos fernet, martini, malta con huevo, invitábamos gente y nos recurábamos. La orquesta estaba llena de músicos jóvenes y tres o cuatro filarmónicos exonerados del Teatro Municipal, y mi madre llenó de esa energía. Su juventud encontró lugar y se asentó, sabia. Le vino otra vez esa fiebre que le da a uno en la escuela de música, cuando quieres meterle tu instrumento a todo, quieres tocar todo el tiempo, probarlo todo. 

Ordenábamos la casa y fantaseábamos con poner un bar. Escuchábamos a John Zorn, a Bach, veíamos a Fellini, Kieslowski, construíamos juguetes para los gatos, dejábamos entrar el verano. Acabábamos de abrir la última caja, la de los discos y el piso estaba recién trapeado con agua hirviendo. Un vapor de cloro se levantaba del suelo y mi mamá se puso un vestido, sacó su violín y se puso a jugar sobre Bith Aneth.

Delfina Harms (1990). Estudió Licenciatura en Música y Luthería de cuerda clásica en el ex Pedagógico. En el año 2013 se mudó a París para continuar sus00 estudios y comienza a dedicarse a la escritura. En 2014 se instala en Marsella donde migra al grabado y publica su primer libro ilustrado, “Perro Tigre”, presentado en Santiago en Agosto de 2017. En 2019 publica el libro “Nosotras las niñas” con la editorial LarvaPress. Actualmente forma parte del Taller Calicanto donde desarrolla arte gráfico y editorial.

 


“Ecos que no Volverán” (Fragmento de Adiós de G. Cerati)

“Ecos que no Volverán” (Fragmento de Adiós de G. Cerati)

Época universitaria. Año 2002 en Santiago Oriente. Estudié teatro en el Duoc. Era una mole rosada con forma de signo de interrogación. Siempre me intrigó saber por qué el arquitecto la diseñó así. 

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Al final del camino El Alba (literal, después venía el faldeo del cerro), estaba el paradero de la 638. Alrededor de la escuela había bosques. Un oasis realmente, no como hoy, que está inserto en una barriada aspiracional de casas estilo americano de tres pisos y dos autos en la entrada.

Los viernes era un día esperado por los alumnos y se armaba la samba desde temprano. Los estacionamientos que estaban al costado se repletaban desde la mañana con cabros que vendían pitos, pastillas y toda clase de colaciones a la medida de cada uno. 

El bosque tragaba gente sistemáticamente, era patrimonio comunitario. 

El Líder de Camino el Alba, era la botillería más cercana. Entre esperar la micro que pasaba con muy poca frecuencia, lo mejor era ir a pie y volver a dedo. Se aprovechaba de fortalecer los muslos y las amistades que duran hasta hoy.

Se parieron ideas libertarias bajo los sauces, romances de día viernes y ataques de risa eternos. Era inevitable terminar buscando el árbol con mejor sombra y tomando vino en caja. 

Siete años después de egresar, volví al Duoc como profesor. 

Estuve varios años y hubo cursos con procesos memorables.

Fue una segunda pasada por la escuela de teatro. Comprendí cosas que habían quedado truncas cuando fui estudiante. Buen proceso.

El bosque ya no estaba. Al frente, la Scuola Italiana. En la esquina diagonal un Subway, gyms, y lavanderías y una barriada estilo The Truman Show. 

Los postes de luz proliferaron y las camionetas de seguridad ciudadana pasaban a cada rato. A pesar de la ausencia del bosque, cambian los antros. Mis alumnos eran mucho más resueltos y adictos a los químicos. Pareciera que el trago es parte de lo análogo. 

Decirle trago me delata. 

Ellos hablan de M, de trips, del reino funji. Transaban por whatsapp y llegaban en uber a clases. 

Mi renuncia fue abrupta, impulsada por una cátedra del director de la escuela. Estábamos en una semana de retiro docente (Eufemismo para llamar al adoctrinamiento). 

Cuando partió la reunión preguntaron por los desafíos para este año entrante. Surgían iniciativas desde los profesores acerca de cómo fortalecer el bagaje en tanto lecturas y talleres complementarios. Había muchos cirqueros, músicos, semaforistas. Salieron ideas de talleres de iluminación, teatro de calle, profundización en interpretación musical, y…

Momento. Freno en seco. 

Nos explicó que las necesidades de la escuela estaban mutando, que no proyectáramos en nuestros alumnos la idea de instalar contenidos académicos que no estuvieran dentro del lineamiento de Duoc. 

¿Qué significa esto? Preguntó alguien. 

Que no es necesario ponerse creativo. Tomó un sorbo de su café de grano en un vaso con su nombre. Nos dejó claro que no éramos la Chile (Universidad en la que él estudió) ni la Católica, que los alumnos nuestros son casi todos de provincia y la gran mayoría de colegios municipales. Prácticamente es una escuela para oficiantes que ocuparán puestos de trabajo junto a los teatristas salidos de las casas más reputadas.

Nadie objetó. Yo tampoco. Me ahogué. Tuve que salir al patio. Caminar. Yo estudié ahí, putamadre, sentí la violencia de ese lineamiento como propia. Se me posó en la espalda la orfandad de estar trabajando en un lugar de descariño tan categórico con sus muchachos. 

El director de escuela también fue profesor nuestro. Tiendo a pensar que esa fue la diana con que nos medía. 

A pesar de ello salieron compañías de teatro connotadas que se abrieron paso en la escena teatral chilena. Entre ellos grandes amigos.

Lo que me violentaba era lo pusilánime de la cátedra farsante. Una escuela enmarcada en pagarés, quintiles y letras que encasillan por ingresos a sus alumnos. 

Ver la escuela de teatro, espacio trascendente en tanto material sensible que se articula, en manos del snobismo, con nula capacidad de ver las potencialidades. 

El director jugaba como peón que intermediaba entre el trabajo precarizado de los docentes, y el directorio que siempre calculaba todo en monedas.

Cuando renuncié, me costó acostumbrarme. 

El ingreso fijo, la estabilidá.

Esa tarde llegué triste. Dejamos a mi hija con sus abuelos. Mi compañera me invitó unas cervezas esa noche en un bar que está cerca de nuestra casa. 

Estaba frustrado por las esquivas posibilidades, la impotencia de influir en un cambio de paradigma en la escuela. 

Cesante y pensativo.

Me habló de Cerati y la canción Adiós.

Me la cantó incluso:

Quedabas esperando ecos que no volverán
Flotando entre rechazos
Del mismo dolor
Vendrá un nuevo amanecer
Uh uh uh uh

Repasamos memoria de nuestra época de la escuela, (Ambos Duocanos) de los compañeros históricos y el anecdotario. Nos metimos de lleno en los recuerdos. 

Algo con el desapego se instaló en mi cabeza. 

Pagamos la cuenta a medias. La tranquilidad del finiquito duraría un mes más, tiempo para planear los nuevos pasos, y con el ojo lavado y sin legañas.

Caminamos abrazados hasta la casa, chinos de cebada y marihuana. 

En ese tiempo no me hubiese imaginado escribir de ese episodio. 

A ese nivel de impensadas fueron las oportunidades que se abrieron al tomar esa decisión.

Cerati sabía mucho.

Vicente Larenas Añasco. 1983. Dramaturgo, director y actor de teatro. Fundador de la compañía Caldo con Enjundia teatro-Chile. Colaborador en Revista Lecturas.

 

 

 

 


Máquinas para el sonido

Máquinas para el sonido

Máquinas para el sonido

Máquinas para el sonido

Hace algunos días buceando en el feed de instagram me pillé con un meme o infografía particular. Trataba sobre el proceso de evolución histórica de los reproductores y la industria musical, partiendo desde los fonógrafos hasta llegar a los modernos y luminosos ipods. Es interesante pensar en cómo se relaciona el avance tecnológico con los procesos compositivos de las épocas, y cuánto se influencia lo uno de lo otro. La carrera del dinero siempre mete sus manos en el desarrollo de ambos.

