El Punk y las mujeres

El Punk y las mujeres

Hace varios años que no escribía de música. Del 2005 para ser más exactos. Con un amigo de la vida teníamos un blog que ya no existe y también nos demorábamos una eternidad en subir podcasts de solo 30 minutos.

Esa última vez la idea era escribir de las mujeres en la escena rockera, desde los ochentas hasta ese año, pero fue derivando inevitablemente hacia el punk femenino y lo que después en los noventas se conoció como Riot Grrrl!, un movimiento feminista que nació de un fanzine en Estados Unidos y que continúa hasta el día de hoy.

Pero estas líneas no tienen por objetivo narrar la historia del feminismo o del punk femenino, sino que, de alguna manera, recordar que los contenidos y las letras de las canciones de esa época siguen muy vigentes. Por ejemplo, Rebel Girl de Bikini Kill, que hablaba sobre una mujer empoderada y todas querían seguir su ejemplo, o Shut Your Face de Bratmobile, que reclamaba a la sociedad que se seguía matando y desapareciendo a las mujeres y nadie hacía nada.

Eran tiempos violentos, sin duda, pero también lo fueron en los setentas y lo siguen siendo ahora. Por eso me acuerdo de las rebeldes de The Runaways y por qué no, de las provocadoras del nuevo milenio, las Pussy Riot.

Hoy día la música hecha por mujeres -no necesariamente punk- profundiza el feminismo y todo lo que ello conlleva: parar los femicidios, terminar con las diferencias de los sueldos entre hombres y mujeres en un mismo trabajo, acabar con el sexismo y promover el derecho al aborto libre, entre otros temas.

En Chile, pareciera ser que este movimiento está renaciendo, de la mano de las últimas manifestaciones del 8 de marzo. En este contexto, destaco a las Sin Lencería y las Portaligas, bandas que intentan devolver el punk y el rock a un lugar que no debió perder nunca.

Les dejo una lista que publicó la revista Pitchfork con las bandas más destacadas del punk feminista.

https://open.spotify.com/playlist/3QwZzySAgDTQyzT1aMBB8K?si=srtdYtNhS9-QnSnpEVFEEw

 

Andrés Zanetti (Santiago, 1974) Periodista y Comunicador Audiovisual, a veces ejerce de adulto.

 

 

 

 

 

Otras canciones:

The Runaways - Cherry Bomb

https://youtu.be/_EBvXpjudf8

Pussy Riot - Straight Outta Vagina

https://youtu.be/Bp-KeVBNz0A

Bikini Kill - Rebel Girl

https://youtu.be/mZxxhxjgnC0

Bratmobile - Shut Your Face

https://youtu.be/LkrQb19XjtY

Sin Lencería

https://youtu.be/J8EyHWGgj5U

Portaligas

https://youtu.be/IWe6rRylYzc

 


cantar-o-declamar

Cantar o Declamar

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Cantar o Declamar

A los chilenos nos fascinan los discursos. Algunos los recitan de memoria y otros los homenajean en canciones. Es algo recurrente, que no parece ser casualidad ni depende del género musical. Desde Anita Tijoux hasta Newen Afrobeat, nos encanta encontrar alguna grabación metida entremedio de las estrofas que escuchamos. Ni siquiera Chico Trujillo pudo contenerse a poner un discurso de Allende en alguna canción, y más de una vez he escuchado La Bala de Calle 13 o Semillas de Muerdo sonando por Santiago. 

Se nos infiltraron hasta en el Festival de Viña. ¿Cuántos salieron a reclamar que, para ser un festival de música, hubo demasiadas reivindicaciones? Los productores debieron estar vueltos locos desviando la toma de todas las pancartas con “Piñera culiao”, y no supieron para dónde apuntar la cámara cuando Mon Laferte, entre otros, comenzaron a declamar algunas palabras contra el gobierno. No podía ser de otra manera: el descontento masivo exigía una posición clara frente a la contingencia como un requisito imperativo para poder pasearse por el escenario más popular de la región.

Es más, es difícil encontrar un concierto de Laferte sin alguna denuncia. Tanto así, que yo me enteré de ella cuando increpó a un periodista mexicano que se atrevió a preguntarle sobre las adversidades de ser mujer en la industria de la música. Escuché su respuesta y después busqué sus discos, y no es la única. 

Lo que nos gusta recordar es lo dicho, pues somos “un país pequeño pero que en una sola generación ha dado dos Premios Nobel de Literatura”, cuyos poemas han sido homenajeados en numerosas canciones. Somos un país de palabras, con una cultura oral heredada desde hace muchos siglos, que escribe su propia historia hablando, gritando y cantando; a menudo las tres al mismo tiempo. 

