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Nuestra indigencia

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Nuestra indigencia

Hace unas horas me compartieron una cita del pintor y teórico del diseño argentino Tomás Maldonado. Hablaba de la pérdida de la comunicación a causa del sacrificio humano por la producción de objetos. Al final del párrafo se esbozaba una crítica al socialismo soviético, cuya comunicación se parecía más al silencio medieval que a un diálogo nuevo, estético, que combinara arte y vida como lección de las vanguardias históricas. Con lo último exagero, pero ha sido motivo de reflexiones personales durante estos días de Covid y después de ver A russian youth (2019), ópera prima del ucraniano Alexander Zolotukhin. 

La película vuelve a la Primera Guerra Mundial. Es protagonizada por un joven llamado Alexei (Vladimir Korolev) quien se alista al ejército y quiere solo matar alemanes, o quizá solo busca un lugar en el mundo, como todo adolescente capaz de los mayores delirios: escribir poesía, emborracharse, consumir drogas, mochilear, ser DJ. En vez de portar un fusil, lleva colgado un acordeón. En una batalla, debido al gas mostaza, pierde la vista. Esta peripecia es acompañada por una orquesta de San Petersburgo que, cien años después de la guerra, ensaya un par de piezas de Sergei Rachmaninoff, las Danzas sinfónicas y el Concierto de piano No. 3

Alexei, luego de quedar ciego, queda a cargo de un dispositivo de localización acústica. El director de A russian youth cuenta que estos radares se utilizaron con el objetivo de encontrar nuevas formas de luchar contra la aviación. Estos aparatos, durante la Primera Guerra, permitían oír aviones enemigos cuando se acercaban a los campamentos de defensa. Las imágenes, entonces, de la película penetran en la tradición rusa, en personajes característicos de un periodo crítico y se mezclan –a la manera de un collage visual y sonoro– con la interpretación de Rachmaninoff, compuestas en las vísperas de la Primera Guerra. Al final, lo único que espera a Alexei es la muerte. 

En la guerra –como hoy sin permisos para salir de casa– hay belleza. Y la hay en el proceso creativo de la película: corrección de color, recuerdos de épocas pasadas, imágenes ruidosas. Pero también, al igual que en cada guerra, hay horror y atrocidades en nuestros días: imágenes de cuerpos sin vida en la calle, muertos de Covid en Rio de Janeiro, goteras de hospitales a causa de la lluvia en una época de sequía, inmigrantes que venden confort e higiene a la salida de supermercados y metros. 

Otra lección de las vanguardias históricas es nuestro esnobismo. Nuestra generación, la veinteañera y treintona, ensimismada en las redes sociales, actúa como la DJ Velja (Alina Nasibulina), la protagonista de Crystal Swan (2018). Esta película bielorrusa aborda el sueño americano de los jóvenes de Europa del Este, sus ansias por triunfar en países capitalistas y desarrollados, donde la cultura tiene precio y la juventud se gesta en escenas alternativas. Sin embargo, nacidos en el Tercer Mundo, en un país chico, parecido incluso en costumbres a Bielorrusia, poco y nada podríamos hacer en Chicago, Nueva York, o en las ciudades económicamente triunfadoras de Europa, como Hamburgo o Londres. Allí solo cabemos por nuestra indigencia. 

El problema es nuestro delirio. Ante el desempleo y nuestras ansias de triunfo esnob, deseamos, como la hermosa Velja, el visado hacia los centros del mundo. Ella llega a inventar que es la dueña de un taller de costura de un pueblo imposible de pronunciar y escribir. En Chile fantaseamos con nuestras identidades expuestas en las redes sociales y nos olvidamos que el Estado de Sitio es permanente, incluso en las ficciones de la interfaz. Cualquier intento por salir resultará en fracaso.  

Pablo Cheng (1995). Publicó la novela Charapo (Cuneta, 2016).

 

 

 


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La música como única contaminación que no asusta

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La música como única contaminación que no asusta

En el encierro obligatorio la angustia no solo se expresa en el querer salir a comprar a la esquina, o ir a ver a algún amigo a su casa por el puro hecho de estar en la calle. Este tipo de necesidad nunca estuvo presente en mi vida – más bien siempre ha sido un problema ya que el contacto social me puede poner bastante ansiosa en algunas situaciones.  O sea, lo he pasado bien sin poder salir y sin tener que encontrar excusas para no hacerlo. 

