cantar-o-declamar

Cantar o Declamar

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Cantar o Declamar

A los chilenos nos fascinan los discursos. Algunos los recitan de memoria y otros los homenajean en canciones. Es algo recurrente, que no parece ser casualidad ni depende del género musical. Desde Anita Tijoux hasta Newen Afrobeat, nos encanta encontrar alguna grabación metida entremedio de las estrofas que escuchamos. Ni siquiera Chico Trujillo pudo contenerse a poner un discurso de Allende en alguna canción, y más de una vez he escuchado La Bala de Calle 13 o Semillas de Muerdo sonando por Santiago. 

Se nos infiltraron hasta en el Festival de Viña. ¿Cuántos salieron a reclamar que, para ser un festival de música, hubo demasiadas reivindicaciones? Los productores debieron estar vueltos locos desviando la toma de todas las pancartas con “Piñera culiao”, y no supieron para dónde apuntar la cámara cuando Mon Laferte, entre otros, comenzaron a declamar algunas palabras contra el gobierno. No podía ser de otra manera: el descontento masivo exigía una posición clara frente a la contingencia como un requisito imperativo para poder pasearse por el escenario más popular de la región.

Es más, es difícil encontrar un concierto de Laferte sin alguna denuncia. Tanto así, que yo me enteré de ella cuando increpó a un periodista mexicano que se atrevió a preguntarle sobre las adversidades de ser mujer en la industria de la música. Escuché su respuesta y después busqué sus discos, y no es la única. 

Lo que nos gusta recordar es lo dicho, pues somos “un país pequeño pero que en una sola generación ha dado dos Premios Nobel de Literatura”, cuyos poemas han sido homenajeados en numerosas canciones. Somos un país de palabras, con una cultura oral heredada desde hace muchos siglos, que escribe su propia historia hablando, gritando y cantando; a menudo las tres al mismo tiempo. 

Mi madre una vez me dijo que no le gustaba el rock and roll porque “nomás hablan de puro drogarse y fiestear”. Ella no veía el sentido de bailar al son de un keytar ochentero en una ‘discotèque’ cuando unas cuadras al lado desaparecían gente. Las canciones de protesta siempre fueron su refugio secreto de resistencia. 

Quizás la música en nuestro angosto país andino es el grito ahogado de nuestra historia que se filtra por las grietas de los dedos fracturados de nuestros músicos. 

De ser así; tendría sentido porque Chile, a pesar de ser un país pequeño [“pero que en una sola generación…”] se ha vuelto un gran exportador de canciones de protesta y para protestar:

Recuerdo cómo se me erizó la piel cuando escuche “El Baile de los que Sobran” resonando en las marchas de Colombia. Y bueno, ni se diga de “Un Violador en tu Camino” …

De hecho, yo no tenía idea de que “el pueblo unido jamás será vencido” de Gimme da Power - el cual escuchaba a escondidas, porque Molotov estaba prohibido en mi casa por “majaderos” - era prestado de Inti Illimani. Supongo que a mi madre no le tocó ser “joven y revolucionaria” cuando la guitarra eléctrica empezó a gritar inconformidad en el mundo con Tom Morello o con el Tri y La Maldita Vecindad en México, porque ella ya había escapado del hemisferio Sur cuando Spinetta y Charlie García comenzaron a llenar conciertos.

Es posible que de ella haya sacado mi necedad política; mi obstinación a escribir algo forzosamente politizado…

Porque el chileno es inevitablemente político. Tenemos que ponernos de un lado de esta frontera tercamente ligera, segregando las mismas dos nociones moribundas, que tajan nuestras familias hasta seccionar nuestras ciudades. Y, a pesar de que el arte tiende a trascender más allá de cualquier matiz o color, pareciera que acá se resume en una sola ecuación: los que producen arte son de izquierda y los que compran son de derecha; el artista lanza con fuerza el balón al otro lado, y quien sea que le achunte le regresa el dinero con la misma intensidad. Víctor Jara y Violeta Parra, por ejemplo, están y estarán eternamente atorados del lado izquierdo de este interminable partido de “quemado” que nos rehusamos a detener.

O bien todo esto podría ser simplemente algo latino: toda Latinoamérica siente en el fondo que el Ojalá de Silvio escondía un mensaje secreto, dirigido al dictador de su respectivo país, como lo hizo Chico Buarque con Castelo Branco. Tal vez la música en América Latina se filtró como una resistencia a las diversas imposiciones culturales de la conquista, como un lenguaje secreto que vehiculaba una cultura que se negaba a ser reemplazada, como lo han sabido hacer en África, y que quizás ellos mismos nos enseñaron al retumbar sus percusiones en Brasil y el Caribe. 

Por mi parte, yo vivo en una constante pelea interna, pues mi mitad chilena insiste en trazar una línea de color político, y por detrás mi mitad mexicana la difumina. ¿Qué más puede esperarse de un país que formó un Partido Revolucionario Institucional para derrocar una dictadura, y que ese mismo partido se impuso por más de setenta años?

Supongo que es ahí donde radica la diferencia más fundamental: en México, el arte y la política brotan implícitas, sin necesidad de decirse, mientras que en Chile son una sola cosa, y ambas se declaman.

Matías A. Covacevich (1997). Mexicano-chileno. Licenciado en Ciencias Cognitivas y post-titulado en Comunicación de las Ciencias con un curriculum a la Jackson Pollock. Comunicador científico y escritor frustrado, pero obstinado. Recorrido profesional rimbombante en Letras aún pendiente.