La música y los aparatos que la reproducen nunca faltaron en mi casa. Recuerdo que mi hermana se encontró un cajón de feria lleno de cintas. Rescatamos varias joyas, el resto se usaron para grabar encima. Teníamos una casetera negra y destartalada marca Panasonic que resistió varias caídas por su traslado constante y nada cuidadoso. Programas radiales (los reales y los que hacíamos jugando con mis sobrinos), aceite evaporado cuando sonaba Perales mientras mi madre cocinaba, mi hermana pausando y retrocediendo de manera compulsiva un track para poder transcribir una canción que le gustase. Parecía que nada podría destruirla.

Recuerdo también cuando mi hermano mayor me regaló mi primer personal estéreo junto a una cinta, un casete pirata con el disco King For a Day...Fool for a Lifetime de la banda estadounidense Faith No More. Era una tarde cálida y aburrida de esas de los 2000. Para variar había peleado con mi sobrino menor(aunque suene raro teníamos casi la misma edad). Pero esta vez el “castigo” sería uno de los momentos más importantes en mi vida como músico: tuve que estar sentado en silencio mientras mi hermano limpiaba su pieza y escuchar ese disco de principio a fin. Tenía un sistema un poco chasquilla en el que reproducía el disco desde una consola Playstation, pasaba por un equipo de música y la señal finalmente llegaba a una radio antigua donde se sobrescribía la cinta del cassette.

Algo pasó en ese momento. Descubrí lo que significa disfrutar un álbum en su totalidad, con todos los matices y transiciones que componen la unidad en una obra. Empecé también a desarrollar el gusto por recopilar música, ejercicio que termina por construirte como individuo, separando tus gustos y preferencias del resto, ayudándote a encontrar un espacio de intimidad frente al mundo, maravillarte por cómo una música en particular puede hacerte sentir identificado. No tanto tiempo después empezaría mi amor por tocar guitarra y componer canciones, lo que me llevó a juntar una gran cantidad de música.

El año 2005 me regalaron una radio con casetera y reproductor de cd. De un día para el otro se volvió accesible para algunos tener un computador con internet en casa. Podías descargar millones de canciones sueltas o discos enteros si querías. Tenía un par de amigos que “quemaban” en discos vírgenes lo que les pidieras, películas de culto, rarezas imposibles de encontrar en disquerías, conciertos en vivo, incluso (ahora me parece algo bizarro) bromas telefónicas. Gracias a esto pude ampliar mi conocimiento sonoro radicalmente. Todos los estilos, todas las épocas, todas las bandas cabían en ese momento en un disco duro y en los recientes y populares Mp3s. A pesar de que la calidad de estos últimos es inferior y al principio solo tenían una capacidad limitada de almacenamiento. 

Con la llegada de las plataformas de streaming el panorama cambió. Parece que ahora todo se construye bajo la premisa del lanzamiento, la expectativa del millón de visitas y los miles seguidores. Quizás ésta transformación en la manera de reproducir música, también cambió nuestra manera de disfrutarla. No es menor que en los carretes, en vez de sintonizar la estación radial favorita o elegir una canción en la gramola del bar, ahora se disputen teléfonos celulares para elegir las listas top de la semana. Pienso en esto escuchando Strange Days de The Doors en el auto de mi primo, uno de los cientos discos rayados y guardados en una funda, como se hacía antes.

Camilo Zanetti(Diciembre, 1990). Es músico, cantautor y poeta. Ha publicado Jardín(Calavero Estudio, 2018).

 

 

 

 


nuestra-indigencia

Nuestra indigencia

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Nuestra indigencia

Hace unas horas me compartieron una cita del pintor y teórico del diseño argentino Tomás Maldonado. Hablaba de la pérdida de la comunicación a causa del sacrificio humano por la producción de objetos. Al final del párrafo se esbozaba una crítica al socialismo soviético, cuya comunicación se parecía más al silencio medieval que a un diálogo nuevo, estético, que combinara arte y vida como lección de las vanguardias históricas. Con lo último exagero, pero ha sido motivo de reflexiones personales durante estos días de Covid y después de ver A russian youth (2019), ópera prima del ucraniano Alexander Zolotukhin. 

La película vuelve a la Primera Guerra Mundial. Es protagonizada por un joven llamado Alexei (Vladimir Korolev) quien se alista al ejército y quiere solo matar alemanes, o quizá solo busca un lugar en el mundo, como todo adolescente capaz de los mayores delirios: escribir poesía, emborracharse, consumir drogas, mochilear, ser DJ. En vez de portar un fusil, lleva colgado un acordeón. En una batalla, debido al gas mostaza, pierde la vista. Esta peripecia es acompañada por una orquesta de San Petersburgo que, cien años después de la guerra, ensaya un par de piezas de Sergei Rachmaninoff, las Danzas sinfónicas y el Concierto de piano No. 3

Alexei, luego de quedar ciego, queda a cargo de un dispositivo de localización acústica. El director de A russian youth cuenta que estos radares se utilizaron con el objetivo de encontrar nuevas formas de luchar contra la aviación. Estos aparatos, durante la Primera Guerra, permitían oír aviones enemigos cuando se acercaban a los campamentos de defensa. Las imágenes, entonces, de la película penetran en la tradición rusa, en personajes característicos de un periodo crítico y se mezclan –a la manera de un collage visual y sonoro– con la interpretación de Rachmaninoff, compuestas en las vísperas de la Primera Guerra. Al final, lo único que espera a Alexei es la muerte. 

En la guerra –como hoy sin permisos para salir de casa– hay belleza. Y la hay en el proceso creativo de la película: corrección de color, recuerdos de épocas pasadas, imágenes ruidosas. Pero también, al igual que en cada guerra, hay horror y atrocidades en nuestros días: imágenes de cuerpos sin vida en la calle, muertos de Covid en Rio de Janeiro, goteras de hospitales a causa de la lluvia en una época de sequía, inmigrantes que venden confort e higiene a la salida de supermercados y metros. 

Otra lección de las vanguardias históricas es nuestro esnobismo. Nuestra generación, la veinteañera y treintona, ensimismada en las redes sociales, actúa como la DJ Velja (Alina Nasibulina), la protagonista de Crystal Swan (2018). Esta película bielorrusa aborda el sueño americano de los jóvenes de Europa del Este, sus ansias por triunfar en países capitalistas y desarrollados, donde la cultura tiene precio y la juventud se gesta en escenas alternativas. Sin embargo, nacidos en el Tercer Mundo, en un país chico, parecido incluso en costumbres a Bielorrusia, poco y nada podríamos hacer en Chicago, Nueva York, o en las ciudades económicamente triunfadoras de Europa, como Hamburgo o Londres. Allí solo cabemos por nuestra indigencia. 

El problema es nuestro delirio. Ante el desempleo y nuestras ansias de triunfo esnob, deseamos, como la hermosa Velja, el visado hacia los centros del mundo. Ella llega a inventar que es la dueña de un taller de costura de un pueblo imposible de pronunciar y escribir. En Chile fantaseamos con nuestras identidades expuestas en las redes sociales y nos olvidamos que el Estado de Sitio es permanente, incluso en las ficciones de la interfaz. Cualquier intento por salir resultará en fracaso.  

Pablo Cheng (1995). Publicó la novela Charapo (Cuneta, 2016).