La angustia del encierro que más ha aparecido en estos días es la de tener ganas de viajar, de estar en otros lugares del mundo. Acá, en el horizonte veo una muralla gigantesca de montañas que solo acentúan la sensación de que no hay salida, aunque salga. 

 La trampa para lidiar con eso es escuchar música. Cercar la mente con paisajes sonoros y olvidar el espacio físico por varios minutos. Al que también le vienen las ganas de mirar el mundo y prefiere no aburrirse con la “mesmedad”, le conviene oír música de otros países o finalmente poner oreja a aquellos artistas que estaban en la lista de intereses (que crece a cada semana y nunca es revisitada). Posponer parece no tener excusa en el encierro, lo que multiplica la ansiedad por querer huir. 

Transformando ese texto lleno de clichés en uno de tips para superar la cuarentena: hace poco recibí el link de una plataforma de música a través de la cual se puede oír diferentes estilos, épocas y países en un solo lugar (Les dejo el enlace aquí). Con esa página he volado por todos lados, creado un par de teleseries mentales e incluso redescubierto artistas que habían caído en mi olvido (como casi todo en mi vida de memoria miserable). 

The Musical Time MachineSeleccionando países y épocas diferentes en la plataforma, también se percibe que nos influenciamos de las maneras más obvias. Los 80’s fueron marcados por beats electrobailables en muchos lados, las investigaciones de los 70’s se profundizaron en las más variadas culturas, sea hindú, pachamamica, carnavalesca u otras. Así como el virus y la contaminación, la música viaja por el aire y llega a los oídos más lejanos. Dicen incluso que queda vibrando por mucho tiempo hasta finalmente desaparecer (o no - el silencio no existe).

Cambiar las épocas con solo un clic del mouse, también es una manera de hacer comparativos incluso de la evolución musical, como el surgimiento de ciertos instrumentos y ambientes en las composiciones. Claro que eso es una observación básica ya que la música acompaña también el desarrollo social y humano. Aun así, es genial reparar como estos aspectos humanos e históricos se traducen en melodías y armonías que transmiten emoción, capaces de transformar el espacio físico al tan solo influenciar la mente.

 

Ana Oneda (Santa Catarina, 1991). Es brasilera, periodista y traductora. Escribe crónicas, ensayos y poesía. Su voz está en la no-ficción y en el interpretar las miudezas de la vida cotidiana.

 

 

 

 


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Evolución musical

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Fotografía por Emiliano Valenzuela

Evolución musical

De quinceañero vivía pegado al personal, atravesaba la ciudad en micros amarillas escuchando diversas bandas como una manera de no pertenecer (o de negar) al mundo que me rodeaba. Tenía dieciocho años, estudiaba algo que no me gustaba, vivía con mis papás, es decir, no estaba cómodo con el entorno. Es raro que bandas que ya no escucho me hayan acompañado todo ese tiempo y ahora no me interesen. Salvo en minutos de melancolía -en general acompañada por viejos amigos- regreso al grunge, al punk, al power metal. 

Tal vez haya también un desgaste: fui roadie de Raza durante muchos años, banda de mi primo mayor, donde asistí a miles de conciertos eternos y que tal vez provocaron la leve sordera que me hace hablar más fuerte de lo normal y de pasada exasperar a algunos cercanos. Rey Chocolate, Audiopsicotica, Lupus, 2X y Raza, solían ser los platos fuertes. Y yo los escuchaba; estaba en la onda y me hacía sentir poderoso. Me provocaban una sensación de vivir en una galaxia aparte. 

Como es natural -ojalá- pasé a otros derroteros. Me reconocí en bandas más tristes y desafinadas como Sonic Youth, Yo la tengo o The Pixies. De ahí en adelante, como si bajara los brazos ante todo o simplemente me reconociera a mí mismo, ingresaron más y más bandas, la verdad no las podría enumerar. De golpe dejé el personal: en un momento dado lo guardé y preferí unirme al entorno, mirar por la ventana y regresar a casa. Es optar por el silencio o algo parecido. Similar por que la ciudad no es precisamente un espacio sin ruido, por el contrario, una orquesta a la que estamos acostumbrados y no prestamos atención. Creo que John Cage decía que la música era ruido ordenado. Me inscribo con la idea.  

