De Memorias y Reencarnaciones

De Memorias y Reencarnaciones

En el colegio en que estudié, cuando iba en quinto básico, el centro de alumnos organizó primer festival de destreza musical. Temática libre. Mis amigos cercanos de quinto básico eran el Luna y el Gormaz. El Luna nos propuso preparar un par de temas y presentarnos en la competencia. En ese tiempo yo no tocaba ningún instrumento, fuera de la flauta dulce y el metalófono, que eran de la malla obligatoria de música. Me sabía unas canciones caladas: Mira niñita, Sambalando, Tatatí y otras del cancionero jipón exiliado. En kínder nos aprendimos Que la tortilla se vuelva y Arriba en la cordillera. 

La cantamos a coro en el acto de fin de año, entre aplausos de los apoderados y borras de vino tinto de sus recuerdos.

Ese era mi periplo musical hasta entonces.

Yo no sé tocar, dije. Yo tampoco, pero no debe ser tan difícil, me dijo el Luna. Tú tocai la batería, Gormaz la guitarra, yo canto y toco el bajo.
¿Pero batería yo? Sí, me dijo. Tu tení mejor ritmo que yo. Como era intuitivo, yo acepté. El Luna siempre fue de mentalidad decidida, un caradura y patudo a veces, aunque siempre acertaba. No sabía de donde iba a sacar una batería.

Ese mismo día en la tarde me invitó a su casa después del taller de fútbol y le pidió a su hermano que me enseñara el patrón de El baile de los que sobran de Los Prisioneros. Con ese tema nos vamos a presentar. 

Su hermano decía ser baterista. Tenía pósters de los Illya Kuryaki y usaba trenzas. Con mis amigos teníamos una afición por los Illya Kuryaki y el video clip de Abarajáme era nuestra obsesión.

El hermano mayor de Luna, luna grande por ende, nos convenció que el ascenso a la popularidad se abría siendo músico. Que él lo había comprobado. Yo soy baterista, decía, pero no tenía batería, ni siquiera baquetas. 

Da igual, le gustaban los Illya Kuryaki

En ese momento de la vida, alguien que tiene un par de años más, es un referente de alguna manera. Estaba en la media y fumaba. 

Tantas lógicas insulsas que uno despliega en esas edades del bigote plomizo y el cambio de voz.

Despejó la mesa y empezó con los dedos a golpear el patrón de El baile de los que sobran, tarareó la intro, hizo los ladridos de los perros y siguió con la letra: 

Es otra noche más

de caminar

Es otro fin de mes

sin novedad…

(Interludio)

Mis ami…

Ahí entra la batería. ¿Cachaste? En mis ami… 

Luna grande me dio una pincelada básica. 

Anota me dijo: Los golpes con la mano derecha van al Hi hat. Los de la mano izquierda a la caja. El pie derecho al bombo y el izquierdo al pedal del atril del hi hat.  

Lo anoté en un cuaderno sin entender nada. En la micro me fui familiarizando con la terminología que había usado Luna grande.

Cuando llegué a la casa, le conté a mi mamá que íbamos a participar del festival y que yo iba a tocar la batería.

Mi mamá actriz, tenía un colega baterista. Le pidió si me podía hacer unas clases. Él aceptó. Clases dos veces a la semana. Los miércoles en la tarde y los sábados en la mañana. 

Igual que a un niño arquero que le compran guantes nuevos y espera la pichanga para estrenar, mi mamá me compró baquetas en el Portal Lyon y esperé la primera clase ansioso.

El colega de mi mamá tenía dos bandas; un tributo a The Ramones y la otra, era la banda de una compañía de teatro muy conocida en el circuito.

La primera vez que nos vimos, llegó con olor a copete y sin la batería. Me hizo escuchar un caset completo de Don Ramones. Así se llamaba su banda tributo. El sonido era muy artesanal, de garaje, coherente con su apariencia. Es para que sepas con quién vas a aprender a tocar, me dijo. Yo puse atención a la música mientras le miraba los bototos negros con que andaba. Tenían cordones rojos. ¿Cuándo fue la primera vez que descubriste la música? Abrió una ventana, prendió un cigarro y se dispuso a escucharme. Le hablé de los Yllia Kuryaki, por supuesto. 

Quedé contento, a pesar que no pude estrenar las baquetas.

La segunda clase fue un sábado en la mañana. Traía la batería en su auto. Era una Tama Swingstar. Algo como el balanceo de las estrellas. Buen instrumento. Otra vez el olor a copete. Claramente había una tendencia al alcohol, pero qué importaba. Yo estaba duchado y había tomado desayuno. Él venía de una fiesta, seguro. 

-Me atrasé un poco, se excusó. ¿Vives lejos? Le pregunté. A la misma distancia que tú de mi casa. 

Se saludó con mi mamá. Se tenían muy buena onda. Mi mamá ofreció ayuda para bajar la batería.

-No. –Dijo seco el profe. -Tiene que saber lo que pesa el instrumento que eligió. 

Por primera vez vi un desafío a la sobreprotección de mi mamá. Se sonrojó y acató. Quizá era parte del aprendizaje y ella poco sabía de baterías y de punkrock. 

Tuve que entrarla yo sólo. Ellos conversaban de un estreno que habían visto hace un par de días y de gente que yo no conocía. 

La instalamos en una pieza chica para que yo aprendiera. Qué altruismo. Un ser humano muy particular. Hablaba en claves que estaban a mitad de camino entre mi mamá y yo, y a pesar que tenían edades similares, inclinaba la balanza a la juventud eterna más que a sentar cabeza. No tenía la responsabilidad de criar. Era el profe punki. 

En dos clases, me había hecho dos jugadas que no preví. 

Era un muy buen inicio. Le agarré confianza. 

Además, toda la semana había practicado imaginariamente la combinación de golpes. Quería sentarme en el sillín y mostrarle al profe que había practicado. Quería estrenar las baquetas. 

Las estrené, pero con una repetición tediosa de golpes cuadrados. Plato bombo, plato caja. Plato bombo, plato caja. Toda la clase así. Me dijo que tenía buen ritmo. 

Dejó la batería para que practicara.

Luna y Gormaz hablaron con mi mamá para que nos dejara ensayar ahí hasta el festival. Era más fácil mover una guitarra y un bajo que los tambores. Mi mamá aceptó. Al primer ensayo, llegó un fierro al techo. Algún vecino desesperado por el ruido. Mi mamá compró napa y forramos con mis amigos la pieza completa. 

Pasaba las tardes sólo. Empezamos a fumar nuestros primeros cigarros y a escuchar a Los Prisioneros sistemáticamente. Eso me había sugerido el profe.

Al otro día nos inscribimos en el concurso. Necesitábamos un nombre de banda. Los reos le pusimos. La alusión estaba clara. Había que pagar una suma simbólica de dinero que iba en ayuda de un campamento que estaba cerca del colegio, que, a pesar de ser privado, ligaba todas las iniciativas a lo social. Era un oasis en medio de una población.

Seguí con las clases los miércoles y los sábados, y ensayaba con mis amigos día por medio. 

Agarré soltura en mis muñecas. Luna y Gormaz notaron mi avance.

La semana de la presentación, llamé por teléfono al profe. Le pedí si podía dirigirnos a los tres en un ensayo definitivo. Claro, me dijo. Nos vemos el miércoles en la tarde. 

Luna y Gormaz ya dejaban sus instrumentos en mi casa. Iban todos los días después de clases. 

Almorzábamos croquetas de pescado congeladas y puré instantáneo todos los días. No invertíamos tiempo en preparar nada muy elaborado. 

El miércoles del ensayo general, el profe no llegó. 

Estaba preso. 

Había chocado con un poste. Ensayamos igual.

Ese viernes nos presentamos en el patio del colegio. Era invierno y salimos con poleras y pelo engominado a tocar. Obtuvimos el segundo lugar en la competencia. Nada mal para ser unos principiantes. Ganó el flaco Greene de octavo que tocaba flauta traversa y estudiaba en el conservatorio. Era del gusto de los profes. Nosotros éramos del gusto del alumnado.

Fue un despertar en muchos aspectos. Nos hicimos conocidos para los más grandes. Me atreví a declararle mi amor a una chica de séptimo y fue mi primer pololeo. La banda duró un par de años más y para las kermeses tocábamos un repertorio que incluía Nirvana, los Guns´n Roses y Sepultura. Nos dejamos el pelo largo. Es que en el colegio se podía ir así. Fuimos rockeros reputados y abrimos la puerta a los que venían después que nosotros.

Mi profe desapareció. La batería quedó en mi casa. Hasta que un día, me lo encuentro en un estreno de mi mamá en el teatro Antonio Varas. 

-Tengo tu batería, le dije. ¿Seguís tocando? Sí. Te la regalo, y se empinó la copa de champaña al seco. –Esas weás tienen que circular. Pa eso las hicieron.