Mi madre una vez me dijo que no le gustaba el rock and roll porque “nomás hablan de puro drogarse y fiestear”. Ella no veía el sentido de bailar al son de un keytar ochentero en una ‘discotèque’ cuando unas cuadras al lado desaparecían gente. Las canciones de protesta siempre fueron su refugio secreto de resistencia. 

Quizás la música en nuestro angosto país andino es el grito ahogado de nuestra historia que se filtra por las grietas de los dedos fracturados de nuestros músicos. 

De ser así; tendría sentido porque Chile, a pesar de ser un país pequeño [“pero que en una sola generación…”] se ha vuelto un gran exportador de canciones de protesta y para protestar:

Recuerdo cómo se me erizó la piel cuando escuche “El Baile de los que Sobran” resonando en las marchas de Colombia. Y bueno, ni se diga de “Un Violador en tu Camino” …

De hecho, yo no tenía idea de que “el pueblo unido jamás será vencido” de Gimme da Power - el cual escuchaba a escondidas, porque Molotov estaba prohibido en mi casa por “majaderos” - era prestado de Inti Illimani. Supongo que a mi madre no le tocó ser “joven y revolucionaria” cuando la guitarra eléctrica empezó a gritar inconformidad en el mundo con Tom Morello o con el Tri y La Maldita Vecindad en México, porque ella ya había escapado del hemisferio Sur cuando Spinetta y Charlie García comenzaron a llenar conciertos.

Es posible que de ella haya sacado mi necedad política; mi obstinación a escribir algo forzosamente politizado…

Porque el chileno es inevitablemente político. Tenemos que ponernos de un lado de esta frontera tercamente ligera, segregando las mismas dos nociones moribundas, que tajan nuestras familias hasta seccionar nuestras ciudades. Y, a pesar de que el arte tiende a trascender más allá de cualquier matiz o color, pareciera que acá se resume en una sola ecuación: los que producen arte son de izquierda y los que compran son de derecha; el artista lanza con fuerza el balón al otro lado, y quien sea que le achunte le regresa el dinero con la misma intensidad. Víctor Jara y Violeta Parra, por ejemplo, están y estarán eternamente atorados del lado izquierdo de este interminable partido de “quemado” que nos rehusamos a detener.

O bien todo esto podría ser simplemente algo latino: toda Latinoamérica siente en el fondo que el Ojalá de Silvio escondía un mensaje secreto, dirigido al dictador de su respectivo país, como lo hizo Chico Buarque con Castelo Branco. Tal vez la música en América Latina se filtró como una resistencia a las diversas imposiciones culturales de la conquista, como un lenguaje secreto que vehiculaba una cultura que se negaba a ser reemplazada, como lo han sabido hacer en África, y que quizás ellos mismos nos enseñaron al retumbar sus percusiones en Brasil y el Caribe. 

Por mi parte, yo vivo en una constante pelea interna, pues mi mitad chilena insiste en trazar una línea de color político, y por detrás mi mitad mexicana la difumina. ¿Qué más puede esperarse de un país que formó un Partido Revolucionario Institucional para derrocar una dictadura, y que ese mismo partido se impuso por más de setenta años?

Supongo que es ahí donde radica la diferencia más fundamental: en México, el arte y la política brotan implícitas, sin necesidad de decirse, mientras que en Chile son una sola cosa, y ambas se declaman.

Matías A. Covacevich (1997). Mexicano-chileno. Licenciado en Ciencias Cognitivas y post-titulado en Comunicación de las Ciencias con un curriculum a la Jackson Pollock. Comunicador científico y escritor frustrado, pero obstinado. Recorrido profesional rimbombante en Letras aún pendiente. 

 


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Dibujar un disco: trizas, trazos y burbujas

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Dibujar un disco: trizas, trazos y burbujas

¿Y qué nos pasa cuando creamos algo? ¿Qué se juega en ese hacer, y en los deshaceres que se borran con el codo? ¿Qué pasa con esas carpetas que se acumulan en el estudio del dibujante o en el disco duro del músico auto editado? ¿Conciencia de recicle de ideas abandonadas, o el ego que se resiste a dejarlas? ¿Cuáles son los desvíos, retrasos y extravíos que evitamos a toda costa cuando nos empecinamos no perder la vía regia, el ancho sendero? ¿De qué nos perdemos cuando no nos soltamos?

El otro día Lissette y yo veíamos un documental sobre Hayao Miyazaki, sobre el proceso de creación de Ponyo. Decir que la obra no es más importante que el proceso que conduce a ella resulta un eufemismo aceptable, pero cuando hablamos de cine y dibujo de animación, parece que nada en el resultado final permite atisbar un asomo de trazo, de pluma empuñada, en el producto cinematográfico. 