Tal vez siempre hay una relación emocional con todo lo que hacemos. Solemos ligarlo con asuntos amorosos, de familia, pero la verdad es que, posiblemente, todo podría relacionarse con la emocionalidad. Han pasado casi veinte años de aquellos tiempos de roddie, envidiado por tener movidas para entrar gratis a los conciertos y conocer a todo el mundo de esa “escena”. Actualmente apenas escucho música con letra: puede parecer una pretensión, pero el jazz y la música clásica generan algo en mí sumamente escaso: silencio. Para empezar el día me preparo un café y escucho Telemann y sus tremendos oboes y si quiero subirle la intensidad al día voy por Wagner o algún ruso. Esa es mi situación actual: por no gozar de tranquilidad, o silencio, lo compuesto muchos siglos atrás ha sido mi salvación. 

Sin embargo, todo es móvil, todo se mueve y transforma. Cuántas casas y departamentos pinté con mis primos escuchando casetes grabados de la Concierto de The Doors o The Beatles. Seguro que cuando termine esta peste del coronavirus recurriré a los Fiskales o a la banda hermana peruana Los Saicos para demoler el tren, aunque sea un tren mental. 

 

Gabriel Zanetti (Santiago, 1983) es autor de Cordón umbilical (2008) y coautor de Prohibiciones y títulos (2015). Es uno de los fundadores de Revista Lecturas y Lecturas Ediciones. Trabaja como editor y profesor de escritura.

 

 

 

 


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It’s my pleasure

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Fotografía por Nader Cabezas

It’s my pleasure

Raúl Ruiz dice que hay un comportamiento muy chileno que consiste en no preguntar nada ante las situaciones más sorprendentes. Es un deber comportarse como si no pasara nada. Escribo estas palabras animado un poco por ese espíritu. Es una historia que cuento a veces, un poco para mantener una audiencia cautiva entre el ir y venir de copas y otro poco para sabotear temas aburridos como el trabajo o el dinero que alguien gana. A veces le pongo o le saco, dependiendo de la calidad de la audiencia.

Esto ocurrió en noviembre de 2012, en el festival primavera fauna, en el ex espacio Broadway. Abrió Poolside en el escenario internacional, sin mucho público. Todo el mundo estaba evitando el sol, menos nosotros que tuvimos la buena idea (de Valentina, en realidad) de llevar un quitasol. De a poco, el sol comenzó a retroceder y la gente fue poblando la cancha hasta que nuestro pequeño picnic de Manet se hizo insostenible. Luego oscureció por completo y perdí a mis amigos. El plato fuerte de aquella noche era Pulp, en un line up que también incluía a Dinosaur Jr, The Walkmen, Jorge González, en suma, una oferta musical que dicho festival difícilmente superaría con los años. 

Olvidé mencionar que entré gratis porque en aquel entonces escribía reseñas para una revista donde me pagaban con entradas para conciertos. Andaba con una pequeña libreta donde anotaba cosas y me había conseguido una cámara digital profesional que apenas había tenido tiempo de aprender a usar (esto me pasaría la cuenta más tarde). Estaba tocando Dinosaur Jr en el escenario internacional cuando sentí que tenía que ir al baño. Supuse que no sería mucho problema, porque estaba en el foso de los fotógrafos y tenía que haber un baño cerca. Pero me equivocaba en grande. El guardia me dice que hay un solo baño: el del público. “¿Me está diciendo que tengo que atravesar todo el público para ir al baño?”. “Le repito, el único baño…” “Ya, ya gracias”. 

No iba a atravesar ese mar de gente para ir al baño y después todo de nuevo para volver al foso de prensa. Así que me fui por el lado izquierdo, y caminé medio desorientado entre carritos de golf (puede que los haya agregado en mi recuerdo pero no es relevante) y gente con credenciales y linternas. Seguí caminando hasta  que empecé a escuchar conversaciones en inglés y me encontré en una especie de patio trasero de restorán de playa, con una cocinera fumándose un cigarrillo apoyada en el marco de la puerta. Le pregunté si sabía dónde había baño. “Por acá, pase” me dijo, mostrándome la cocina y al fondo una puerta abierta. Le agradecí efusivamente y caminé sin titubear. 

