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Dibujar un disco: trizas, trazos y burbujas

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Dibujar un disco: trizas, trazos y burbujas

¿Y qué nos pasa cuando creamos algo? ¿Qué se juega en ese hacer, y en los deshaceres que se borran con el codo? ¿Qué pasa con esas carpetas que se acumulan en el estudio del dibujante o en el disco duro del músico auto editado? ¿Conciencia de recicle de ideas abandonadas, o el ego que se resiste a dejarlas? ¿Cuáles son los desvíos, retrasos y extravíos que evitamos a toda costa cuando nos empecinamos no perder la vía regia, el ancho sendero? ¿De qué nos perdemos cuando no nos soltamos?

El otro día Lissette y yo veíamos un documental sobre Hayao Miyazaki, sobre el proceso de creación de Ponyo. Decir que la obra no es más importante que el proceso que conduce a ella resulta un eufemismo aceptable, pero cuando hablamos de cine y dibujo de animación, parece que nada en el resultado final permite atisbar un asomo de trazo, de pluma empuñada, en el producto cinematográfico. 

Sin embargo, el documental deja de manifiesto cómo el proceso creativo es una especie de demonio que le come las calcetas al autor. Jugando a despecho del equipo, patea la canilla y no el balón, en vez de convertir el golazo en misión cumplida. Los productores le enrostran el atraso al artista. Le preguntan si puede tener los guiones gráficos a fin de mes. Miyazaki se agarra la cabeza. La presión por hacer una película entretenida para tod@s lo conduce a traicionar su propio proceso creativo, y en esa traición se juega su proceso de vida, aunque, dicho proceso creativo arranca con la decisión de traicionar un estilo anterior, que emana a su vez, de otro proceso. 

Se va tejiendo así una trama tormentosa con este demonio que le hace la guerra a su propio rostro: la obra. Cuánto fulgor, sobre la palabra obra, a pesar de ser tan susceptible como producto, y qué industrial suena la palabra proceso, que habita en el cigarrillo apagado que cuelga en los labios de Miyazaki mientras se afirma la cabeza frente al boceto, con los ojos salados de lágrimas, como el mar de Ponyo. Intenta resolver qué va a pasar con la abuela del protagonista, la cual representa a su propia madre. El proceso entero de su vida se vierte sobre la hoja, toda esa materia densa de emoción y memoria sobre la cual se resolverá la escena crucial de la película. 

El proceso es el conflicto, el tinku, la alternancia de fuerzas contrarias que se encuentran y se enfrentan, igualándose, taoístamente. La obra muchas veces es la resolución violenta al conflicto, cuando los plazos, la venta, la producción exige la llegada ansiada del estreno, del lanzamiento. 

¿Qué se enfrenta a veces en el proceso? Qué se frustra, ¿qué se traiciona, ¿qué persevera?

 La lucha de Miyazaki por dar vida a Ponyo rompe con las expectativas occidentales respecto del proceso creativo, en tanto exitista, efectista y lineal. 

A propósito de tinku, una tensión similar se da entre la cosmovisión andina y la estética clásica. Para la cultura Aymara, toda idea de perfección está más cercana a la esterilidad que al genio. Para el espíritu griego, siempre la copia debe ser más mala que el original (“el 7.0 es pal’ profe”). El original es siempre el ideal, lo sublime, lo inaccesible. De ahí quizás esa obsesión con el lujo, con esa exclusividad que compra el éxito… ok, el capitalismo juega a favor del ideal estético de Occidente, y eso se refleja, por ejemplo, en cómo la tecnología avanza gracias al consumismo extasiado. Sin embargo, lo que pasa con ésta es que juega en contra del ideal griego clásico, pues hace que la copia le dé mil patadas al original. 

¿Qué original nos queda entonces? ¿El original primario, ideal? ¿el original serializado al infinito, o el original en tanto que singular, en tanto que falla?

Volvamos a la cultura Aymara. Comparemos la cerámica precolombina con la Occidental. En el “proceso” se forman burbujas, que luego se tornan grietas, trizaduras. En el proceso serial industrial, obra que queda con grietas, obra imperfecta y por tanto, se destruye. En esa trizadura, en ese error inimitable, en esa burbuja que revienta, grita sin ser escuchada una idea de estilo.

Hace unas horas, logré grabar en la memoria de mi loopera una maqueta de guitarra para un vídeo que intentamos producir a distancia con la banda en la que toco, Soto es mi Copiloto. Lissette me aconseja grabarla dos veces, por si acaso. Yo le digo que igual tenía pensado grabarla de nuevo, que igual “no quedó perfecta”, a lo que me dice: “Si quieres que quede perfecta, entonces que lo haga una máquina”.

Miyazaki traicionó su estilo tradicional por un trazo más sencillo, menos ambicioso, dejó la acuarela y sacó los pasteles. En la música, quizás no haya mayor borradura del error, de la burbuja que en el proceso de grabación, edición y mezcla. Quizás no vendría tan mal, dejar los trazos curvos, angulosos, inexactos en la pista grabada, como este texto, que abusa de sus propios límites aun forzando su redacción.

Dibujar sonido en los estudios de grabación. Traicionar la técnica, la academia, experimentar. Exponer el genuino error como la piedra que jamás quiso ser diamante y revelar, de una vez por todas que lo que aquí llamamos obra, no es más que el pretexto por donde se asoma ese monstruo inacabable que, de cuando en cuando, busca compartirse.

Mario Ley (Baldío). Padre de Celeste Ley, Músico Callejero, compositor, intérprete y profesor de filosofía (por orden de importancia). Perteneciente al SIMM, Sindicato Independiente Musical Metropolitano y al proyecto poético, performático y musical Soto es mi Copiloto.