Yo ya le había comprado parches nuevos, más platos y un doble pedal. Era mía hacía un tiempo, sólo faltaba hacerlo oficial. 

A ese profe le debo mucho. Cuando lo vea lo voy a abrazar y se lo voy a decir.

Con mis amigos seguimos en contacto hasta ahora. 

El Luna se dedicó a la música y el Gormaz vive en Suiza, en los Alpes y es instructor de escalada. Seco.

Salimos del colegio y yo me fui a vivir a Los Lleuques, a un campo de mi abuelo. Vendí la batería y me compré un udú en Pomaire y un caballo. En la montaña es más necesario un caballo que una batería. 

Escuchaba el galope y era percusión. La bomba que extraía agua de la noria, tenía un ritmo. Se me había clavado el sentido sonoro.

A los dos años volví a Santiago. Mi hermano estaba con depresión y no quise estar lejos en ese momento. 

Me metí a estudiar con un cubano percusión latinoamericana. Toqué en bares, en la micro, y en combos. Las fiestas no las cuento, porque las fiestas son con música en vivo. No hay de otra.

Un día caminando con mi hermano por Plaza Egaña, vimos a un grupo evangélico con banda de música. 

La batería. 

Sonaba parecida. Me acerqué y tenía las mismas marcas y los mismos scotchs pegados. Era la Tama Swingstar, sólo que el parche delantero del bombo tenía una leyenda que decía “Dios es más grande que tu problema”.

Nos quedamos escuchándolos un rato. Había sol.

Se instalaban los sábados en la tarde a tocar frente al teletrak. Querían convencer a los descarriados, pero los viejos ludópatas les echaban la talla y seguían pendientes de los caballos fina sangre del hipódromo, las quinelas y las superfectas.

Un sábado pasé y habían renovado la batería. Al baterista también. 

Se la vendimos a un chinchinero, me respondieron cuando les pregunté. Sé que los chinchineros las intervienen, les cortan la longitud de fondo y las rompen para armar su herramienta de trabajo. 

Quizá en qué lugar terminó la Tama Swingstar. 

La nombré la callejera errante. 

La que llegó en un auto, se transformó en caballo y después se fue en carruajes a golpear la puerta de los ángeles, con sus platillos como timbres celestiales y los bombos marcando el pulso de los feligreses que escuchaban las alabanzas en las bancas de la Plaza Egaña. 

Ojalá que ruede por más tiempo. Ojalá que siga en manos de alguien que la use. 

Así fue el regalo que me hizo el profe.

Así tiene que terminar.

Vicente Larenas Añasco. 1983. Dramaturgo, director y actor de teatro. Fundador de la compañía Caldo con Enjundia teatro-Chile. Colaborador en Revista Lecturas.

 

 

 

 

 


GASTÓN SOUBLETTE: “A VIOLETA HABÍA QUE PERDONARLE TODO POR EL PRIVILEGIO DE ESTAR CON UNA PERSONA ASÍ”

GASTÓN SOUBLETTE: “A VIOLETA HABÍA QUE PERDONARLE TODO POR EL PRIVILEGIO DE ESTAR CON UNA PERSONA ASÍ”

Era agosto del año 2016 estaba en plena investigación y documentación para mi reportaje de título “El Canto de todos es mi propio canto”, una investigación a fondo sobre la influencia de Violeta Parra en la música chilena. Fue por esta razón que me dirigí al Campus Oriente de la Universidad Católica, yo tenía ciertas nociones de quien era Gastón Soublette: profesor de estética y filosofía oriental en esa casa de estudios y amigo personal de la Violeta. Aunque no aquilataba la verdadera dimensión de este maestro, una de las almas viejas de la tribu que han influenciado de manera profunda a las generaciones que le han seguido. 

Era un poco antes del mediodía y teníamos una ventana que permitiría una conversación que duraría unos veinte minutos, los que atesoraré para siempre. Como el tiempo era preciso inicié rápidamente con las preguntas:

¿Por qué Violeta Parra ejerce esa fuerza de gravedad sobre los creadores actuales? Siendo que ella deja este mundo hace cuarenta años y su trabajo parece más actual que nunca.

Mira, en gran parte por esto: porque ella reeditó, por así decirlo, la cultura tradicional chilena que había sido olvidada prácticamente. ¿Quiénes conocían la cultura tradicional chilena, en materia de música y poesía, en ese momento? Y no sólo de eso sino fiestas, narraciones, refranes... ¿Quienes la conocían? Los especialistas, nada más. Ósea los antropólogos que se habían dedicado y tendían eso archivado en sus casas. Pero el hombre común, e incluso el hombre culto, no sabía nada del Canto a lo Divino, del Canto a lo Humano, de la sabiduría de los refranes, no sabían nada. La cultura tradicional de nuestro pueblo se había olvidado totalmente.

¿Dónde estaba la cortina que los separaba de esto que existía y sigue existiendo hoy en día?

Eso provenía de un desprecio de la clase alta chilena por esa cultura popular. Ejemplo muy elocuente, cuando Vicuña Sifuentes publicó los romances recogidos de la tradición oral chilena. ¡Romances! Ósea originarios de España en el fondo pero vigentes en Chile. Publicó un libro de unas cuatrocientas páginas. La crítica que se le hizo en los diarios, especialmente en El Mercurio, fue que el señor Vicuña Sifuentes perdía el tiempo preocupándose de la cultura del vulgo, entre comillas. Esto fue en 1912. Entonces, ese desprecio de la clase culta chilena, del estamento culto chileno, por la cultura tradicional es la que generó que la cultura tradicional se fuera sumergiendo cada vez más en profundidades que son muy parecidas al olvido.

O sea llegó un momento en que te digo: antes de Violeta Parra Chile no contaba con esa viga maestra de su cultura lo cual contribuyó enormemente a que Chile perdiera su identidad como nación.

Ya, ¿cuál es el mérito de Violeta? A pesar de todos los trabajos de los antropólogos anteriores que estaban archivados, y son muy meritorios, yo no les quiero quitar el mérito, pero Violeta Parra le enseñó a Chile, por poner un ejemplo, que había una antiquísima tradición trovadoresca en Chile, en base a la métrica de la décima española del Siglo de Oro, y que la temática de ese canto trovadoresco tenía dos vertientes: una vertiente religiosa o divina, que es el Canto a lo Divino, y otra vertiente humana, Canto a lo Humano; y que en ambas había una enorme variedad. Por ejemplo en el canto a lo humano había versos por sabiduría, versos por el amor, temas recurrentes como el hijo arrepentido que abandona su casa, y ¡de gran capacidad formativa ética! Toda esa temática, valiosísima. Y que en lo Divino estaba el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento, la figura de Cristo, la figura de Moisés. El arca de Noé, el Paraíso Terrenal, el Fin del Mundo. ¡Estaba todo eso!

¿Quién dio a conocer eso al país? Las publicaciones de los antropólogos quedarán siempre en el estamento alto. Y el estamento alto excepcional que se dedicaba a ese tipo de investigaciones. Porque el hombre culto chileno no sabía nada de eso. Pero Violeta empezó a grabar discos con esto, empezó a recorrer el país y a recoger esa tradición y ahí la dio a conocer.

Quería volver al tema troncal, por el poco tiempo que tenemos. ¿Por qué el repertorio de Violeta Parra, ya sea el Casamiento de Negros en adelante, el Gavilán, viene a ser una joya tan preciada para los músicos de hoy siendo que, en general, sus composiciones son simples? Simples en general, no las anticuecas ni el Gavilán por supuesto.

Bueno, esto que te he dicho yo es la primera pata. Segunda pata: el talento personal de ella. ¡Es un genio! Un genio en todo sentido: una mujer creativa en cualquier cosa que dijera o hiciera. Ese tipo de personas son muy excepcionales. Hay gallos eruditos. Tú conversas... bueno ya murió, con Don Ricardo Latcham o con Manuel Guzmán Maturana que se dedicaron en aquellos tiempos a recoger la tradición oral y claro, vas a sentir que son eruditos, te van a apabullar con sus conocimientos, pero la cosa creativa interior de la persona, que está presente en todo momento, eso es muy difícil de encontrar. Ósea, como que la Violeta fue una especie de profetiza del pueblo chileno. Entonces esa cosa creativa fuerte, media mágica en ella. Su hermano Nicanor llegó a decir que era una hechicera de gran poder. ¡Eso es muy raro encontrarlo! Es muy raro encontrar esa capacidad de ser creativo en todo momento. ¡Hay huevones que son creativos en momentos muy excepcionales y el resto son rutina. Para ella no es nada, la rutina no existe para ella. O sea todo lo de ella era creativo en cualquiera circunstancia en que se encontrara.