Mientras mi chorrito caía al agua, mi cerebro  -liberado ya de la tarea urgente de encontrar baño- comenzó a preguntarse dónde había ido a parar, motivado tal vez por la inquietante presencia de dos latas de coca cola cerradas y dispuestas simétricamente sobre el estanque color beige. Salí del baño y en lugar de volver por donde había entrado, caminé hacia la derecha, a una barra atendida por un par de muchachas. Los comensales consumían sin pagar, así que pedí un par de cervezas y me las entregaron amablemente. Miré alrededor y me fijé en una hoja impresa que decía camarín vip.  Fui a buscar a Valentina y le conté que había descubierto un pasadizo secreto gracias a mi vejiga pequeña. Creo que comencé a pedir whisky o gin, no recuerdo. Ahí todo comenzó a ponerse confuso, pero en el buen sentido. En ese caos agradable, recuerdo haber abrazado y felicitado al menudo Alec Ounsworth, de Clap your hands say yeah! por su show. Un tipo piola, de verdad.

Luego intenté hacer una entrevista a Bomba Estéreo. Digo intenté porque no podía encontrar la función para grabar en la maldita cámara. Se quedaron sentados riéndose de mi torpeza como notero cuando sonó la voz de Jorge González (salvándome de la pesadilla) y Li Saumet partió gritando en dirección a la salida, llevándose a toda la banda detrás. Estaba un poco aturdido (así podría describir mi estado durante casi toda la jornada) cuando el baterista regresó y nos invitó a ir con ellos. Supongo que mi torpeza le hizo gracia, porque se enfrentó a un guardia que no nos quería dejar subir al vip para ver el show. Recuerdo haber estado sentado al lado de Li, que vestía un sweater negro tachonado con pequeñas llaves doradas de metal. Las llavecitas brillaban mientras ella miraba con asombro a Jorge González. Hablamos de la importancia de Los Prisioneros en nuestras vidas y cosas por el estilo.  Seguramente le conté que había aprendido guitarra con los cancioneros del Icarito

Después apareció Pulp en el escenario principal y recordé con pesar que estaba ahí para escribir una nota y tomar fotos. Tenía que hacer mi trabajo. Atravesé todo el público seguido por Valentina. No me gustan las multitudes y odio pasar a llevar a las personas, así que en una movida al estilo de Forrest Gump comencé a hacer comentarios positivos sobre la vestimenta de la  persona que estaba adelante y avancé hasta encontrarme nuevamente en el foso de prensa.

De vuelta en el camarín, nos sentamos en una mesa con la gente de Poolside. Recuerdo una conversación con Filip Nikolic, un tipo muy agradable y tranquilo, en medio de un ambiente un tanto sórdido (supe que dejó Poolside el 2017, bien por él). Estábamos pensando en algún lugar de Santiago a donde ir más tarde y estaba a punto de hacer algunas llamadas cuando comenzamos a notar cierta agitación. Era Jarvis Cocker, que estaba saliendo de su container en dirección al bar. Algunos corrían para pedirle autógrafos y fotos. Yo dejé a Filip y el resto en la mesa y me dirigí donde estaba Cocker.  En ese momento recordé que en la mochila llevaba un ejemplar de “Madre, hermano, amante”, su libro de letras. A esa altura el gin ya me había hecho efecto (y también algo de crystal meth que un gringo generosamente compartió con la mesa) y solo pude articular algunas palabras. Le pasé el libro, le dije mi nombre y puso una dedicatoria “It’s my pleasure”. Le comenté algo sobre Geoffrey Chaucer y me respondió muy animado. Siempre me he arrepentido de no preguntarle sobre Scott Walker. Valentina lo abrazó y le dio un beso en el cuello. Los muchachos de Poolside se esfumaron. Una pena. Hubiese sido interesante salir con ellos pero en ese contexto, las cosas se mueven rápido.

Volvimos desde el espacio Broadway al centro de Santiago en un taxi que salió tan caro como una entrada al festival. Pero no importaba. Habíamos vivido una gran aventura y me había robado una botella de gin del bar. Al día siguiente, nos pusimos a escuchar el Pacific Standard Time de Poolside y lo tuvimos en repeat por un buen tiempo.

