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La música como única contaminación que no asusta

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La música como única contaminación que no asusta

En el encierro obligatorio la angustia no solo se expresa en el querer salir a comprar a la esquina, o ir a ver a algún amigo a su casa por el puro hecho de estar en la calle. Este tipo de necesidad nunca estuvo presente en mi vida – más bien siempre ha sido un problema ya que el contacto social me puede poner bastante ansiosa en algunas situaciones.  O sea, lo he pasado bien sin poder salir y sin tener que encontrar excusas para no hacerlo. 

La angustia del encierro que más ha aparecido en estos días es la de tener ganas de viajar, de estar en otros lugares del mundo. Acá, en el horizonte veo una muralla gigantesca de montañas que solo acentúan la sensación de que no hay salida, aunque salga. 

 La trampa para lidiar con eso es escuchar música. Cercar la mente con paisajes sonoros y olvidar el espacio físico por varios minutos. Al que también le vienen las ganas de mirar el mundo y prefiere no aburrirse con la “mesmedad”, le conviene oír música de otros países o finalmente poner oreja a aquellos artistas que estaban en la lista de intereses (que crece a cada semana y nunca es revisitada). Posponer parece no tener excusa en el encierro, lo que multiplica la ansiedad por querer huir. 

Transformando ese texto lleno de clichés en uno de tips para superar la cuarentena: hace poco recibí el link de una plataforma de música a través de la cual se puede oír diferentes estilos, épocas y países en un solo lugar (Les dejo el enlace aquí). Con esa página he volado por todos lados, creado un par de teleseries mentales e incluso redescubierto artistas que habían caído en mi olvido (como casi todo en mi vida de memoria miserable). 

The Musical Time MachineSeleccionando países y épocas diferentes en la plataforma, también se percibe que nos influenciamos de las maneras más obvias. Los 80’s fueron marcados por beats electrobailables en muchos lados, las investigaciones de los 70’s se profundizaron en las más variadas culturas, sea hindú, pachamamica, carnavalesca u otras. Así como el virus y la contaminación, la música viaja por el aire y llega a los oídos más lejanos. Dicen incluso que queda vibrando por mucho tiempo hasta finalmente desaparecer (o no - el silencio no existe).

Cambiar las épocas con solo un clic del mouse, también es una manera de hacer comparativos incluso de la evolución musical, como el surgimiento de ciertos instrumentos y ambientes en las composiciones. Claro que eso es una observación básica ya que la música acompaña también el desarrollo social y humano. Aun así, es genial reparar como estos aspectos humanos e históricos se traducen en melodías y armonías que transmiten emoción, capaces de transformar el espacio físico al tan solo influenciar la mente.

 

Ana Oneda (Santa Catarina, 1991). Es brasilera, periodista y traductora. Escribe crónicas, ensayos y poesía. Su voz está en la no-ficción y en el interpretar las miudezas de la vida cotidiana.

 

 

 

 


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Es mejor quemarse que apagarse lentamente

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Es mejor quemarse que apagarse lentamente

Angra pisaba suelo nacional y yo, siendo un cabro soñador y fanático, compré mi entrada con plata que no tenía y aseguré mi puesto. La noche anterior al concierto, celebramos el cumpleaños de un amigo muy religioso, y pasamos en banda tomando cerveza y fumando porros. Escuchamos toda la noche el disco que venían promocionando: Rebirth. Renacimiento. Fuimos los parias escogidos de forma unánime. Hicimos una fiesta aparte. Los demás invitados, igual de creyentes en la santísima trinidad y el flaco INRI, estaban escandalizados con la barbarie y la desvergüenza de los adoradores de satanás. Se iban porque la música era mono temática y aburría a cualquiera escuchar los mismos temas más de dos veces seguidas. Antes de irnos por la puerta chica y con miradas agrias de los dueños de casa, vaciamos la cocina y la despensa comiendo panes con mayo Click y vienesas crudas. Sabíamos que se nos venía un día largo y no teníamos plata para nada. Había que echar mano a la generosidad de la familia Flanders. Tomamos la micro en la plaza de Quilicura a eso de las 6:20 de la mañana un día sábado. Llevábamos las entradas a la vista, como si eso fuera carta de salvación de los cogoteros que siempre andan por ahí a esas horas. La gente iba a sus trabajos y nosotros recién apagando el último pucho arrugado que nos quedaba. Señoras bañadas, hombres con olor a colonia Flaño y el chofer que nos llevó de malas pulgas por quinientos pesos. En esos tiempos la tarjeta Bip era un artefacto del imaginario de Blade Runner. Nos fuimos tomando unas latas de chela que fondeamos a medianoche. Las reservamos, para ser más precisos con el lenguaje, y cruzamos la ciudad hasta Manuel Montt con Providencia. Corrimos desde la bajada de la micro hasta la entrada del Teatro Providencia. Fuimos los primeros en llegar con nuestras entradas aún en la mano, blandengues de sudor a esas alturas. Ni siquiera el guardia del lugar estaba. Era un hecho que seríamos los primeros en entrar y, de puro contentos, nos pusimos a bailar y corear canciones en un inglés tan charcha como apasionado. Era la demostración de felicidad más honesta de la hinchada local. Después de eso, caímos dormidos en un sueño pesado y brutal. Despertamos a eso de las 11 de la mañana con el sol machacándonos la testa. Sed. Hambre. Calor. Sudor en la raja. Sin ducharnos y la caña más mala de la historia, pero felices. Los niños nos esquivaban tomados de la mano de su mamá horrorizada. ¿Quiénes serían esos chascones de poleras con calaveras y ángeles? Sacrílegos inmorales hediondos a cantina periférica. 