 

 

 


papageno

Papageno

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Papageno

Mi papá dijo, nos preguntó en el almuerzo, ¿han llamado a su madre? Sentí como un líquido que se me filtraba por alguna grieta del pecho. Habrán sido semanas. No, le dije, no he hablado con ella. El cuerpo avisa cuando va a llover. El líquido ensanchó la grieta, habrán sido semanas, pensé. El líquido ensanchó la grieta, me mojó las piernas por dentro. Habrán sido semanas. Sentí miedo de escucharla, pero me puse el teléfono en la oreja, rezando. Su voz se metió por mi mano, por mi brazo y me erizó los poros escondidos bajo un chaleco que ella misma había tejido, me hizo temblar y me abrió los ojos como dos lagunas. ¿Qué pasa, Delfina? ¿Qué pasa?, me preguntó mi hermana, me preguntó mi papá. Encontré sangre en la muralla, gritaba. Deben haber jugado con él, está muerto, ni siquiera pude enterrarlo, lloraba. Lo envolví en un pañuelo y salí a comprar veneno, voy a matar esas perras, perras asesinas. 

Le dije que se calmara, colgué el teléfono, preparé una mochila y me fui al terminal para rellenar el vacío que sentía en la clavícula, queriendo mi cuerpo esconder la cabeza de una madre que llora y no encontrándola por ninguna parte. Ella había armado un camión con todas sus cosas, sus 14 gatos, sus 3 perras y su ninfa cantora, el Papageno, y se había ido a cuatro horas de nosotros, al frío, al olor a leña húmeda, a una casa con un patio barroso y lleno de piedras. Ella se había ido arrancando de la pobreza de la música, de los alcaldes, de las corporaciones culturales, de los fondos estatales, de las orquestas herméticas y de la música que se desvanecía. Ella se había ido, y nosotras la habíamos abandonado.

Ese día que las perras mataron al Papageno y que supe que mi mamá lloraba de frío en las noches en su colchón en el suelo de la casa vacía, una represa entera se terminó de trizar en mi pecho y la ola me llevó derecho hasta ella, a la casa donde vivía hacía semanas y que yo no conocía. Tenía un baño sin tina, húmedo y frío. Tenía dos habitaciones con puertas que no cerraban bien. Tenía un living comedor cocina con una columna en el medio y un piso de baldosas que nos hizo caer a todos. Todo húmedo. Todo frío. Todo Talca. Y en la muralla del living, la mancha de sangre café de su amor cantante, que con nada del mundo podía borrarse.

Delfina Harms (1990). Estudió Licenciatura en Música y Luthería de cuerda clásica en el ex Pedagógico. En el año 2013 se mudó a París para continuar sus estudios y comienza a dedicarse a la escritura. En 2014 se instala en Marsella donde migra de la luthería al grabado y publica su primer libro ilustrado, “Perro Tigre”, presentado en Santiago en Agosto de 2017. En 2019 publica el libro “Nosotras las niñas” con la editorial LarvaPress. Actualmente forma parte del Taller Calicanto donde desarrolla arte gráfico y editorial.

 


al-sur-de-la-memoria

Al sur de la memoria

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Al sur de la memoria

Cuando niño tenía varias ensaladas o enredaderas en mi mente. Una de ellas era creer que Los Prisioneros y The Beatles formaban una misma banda. Está confusión -pienso ahora- se produjo durante los viajes al sur con mis viejos, en esa camioneta roja destartalada que se hundía en la lluvia y los helechos, mientras nos acercábamos más y más a tierras huilliches. Viajar conmigo no era fácil, ni siquiera salíamos de Santiago, a menos de una cuadra de la casa de Ñuñoa, y ya estaba preguntando cuanto faltaba para llegar a Maicolpue. Lo único que me sosegaba era jugar al Secreto de la Momia, un juego que consiste en adivinar el personaje o cosa que el otro está imaginando, a través de preguntas sencillas como: ¿tiene pelos? o ¿está vivo ahora?, y sí la respuesta es <si> puedes seguir preguntando, pero si es <no> le toca al que sigue y así hasta achuntarle. Otra de las estrategias de mis viejos para mantenerme entretenido y no volverlos locos, era escuchar música en extintos cassettes y acompañarla con nuestras voces desafinadas; canciones y melodías que dibujan el paisaje de mi infancia con sus ritmos. Valparaiso del Gitano Rodriguez me sigue conmoviendo. La voz de la Violeta incluso hoy me resuena junto a los saltos duros de la Toyota. En esos cassettes las canciones no seguían un orden claro, pues habían sido grabadas directamente de la radio. Su organización era el gusto de la persona que las grabó cuando pudo y no la coherencia del álbum original. Ese orden musical para los viajes estaba a cargo de mi madre, una fanática empedernida de The Beatles. El Sargent peppers es ella y no mi padre, quien es Led Zeppelin, sobre todo Black dog. Recuerdo perfectamente cuando me mostró mi viejo ese tema y no podía dejar de moverme y saltar sobre el sillón y querer escucharlo una y otra vez. Después de eso me prohibió escucharlo. Como es evidente, Tren al sur no podía faltar en esos viajes, como tampoco las canciones de los ingleses, que en mis oídos se sobreponían unas sobre otras armando un solo amasijo sonoro que yo disfrutaba indistintamente. Lo que quiero decir es que para ese niño las dos bandas eran parte de un continuo gozoso, una misma y desordenada pero alucinante armonía. No recuerdo bien cuando me di cuenta que estaba confundido, debió ser años después, cuando ya habíamos abandonado esa cabaña húmeda rodeada de alerces; como a los doce o por ahí, cuando mi primo comenzaba a estudiar en el Conservatorio guitarra clásica y me mostraba otro tipo de música -como King Crimson, Frank Zappa o The Who, entre otras.- alejada de las huevadas que escuchaban mis compañeros  -Blink 182 o Limp Bizkit-; debió ser por ahí, mientras escuchábamos Revolver y decirle a este huevón oye, no cachaba este disco tan pulento de Los Prisioneros y que se cagara de la risa. Estay mal po primo, si son dos bandas nada que ver, unos son chilenos y los otros ingleses. A pesar de sus enormes diferencias, sigo creyendo que ambas bandas tienen algo en común que las une. Las dos provienen de barrios de trabajadores y no de clase media, no se conocen en la universidad -como los Rollings- sino en la calle. Ambas conformaron la idiosincracia de un país en una época, salvo que unos recorrieron todo el mundo y los otros con suerte Latinoamérica, pero que para mi son una misma emoción: recorrer una carretera perdida, acompañado de seres queridos y que me quieren, a pesar de estar volviéndolos locos.

Cristian Rolf Foerster Montecino (1988). Magister en Arte, mención Teoría e Historia del Arte y Diplomado en Gestión Cultural, ambos de la Universidad de Chile. Licenciado en Letras, mención Literatura Hispanoamericana, de la PUC. Ha publicado Ruido Blanco (Cuneta, 2013) y Balada (Libros del Pez Espiral, 2019). Actualmente cursa el Doctorado en Literatura de la PUC y es secretario de la Fundación Rectángulos de Agua. Patrimonio, Arte y Cultura.

 


abril-94

Abril 94

abril-94

Abril 94

En el 94 el teléfono estaba a la entrada de la casa, sobre una mesa de máquina de coser marca Singer pintada de negro. En esa época las casas aún tenían sala de estar (ahora parece ser cada vez más difícil estar) y la nuestra no era la excepción. La voz al otro lado del teléfono era la de mi primera novia (de ascendencia italiana, me dejó por el presidente de curso, pero eso es otra historia) y me decía que Kurt Cobain había muerto. Miré los hoyos que le había hecho al jersey azul que le había robado a mi viejo y luego miré hacia arriba la lámpara de color verde botella. 

Un compañero de curso me prestó el Nevermind, un caset de edición gringa. Ya de partida, la portada no se parecía a nada de lo que había visto. No era oscura en el sentido clásico (al menos no a propósito) y me recordaba a cierto trauma que tenía con las piscinas. Se lo pedí prestado y lo grabé en un caset de cromo que compré especialmente para dicho efecto. Como sobraba un poco de cinta por cada lado, grabé algunas canciones de los Beatles, por lo que al cambiar el lado, siempre sonaba Hello, Goodbye o We can work it out. Me resultaba divertido matizar la amargura y desesperanza de Cobain con el optimismo inocente y melódico de McCartney. Era como tomar café negro con una galletita. 