 

Nader Cabezas: 42 años. Editor de contenidos digitales y músico autodidacta. Ha publicado los discos Día blanco (2009), Caminos, barrios y gente (2011), El hijo del monstruo (2012), Esfinges (2013), Rocket cinema (2015). Melómano y entusiasta del cine

 

 

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Es mejor quemarse que apagarse lentamente

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Es mejor quemarse que apagarse lentamente

Angra pisaba suelo nacional y yo, siendo un cabro soñador y fanático, compré mi entrada con plata que no tenía y aseguré mi puesto. La noche anterior al concierto, celebramos el cumpleaños de un amigo muy religioso, y pasamos en banda tomando cerveza y fumando porros. Escuchamos toda la noche el disco que venían promocionando: Rebirth. Renacimiento. Fuimos los parias escogidos de forma unánime. Hicimos una fiesta aparte. Los demás invitados, igual de creyentes en la santísima trinidad y el flaco INRI, estaban escandalizados con la barbarie y la desvergüenza de los adoradores de satanás. Se iban porque la música era mono temática y aburría a cualquiera escuchar los mismos temas más de dos veces seguidas. Antes de irnos por la puerta chica y con miradas agrias de los dueños de casa, vaciamos la cocina y la despensa comiendo panes con mayo Click y vienesas crudas. Sabíamos que se nos venía un día largo y no teníamos plata para nada. Había que echar mano a la generosidad de la familia Flanders. Tomamos la micro en la plaza de Quilicura a eso de las 6:20 de la mañana un día sábado. Llevábamos las entradas a la vista, como si eso fuera carta de salvación de los cogoteros que siempre andan por ahí a esas horas. La gente iba a sus trabajos y nosotros recién apagando el último pucho arrugado que nos quedaba. Señoras bañadas, hombres con olor a colonia Flaño y el chofer que nos llevó de malas pulgas por quinientos pesos. En esos tiempos la tarjeta Bip era un artefacto del imaginario de Blade Runner. Nos fuimos tomando unas latas de chela que fondeamos a medianoche. Las reservamos, para ser más precisos con el lenguaje, y cruzamos la ciudad hasta Manuel Montt con Providencia. Corrimos desde la bajada de la micro hasta la entrada del Teatro Providencia. Fuimos los primeros en llegar con nuestras entradas aún en la mano, blandengues de sudor a esas alturas. Ni siquiera el guardia del lugar estaba. Era un hecho que seríamos los primeros en entrar y, de puro contentos, nos pusimos a bailar y corear canciones en un inglés tan charcha como apasionado. Era la demostración de felicidad más honesta de la hinchada local. Después de eso, caímos dormidos en un sueño pesado y brutal. Despertamos a eso de las 11 de la mañana con el sol machacándonos la testa. Sed. Hambre. Calor. Sudor en la raja. Sin ducharnos y la caña más mala de la historia, pero felices. Los niños nos esquivaban tomados de la mano de su mamá horrorizada. ¿Quiénes serían esos chascones de poleras con calaveras y ángeles? Sacrílegos inmorales hediondos a cantina periférica. 

A eso de las 14:00, recién llegó el guardia del teatro. Traía una bolsa con un churrasco caliente para almorzar. Me dolió el estómago de la envidia. Tenía una actitud de funcionario marca tarjetas. ¿Qué iba a saber de Angra ese? Le preguntamos si podíamos pasar al baño y ni nos miró. Meamos el árbol que estaba afuera del Teatro Providencia. Actualmente Nescafé de las artes. Siempre se me ha escapado la estofa clasista. No es lo mismo mear el forestal, que mearles las veredas a los, en ese tiempo, regalones del Labbé. Litros de pichí amarillo regaron el arbolito. En eso llegó Pablo. Un cabro chico que tenía no más de trece años y sabía más de música que yo y mi amigo juntos. Era una especie de Alfredo Lewin. Además, manejaba un inglés perfecto. Le preguntamos respetuosamente si le podíamos decir Pablito. Accedió gustoso. Nos contó que el papá de Bruce Springsteen fue veterano de la segunda guerra mudial (en realidad yo me enteré que existía alguien con ese nombre), nos dio su teoría de por qué Sepultura había nombrado Roots a su álbum, y nos recitó un fragmento de la carta que dejó Kurt Cobain antes de suicidarse: “Soy una criatura voluble y lunática. Se me ha acabado la pasión, y recordad que es mejor quemarse que apagarse lentamente.” Así, escuchando anécdotas del rock mundial, se nos pasó la tarde con nuevo amigo y un recital inolvidable que era inminente.