A eso de las 14:00, recién llegó el guardia del teatro. Traía una bolsa con un churrasco caliente para almorzar. Me dolió el estómago de la envidia. Tenía una actitud de funcionario marca tarjetas. ¿Qué iba a saber de Angra ese? Le preguntamos si podíamos pasar al baño y ni nos miró. Meamos el árbol que estaba afuera del Teatro Providencia. Actualmente Nescafé de las artes. Siempre se me ha escapado la estofa clasista. No es lo mismo mear el forestal, que mearles las veredas a los, en ese tiempo, regalones del Labbé. Litros de pichí amarillo regaron el arbolito. En eso llegó Pablo. Un cabro chico que tenía no más de trece años y sabía más de música que yo y mi amigo juntos. Era una especie de Alfredo Lewin. Además, manejaba un inglés perfecto. Le preguntamos respetuosamente si le podíamos decir Pablito. Accedió gustoso. Nos contó que el papá de Bruce Springsteen fue veterano de la segunda guerra mudial (en realidad yo me enteré que existía alguien con ese nombre), nos dio su teoría de por qué Sepultura había nombrado Roots a su álbum, y nos recitó un fragmento de la carta que dejó Kurt Cobain antes de suicidarse: “Soy una criatura voluble y lunática. Se me ha acabado la pasión, y recordad que es mejor quemarse que apagarse lentamente.” Así, escuchando anécdotas del rock mundial, se nos pasó la tarde con nuevo amigo y un recital inolvidable que era inminente.

Al abrir las puertas corrimos desaforados y agarramos el centro del escenario, encaramados en las vallas papales. La primera fila era nuestra. Salieron a tocar por dos horas. Con mi amigo y Pablito sabíamos de memoria las canciones del disco. Los integrantes de la banda nos miraban asombrados, si el disco había salido hace poco más de una semana y nosotros lo coreamos como si fuese el disco de cabecera por décadas. Al terminar, el baterista, Aquiles Priester, se acerca al borde y me regala las baquetas. A mi amigo, Kiko Loureiro le regaló su uñeta. Yo en ese tiempo era batero y mi amigo guitarrista. Demasiada coincidencia. Demasiada magia en esa memorable noche. Una vez fuera, sin caña y sin voz, no volvimos a encontrar a Pablito. Estaba triste. Tenía la mirada del perro apaleado. Nos confesó que él también era guitarrista, pero que no había podido conservar la uñeta que agarró del suelo, porque un grandote se la había arrebatado por la fuerza. Con lágrimas en los ojos pidió ver de cerca la de mi amigo. En honor a la amistad genuina que se había formado en la fila, se la pasó. Pablito la miró y en un arranque de ardilla furiosa salió corriendo a toda velocidad en dirección a Andrés Bello. Nosotros corrimos fuerte atrás de Pablito, que además de saber mucho de música, era muy rápido. Un virtuoso en muchos aspectos. Mi amigo era atleta del colegio y lo llevaba pillado. A menos de dos metros. Cuando Pablito quiso hacen una finta y regresar, lo agarramos y lo bajamos de un zapatazo en el hocico. Un par de combos y le abrimos la mano en que tenía empuñada la uñeta. Mi amigo le preguntaba ¿Por qué? ¿Por qué me hiciste pegarte? Pablito sangraba y pedía que se la regaláramos por favor. La respuesta era un no rotundo. Mi amigo tomó su uñeta y caminamos en dirección al poniente, jadeantes y tristes de perder a Pablo. Se había acabado espacio para el diminutivo. Cuando íbamos un poco avanzados nos gritó: “Es mejor quemarse que apagarse lentamente”. Lo vimos perderse dando manotazos al aire y agarrándose la cabeza. 

