estrujar-las-piedras

Estrujar las piedras

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Estrujar las piedras

Para bien o para mal, escucho música hasta que el placer se disipa por completo. Con esto me refiero a que, una vez descubierto el artista o banda, reviso todo lo que hay disponible, lo repito una y otra vez, lo celebro, recomiendo, quemo discos para ponerlos en el auto mientras manejo, incluso, ahora último, lo llego a bailar levemente mientras hago aseo con los audífonos puestos. Hace unas semanas le decía a un amigo que tal vez no es que a uno le gusten ciertas cosas, sino que simplemente se entienden, y, al entenderlas, se produce el goce y posterior obsesión, locura que tiene fecha de vencimiento o por lo menos un final provisorio, asunto impensable cuando se comienza el viaje a través de los discos. 

Camarón de la Isla y Moondog fueron los últimos en sacarme del tedio de no tener nada que escuchar. Evidentemente disímiles y parecidos en la definición de la expresividad -tal vez eso transforma la música en buena música: la claridad de sus posibilidades y límites-, devoré cuanto había de cada uno de estos. Los tiempos de Camarón fueron largos y tal vez un poco cansadores para mi entorno, no solo escuché todo, además aprendí algunos acordes -todo esto en España- y los importé a Chile, contagiando a mi primo y a un par de amigos. Dos o tres cervezas y estábamos buscando la manera de cantar una “alegría”, “solea”, “bulería”, hablando del “duende” que tenía José Monje Cruz, admirando su chocopanda, joyas de oro, soñando con ser gitanos. El disco “La leyenda del tiempo” aun puedo oírlo, pero sin la emoción de antes. Que quede claro: adoro a Camarón, a Tomatito, a Paco de Lucía, a Paco Cepero a La Perla de Cádiz y a Rosalía (aunque sea paya).

A Moondog lo había escuchado pero sin saber quién era. Esa típica situación de escuchar algo a medias en la radio o de música de fondo de una película -después caché que era de él la música del documental sobre Roberto Bolaño El último maldito de la Televisión Española. Fue un amigo, el escritor y músico Sebastián Astorga quien me tiró un link de mala gana -por que siempre lo molesto con lo mismo-. Se trataba del disco homónimo de Moondog, artista llamado realmente Louis Thomas Hardin, apodado “El Vikingo de la Sexta Avenida”, quien solía ganarse la vida como músico callejero en Nueva York. El disco me voló la cabeza. Aunque lejos el que más me impresionó fue “Moondog and his Friends” de 1954, con aires orientales, bongós, marimbas, flautas, un gong y un relator. Una verdadera maravilla que ahora, me doy cuenta, vuelvo a disfrutar. Por eso hablaba de fechas de vencimiento y finales provisorios. A las bandas mediocres es imposible volver a disfrutarlas. Moondog está muy lejos de eso. Por el contrario, el tiempo le hace bien.

Gabriel Zanetti (Santiago, 1983). Es autor de Cordón umbilical (2008) y coautor de Prohibiciones y títulos (2015). Es uno de los fundadores de Revista Lecturas y Lecturas Ediciones. Trabaja como editor y profesor de escritura.