Al abrir las puertas corrimos desaforados y agarramos el centro del escenario, encaramados en las vallas papales. La primera fila era nuestra. Salieron a tocar por dos horas. Con mi amigo y Pablito sabíamos de memoria las canciones del disco. Los integrantes de la banda nos miraban asombrados, si el disco había salido hace poco más de una semana y nosotros lo coreamos como si fuese el disco de cabecera por décadas. Al terminar, el baterista, Aquiles Priester, se acerca al borde y me regala las baquetas. A mi amigo, Kiko Loureiro le regaló su uñeta. Yo en ese tiempo era batero y mi amigo guitarrista. Demasiada coincidencia. Demasiada magia en esa memorable noche. Una vez fuera, sin caña y sin voz, no volvimos a encontrar a Pablito. Estaba triste. Tenía la mirada del perro apaleado. Nos confesó que él también era guitarrista, pero que no había podido conservar la uñeta que agarró del suelo, porque un grandote se la había arrebatado por la fuerza. Con lágrimas en los ojos pidió ver de cerca la de mi amigo. En honor a la amistad genuina que se había formado en la fila, se la pasó. Pablito la miró y en un arranque de ardilla furiosa salió corriendo a toda velocidad en dirección a Andrés Bello. Nosotros corrimos fuerte atrás de Pablito, que además de saber mucho de música, era muy rápido. Un virtuoso en muchos aspectos. Mi amigo era atleta del colegio y lo llevaba pillado. A menos de dos metros. Cuando Pablito quiso hacen una finta y regresar, lo agarramos y lo bajamos de un zapatazo en el hocico. Un par de combos y le abrimos la mano en que tenía empuñada la uñeta. Mi amigo le preguntaba ¿Por qué? ¿Por qué me hiciste pegarte? Pablito sangraba y pedía que se la regaláramos por favor. La respuesta era un no rotundo. Mi amigo tomó su uñeta y caminamos en dirección al poniente, jadeantes y tristes de perder a Pablo. Se había acabado espacio para el diminutivo. Cuando íbamos un poco avanzados nos gritó: “Es mejor quemarse que apagarse lentamente”. Lo vimos perderse dando manotazos al aire y agarrándose la cabeza. 

Cerca de la plaza de la aviación, volvimos a mear, esta vez los emblemas patrios. Siempre se me escapa la estofa rebelde. Ya con la vejiga vaciada, nos fuimos caminando con el frescor de la noche hasta Santa Rosa con la Alameda. Nos reímos de Pablo, y el viento nos enfriaba la transpiración. Caminamos felices y mudos. La única forma de comunicarse fue repasando las canciones que acabábamos de escuchar, cantadas con el mismo inglés charcha, pero esta vez yo con mi batería imaginaria y mi amigo haciendo los mejores riffs de la historia. 

 

Vicente Larenas Añasco. 1983. Dramaturgo, director y actor de teatro. Fundador de la compañía Caldo con Enjundia teatro-Chile. Colaborador en Revista Lecturas.

 

 

 

 

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Tú hablas mi lenguaje

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Fotografía por CincoOjos

Tú hablas mi lenguaje

Al pensar en música y su significancia a nivel social solo se me viene a la mente mi experiencia con ella. La música ha sido una de mis dos pasiones, dialogando eternamente con la literatura. Esta última la he estudiado y digerido de diferentes formas. Me he hecho amiga de las palabras, también he peleado con ellas y me he frustrado más de una vez al no poder concretar una imagen, un personaje o una historia. A veces al leer una novela puedo observar la estructura del texto, la cual imagino como un esqueleto que va tejiendo sus partes para concretarse por último como un ser individual y único. Esto me produce felicidad. Pienso que el lenguaje tiene su matemática y que tengo suerte al lograr decodificarlo. La literatura se transforma así para mí en una experiencia de goce y a su vez en un reto diario de intentar comprenderla. Por lo mismo, me es imposible pensar la música sin compararla con las palabras.

La música tiene un lenguaje que no descifro y que no comprendo a cabalidad. Esta carece de semántica, no busca su fundamento en el sentido. Se comunica conmigo en un lenguaje mítico, vibracional y corpóreo. ¿Cómo describo la textura y la experiencia física del sonido con palabras? Varias veces lo he intentado sin lograrlo plenamente. Desentrañarla es una tarea desconcertante y más bien imposible y es por esto mi pasión por ella.