Sin embargo, el documental deja de manifiesto cómo el proceso creativo es una especie de demonio que le come las calcetas al autor. Jugando a despecho del equipo, patea la canilla y no el balón, en vez de convertir el golazo en misión cumplida. Los productores le enrostran el atraso al artista. Le preguntan si puede tener los guiones gráficos a fin de mes. Miyazaki se agarra la cabeza. La presión por hacer una película entretenida para tod@s lo conduce a traicionar su propio proceso creativo, y en esa traición se juega su proceso de vida, aunque, dicho proceso creativo arranca con la decisión de traicionar un estilo anterior, que emana a su vez, de otro proceso. 

Se va tejiendo así una trama tormentosa con este demonio que le hace la guerra a su propio rostro: la obra. Cuánto fulgor, sobre la palabra obra, a pesar de ser tan susceptible como producto, y qué industrial suena la palabra proceso, que habita en el cigarrillo apagado que cuelga en los labios de Miyazaki mientras se afirma la cabeza frente al boceto, con los ojos salados de lágrimas, como el mar de Ponyo. Intenta resolver qué va a pasar con la abuela del protagonista, la cual representa a su propia madre. El proceso entero de su vida se vierte sobre la hoja, toda esa materia densa de emoción y memoria sobre la cual se resolverá la escena crucial de la película. 

El proceso es el conflicto, el tinku, la alternancia de fuerzas contrarias que se encuentran y se enfrentan, igualándose, taoístamente. La obra muchas veces es la resolución violenta al conflicto, cuando los plazos, la venta, la producción exige la llegada ansiada del estreno, del lanzamiento. 

¿Qué se enfrenta a veces en el proceso? Qué se frustra, ¿qué se traiciona, ¿qué persevera?

 La lucha de Miyazaki por dar vida a Ponyo rompe con las expectativas occidentales respecto del proceso creativo, en tanto exitista, efectista y lineal. 

A propósito de tinku, una tensión similar se da entre la cosmovisión andina y la estética clásica. Para la cultura Aymara, toda idea de perfección está más cercana a la esterilidad que al genio. Para el espíritu griego, siempre la copia debe ser más mala que el original (“el 7.0 es pal’ profe”). El original es siempre el ideal, lo sublime, lo inaccesible. De ahí quizás esa obsesión con el lujo, con esa exclusividad que compra el éxito… ok, el capitalismo juega a favor del ideal estético de Occidente, y eso se refleja, por ejemplo, en cómo la tecnología avanza gracias al consumismo extasiado. Sin embargo, lo que pasa con ésta es que juega en contra del ideal griego clásico, pues hace que la copia le dé mil patadas al original. 

¿Qué original nos queda entonces? ¿El original primario, ideal? ¿el original serializado al infinito, o el original en tanto que singular, en tanto que falla?

Volvamos a la cultura Aymara. Comparemos la cerámica precolombina con la Occidental. En el “proceso” se forman burbujas, que luego se tornan grietas, trizaduras. En el proceso serial industrial, obra que queda con grietas, obra imperfecta y por tanto, se destruye. En esa trizadura, en ese error inimitable, en esa burbuja que revienta, grita sin ser escuchada una idea de estilo.

Hace unas horas, logré grabar en la memoria de mi loopera una maqueta de guitarra para un vídeo que intentamos producir a distancia con la banda en la que toco, Soto es mi Copiloto. Lissette me aconseja grabarla dos veces, por si acaso. Yo le digo que igual tenía pensado grabarla de nuevo, que igual “no quedó perfecta”, a lo que me dice: “Si quieres que quede perfecta, entonces que lo haga una máquina”.

Miyazaki traicionó su estilo tradicional por un trazo más sencillo, menos ambicioso, dejó la acuarela y sacó los pasteles. En la música, quizás no haya mayor borradura del error, de la burbuja que en el proceso de grabación, edición y mezcla. Quizás no vendría tan mal, dejar los trazos curvos, angulosos, inexactos en la pista grabada, como este texto, que abusa de sus propios límites aun forzando su redacción.

Dibujar sonido en los estudios de grabación. Traicionar la técnica, la academia, experimentar. Exponer el genuino error como la piedra que jamás quiso ser diamante y revelar, de una vez por todas que lo que aquí llamamos obra, no es más que el pretexto por donde se asoma ese monstruo inacabable que, de cuando en cuando, busca compartirse.

Mario Ley (Baldío). Padre de Celeste Ley, Músico Callejero, compositor, intérprete y profesor de filosofía (por orden de importancia). Perteneciente al SIMM, Sindicato Independiente Musical Metropolitano y al proyecto poético, performático y musical Soto es mi Copiloto.