Para hacerte un comentario sobre política o sobre la naturaleza, o sobre la misma persona que tenía al frente. Pero esta creatividad de ella tenía un aspecto violento, agresivo. Puede ser una creatividad que terminara con un puñete en el hocico, como lo hizo con el pintor Nemesio Antúnez: le plantó un puñete en el hocico. Porque ella no controlaba su ira, era parte de su creatividad también. Era una mujer que tenía un rasgo encantador por un lado y muy violento por otro.

A mí me insultó muchas veces, me arrastró por el suelo diciéndome que era “!Un pituco de mierda que nunca iba a entender al pueblo!”. O que mi papá era un Conde; entonces inventó ella que mi papá era Conde para poderme insultar, pero terminamos súper amigos después. Entonces esta creatividad de ella es lo que ha estremecido al país. Entonces esa creatividad vibra en sus creaciones.

Ahora, por ejemplo el caso de Los Jaivas, que cantan canciones de ella. El mérito de Los Jaivas, entre otras cosas, es haber sacado del subterráneo la última y más valiosa composición cantada de ella que es El Gavilán. Ella murió cuando El Gavilán no había alcanzado a grabarse todavía. Había grabaciones hechas por amigos y sin ninguna definición de sonido, sin una calidad de sonido. Los Jaivas lograron sacar del olvido esa cuestión y desenterrarla de estas grabaciones tan imperfectas he hicieron una excelente versión.

Para mí El Gavilán es la composición cumbre de ella, y que eso yo lo presentaría en el Teatro Municipal en un recital de música de cámara.

Es impresionante como esa canción va cambiando la métrica cada dos compases. Va de 5/4 a 2/4, a 6/8...

Es feroz, tremenda. Además, con un sentido trágico de la vida que la caracterizaba a ella. Porque ella fue una mujer de vida amorosa muy intensa, pero también muy desgraciada.

Volviendo atrás: si ella tenía este comportamiento tan agresivo con usted ¿Por qué seguía siendo amigo de ella?

Por el privilegio de estar al lado de un ser así. Yo reconocía que yo no la podía mandar a la mierda, no podía. Porque yo me di cuenta del privilegio de tener al frente a un ser así. Entonces siempre lo que Nicanor ha reconocido como mérito mío es haberla reconocido desde el día que la vi. Ella entró a mi oficina de la Radio Chilena, yo era director de programas en esa época, y a los dos minutos que se sentó sacó la guitarra y empezó a cantar y yo me di cuenta el valor de lo que estaba haciendo. Y de ahí fuimos amigos siempre. Con unas peleas feroces.

Ella entró en mi oficina el año ’55... ¿Murió cuándo?

El ’67.

Hasta ahí fuimos amigos.

Hay una carta abierta que usted escribió que está en el arte del disco de Ángel Parra, donde toca las anticuecas de su abuela.

Claro, donde yo le pido permiso para... Claro: el privilegio que yo he tenido de estar presente mientras ella componía las anticuecas. Ella compuso muchas anticuecas delante de mí. Y Nicanor Parra escribió muchos versos delante de mí y al terminar los leía. Ósea yo viví una intimidad con la familia Parra absolutamente excepcional.

Deben haber sido tardes enteras.

Claro, porque ella quería que yo le transcribiera a pauta el repertorio que ella había recopilado en los campos de Chile. Hicimos un cancionero gigantesco. Yo creo que está en archivo de la Universidad de Concepción.

¿Por qué Violeta Parra ha ido ganando fuerza? Hoy entre los jóvenes Violeta Parra ha llegado a ser una figura mítica.

Por esa creatividad de ella. Si es muy raro encontrar un ser creativo, si la mayoría de la gente vivimos en las convenciones o en la rutina. Entramos en un sistema y nos enseñan las reglas del sistema y ahí funcionamos... no somos creativo.

Ahí está la fuerza de ella: en la creatividad. ¡Sí, en la creatividad! Un ser marginal y creativo.

Además era adelanta. Gepe dice que ella era la vanguardia dentro de la ortodoxia. Creaba cosas alucinantes a partir de lo que ella rescató del folclore.

Sí. Esa sería la tercera pata: la creatividad de ella a todo nivel que le llevó a hacer manifestaciones artísticas en diversas clases de arte: la tapicería, la pintura, la música, la poesía. Esa sería la primera pata. La segunda pata sería su creatividad musical. Y el mérito de ella es haber sacado del viejo cancionero chileno, heredado del Siglo XVIII en adelante, haber sacado de ahí los arquetipos melódicos y poéticos para crear ella con eso algo propio. Ese es el mérito de ella. Por ejemplo, yo fui testigo cuando ella empezó a proponer sus primeros cantos a lo poeta, o sea a lo humano, basado en el tema del amor o en otros temas. Incluso temas humorísticos.

Por ejemplo, ella tuvo una relación con el pintor Julio Escames. Entonces, Julio Escames era un gallo que tenía un lado genial y un lado así como que daban ganas de tomarlo para el leseo. Entonces la primera décima, de ese canto que le dedicó a Julio Escames, dice así:

Todas las noches conmigo

se acuesta a dormir un muerto,

y aunque está vivo y despierto

confuso es lo que les digo.

Es una mortaja amigo

que se alimenta de hinojo,

luego se frota los ojos

para dormir en la tumba

y a mi lado se derrumba

este finado de anteojos.

En el fondo, claro: es su amante; pero lo está tomando para el leseo, se está riendo de él. Pero se está riendo benévolamente, no lo está tirando a cagar.

Y a mí me dedicó una décima también:

No tengo la culpa ingrato

que entre los dos el diablo

por tres o cuatro vocablos

nos cause tan mal rato.

De hacerte sufrir no trato

aunque más parezca el caso

yo creo que este mal paso

nos lleva por mal camino

y a pregunta yo me animo

¿Hasta cuándo ingratonazo?

Eso me lo dedicó a mí. Hay pelea vez tú, hay enfrentamiento.

Además hay mucho afecto, porque ingratonazo...

Por algo escribe el verso. Nuestra relación podía ser mejor pero ella no se daba cuenta que la que buscaba la camorra era ella. Si cualquier cosa que no le gustaba la rechazaba con violencia. Empezamos a escribir un libro sobre la cueca y me lo rajó un día, entero ¡Y me lo tiró a la cara! ¡Porque yo era un pituco de mierda que no entendía al pueblo! (risas)

Ese es el personaje. Y había que perdonarle todo, porque el privilegio de estar con una persona así.

¿Y el costo humano para usted, de perdonarle todo?

Claro, lo mismo que hubiera conocido a Rimbaud. ¡Habría aguantado cualquier huevada de él! Porque es un genio.

Semanas enteras de borracheras... en el caso de Rimbaud.

No sé... habría tomado lo menos para poderlo observar. Pero el huevón de Verlaine estaba enamorado de él. Entonces se involucraba en todo el hueveo, hasta que el otro le clavó un cuchillo en la mano, y se lo clavó en la mesa. Yo no habría permitido que Rimbaud me hiciera eso pero lo habría observado y habría hecho cualquier sacrificio para observarlo, qué es lo que hice yo con Violeta. Ahora, Violeta no era tan violenta como Rimbaud, si Rimbaud era un huevón que se dedicó a la trata de blancas y al comercio de armas.

Pero era tan jodida como todo lo que esa décima expresa. No reconoce el afecto tampoco. En el momento en que ella monta en cólera se olvida de la amistad, y agravia e insulta hasta el punto de pegarle a Nemesio Antúnez.

Usted me iba a hablar de la vanguardia de Violeta.

Bueno, la vanguardia fue esta no cierto, de que ella saca del viejo cancionero chileno, especialmente de las décimas, ósea del canto a lo poeta, saca los melotipos que le permiten crear canciones tan inmortales como “Run Run se fue pa’l norte” y “Gracias a la vida”. Este mismo intento que hizo, que es el primer intento que le conozco yo, de inventar ella su propia entonación de Canto a lo Poeta, esa “No tengo la culpa ingrato / que entre los dos el diablo / por tres o cuatro vocablos / nos cause tan malos ratos”. La melodía que ella inventó fue una melodía que podía haber sido de un trovador europeo del Siglo XV, o español, digamos.

Ahí yo noté que ella estaba recién gestando un nuevo tipo de canción. Pero un nuevo tipo de canción que no se separaba de la vieja tradición. Ahí empezó a generar este nuevo tipo de melodías. Ahora, ¿qué tienen de particular esas melodías que heredamos de España, no cierto?: Que están basadas en los viejos modos gregorianos de la música medieval. Entonces eso, traído al Siglo XX suena como una cosa inédita. Absolutamente inédita. Entonces ella tiene el talento de inventar melodías que de alguna manera están vinculadas con eso pero no lo copia. Es como un reflejo de eso. Y usa la décima y la décima tiene su ritmo.