Cerca de la plaza de la aviación, volvimos a mear, esta vez los emblemas patrios. Siempre se me escapa la estofa rebelde. Ya con la vejiga vaciada, nos fuimos caminando con el frescor de la noche hasta Santa Rosa con la Alameda. Nos reímos de Pablo, y el viento nos enfriaba la transpiración. Caminamos felices y mudos. La única forma de comunicarse fue repasando las canciones que acabábamos de escuchar, cantadas con el mismo inglés charcha, pero esta vez yo con mi batería imaginaria y mi amigo haciendo los mejores riffs de la historia. 

 

Vicente Larenas Añasco. 1983. Dramaturgo, director y actor de teatro. Fundador de la compañía Caldo con Enjundia teatro-Chile. Colaborador en Revista Lecturas.

 

 

 

 

https://open.spotify.com/artist/7IAXZaLTb6nkJr8RmVPn5y


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Regresar a Casa: Impresiones musicales en cuarentena

regresar-a-casa-impresiones-musicales-en-cuarentenaFotografía por Pablo Cheng

Regresar a Casa: Impresiones musicales en cuarentena

La primera foto que tomé esta cuarentena fue ese día que volví del campo. Estaba en la Estación Central, necesitaba ir al baño y recordé que en el patio de comidas había uno gratuito. Hacía frío, recuerdo, de hecho andaba con chaleco y la gente escaseaba, pero no las mascarillas y los vendedores de productos higiénicos. 

Si el apocalipsis ocurre, esas serán las imágenes de Santiago impresas en las membranas de los ojos. 

Pensaba, bajándome del tren, en Rodchenko. El viaje de San Bernardo a la Alameda cobraba la impresión de una escala de grises nítida, perspicacia de la mirada ante las posibilidades de los ángulos de las cosas. 

La primera foto que tomé días antes de la cuarentena oficial y días antes de mi encierro por completo en la casa, fue a las sillas apiladas sobre las mesas del patio de comidas del mall Arauco Estación. La luz incandescente sobre el material plástico de las sillas, la luz pálida que caía sobre el diseño futurista de estas: ángulos rectos, orificios en el respaldo, grises, damascos. Y filas que me recordaron al disco One hundred mornings de Windows 96 que tengo pegado y que oímos con Osvaldo, amigo músico, en su departamento que da a la intersección de Portugal con la Alameda.

El disco del brasileño Windows 96 (como se llamaría la actualización cancelada de Windows 95) tiene su raigambre en el lenguaje transmental de Velimir Jlébnikov. Una poesía sonora suprematista que se repliega más en las huellas de los signos que en la armonía pura y dura de lo melódico. Algo así remarca “Calígula” de One hundred morning, tema que hace lo que quiere con los synths. 

Pero no quiero detenerme solo en Windows 96. Los sonidos, de algún modo, se han solidificado durante la cuarentena. Algunos han hablado de la baja de la contaminación acústica, pero cuando fui a la Vega me di cuenta de que no. Seguíamos en el Santiago ochentero aspiracional, pero permanecíamos con las fauces abiertas si un mendigo –como vi en la compra de quesos en Arturito– dormía con la cabeza apoyada en la pared y vomitado de porotos con riendas. ¿Higiene? ¿Inmunidad? Poco y nada. 

La segunda foto que tomé y las siguientes han sido con una cámara Minolta 7000 AF, del año 85, copada por botones, la primera en ofrecer enfoque automático y avance motorizado del rollo. Mi ventana da al cerro San Cristóbal y al estacionamiento del edificio. Cada día, en un acto voyerista, fotografío los vehículos, la posición que toman en su espacio rectangular, delimitado. Camionetas de fletes, autos sedan, jeeps, incluso carritos de super he visto desde la altura del cuarto piso, altura que considero adecuada para fotografiar y conseguir planos que emulen cenital, nadir, qué sé yo. 

La verdad es que alucino con la portada de Construction time again, disco de Depeche Mode. Si pudiera copiar y fotografiar esa imagen lo haría mil veces. Un hombre con un martillo contra las piedras de una montaña. El azul opaco del cielo. Como si fuera la pintura apocalíptica El mar de hielo de Friedrich. O más allá: como Horizon perdido de Erik Bulátov, cuadro en que se representan personas vestidas a “la soviética” (como señala Boris Groys en Obra de Arte Total Stalin), y caminan por la playa hacia un horizonte marino, pero rojo, una línea plana, horizontal que atraviesa el cuadro. 

La pintura, como el tema “Landscape is changing”, posee esa negatividad engañosa del progreso, la desaparición del horizonte, la muerte de toda espiritualidad incluso. En los sonidos industriales de la canción y en la pintura de Bulátov se conserva ese germen que nos encierra y nos vuelve planos, bidimensionales, abstractos, etcétera. 

Sin embargo, el horizonte, el paisaje, necesitan recrearse. Y hoy, en cuarentena, tanto Windows 96 como Depeche Mode nos precisan que el futuro se aproxima rápido, más de lo que hemos creído. Es hoy.

 

Pablo Cheng (1995). Publicó la novela Charapo (Cuneta, 2016).