Mi papá estaba empeñado en hacerme trabajar, porque estaba convencido de que lo único que hacía era ver televisión, escuchar música y hacer collages (puede ser). Pero en una capa más profunda, tal vez se daba cuenta de que nos alejábamos irremediablemente. Entonces me hacía levantarme a las 6 AM  y me llevaba a trabajar con él, a bordo de su furgón destartalado, por caminos de tierra rumbo a la costa, como hacían los hombres. Como era lógico, odiaba la situación (y el silencio instalándose entre nosotros, pesado como la rueda con cemento acostada en la parte trasera del furgón), y entonces me llevaba el Nevermind en el walkman Sony que le había robado a mi hermana (total, apenas lo usaba) mientras surfeaba con los ojos los paisajes costeros de la región del Maule. Cada vez que escucho ese disco, pienso en patos silvestres planeando sobre el lago Vichuquén y en la luna llena iluminando un cerro en cuyos caminos llenos de barro yace un furgón gris en pana. 

Mi mamá me había regalado una camisa de franela verde, muy abrigadora y muy bonita. Hoy daría lo que fuera por recuperarla, pero en aquel entonces, como era demasiado abrigadora y bonita para ser grunge, no la usaba mucho. Con mis amigos salíamos a pasar frío, usando chaquetas delgadas y zapatillas de lona en pleno invierno, para tocar guitarra en la plaza hasta la madrugada, compartiendo botellas y besos bajo la luz amarilla del alumbrado público. Tal vez si en aquella época hubiese elegido el hip hop no hubiese pasado tanto frío. 

Corté el teléfono, fui al living y puse el MTV. Era real: Kurt Cobain estaba muerto. Apagué la tele y subí a mi pieza, donde mi papá había empotrado una radio de auto en la muralla, con un par de parlantes a cada lado. Comenzó a sonar Serve the servants. Habría que buscar nuevas formas de llenar el silencio. 

Nader Cabezas: 42 años. Editor de contenidos digitales y músico autodidacta. Ha publicado los discos Día blanco (2009), Caminos, barrios y gente (2011), El hijo del monstruo (2012), Esfinges (2013), Rocket cinema (2015). Melómano y entusiasta del cine

 

 


De Memorias y Reencarnaciones

De Memorias y Reencarnaciones

En el colegio en que estudié, cuando iba en quinto básico, el centro de alumnos organizó primer festival de destreza musical. Temática libre. Mis amigos cercanos de quinto básico eran el Luna y el Gormaz. El Luna nos propuso preparar un par de temas y presentarnos en la competencia. En ese tiempo yo no tocaba ningún instrumento, fuera de la flauta dulce y el metalófono, que eran de la malla obligatoria de música. Me sabía unas canciones caladas: Mira niñita, Sambalando, Tatatí y otras del cancionero jipón exiliado. En kínder nos aprendimos Que la tortilla se vuelva y Arriba en la cordillera. 

La cantamos a coro en el acto de fin de año, entre aplausos de los apoderados y borras de vino tinto de sus recuerdos.

Ese era mi periplo musical hasta entonces.

Yo no sé tocar, dije. Yo tampoco, pero no debe ser tan difícil, me dijo el Luna. Tú tocai la batería, Gormaz la guitarra, yo canto y toco el bajo.
¿Pero batería yo? Sí, me dijo. Tu tení mejor ritmo que yo. Como era intuitivo, yo acepté. El Luna siempre fue de mentalidad decidida, un caradura y patudo a veces, aunque siempre acertaba. No sabía de donde iba a sacar una batería.

Ese mismo día en la tarde me invitó a su casa después del taller de fútbol y le pidió a su hermano que me enseñara el patrón de El baile de los que sobran de Los Prisioneros. Con ese tema nos vamos a presentar. 

Su hermano decía ser baterista. Tenía pósters de los Illya Kuryaki y usaba trenzas. Con mis amigos teníamos una afición por los Illya Kuryaki y el video clip de Abarajáme era nuestra obsesión.

El hermano mayor de Luna, luna grande por ende, nos convenció que el ascenso a la popularidad se abría siendo músico. Que él lo había comprobado. Yo soy baterista, decía, pero no tenía batería, ni siquiera baquetas. 

Da igual, le gustaban los Illya Kuryaki

En ese momento de la vida, alguien que tiene un par de años más, es un referente de alguna manera. Estaba en la media y fumaba. 

Tantas lógicas insulsas que uno despliega en esas edades del bigote plomizo y el cambio de voz.

Despejó la mesa y empezó con los dedos a golpear el patrón de El baile de los que sobran, tarareó la intro, hizo los ladridos de los perros y siguió con la letra: 

Es otra noche más

de caminar

Es otro fin de mes

sin novedad…

(Interludio)

Mis ami…

Ahí entra la batería. ¿Cachaste? En mis ami… 

Luna grande me dio una pincelada básica. 

Anota me dijo: Los golpes con la mano derecha van al Hi hat. Los de la mano izquierda a la caja. El pie derecho al bombo y el izquierdo al pedal del atril del hi hat.  

Lo anoté en un cuaderno sin entender nada. En la micro me fui familiarizando con la terminología que había usado Luna grande.

Cuando llegué a la casa, le conté a mi mamá que íbamos a participar del festival y que yo iba a tocar la batería.

Mi mamá actriz, tenía un colega baterista. Le pidió si me podía hacer unas clases. Él aceptó. Clases dos veces a la semana. Los miércoles en la tarde y los sábados en la mañana. 

Igual que a un niño arquero que le compran guantes nuevos y espera la pichanga para estrenar, mi mamá me compró baquetas en el Portal Lyon y esperé la primera clase ansioso.

El colega de mi mamá tenía dos bandas; un tributo a The Ramones y la otra, era la banda de una compañía de teatro muy conocida en el circuito.

La primera vez que nos vimos, llegó con olor a copete y sin la batería. Me hizo escuchar un caset completo de Don Ramones. Así se llamaba su banda tributo. El sonido era muy artesanal, de garaje, coherente con su apariencia. Es para que sepas con quién vas a aprender a tocar, me dijo. Yo puse atención a la música mientras le miraba los bototos negros con que andaba. Tenían cordones rojos. ¿Cuándo fue la primera vez que descubriste la música? Abrió una ventana, prendió un cigarro y se dispuso a escucharme. Le hablé de los Yllia Kuryaki, por supuesto. 

Quedé contento, a pesar que no pude estrenar las baquetas.

La segunda clase fue un sábado en la mañana. Traía la batería en su auto. Era una Tama Swingstar. Algo como el balanceo de las estrellas. Buen instrumento. Otra vez el olor a copete. Claramente había una tendencia al alcohol, pero qué importaba. Yo estaba duchado y había tomado desayuno. Él venía de una fiesta, seguro. 

-Me atrasé un poco, se excusó. ¿Vives lejos? Le pregunté. A la misma distancia que tú de mi casa. 

Se saludó con mi mamá. Se tenían muy buena onda. Mi mamá ofreció ayuda para bajar la batería.

-No. –Dijo seco el profe. -Tiene que saber lo que pesa el instrumento que eligió. 

Por primera vez vi un desafío a la sobreprotección de mi mamá. Se sonrojó y acató. Quizá era parte del aprendizaje y ella poco sabía de baterías y de punkrock. 

Tuve que entrarla yo sólo. Ellos conversaban de un estreno que habían visto hace un par de días y de gente que yo no conocía. 

La instalamos en una pieza chica para que yo aprendiera. Qué altruismo. Un ser humano muy particular. Hablaba en claves que estaban a mitad de camino entre mi mamá y yo, y a pesar que tenían edades similares, inclinaba la balanza a la juventud eterna más que a sentar cabeza. No tenía la responsabilidad de criar. Era el profe punki. 