Ahora, la décima data del Siglo XVI en España. Y según Nicanor Parra, es la forma poética más perfecta que jamás ha existido, muy superior al soneto.

¿Y la octava? Octosílabas.

Bueno, las cuartetas, las doble cuartetas. También las usaba. Por ejemplo le suprimía cuatro versos a la décima y le quedaba una sextina. Y también escribía sobre eso.

Porque hoy hay un espectro tan amplio de creadores que reconocen en ella una inspiración. Desde los músicos doctos que han tocado y arreglado canciones de ella; músicos de rock y otras tendencias, así como, naturalmente, los folkloristas. Hay coros en Chile que han cantado a cuatro voces las cosas de ellas.

Incluso hay cultores de hip hop, esta expresión basada en el rap, que se sienten identificados con ella.

Yo como que hasta ahí no le seguí la pista a la cosa. Lo que desborda del trabajo de Los Jaivas, de los Inti-Illimani, lo que va más allá yo no lo conozco.

Están Los Bunkers, rock más bien tipo Beatles, ellos dieron un recital en la Sala SCD basado en puras canciones de la Violeta Parra: “Run Run se fue pa’l norte”, las cuecas recortadas... Ellos tienen éxito a nivel nacional y están entrando en el mercado mexicano y latino de Estados Unidos. Ellos recurren a este repertorio de Violeta Parra.

Yo creo que el hecho que el folclore chileno no se conoce en el mundo y que ella haya tomado, se haya inspirado en los melotipos del canto a lo poeta, eso en el mundo suena absolutamente inédito. Para un japonés, para un inglés, tal vez para un español no tanto. Yo canté, estando en Francia, algunos de los cantos a lo poeta chileno y españoles ahí presente me dijeron: “eso yo lo he escuchado en Asturias”. Por ejemplo me dijeron eso. Para que veas tú la proyección que ha tenido el arte de Violeta Parra, las canciones compuestas por ella, tengo la siguiente anécdota:

Cuando murió el Secretario General de Naciones Unidas, de apellido Hammarskjöld, que era sueco, se hizo un servicio religioso importantísimo en la catedral de Estocolmo y fueron de Chile Eduardo Frei Montalva y su ministro de relaciones exteriores que era Gabriel Valdés. Dicen que estaba repleta la catedral. Estaba el rey de España, estaba toda esa gente, estaba el Príncipe Carlos... y de repente, Gabriel Valdés me dice: “Me tuve que afirmar del brazo de Eduardo Frei para no desmayarme... de repente el coro comienza a cantar “Gracias a la vida”. ¡El coro de la catedral! ¡Gótica! ¡Eso empieza a cantar! Ahí lloramos los dos ¡pero a mares!” Me decía, “tanto Eduardo Frei como yo llorábamos a mares”. Una cosa impresionante, para darte una idea de lo que eso fue.

Y en Francia, el impacto feroz. Porque allá ella hizo su exposición en el Louvre.

¿El segundo piso?

Bueno, le dieron una sala muy grande del Louvre. El Louvre está lleno de arqueología... Hay una sala especial del Louvre que se llama “Les Arts Decoratives de Louvre”. Esa sala, por así decirlo, la estrenó Violeta Parra. Y el diario “Le Monde”, que es el diario más serio que tiene Francia, publicó el siguiente título, comentando la exposición de Violeta. Decía así: “Leonardo Da Vinci terminó en el Louvre, Violeta Parra comenzó en el Louvre”, eso decía “Le Monde”.

¿Por qué afuera se le reconoce tan bien y acá en Chile no? Volvemos al principio que es el desprecio...

País de mierda no más. Que cree que todos los problemas son económicos y nada más, que aquí la cosa se arregla con recursos financieros, tecnología apropiada y capacitación y punto. Esa es la vida para los chilenos. ¡País de mierda!

Bueno, pero la posteridad le ha hecho justicia a Violeta. Eso es importante.

Entonces, como siempre pasa, es la posteridad la que le ha hecho justicia.

A Jesucristo la posteridad le hizo justicia, en el momento mismo es un delincuente como cualquier otro. En ese sentido la Violeta fue muy clarividente: pintó un cuadro en que estaba Jesús con los dos ladrones. ¿Sabes como se llamaba el cuadro? “Los Tres Ladrones” (risas). Entonces genial. Y los tres estaban crucificados en una misma cruz. Es decir, el ladrón del lado derecho tenía la mano encima de la de Cristo clavada en el mismo clavo. Y el otro, el lado izquierdo, tenía lo mismo. Y ahí aparecían entonces los tres ladrones.

¿En el ámbito académico se reconoce el valor de Violeta Parra?

Sí. Es decir, en un ámbito muy restringido sí. Por ejemplo el instituto de letras no creo que le dé mucha importancia. En cambio aquí en Estética, el profesor Fidel Sepúlveda ha escrito cosas muy buenas. Te recomiendo que lo entrevistes. Entrevístalo y tiene un escrito que se llama “El Viaje Mítico de Violeta Parra”, muy importante.

Ahora, con Fidel hicimos nosotros algo importante que se relaciona con el arte de Violeta Parra. Hicimos un Auto Sacramental de Navidad. El texto lo hizo Fidel y yo le puse la música. Pero yo le puse la música de las piezas folclóricas que ella recopiló a través de todo el país. Ahí se nota la cosa arcaica del canto a lo poeta que se remonta al medioevo español. Se nota eso.

Juanita Parra, de Los Jaivas, me decía que su temática suena muy actual, que los problemas que ella denuncia en su momento no se han resuelto todavía. Lo que denuncia Violeta Parra es algo permanente.

En “Gracias a la Vida” dice... Bueno aquí tienes tu aquí un caso: Yo traté el tema de la moral y la virtud en mi curso de Filosofía Oriental, yo hago un curso de Filosofía Oriental basado en Lao Tzu y Confucio. Entonces Lao Tzu tira a partir a la moral, dice que la virtud cósmica del amor, que está diseminado por todo el universo, posee a ciertos hombres y esos hombres tiene muy desarrollada la virtud. Entonces esos hombres obran amorosamente con el prójimo y piensan en el bien común, no por cumplir con un precepto moral sino que les nace hacerlo porque la virtud cósmica del amor los ha poseído.

Encarnada en ellos.

Claro. Que es la misma posición de Cristo: es el amor que yo les comunico el que los hace buenos, no la ley: no el cumplimiento de la ley. Es la misma posición. Ya, entonces la gente que se rige por la moral termina siempre compitiendo dos graves pecados: el desprecio despiadado por lo imperfecto y, además, la hipocresía: mantener la imagen. Y esa es la conducta Farisaica.

Ya. Entonces dije: “ahora ustedes están en condiciones de entender por qué Violeta Parra dice en “Gracias a la vida”: “cuando veo al bueno tan lejos del malo”. ¿Entendieron ahora? Ella cachó: ese bueno puede ser más perverso que el malo, porque se rige por la moral burguesa y no porque tiene amor adentro”.

Además lo dice en “El Albertío”: “muchos van con ropa blanca y Dios me libre por dentro”.

A no, claro. “Están llenos los huesos de muerte y de inmundicias por dentro”. “Entonces no caigan ustedes en el juego” les decía, no, “de creer que evangelizar, la mayoría aquí son cristianos, se evangeliza en nombre de la moral. Evangelizar en el nombre de la moral es destruir el mensaje de Cristo”.

Es minimizarlo...

Prácticamente reducirlo a cero. Entonces ahí viene este desprecio por lo imperfecto.

Por ahí Gepe, otro músico, decía que Violeta Parra era genio pero se le veía la hilacha y que a los genios siempre se les ve la hilacha.

Pero por supuesto, no pueden controlar la ira. Como tienen una misión que cumplir rompen muchos lazos, porque no son perfectos. Por ejemplo, todo el problema de ella de haber dejado su guagua aquí y haberse ido a Europa...

Y se murió...

Claro. Eso de no poder controlar la cólera y tratar mal a los amigos. Pero la hilacha que mostró ella es insignificante comparada con la que han mostrado otros. Otros súper morales.

Y la persona que es tan moral finalmente no puede serlo, tiene que tener una vía de escape.

Claro. Por eso la Parábola de Hijo Pródigo: es el menor que le pide al padre que le dé la parte de la herencia. ¿Y en qué la gasta el huevón? ¡En puras putas! Vivir disolutamente. Entonces la pregunta, que nunca se ha agotado ese tema, ¿Por qué este gallo se salió de madre? Por la moral del hermano mayor. El hermano mayor, cuando vuelve y el padre lo perdona y hace la gran fiesta por la vuelta de su hermano, le dice: “!Y cómo, yo nunca te he fallado, siempre he cumplido tus preceptos y ni siquiera me has dado un cabrito para compartirlo con mis amigos? ¡Y este carajo que ha tirado su fortuna con prostitutas tú le haces una tremenda fiesta!” Y el padre le dice: “¡Pero estaba muerto y lo he recuperado vivo hijo! ¡Compréndeme!” Claro, ahí está la diferencia entre el hermano mayor que era moral, que cumplió con los preceptos. Y el otro no era moral, le cargaba esta vida cuadrada, encajonada en preceptos y se salió de madre. Pero se salió de madre y vio la verdad. En lo profundo de su miseria vio la verdad y el otro no la vio nunca. Entonces viene el arrepentimiento.