En dos clases, me había hecho dos jugadas que no preví. 

Era un muy buen inicio. Le agarré confianza. 

Además, toda la semana había practicado imaginariamente la combinación de golpes. Quería sentarme en el sillín y mostrarle al profe que había practicado. Quería estrenar las baquetas. 

Las estrené, pero con una repetición tediosa de golpes cuadrados. Plato bombo, plato caja. Plato bombo, plato caja. Toda la clase así. Me dijo que tenía buen ritmo. 

Dejó la batería para que practicara.

Luna y Gormaz hablaron con mi mamá para que nos dejara ensayar ahí hasta el festival. Era más fácil mover una guitarra y un bajo que los tambores. Mi mamá aceptó. Al primer ensayo, llegó un fierro al techo. Algún vecino desesperado por el ruido. Mi mamá compró napa y forramos con mis amigos la pieza completa. 

Pasaba las tardes sólo. Empezamos a fumar nuestros primeros cigarros y a escuchar a Los Prisioneros sistemáticamente. Eso me había sugerido el profe.

Al otro día nos inscribimos en el concurso. Necesitábamos un nombre de banda. Los reos le pusimos. La alusión estaba clara. Había que pagar una suma simbólica de dinero que iba en ayuda de un campamento que estaba cerca del colegio, que, a pesar de ser privado, ligaba todas las iniciativas a lo social. Era un oasis en medio de una población.

Seguí con las clases los miércoles y los sábados, y ensayaba con mis amigos día por medio. 

Agarré soltura en mis muñecas. Luna y Gormaz notaron mi avance.

La semana de la presentación, llamé por teléfono al profe. Le pedí si podía dirigirnos a los tres en un ensayo definitivo. Claro, me dijo. Nos vemos el miércoles en la tarde. 

Luna y Gormaz ya dejaban sus instrumentos en mi casa. Iban todos los días después de clases. 

Almorzábamos croquetas de pescado congeladas y puré instantáneo todos los días. No invertíamos tiempo en preparar nada muy elaborado. 

El miércoles del ensayo general, el profe no llegó. 

Estaba preso. 

Había chocado con un poste. Ensayamos igual.

Ese viernes nos presentamos en el patio del colegio. Era invierno y salimos con poleras y pelo engominado a tocar. Obtuvimos el segundo lugar en la competencia. Nada mal para ser unos principiantes. Ganó el flaco Greene de octavo que tocaba flauta traversa y estudiaba en el conservatorio. Era del gusto de los profes. Nosotros éramos del gusto del alumnado.

Fue un despertar en muchos aspectos. Nos hicimos conocidos para los más grandes. Me atreví a declararle mi amor a una chica de séptimo y fue mi primer pololeo. La banda duró un par de años más y para las kermeses tocábamos un repertorio que incluía Nirvana, los Guns´n Roses y Sepultura. Nos dejamos el pelo largo. Es que en el colegio se podía ir así. Fuimos rockeros reputados y abrimos la puerta a los que venían después que nosotros.

Mi profe desapareció. La batería quedó en mi casa. Hasta que un día, me lo encuentro en un estreno de mi mamá en el teatro Antonio Varas. 

-Tengo tu batería, le dije. ¿Seguís tocando? Sí. Te la regalo, y se empinó la copa de champaña al seco. –Esas weás tienen que circular. Pa eso las hicieron.

Yo ya le había comprado parches nuevos, más platos y un doble pedal. Era mía hacía un tiempo, sólo faltaba hacerlo oficial. 

A ese profe le debo mucho. Cuando lo vea lo voy a abrazar y se lo voy a decir.

Con mis amigos seguimos en contacto hasta ahora. 

El Luna se dedicó a la música y el Gormaz vive en Suiza, en los Alpes y es instructor de escalada. Seco.

Salimos del colegio y yo me fui a vivir a Los Lleuques, a un campo de mi abuelo. Vendí la batería y me compré un udú en Pomaire y un caballo. En la montaña es más necesario un caballo que una batería. 

Escuchaba el galope y era percusión. La bomba que extraía agua de la noria, tenía un ritmo. Se me había clavado el sentido sonoro.

A los dos años volví a Santiago. Mi hermano estaba con depresión y no quise estar lejos en ese momento. 

Me metí a estudiar con un cubano percusión latinoamericana. Toqué en bares, en la micro, y en combos. Las fiestas no las cuento, porque las fiestas son con música en vivo. No hay de otra.

Un día caminando con mi hermano por Plaza Egaña, vimos a un grupo evangélico con banda de música. 

La batería. 

Sonaba parecida. Me acerqué y tenía las mismas marcas y los mismos scotchs pegados. Era la Tama Swingstar, sólo que el parche delantero del bombo tenía una leyenda que decía “Dios es más grande que tu problema”.

Nos quedamos escuchándolos un rato. Había sol.

Se instalaban los sábados en la tarde a tocar frente al teletrak. Querían convencer a los descarriados, pero los viejos ludópatas les echaban la talla y seguían pendientes de los caballos fina sangre del hipódromo, las quinelas y las superfectas.

Un sábado pasé y habían renovado la batería. Al baterista también. 

Se la vendimos a un chinchinero, me respondieron cuando les pregunté. Sé que los chinchineros las intervienen, les cortan la longitud de fondo y las rompen para armar su herramienta de trabajo. 

Quizá en qué lugar terminó la Tama Swingstar. 

La nombré la callejera errante. 

La que llegó en un auto, se transformó en caballo y después se fue en carruajes a golpear la puerta de los ángeles, con sus platillos como timbres celestiales y los bombos marcando el pulso de los feligreses que escuchaban las alabanzas en las bancas de la Plaza Egaña. 

Ojalá que ruede por más tiempo. Ojalá que siga en manos de alguien que la use. 

Así fue el regalo que me hizo el profe.

Así tiene que terminar.

Vicente Larenas Añasco. 1983. Dramaturgo, director y actor de teatro. Fundador de la compañía Caldo con Enjundia teatro-Chile. Colaborador en Revista Lecturas.

 

 

 

 

 


GASTÓN SOUBLETTE: “A VIOLETA HABÍA QUE PERDONARLE TODO POR EL PRIVILEGIO DE ESTAR CON UNA PERSONA ASÍ”

GASTÓN SOUBLETTE: “A VIOLETA HABÍA QUE PERDONARLE TODO POR EL PRIVILEGIO DE ESTAR CON UNA PERSONA ASÍ”

Era agosto del año 2016 estaba en plena investigación y documentación para mi reportaje de título “El Canto de todos es mi propio canto”, una investigación a fondo sobre la influencia de Violeta Parra en la música chilena. Fue por esta razón que me dirigí al Campus Oriente de la Universidad Católica, yo tenía ciertas nociones de quien era Gastón Soublette: profesor de estética y filosofía oriental en esa casa de estudios y amigo personal de la Violeta. Aunque no aquilataba la verdadera dimensión de este maestro, una de las almas viejas de la tribu que han influenciado de manera profunda a las generaciones que le han seguido. 

Era un poco antes del mediodía y teníamos una ventana que permitiría una conversación que duraría unos veinte minutos, los que atesoraré para siempre. Como el tiempo era preciso inicié rápidamente con las preguntas:

¿Por qué Violeta Parra ejerce esa fuerza de gravedad sobre los creadores actuales? Siendo que ella deja este mundo hace cuarenta años y su trabajo parece más actual que nunca.