La verdad era que tenía que estar cerca del padre.

Claro, tenía que arrepentirse, tenía que darse cuenta de la cagá que había hecho y el otro nunca se dio cuenta que era un robot de la moral nada más. Entonces ahí se transforma Cristo en un personaje muy peligroso. Porque, en resumidas cuentas, el que dejó la caga' es el que queda justificado y el que nunca mató una mosca es un huevón que no sirve para nada.

Entonces eso la Violeta lo cachaba muy bien y de ahí su frase célebre “cuando veo al bueno tan lejos del malo”.

“Cuando miro el fruto del cerebro humano”.

Claro, esa canción es un tesoro de sabiduría.

Matías Correa, músico e investigador musical. Ha escrito en Diario La Segunda y El Periodista; los programas radiales Alertas y Sonidos y Cadáver Exquisito en Radio Tierra; actualmente es parte del equipo de La Lira Popular Colectiva y escribe en su propio blog musical Afiche En La Pared.

 

 


El Punk y las mujeres

El Punk y las mujeres

Hace varios años que no escribía de música. Del 2005 para ser más exactos. Con un amigo de la vida teníamos un blog que ya no existe y también nos demorábamos una eternidad en subir podcasts de solo 30 minutos.

Esa última vez la idea era escribir de las mujeres en la escena rockera, desde los ochentas hasta ese año, pero fue derivando inevitablemente hacia el punk femenino y lo que después en los noventas se conoció como Riot Grrrl!, un movimiento feminista que nació de un fanzine en Estados Unidos y que continúa hasta el día de hoy.

Pero estas líneas no tienen por objetivo narrar la historia del feminismo o del punk femenino, sino que, de alguna manera, recordar que los contenidos y las letras de las canciones de esa época siguen muy vigentes. Por ejemplo, Rebel Girl de Bikini Kill, que hablaba sobre una mujer empoderada y todas querían seguir su ejemplo, o Shut Your Face de Bratmobile, que reclamaba a la sociedad que se seguía matando y desapareciendo a las mujeres y nadie hacía nada.

Eran tiempos violentos, sin duda, pero también lo fueron en los setentas y lo siguen siendo ahora. Por eso me acuerdo de las rebeldes de The Runaways y por qué no, de las provocadoras del nuevo milenio, las Pussy Riot.

Hoy día la música hecha por mujeres -no necesariamente punk- profundiza el feminismo y todo lo que ello conlleva: parar los femicidios, terminar con las diferencias de los sueldos entre hombres y mujeres en un mismo trabajo, acabar con el sexismo y promover el derecho al aborto libre, entre otros temas.

En Chile, pareciera ser que este movimiento está renaciendo, de la mano de las últimas manifestaciones del 8 de marzo. En este contexto, destaco a las Sin Lencería y las Portaligas, bandas que intentan devolver el punk y el rock a un lugar que no debió perder nunca.

Les dejo una lista que publicó la revista Pitchfork con las bandas más destacadas del punk feminista.

https://open.spotify.com/playlist/3QwZzySAgDTQyzT1aMBB8K?si=srtdYtNhS9-QnSnpEVFEEw

 

Andrés Zanetti (Santiago, 1974) Periodista y Comunicador Audiovisual, a veces ejerce de adulto.

 

 

 

 

 

Otras canciones:

The Runaways - Cherry Bomb

https://youtu.be/_EBvXpjudf8

Pussy Riot - Straight Outta Vagina

https://youtu.be/Bp-KeVBNz0A

Bikini Kill - Rebel Girl

https://youtu.be/mZxxhxjgnC0

Bratmobile - Shut Your Face

https://youtu.be/LkrQb19XjtY

Sin Lencería

https://youtu.be/J8EyHWGgj5U

Portaligas

https://youtu.be/IWe6rRylYzc

 


Raíz Del Flow: Fusión y colectividad

Escucha la entrevista a "Raíz del Flow"

Raíz Del Flow: Fusión y colectividad

La música siempre ha ido evolucionando por diversos factores que se entrelazan. Por un lado el desarrollo tecnológico nos ha dado herramientas para ir modulando su reproducción, desde los primeros instrumentos hasta los software y controladores modernos. Por otra parte el desarrollo cognitivo nos ha otorgado el poder de sistematizar el lenguaje con el cual aterrizamos este fenómeno, desarrollando el sistema tonal por ejemplo, o la idea de ir clasificando sus variaciones en épocas y estilos. Pero también hay un punto que quizás, al menos para mi, es el más importante: el desarrollo cultural.  Y es que a través de la mixtura de las costumbres se potencian las formas y maneras de crear y cultivar la música.

Hay un movimiento que está naciendo en Santiago y quisimos hablar con dos de sus exponentes. Kitaito(Álvaro) y Koby(José Miguel), ambos músicos y productores. En la entrevista nos cuentan de qué se trata este nuevo espacio comunitario, que abarca de manera interdisciplinaria las manifestaciones artísticas actuales urbanas, además de un ingrediente predominante fundamental: la música de raíz y las tradiciones folclóricas.

Raíz del Flow: “como un árbol que piensa desde la raíz”, logra transmitir el flujo necesario para enchufarse a lo actual, la tradición recordandole a lo urbano de dónde viene. La identidad que se encuentra al cultivar las tradiciones como fiestas, carnavales y costumbres, o también en vivencias cotidianas como un freestyle en una esquina cualquiera, juegan un papel clave. Y es que la colectividad nos va sumergiendo en la interacción constante de lo que existe previamente y lo que se va creando en el momento. Ese diálogo que se vive al reunirse, desde la calle, desde la comunidad.

El mundo andino, la música caribeña y hasta la tradición Chilenera, hacen parte de este espacio de convergencia. La mezcla entre la raíz y lo urbano se manifiestan a través de la música, la danza y lo audiovisual como una fusión potente e imprescindible que se viene a instalar en nuestra industria cultural. La idea, o mejor dicho, la condición de mantener una identidad pero seguir evolucionando constantemente.

Su primera entrega(se la dejaremos más abajo) es una canción que habla sobre el estallido social del 18 de octubre. Podemos ver en ella la tradición Chilenera de la cueca habitando en un mismo beat con el género urbano, cohesionados en esa conversación, sonando en un solo swing. Este nuevo estilo se llama KUKO y es “Música urbana de flow Chilenero”, según los chicos.

Esperamos que disfruten esta conversación con la gente de Raíz del Flow, un colectivo de artistas que traen una confrontación, que al parecer ha existido desde siempre en el flujo natural de las cosas, de nuestras costumbres. Esta dualidad que encontramos en nuestra identidad, la fusión inevitable de estilos y tradiciones. Raíz del Fow: “Los creadores de la que viene”.

Camilo Zanetti(Diciembre, 1990). Es músico, cantautor y poeta. Ha publicado Jardín(Calavero Estudio, 2018).


cantar-o-declamar

Cantar o Declamar

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Cantar o Declamar

A los chilenos nos fascinan los discursos. Algunos los recitan de memoria y otros los homenajean en canciones. Es algo recurrente, que no parece ser casualidad ni depende del género musical. Desde Anita Tijoux hasta Newen Afrobeat, nos encanta encontrar alguna grabación metida entremedio de las estrofas que escuchamos. Ni siquiera Chico Trujillo pudo contenerse a poner un discurso de Allende en alguna canción, y más de una vez he escuchado La Bala de Calle 13 o Semillas de Muerdo sonando por Santiago. 

Se nos infiltraron hasta en el Festival de Viña. ¿Cuántos salieron a reclamar que, para ser un festival de música, hubo demasiadas reivindicaciones? Los productores debieron estar vueltos locos desviando la toma de todas las pancartas con “Piñera culiao”, y no supieron para dónde apuntar la cámara cuando Mon Laferte, entre otros, comenzaron a declamar algunas palabras contra el gobierno. No podía ser de otra manera: el descontento masivo exigía una posición clara frente a la contingencia como un requisito imperativo para poder pasearse por el escenario más popular de la región.

Es más, es difícil encontrar un concierto de Laferte sin alguna denuncia. Tanto así, que yo me enteré de ella cuando increpó a un periodista mexicano que se atrevió a preguntarle sobre las adversidades de ser mujer en la industria de la música. Escuché su respuesta y después busqué sus discos, y no es la única. 