Mira, en gran parte por esto: porque ella reeditó, por así decirlo, la cultura tradicional chilena que había sido olvidada prácticamente. ¿Quiénes conocían la cultura tradicional chilena, en materia de música y poesía, en ese momento? Y no sólo de eso sino fiestas, narraciones, refranes... ¿Quienes la conocían? Los especialistas, nada más. Ósea los antropólogos que se habían dedicado y tendían eso archivado en sus casas. Pero el hombre común, e incluso el hombre culto, no sabía nada del Canto a lo Divino, del Canto a lo Humano, de la sabiduría de los refranes, no sabían nada. La cultura tradicional de nuestro pueblo se había olvidado totalmente.

¿Dónde estaba la cortina que los separaba de esto que existía y sigue existiendo hoy en día?

Eso provenía de un desprecio de la clase alta chilena por esa cultura popular. Ejemplo muy elocuente, cuando Vicuña Sifuentes publicó los romances recogidos de la tradición oral chilena. ¡Romances! Ósea originarios de España en el fondo pero vigentes en Chile. Publicó un libro de unas cuatrocientas páginas. La crítica que se le hizo en los diarios, especialmente en El Mercurio, fue que el señor Vicuña Sifuentes perdía el tiempo preocupándose de la cultura del vulgo, entre comillas. Esto fue en 1912. Entonces, ese desprecio de la clase culta chilena, del estamento culto chileno, por la cultura tradicional es la que generó que la cultura tradicional se fuera sumergiendo cada vez más en profundidades que son muy parecidas al olvido.

O sea llegó un momento en que te digo: antes de Violeta Parra Chile no contaba con esa viga maestra de su cultura lo cual contribuyó enormemente a que Chile perdiera su identidad como nación.

Ya, ¿cuál es el mérito de Violeta? A pesar de todos los trabajos de los antropólogos anteriores que estaban archivados, y son muy meritorios, yo no les quiero quitar el mérito, pero Violeta Parra le enseñó a Chile, por poner un ejemplo, que había una antiquísima tradición trovadoresca en Chile, en base a la métrica de la décima española del Siglo de Oro, y que la temática de ese canto trovadoresco tenía dos vertientes: una vertiente religiosa o divina, que es el Canto a lo Divino, y otra vertiente humana, Canto a lo Humano; y que en ambas había una enorme variedad. Por ejemplo en el canto a lo humano había versos por sabiduría, versos por el amor, temas recurrentes como el hijo arrepentido que abandona su casa, y ¡de gran capacidad formativa ética! Toda esa temática, valiosísima. Y que en lo Divino estaba el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento, la figura de Cristo, la figura de Moisés. El arca de Noé, el Paraíso Terrenal, el Fin del Mundo. ¡Estaba todo eso!

¿Quién dio a conocer eso al país? Las publicaciones de los antropólogos quedarán siempre en el estamento alto. Y el estamento alto excepcional que se dedicaba a ese tipo de investigaciones. Porque el hombre culto chileno no sabía nada de eso. Pero Violeta empezó a grabar discos con esto, empezó a recorrer el país y a recoger esa tradición y ahí la dio a conocer.

Quería volver al tema troncal, por el poco tiempo que tenemos. ¿Por qué el repertorio de Violeta Parra, ya sea el Casamiento de Negros en adelante, el Gavilán, viene a ser una joya tan preciada para los músicos de hoy siendo que, en general, sus composiciones son simples? Simples en general, no las anticuecas ni el Gavilán por supuesto.

Bueno, esto que te he dicho yo es la primera pata. Segunda pata: el talento personal de ella. ¡Es un genio! Un genio en todo sentido: una mujer creativa en cualquier cosa que dijera o hiciera. Ese tipo de personas son muy excepcionales. Hay gallos eruditos. Tú conversas... bueno ya murió, con Don Ricardo Latcham o con Manuel Guzmán Maturana que se dedicaron en aquellos tiempos a recoger la tradición oral y claro, vas a sentir que son eruditos, te van a apabullar con sus conocimientos, pero la cosa creativa interior de la persona, que está presente en todo momento, eso es muy difícil de encontrar. Ósea, como que la Violeta fue una especie de profetiza del pueblo chileno. Entonces esa cosa creativa fuerte, media mágica en ella. Su hermano Nicanor llegó a decir que era una hechicera de gran poder. ¡Eso es muy raro encontrarlo! Es muy raro encontrar esa capacidad de ser creativo en todo momento. ¡Hay huevones que son creativos en momentos muy excepcionales y el resto son rutina. Para ella no es nada, la rutina no existe para ella. O sea todo lo de ella era creativo en cualquiera circunstancia en que se encontrara.

Para hacerte un comentario sobre política o sobre la naturaleza, o sobre la misma persona que tenía al frente. Pero esta creatividad de ella tenía un aspecto violento, agresivo. Puede ser una creatividad que terminara con un puñete en el hocico, como lo hizo con el pintor Nemesio Antúnez: le plantó un puñete en el hocico. Porque ella no controlaba su ira, era parte de su creatividad también. Era una mujer que tenía un rasgo encantador por un lado y muy violento por otro.

A mí me insultó muchas veces, me arrastró por el suelo diciéndome que era “!Un pituco de mierda que nunca iba a entender al pueblo!”. O que mi papá era un Conde; entonces inventó ella que mi papá era Conde para poderme insultar, pero terminamos súper amigos después. Entonces esta creatividad de ella es lo que ha estremecido al país. Entonces esa creatividad vibra en sus creaciones.

Ahora, por ejemplo el caso de Los Jaivas, que cantan canciones de ella. El mérito de Los Jaivas, entre otras cosas, es haber sacado del subterráneo la última y más valiosa composición cantada de ella que es El Gavilán. Ella murió cuando El Gavilán no había alcanzado a grabarse todavía. Había grabaciones hechas por amigos y sin ninguna definición de sonido, sin una calidad de sonido. Los Jaivas lograron sacar del olvido esa cuestión y desenterrarla de estas grabaciones tan imperfectas he hicieron una excelente versión.

Para mí El Gavilán es la composición cumbre de ella, y que eso yo lo presentaría en el Teatro Municipal en un recital de música de cámara.

Es impresionante como esa canción va cambiando la métrica cada dos compases. Va de 5/4 a 2/4, a 6/8...

Es feroz, tremenda. Además, con un sentido trágico de la vida que la caracterizaba a ella. Porque ella fue una mujer de vida amorosa muy intensa, pero también muy desgraciada.

Volviendo atrás: si ella tenía este comportamiento tan agresivo con usted ¿Por qué seguía siendo amigo de ella?

Por el privilegio de estar al lado de un ser así. Yo reconocía que yo no la podía mandar a la mierda, no podía. Porque yo me di cuenta del privilegio de tener al frente a un ser así. Entonces siempre lo que Nicanor ha reconocido como mérito mío es haberla reconocido desde el día que la vi. Ella entró a mi oficina de la Radio Chilena, yo era director de programas en esa época, y a los dos minutos que se sentó sacó la guitarra y empezó a cantar y yo me di cuenta el valor de lo que estaba haciendo. Y de ahí fuimos amigos siempre. Con unas peleas feroces.

Ella entró en mi oficina el año ’55... ¿Murió cuándo?

El ’67.

Hasta ahí fuimos amigos.

Hay una carta abierta que usted escribió que está en el arte del disco de Ángel Parra, donde toca las anticuecas de su abuela.

Claro, donde yo le pido permiso para... Claro: el privilegio que yo he tenido de estar presente mientras ella componía las anticuecas. Ella compuso muchas anticuecas delante de mí. Y Nicanor Parra escribió muchos versos delante de mí y al terminar los leía. Ósea yo viví una intimidad con la familia Parra absolutamente excepcional.

Deben haber sido tardes enteras.

Claro, porque ella quería que yo le transcribiera a pauta el repertorio que ella había recopilado en los campos de Chile. Hicimos un cancionero gigantesco. Yo creo que está en archivo de la Universidad de Concepción.

¿Por qué Violeta Parra ha ido ganando fuerza? Hoy entre los jóvenes Violeta Parra ha llegado a ser una figura mítica.