Lo que nos gusta recordar es lo dicho, pues somos “un país pequeño pero que en una sola generación ha dado dos Premios Nobel de Literatura”, cuyos poemas han sido homenajeados en numerosas canciones. Somos un país de palabras, con una cultura oral heredada desde hace muchos siglos, que escribe su propia historia hablando, gritando y cantando; a menudo las tres al mismo tiempo. 

Mi madre una vez me dijo que no le gustaba el rock and roll porque “nomás hablan de puro drogarse y fiestear”. Ella no veía el sentido de bailar al son de un keytar ochentero en una ‘discotèque’ cuando unas cuadras al lado desaparecían gente. Las canciones de protesta siempre fueron su refugio secreto de resistencia. 

Quizás la música en nuestro angosto país andino es el grito ahogado de nuestra historia que se filtra por las grietas de los dedos fracturados de nuestros músicos. 

De ser así; tendría sentido porque Chile, a pesar de ser un país pequeño [“pero que en una sola generación…”] se ha vuelto un gran exportador de canciones de protesta y para protestar:

Recuerdo cómo se me erizó la piel cuando escuche “El Baile de los que Sobran” resonando en las marchas de Colombia. Y bueno, ni se diga de “Un Violador en tu Camino” …

De hecho, yo no tenía idea de que “el pueblo unido jamás será vencido” de Gimme da Power - el cual escuchaba a escondidas, porque Molotov estaba prohibido en mi casa por “majaderos” - era prestado de Inti Illimani. Supongo que a mi madre no le tocó ser “joven y revolucionaria” cuando la guitarra eléctrica empezó a gritar inconformidad en el mundo con Tom Morello o con el Tri y La Maldita Vecindad en México, porque ella ya había escapado del hemisferio Sur cuando Spinetta y Charlie García comenzaron a llenar conciertos.

Es posible que de ella haya sacado mi necedad política; mi obstinación a escribir algo forzosamente politizado…

Porque el chileno es inevitablemente político. Tenemos que ponernos de un lado de esta frontera tercamente ligera, segregando las mismas dos nociones moribundas, que tajan nuestras familias hasta seccionar nuestras ciudades. Y, a pesar de que el arte tiende a trascender más allá de cualquier matiz o color, pareciera que acá se resume en una sola ecuación: los que producen arte son de izquierda y los que compran son de derecha; el artista lanza con fuerza el balón al otro lado, y quien sea que le achunte le regresa el dinero con la misma intensidad. Víctor Jara y Violeta Parra, por ejemplo, están y estarán eternamente atorados del lado izquierdo de este interminable partido de “quemado” que nos rehusamos a detener.

O bien todo esto podría ser simplemente algo latino: toda Latinoamérica siente en el fondo que el Ojalá de Silvio escondía un mensaje secreto, dirigido al dictador de su respectivo país, como lo hizo Chico Buarque con Castelo Branco. Tal vez la música en América Latina se filtró como una resistencia a las diversas imposiciones culturales de la conquista, como un lenguaje secreto que vehiculaba una cultura que se negaba a ser reemplazada, como lo han sabido hacer en África, y que quizás ellos mismos nos enseñaron al retumbar sus percusiones en Brasil y el Caribe. 

Por mi parte, yo vivo en una constante pelea interna, pues mi mitad chilena insiste en trazar una línea de color político, y por detrás mi mitad mexicana la difumina. ¿Qué más puede esperarse de un país que formó un Partido Revolucionario Institucional para derrocar una dictadura, y que ese mismo partido se impuso por más de setenta años?

Supongo que es ahí donde radica la diferencia más fundamental: en México, el arte y la política brotan implícitas, sin necesidad de decirse, mientras que en Chile son una sola cosa, y ambas se declaman.

Matías A. Covacevich (1997). Mexicano-chileno. Licenciado en Ciencias Cognitivas y post-titulado en Comunicación de las Ciencias con un curriculum a la Jackson Pollock. Comunicador científico y escritor frustrado, pero obstinado. Recorrido profesional rimbombante en Letras aún pendiente. 

 


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Dibujar un disco: trizas, trazos y burbujas

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Dibujar un disco: trizas, trazos y burbujas

¿Y qué nos pasa cuando creamos algo? ¿Qué se juega en ese hacer, y en los deshaceres que se borran con el codo? ¿Qué pasa con esas carpetas que se acumulan en el estudio del dibujante o en el disco duro del músico auto editado? ¿Conciencia de recicle de ideas abandonadas, o el ego que se resiste a dejarlas? ¿Cuáles son los desvíos, retrasos y extravíos que evitamos a toda costa cuando nos empecinamos no perder la vía regia, el ancho sendero? ¿De qué nos perdemos cuando no nos soltamos?

El otro día Lissette y yo veíamos un documental sobre Hayao Miyazaki, sobre el proceso de creación de Ponyo. Decir que la obra no es más importante que el proceso que conduce a ella resulta un eufemismo aceptable, pero cuando hablamos de cine y dibujo de animación, parece que nada en el resultado final permite atisbar un asomo de trazo, de pluma empuñada, en el producto cinematográfico. 

Sin embargo, el documental deja de manifiesto cómo el proceso creativo es una especie de demonio que le come las calcetas al autor. Jugando a despecho del equipo, patea la canilla y no el balón, en vez de convertir el golazo en misión cumplida. Los productores le enrostran el atraso al artista. Le preguntan si puede tener los guiones gráficos a fin de mes. Miyazaki se agarra la cabeza. La presión por hacer una película entretenida para tod@s lo conduce a traicionar su propio proceso creativo, y en esa traición se juega su proceso de vida, aunque, dicho proceso creativo arranca con la decisión de traicionar un estilo anterior, que emana a su vez, de otro proceso. 

Se va tejiendo así una trama tormentosa con este demonio que le hace la guerra a su propio rostro: la obra. Cuánto fulgor, sobre la palabra obra, a pesar de ser tan susceptible como producto, y qué industrial suena la palabra proceso, que habita en el cigarrillo apagado que cuelga en los labios de Miyazaki mientras se afirma la cabeza frente al boceto, con los ojos salados de lágrimas, como el mar de Ponyo. Intenta resolver qué va a pasar con la abuela del protagonista, la cual representa a su propia madre. El proceso entero de su vida se vierte sobre la hoja, toda esa materia densa de emoción y memoria sobre la cual se resolverá la escena crucial de la película. 

El proceso es el conflicto, el tinku, la alternancia de fuerzas contrarias que se encuentran y se enfrentan, igualándose, taoístamente. La obra muchas veces es la resolución violenta al conflicto, cuando los plazos, la venta, la producción exige la llegada ansiada del estreno, del lanzamiento. 

¿Qué se enfrenta a veces en el proceso? Qué se frustra, ¿qué se traiciona, ¿qué persevera?

 La lucha de Miyazaki por dar vida a Ponyo rompe con las expectativas occidentales respecto del proceso creativo, en tanto exitista, efectista y lineal. 

A propósito de tinku, una tensión similar se da entre la cosmovisión andina y la estética clásica. Para la cultura Aymara, toda idea de perfección está más cercana a la esterilidad que al genio. Para el espíritu griego, siempre la copia debe ser más mala que el original (“el 7.0 es pal’ profe”). El original es siempre el ideal, lo sublime, lo inaccesible. De ahí quizás esa obsesión con el lujo, con esa exclusividad que compra el éxito… ok, el capitalismo juega a favor del ideal estético de Occidente, y eso se refleja, por ejemplo, en cómo la tecnología avanza gracias al consumismo extasiado. Sin embargo, lo que pasa con ésta es que juega en contra del ideal griego clásico, pues hace que la copia le dé mil patadas al original. 

¿Qué original nos queda entonces? ¿El original primario, ideal? ¿el original serializado al infinito, o el original en tanto que singular, en tanto que falla?

Volvamos a la cultura Aymara. Comparemos la cerámica precolombina con la Occidental. En el “proceso” se forman burbujas, que luego se tornan grietas, trizaduras. En el proceso serial industrial, obra que queda con grietas, obra imperfecta y por tanto, se destruye. En esa trizadura, en ese error inimitable, en esa burbuja que revienta, grita sin ser escuchada una idea de estilo.

Hace unas horas, logré grabar en la memoria de mi loopera una maqueta de guitarra para un vídeo que intentamos producir a distancia con la banda en la que toco, Soto es mi Copiloto. Lissette me aconseja grabarla dos veces, por si acaso. Yo le digo que igual tenía pensado grabarla de nuevo, que igual “no quedó perfecta”, a lo que me dice: “Si quieres que quede perfecta, entonces que lo haga una máquina”.