Por esa creatividad de ella. Si es muy raro encontrar un ser creativo, si la mayoría de la gente vivimos en las convenciones o en la rutina. Entramos en un sistema y nos enseñan las reglas del sistema y ahí funcionamos... no somos creativo.

Ahí está la fuerza de ella: en la creatividad. ¡Sí, en la creatividad! Un ser marginal y creativo.

Además era adelanta. Gepe dice que ella era la vanguardia dentro de la ortodoxia. Creaba cosas alucinantes a partir de lo que ella rescató del folclore.

Sí. Esa sería la tercera pata: la creatividad de ella a todo nivel que le llevó a hacer manifestaciones artísticas en diversas clases de arte: la tapicería, la pintura, la música, la poesía. Esa sería la primera pata. La segunda pata sería su creatividad musical. Y el mérito de ella es haber sacado del viejo cancionero chileno, heredado del Siglo XVIII en adelante, haber sacado de ahí los arquetipos melódicos y poéticos para crear ella con eso algo propio. Ese es el mérito de ella. Por ejemplo, yo fui testigo cuando ella empezó a proponer sus primeros cantos a lo poeta, o sea a lo humano, basado en el tema del amor o en otros temas. Incluso temas humorísticos.

Por ejemplo, ella tuvo una relación con el pintor Julio Escames. Entonces, Julio Escames era un gallo que tenía un lado genial y un lado así como que daban ganas de tomarlo para el leseo. Entonces la primera décima, de ese canto que le dedicó a Julio Escames, dice así:

Todas las noches conmigo

se acuesta a dormir un muerto,

y aunque está vivo y despierto

confuso es lo que les digo.

Es una mortaja amigo

que se alimenta de hinojo,

luego se frota los ojos

para dormir en la tumba

y a mi lado se derrumba

este finado de anteojos.

En el fondo, claro: es su amante; pero lo está tomando para el leseo, se está riendo de él. Pero se está riendo benévolamente, no lo está tirando a cagar.

Y a mí me dedicó una décima también:

No tengo la culpa ingrato

que entre los dos el diablo

por tres o cuatro vocablos

nos cause tan mal rato.

De hacerte sufrir no trato

aunque más parezca el caso

yo creo que este mal paso

nos lleva por mal camino

y a pregunta yo me animo

¿Hasta cuándo ingratonazo?

Eso me lo dedicó a mí. Hay pelea vez tú, hay enfrentamiento.

Además hay mucho afecto, porque ingratonazo...

Por algo escribe el verso. Nuestra relación podía ser mejor pero ella no se daba cuenta que la que buscaba la camorra era ella. Si cualquier cosa que no le gustaba la rechazaba con violencia. Empezamos a escribir un libro sobre la cueca y me lo rajó un día, entero ¡Y me lo tiró a la cara! ¡Porque yo era un pituco de mierda que no entendía al pueblo! (risas)

Ese es el personaje. Y había que perdonarle todo, porque el privilegio de estar con una persona así.

¿Y el costo humano para usted, de perdonarle todo?

Claro, lo mismo que hubiera conocido a Rimbaud. ¡Habría aguantado cualquier huevada de él! Porque es un genio.

Semanas enteras de borracheras... en el caso de Rimbaud.

No sé... habría tomado lo menos para poderlo observar. Pero el huevón de Verlaine estaba enamorado de él. Entonces se involucraba en todo el hueveo, hasta que el otro le clavó un cuchillo en la mano, y se lo clavó en la mesa. Yo no habría permitido que Rimbaud me hiciera eso pero lo habría observado y habría hecho cualquier sacrificio para observarlo, qué es lo que hice yo con Violeta. Ahora, Violeta no era tan violenta como Rimbaud, si Rimbaud era un huevón que se dedicó a la trata de blancas y al comercio de armas.

Pero era tan jodida como todo lo que esa décima expresa. No reconoce el afecto tampoco. En el momento en que ella monta en cólera se olvida de la amistad, y agravia e insulta hasta el punto de pegarle a Nemesio Antúnez.

Usted me iba a hablar de la vanguardia de Violeta.

Bueno, la vanguardia fue esta no cierto, de que ella saca del viejo cancionero chileno, especialmente de las décimas, ósea del canto a lo poeta, saca los melotipos que le permiten crear canciones tan inmortales como “Run Run se fue pa’l norte” y “Gracias a la vida”. Este mismo intento que hizo, que es el primer intento que le conozco yo, de inventar ella su propia entonación de Canto a lo Poeta, esa “No tengo la culpa ingrato / que entre los dos el diablo / por tres o cuatro vocablos / nos cause tan malos ratos”. La melodía que ella inventó fue una melodía que podía haber sido de un trovador europeo del Siglo XV, o español, digamos.

Ahí yo noté que ella estaba recién gestando un nuevo tipo de canción. Pero un nuevo tipo de canción que no se separaba de la vieja tradición. Ahí empezó a generar este nuevo tipo de melodías. Ahora, ¿qué tienen de particular esas melodías que heredamos de España, no cierto?: Que están basadas en los viejos modos gregorianos de la música medieval. Entonces eso, traído al Siglo XX suena como una cosa inédita. Absolutamente inédita. Entonces ella tiene el talento de inventar melodías que de alguna manera están vinculadas con eso pero no lo copia. Es como un reflejo de eso. Y usa la décima y la décima tiene su ritmo.

Ahora, la décima data del Siglo XVI en España. Y según Nicanor Parra, es la forma poética más perfecta que jamás ha existido, muy superior al soneto.

¿Y la octava? Octosílabas.

Bueno, las cuartetas, las doble cuartetas. También las usaba. Por ejemplo le suprimía cuatro versos a la décima y le quedaba una sextina. Y también escribía sobre eso.

Porque hoy hay un espectro tan amplio de creadores que reconocen en ella una inspiración. Desde los músicos doctos que han tocado y arreglado canciones de ella; músicos de rock y otras tendencias, así como, naturalmente, los folkloristas. Hay coros en Chile que han cantado a cuatro voces las cosas de ellas.

Incluso hay cultores de hip hop, esta expresión basada en el rap, que se sienten identificados con ella.

Yo como que hasta ahí no le seguí la pista a la cosa. Lo que desborda del trabajo de Los Jaivas, de los Inti-Illimani, lo que va más allá yo no lo conozco.

Están Los Bunkers, rock más bien tipo Beatles, ellos dieron un recital en la Sala SCD basado en puras canciones de la Violeta Parra: “Run Run se fue pa’l norte”, las cuecas recortadas... Ellos tienen éxito a nivel nacional y están entrando en el mercado mexicano y latino de Estados Unidos. Ellos recurren a este repertorio de Violeta Parra.

Yo creo que el hecho que el folclore chileno no se conoce en el mundo y que ella haya tomado, se haya inspirado en los melotipos del canto a lo poeta, eso en el mundo suena absolutamente inédito. Para un japonés, para un inglés, tal vez para un español no tanto. Yo canté, estando en Francia, algunos de los cantos a lo poeta chileno y españoles ahí presente me dijeron: “eso yo lo he escuchado en Asturias”. Por ejemplo me dijeron eso. Para que veas tú la proyección que ha tenido el arte de Violeta Parra, las canciones compuestas por ella, tengo la siguiente anécdota:

Cuando murió el Secretario General de Naciones Unidas, de apellido Hammarskjöld, que era sueco, se hizo un servicio religioso importantísimo en la catedral de Estocolmo y fueron de Chile Eduardo Frei Montalva y su ministro de relaciones exteriores que era Gabriel Valdés. Dicen que estaba repleta la catedral. Estaba el rey de España, estaba toda esa gente, estaba el Príncipe Carlos... y de repente, Gabriel Valdés me dice: “Me tuve que afirmar del brazo de Eduardo Frei para no desmayarme... de repente el coro comienza a cantar “Gracias a la vida”. ¡El coro de la catedral! ¡Gótica! ¡Eso empieza a cantar! Ahí lloramos los dos ¡pero a mares!” Me decía, “tanto Eduardo Frei como yo llorábamos a mares”. Una cosa impresionante, para darte una idea de lo que eso fue.

Y en Francia, el impacto feroz. Porque allá ella hizo su exposición en el Louvre.

¿El segundo piso?

Bueno, le dieron una sala muy grande del Louvre. El Louvre está lleno de arqueología... Hay una sala especial del Louvre que se llama “Les Arts Decoratives de Louvre”. Esa sala, por así decirlo, la estrenó Violeta Parra. Y el diario “Le Monde”, que es el diario más serio que tiene Francia, publicó el siguiente título, comentando la exposición de Violeta. Decía así: “Leonardo Da Vinci terminó en el Louvre, Violeta Parra comenzó en el Louvre”, eso decía “Le Monde”.

¿Por qué afuera se le reconoce tan bien y acá en Chile no? Volvemos al principio que es el desprecio...

País de mierda no más. Que cree que todos los problemas son económicos y nada más, que aquí la cosa se arregla con recursos financieros, tecnología apropiada y capacitación y punto. Esa es la vida para los chilenos. ¡País de mierda!

Bueno, pero la posteridad le ha hecho justicia a Violeta. Eso es importante.

Entonces, como siempre pasa, es la posteridad la que le ha hecho justicia.

A Jesucristo la posteridad le hizo justicia, en el momento mismo es un delincuente como cualquier otro. En ese sentido la Violeta fue muy clarividente: pintó un cuadro en que estaba Jesús con los dos ladrones. ¿Sabes como se llamaba el cuadro? “Los Tres Ladrones” (risas). Entonces genial. Y los tres estaban crucificados en una misma cruz. Es decir, el ladrón del lado derecho tenía la mano encima de la de Cristo clavada en el mismo clavo. Y el otro, el lado izquierdo, tenía lo mismo. Y ahí aparecían entonces los tres ladrones.

¿En el ámbito académico se reconoce el valor de Violeta Parra?

Sí. Es decir, en un ámbito muy restringido sí. Por ejemplo el instituto de letras no creo que le dé mucha importancia. En cambio aquí en Estética, el profesor Fidel Sepúlveda ha escrito cosas muy buenas. Te recomiendo que lo entrevistes. Entrevístalo y tiene un escrito que se llama “El Viaje Mítico de Violeta Parra”, muy importante.

Ahora, con Fidel hicimos nosotros algo importante que se relaciona con el arte de Violeta Parra. Hicimos un Auto Sacramental de Navidad. El texto lo hizo Fidel y yo le puse la música. Pero yo le puse la música de las piezas folclóricas que ella recopiló a través de todo el país. Ahí se nota la cosa arcaica del canto a lo poeta que se remonta al medioevo español. Se nota eso.

Juanita Parra, de Los Jaivas, me decía que su temática suena muy actual, que los problemas que ella denuncia en su momento no se han resuelto todavía. Lo que denuncia Violeta Parra es algo permanente.

En “Gracias a la Vida” dice... Bueno aquí tienes tu aquí un caso: Yo traté el tema de la moral y la virtud en mi curso de Filosofía Oriental, yo hago un curso de Filosofía Oriental basado en Lao Tzu y Confucio. Entonces Lao Tzu tira a partir a la moral, dice que la virtud cósmica del amor, que está diseminado por todo el universo, posee a ciertos hombres y esos hombres tiene muy desarrollada la virtud. Entonces esos hombres obran amorosamente con el prójimo y piensan en el bien común, no por cumplir con un precepto moral sino que les nace hacerlo porque la virtud cósmica del amor los ha poseído.

Encarnada en ellos.

Claro. Que es la misma posición de Cristo: es el amor que yo les comunico el que los hace buenos, no la ley: no el cumplimiento de la ley. Es la misma posición. Ya, entonces la gente que se rige por la moral termina siempre compitiendo dos graves pecados: el desprecio despiadado por lo imperfecto y, además, la hipocresía: mantener la imagen. Y esa es la conducta Farisaica.

Ya. Entonces dije: “ahora ustedes están en condiciones de entender por qué Violeta Parra dice en “Gracias a la vida”: “cuando veo al bueno tan lejos del malo”. ¿Entendieron ahora? Ella cachó: ese bueno puede ser más perverso que el malo, porque se rige por la moral burguesa y no porque tiene amor adentro”.

Además lo dice en “El Albertío”: “muchos van con ropa blanca y Dios me libre por dentro”.

A no, claro. “Están llenos los huesos de muerte y de inmundicias por dentro”. “Entonces no caigan ustedes en el juego” les decía, no, “de creer que evangelizar, la mayoría aquí son cristianos, se evangeliza en nombre de la moral. Evangelizar en el nombre de la moral es destruir el mensaje de Cristo”.

Es minimizarlo...

Prácticamente reducirlo a cero. Entonces ahí viene este desprecio por lo imperfecto.

Por ahí Gepe, otro músico, decía que Violeta Parra era genio pero se le veía la hilacha y que a los genios siempre se les ve la hilacha.

Pero por supuesto, no pueden controlar la ira. Como tienen una misión que cumplir rompen muchos lazos, porque no son perfectos. Por ejemplo, todo el problema de ella de haber dejado su guagua aquí y haberse ido a Europa...

Y se murió...

Claro. Eso de no poder controlar la cólera y tratar mal a los amigos. Pero la hilacha que mostró ella es insignificante comparada con la que han mostrado otros. Otros súper morales.

Y la persona que es tan moral finalmente no puede serlo, tiene que tener una vía de escape.

Claro. Por eso la Parábola de Hijo Pródigo: es el menor que le pide al padre que le dé la parte de la herencia. ¿Y en qué la gasta el huevón? ¡En puras putas! Vivir disolutamente. Entonces la pregunta, que nunca se ha agotado ese tema, ¿Por qué este gallo se salió de madre? Por la moral del hermano mayor. El hermano mayor, cuando vuelve y el padre lo perdona y hace la gran fiesta por la vuelta de su hermano, le dice: “!Y cómo, yo nunca te he fallado, siempre he cumplido tus preceptos y ni siquiera me has dado un cabrito para compartirlo con mis amigos? ¡Y este carajo que ha tirado su fortuna con prostitutas tú le haces una tremenda fiesta!” Y el padre le dice: “¡Pero estaba muerto y lo he recuperado vivo hijo! ¡Compréndeme!” Claro, ahí está la diferencia entre el hermano mayor que era moral, que cumplió con los preceptos. Y el otro no era moral, le cargaba esta vida cuadrada, encajonada en preceptos y se salió de madre. Pero se salió de madre y vio la verdad. En lo profundo de su miseria vio la verdad y el otro no la vio nunca. Entonces viene el arrepentimiento.

La verdad era que tenía que estar cerca del padre.

Claro, tenía que arrepentirse, tenía que darse cuenta de la cagá que había hecho y el otro nunca se dio cuenta que era un robot de la moral nada más. Entonces ahí se transforma Cristo en un personaje muy peligroso. Porque, en resumidas cuentas, el que dejó la caga' es el que queda justificado y el que nunca mató una mosca es un huevón que no sirve para nada.

Entonces eso la Violeta lo cachaba muy bien y de ahí su frase célebre “cuando veo al bueno tan lejos del malo”.

“Cuando miro el fruto del cerebro humano”.

Claro, esa canción es un tesoro de sabiduría.

Matías Correa, músico e investigador musical. Ha escrito en Diario La Segunda y El Periodista; los programas radiales Alertas y Sonidos y Cadáver Exquisito en Radio Tierra; actualmente es parte del equipo de La Lira Popular Colectiva y escribe en su propio blog musical Afiche En La Pared.