Miyazaki traicionó su estilo tradicional por un trazo más sencillo, menos ambicioso, dejó la acuarela y sacó los pasteles. En la música, quizás no haya mayor borradura del error, de la burbuja que en el proceso de grabación, edición y mezcla. Quizás no vendría tan mal, dejar los trazos curvos, angulosos, inexactos en la pista grabada, como este texto, que abusa de sus propios límites aun forzando su redacción.

Dibujar sonido en los estudios de grabación. Traicionar la técnica, la academia, experimentar. Exponer el genuino error como la piedra que jamás quiso ser diamante y revelar, de una vez por todas que lo que aquí llamamos obra, no es más que el pretexto por donde se asoma ese monstruo inacabable que, de cuando en cuando, busca compartirse.

Mario Ley (Baldío). Padre de Celeste Ley, Músico Callejero, compositor, intérprete y profesor de filosofía (por orden de importancia). Perteneciente al SIMM, Sindicato Independiente Musical Metropolitano y al proyecto poético, performático y musical Soto es mi Copiloto.

 


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La música como única contaminación que no asusta

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La música como única contaminación que no asusta

En el encierro obligatorio la angustia no solo se expresa en el querer salir a comprar a la esquina, o ir a ver a algún amigo a su casa por el puro hecho de estar en la calle. Este tipo de necesidad nunca estuvo presente en mi vida – más bien siempre ha sido un problema ya que el contacto social me puede poner bastante ansiosa en algunas situaciones.  O sea, lo he pasado bien sin poder salir y sin tener que encontrar excusas para no hacerlo. 

La angustia del encierro que más ha aparecido en estos días es la de tener ganas de viajar, de estar en otros lugares del mundo. Acá, en el horizonte veo una muralla gigantesca de montañas que solo acentúan la sensación de que no hay salida, aunque salga. 

 La trampa para lidiar con eso es escuchar música. Cercar la mente con paisajes sonoros y olvidar el espacio físico por varios minutos. Al que también le vienen las ganas de mirar el mundo y prefiere no aburrirse con la “mesmedad”, le conviene oír música de otros países o finalmente poner oreja a aquellos artistas que estaban en la lista de intereses (que crece a cada semana y nunca es revisitada). Posponer parece no tener excusa en el encierro, lo que multiplica la ansiedad por querer huir. 

Transformando ese texto lleno de clichés en uno de tips para superar la cuarentena: hace poco recibí el link de una plataforma de música a través de la cual se puede oír diferentes estilos, épocas y países en un solo lugar (Les dejo el enlace aquí). Con esa página he volado por todos lados, creado un par de teleseries mentales e incluso redescubierto artistas que habían caído en mi olvido (como casi todo en mi vida de memoria miserable). 

The Musical Time MachineSeleccionando países y épocas diferentes en la plataforma, también se percibe que nos influenciamos de las maneras más obvias. Los 80’s fueron marcados por beats electrobailables en muchos lados, las investigaciones de los 70’s se profundizaron en las más variadas culturas, sea hindú, pachamamica, carnavalesca u otras. Así como el virus y la contaminación, la música viaja por el aire y llega a los oídos más lejanos. Dicen incluso que queda vibrando por mucho tiempo hasta finalmente desaparecer (o no - el silencio no existe).

Cambiar las épocas con solo un clic del mouse, también es una manera de hacer comparativos incluso de la evolución musical, como el surgimiento de ciertos instrumentos y ambientes en las composiciones. Claro que eso es una observación básica ya que la música acompaña también el desarrollo social y humano. Aun así, es genial reparar como estos aspectos humanos e históricos se traducen en melodías y armonías que transmiten emoción, capaces de transformar el espacio físico al tan solo influenciar la mente.

 

Ana Oneda (Santa Catarina, 1991). Es brasilera, periodista y traductora. Escribe crónicas, ensayos y poesía. Su voz está en la no-ficción y en el interpretar las miudezas de la vida cotidiana.

 

 

 

 


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Evolución musical

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Fotografía por Emiliano Valenzuela

Evolución musical

De quinceañero vivía pegado al personal, atravesaba la ciudad en micros amarillas escuchando diversas bandas como una manera de no pertenecer (o de negar) al mundo que me rodeaba. Tenía dieciocho años, estudiaba algo que no me gustaba, vivía con mis papás, es decir, no estaba cómodo con el entorno. Es raro que bandas que ya no escucho me hayan acompañado todo ese tiempo y ahora no me interesen. Salvo en minutos de melancolía -en general acompañada por viejos amigos- regreso al grunge, al punk, al power metal. 

Tal vez haya también un desgaste: fui roadie de Raza durante muchos años, banda de mi primo mayor, donde asistí a miles de conciertos eternos y que tal vez provocaron la leve sordera que me hace hablar más fuerte de lo normal y de pasada exasperar a algunos cercanos. Rey Chocolate, Audiopsicotica, Lupus, 2X y Raza, solían ser los platos fuertes. Y yo los escuchaba; estaba en la onda y me hacía sentir poderoso. Me provocaban una sensación de vivir en una galaxia aparte. 

Como es natural -ojalá- pasé a otros derroteros. Me reconocí en bandas más tristes y desafinadas como Sonic Youth, Yo la tengo o The Pixies. De ahí en adelante, como si bajara los brazos ante todo o simplemente me reconociera a mí mismo, ingresaron más y más bandas, la verdad no las podría enumerar. De golpe dejé el personal: en un momento dado lo guardé y preferí unirme al entorno, mirar por la ventana y regresar a casa. Es optar por el silencio o algo parecido. Similar por que la ciudad no es precisamente un espacio sin ruido, por el contrario, una orquesta a la que estamos acostumbrados y no prestamos atención. Creo que John Cage decía que la música era ruido ordenado. Me inscribo con la idea.  

Tal vez siempre hay una relación emocional con todo lo que hacemos. Solemos ligarlo con asuntos amorosos, de familia, pero la verdad es que, posiblemente, todo podría relacionarse con la emocionalidad. Han pasado casi veinte años de aquellos tiempos de roddie, envidiado por tener movidas para entrar gratis a los conciertos y conocer a todo el mundo de esa “escena”. Actualmente apenas escucho música con letra: puede parecer una pretensión, pero el jazz y la música clásica generan algo en mí sumamente escaso: silencio. Para empezar el día me preparo un café y escucho Telemann y sus tremendos oboes y si quiero subirle la intensidad al día voy por Wagner o algún ruso. Esa es mi situación actual: por no gozar de tranquilidad, o silencio, lo compuesto muchos siglos atrás ha sido mi salvación. 

Sin embargo, todo es móvil, todo se mueve y transforma. Cuántas casas y departamentos pinté con mis primos escuchando casetes grabados de la Concierto de The Doors o The Beatles. Seguro que cuando termine esta peste del coronavirus recurriré a los Fiskales o a la banda hermana peruana Los Saicos para demoler el tren, aunque sea un tren mental. 

 

Gabriel Zanetti (Santiago, 1983) es autor de Cordón umbilical (2008) y coautor de Prohibiciones y títulos (2015). Es uno de los fundadores de Revista Lecturas y Lecturas Ediciones. Trabaja como editor y profesor de escritura.

 

 

 

 


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Sequía Valdiviana

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Sequía Valdiviana

Una vez mi mamá me llevó con ella de gira. Mi papá se quedó con mi hermana menor y nos fuimos en un viaje de casi dos semanas por el sur. Yo era chica. Chica de perderme, chica de ser regaloneada por todos los músicos como la guagua de la orquesta, de caber debajo de sus sillas durante los ensayos, chica de meterme a las piscinas con alitas. Chica de no entender las peleas entre los músicos, de haber canjeado un juguetito en una máquina y que ese sea mi recuerdo más claro del viaje; un mono de goma de dos colores que olía asqueroso. Chica de coleccionar las mermeladas que dan en el desayuno para llevárselas a mi papá, y después comérmelas con los dedos, llorando por mi fracaso. Chica, como para que mi mamá se controlara e interpretara cabalmente su papel de madre en ese contexto tan ligero y festivo. Pienso en eso y digo, si fuera yo la que se va de gira dos semanas al sur, ni cagando llevo a mi hijo. 

Esa vez viajaba con nosotros la Claudia, hija de una prima de mi mamá, que había fallado en medicina y se había pasado su año sabático con un megáfono en la mano, alegando afuera de todos los edificios gubernamentales por causas que nunca pudo explicarnos, porque imagino que ni ella conocía bien. Seguía al bus de la orquesta en un volvo azul y se colaba en todos los ensayos y conciertos. Tenía casi treinta años y había decidido que se iba a dedicar a la música, aunque no tocaba ningún instrumento ni leía partitura. Aún así no se perdía una nota, decía estar estudiando, y la escuchábamos en la cena comentar los conciertos y hacer sugerencias, todos perplejos, menos yo, que la adoraba y me fascinaba su traje de varón, su pelo corto peinado con gel, sus cigarros con boquillas transparentes y su timbre grueso y agresivo. Nadie le dijo que dejara la quinta de Beethoven en paz y se dedicara al canto, le hubiese ido bien. 

Valdivia fue una de las últimas paradas. Llovía con furia y en vez de hotel, nos instalaron en unas cabañas de veraneo, bien fomes en invierno, con tormenta y las piscinas llenas de lodo. Yo me había pasado toda la gira rondando los hoteles al cuidado de las mucamas y los botones, jugueteando en la recepción y ayudando a hacer las camas. Ahora tenía una caja de lápices de colores -más bacana de lo habitual, debo admitir- y una resma de papel, y estaba encantada, pero era la única; el agua estaba cortada, no se podía ni hacer caca. Las cabañas tenían cocina y habíamos comprado de todo para hacer una cena piola con la Claudia y mi mamá, pero sólo nos habían dado una botella de agua con gas en la recepción. Algunos colegas de mi mamá negociaron unas botellas de pisco y pasaron por nuestra cabaña a invitarnos. La Claudia se puso su blazer y sus zapatitos de una y salió con ellos, aunque no la habían invitado, porque ni siquiera tenía autorizado quedarse con la orquesta, pero ella sorteaba todos los protocolos y convencía a todo el mundo de todo y allá estaba, en una de las cabañas, discutiendo de política con los músicos al pulso de las tapitas de pisco. Y mi mamá se quedó, serena con su decisión de llevar a su hija a la gira y guardarse por una vez de los carretes. Le preocupaba más no tener agua para lavarse el poto, porque siempre que le da ansiedad se lava el poto. Comimos unas galletas de agua con lo que quedaba de mi colección de mermeladas y nos fuimos a dormir. 

Al otro día en la mañana, cuando la Claudia yacía como un globo desinflado en el camarote de arriba, mi mamá se levantó al baño y todavía no había agua. Parte de la orquesta se había dado cabezazos con el pisco durante la noche y estaban deshidratados; nada como una buena caña para buscar pleito, y a primera hora figuraban todos en las puertas de sus cabañas, separados por una lluvia espesa que no paraba de caer, gritándose de allá para acá que cómo era posible, que qué falta de respeto, que sin agua no hay ensayo, que sin agua no hay función. Y mi mamá, que tengo a mi hija aquí, que con quién hay que hablar para lavarse el poto en este puto lugar. Hasta que llegó un funcionario, un tipo estándar, medio calvo, amable y bien vestido, y se paró bajo su paraguas en medio de las cabañas a hablar en nombre del hotel, a pedir disculpas por la demora en las reparaciones, y a pedir que tuviéramos paciencia, que la lluvia dificultaba la obra. La Claudia entendía a medias lo que decía el funcionario y escupía el código del trabajo con la lengua seca, pensando quizá en su megáfono, que sin duda estaba en el volvo azul en alguna calle de Valdivia.

“Seguramente tienen agua que podamos calentar para lavarnos”, dijo mi mamá, pero el funcionario desvió la vista hacia los caballeros de la orquesta y siguió con sus disculpas. Mi vieja era animal de sindicato, sus colegas la conocían bien, sabían cómo se ponía cuando no la escuchaban, y ni siquiera trataron de detenerla. Salió de la cabaña mirando al tipo, se sacó la ropa, le pidió a la Claudia que le trajera jabón, y se lavó el poto bajo la lluvia. 

Los ojos de la Claudia brillaban. Todas las García somos nudistas, eso se sabe, pero ahí estaba su tía, ejerciendo el acto de protesta con el que ella siempre había soñado, y los colegas, que se habían bancado varios carapálida en las reuniones del sindicato, reían y aplaudían, porque estaban con caña, secos por dentro, aburridos y enojados y la cara del funcionario era un regalo.

Mi mamá se entró como una boxeadora cuando vuelve a su rincón, la Claudia esperándola con una toalla y toda la admiración que le cabía en el pecho. En minutos volvió el agua, mi mamá se ganó una invitación a cenar en un restorán de su elección y supe hace poco que la Claudia se graduó en derecho laboral.

 

Delfina Harms (1990). Estudió Licenciatura en Música y Luthería de cuerda clásica en el ex Pedagógico. En el año 2013 se mudó a París para continuar sus estudios y comienza a dedicarse a la escritura. En 2014 se instala en Marsella donde migra de la luthería al grabado y publica su primer libro ilustrado, “Perro Tigre”, presentado en Santiago en Agosto de 2017. En 2019 publica el libro “Nosotras las niñas” con la editorial LarvaPress. Actualmente forma parte del Taller Calicanto donde desarrolla arte gráfico y editorial.

 


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El arte como expresión del espíritu

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El arte como expresión del espíritu

El arte, como expresión física de los seres humanos, ha dado cuenta del espíritu de cada generación, contándonos su historia, sus anhelos y desencantos; en tal sentido, podemos leer la época de la epopeya, donde la virtud en la guerra y la belleza, eran los deseos primarios de los hombres; o en la época medieval, donde la arquitectura cobró vida al retratar la creación; y aunque a los mismos dioses les hayamos otorgamos nuestra vanidad, esta nos trajo de vuelta la vista hacia nosotros mismos, renaciendo como centro de todo pensamiento, pintando nuestra humanidad e ilustrándonos con los relatos de quienes nos antecedieron.

En 7 líneas no se podrá dar cuenta de la historia de los hombres a través del arte, ni tampoco esa ha sido la encomienda de este escrito, sin embargo, cuestionar nuestro espíritu, es un acto tan sublime, tan humano, que no fue proyectado en los otros. ¿Cuál es el relato de nuestro espíritu? Es decir, ¿Cuál es su historia y su sentir? ¿Qué atributos le damos la generación actual? Es la reflexión del ser colectivo desde el ser individual, expresado en ocasiones mediante el arte. ¿Qué expresa nuestro arte? En la actualidad, la música se presenta como el escenario de mayor predilección social, la encontramos en todas partes en conjunción con otras artes, e igualmente ha estado sujeta a las transformaciones generacionales que se han presentado.  

Como se ha dicho, la observación de la industria musical actual, es una observación de nosotros mismos. En principio, se entrevé el cambio sustancial del proceso y el objeto de este arte, el cual pasa a adaptarse a las exigencias del mercado y, en consecuencia, a su producción; a diferencia de antaño, el artista deja de ser el transmisor del espíritu, pasa a ser un producto más de consumo, y la trasmisión, queda a cargo de un equipo técnico de conocedores de la industria, sus demandas y expectativas. La virtud y lo transcendental ya no tiene cabida en la nueva búsqueda, la de utilidad, son los placeres finitos los que garantizan el arte como expresión del espíritu l éxito comercial, el éxito de esta generación, el discurso que compramos, de acumular, guardar y desechar.

El contenido artístico cuenta con nuevas herramientas, nuestras nuevas compañeras de existencia, el arte está sujeto a tecnologías que son las encargadas de reemplazarnos progresivamente, al punto de que el artista solo necesita ser comercial, vendible en apariencia, hasta que ello sea remplazado por lo digital.

Sin embargo, cualquier hombre que se ha superado, ha de desprenderse de la omnipotencia que se les ha otorgado a nuestros nuevos dioses, e iría en la búsqueda del arte genuino, aquel sin el cual la vida incurriría en un error; es decir, sin la apreciación del verdadero arte, de la transmisión de lo que somos y no de lo que aparentamos ser, lo que nos han vendido y hemos aceptado sin juicio alguno a beneficio de unos pocos. He ahí la importancia de los artistas que no siguen discursos de las doctrinas que hoy en día imperan, que se alejan del sistema de valores predominante, y plasman sus propias historias y sentires, abandonando la dirección que toma el rebaño, siguiendo sus propios instintos; individuos que representan a quienes sentimos que algo está mal, que aún se sostienen sistemas que atentan lo que somos, considerando que aun el espíritu generacional debe seguir floreciendo, y por el disfrute de placeres temporales ello no puede perecer. 

El espíritu colectivo es uno solo, es la historia de los hombres, nuestra historia, una narrativa tan compleja como nuestra composición misma, como el universo mismo.  No todos los hombres han gozado del ser los transmisores del espíritu, esto ha sido atesorado por quienes llamamos artistas, y el arte, no podemos dejarlo reducido a las condiciones del mercado, en donde lo que no vende, no se hace, no podemos reducir de esa forma nuestro espíritu, ese no puede ser nuestro ocaso. 

Queda en manos del orfebre, cualquiera que sea su objeto y su metal, dar cuenta, cuando nuestro espíritu experimente nuevas historias y sentires, como fue nuestra experiencia y nuestro lugar.

 

Luis Felipe Gonzalez Gallego. (Cali, 16 de enero de 1996) Estudiante de ultimo año de ciencias políticas de la universidad del Valle, Colombia.