Tengo la idea de que las artes son como unas raíces arbóreas que se crean en conjunto con la historia social en la cual nacieron. Al poner una raíz en la tierra esta irá expandiendo raíces más pequeñas y a su vez nacerán tubérculos que deformarán y cambiarán el crecimiento mismo de la planta. Es así como veo tanto a la literatura como a la música. Muchas veces he comparado bandas o tendencias musicales con escritores o libros. He llegado a decir en conversaciones nocturnas que Keruoac sería lo que es a The Ramones en literatura. Solo a veces acierto.

También, a ratos, la comparo con la poesía. La música logra imágenes y sensaciones extraterrenales. Una palabra unida a un conjunto de ritmos y sonidos puede englobar un sentimiento sin decir mucho, estas logran sacarte del lugar en donde estas y viajar a diferentes espacios, al igual que un verso o una estrofa. Entrar en un disco o en una banda es recorrer desde los acordes hasta su lugar de origen. Es estar ahí en medio de Nueva York con gritos enajenados por las injusticias sociales, es volcarse a las raíces indígenas de tu tierra, es recordar la historia o imaginar esa historia llena de individualidades, subjetividades y contextos. Ambas artes son una recreación de las vivencias personales y nacen de la observación individual interna buscando capturar los ritmos del campo, de la calle, del hogar o de donde se posa el ojo mítico.

Es así que pienso que tanto la música como la literatura te sacan de lo terrenal  para llevarte a un registro de la actividad de los pensamientos.

 

Constanza Bustos(31 años) Licenciada en Letras Hispanoamericanas y lingüística y Magíster en Literatura Hispanoamericana de la Universidad Católica.  Colaboradora en la revista Rockaxis y en la página digital Walking Stgo.

 

 

 

 

 

 


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Regresar a Casa: Impresiones musicales en cuarentena

regresar-a-casa-impresiones-musicales-en-cuarentenaFotografía por Pablo Cheng

Regresar a Casa: Impresiones musicales en cuarentena

La primera foto que tomé esta cuarentena fue ese día que volví del campo. Estaba en la Estación Central, necesitaba ir al baño y recordé que en el patio de comidas había uno gratuito. Hacía frío, recuerdo, de hecho andaba con chaleco y la gente escaseaba, pero no las mascarillas y los vendedores de productos higiénicos. 

Si el apocalipsis ocurre, esas serán las imágenes de Santiago impresas en las membranas de los ojos. 

Pensaba, bajándome del tren, en Rodchenko. El viaje de San Bernardo a la Alameda cobraba la impresión de una escala de grises nítida, perspicacia de la mirada ante las posibilidades de los ángulos de las cosas. 

La primera foto que tomé días antes de la cuarentena oficial y días antes de mi encierro por completo en la casa, fue a las sillas apiladas sobre las mesas del patio de comidas del mall Arauco Estación. La luz incandescente sobre el material plástico de las sillas, la luz pálida que caía sobre el diseño futurista de estas: ángulos rectos, orificios en el respaldo, grises, damascos. Y filas que me recordaron al disco One hundred mornings de Windows 96 que tengo pegado y que oímos con Osvaldo, amigo músico, en su departamento que da a la intersección de Portugal con la Alameda.

El disco del brasileño Windows 96 (como se llamaría la actualización cancelada de Windows 95) tiene su raigambre en el lenguaje transmental de Velimir Jlébnikov. Una poesía sonora suprematista que se repliega más en las huellas de los signos que en la armonía pura y dura de lo melódico. Algo así remarca “Calígula” de One hundred morning, tema que hace lo que quiere con los synths. 

Pero no quiero detenerme solo en Windows 96. Los sonidos, de algún modo, se han solidificado durante la cuarentena. Algunos han hablado de la baja de la contaminación acústica, pero cuando fui a la Vega me di cuenta de que no. Seguíamos en el Santiago ochentero aspiracional, pero permanecíamos con las fauces abiertas si un mendigo –como vi en la compra de quesos en Arturito– dormía con la cabeza apoyada en la pared y vomitado de porotos con riendas. ¿Higiene? ¿Inmunidad? Poco y nada. 

La segunda foto que tomé y las siguientes han sido con una cámara Minolta 7000 AF, del año 85, copada por botones, la primera en ofrecer enfoque automático y avance motorizado del rollo. Mi ventana da al cerro San Cristóbal y al estacionamiento del edificio. Cada día, en un acto voyerista, fotografío los vehículos, la posición que toman en su espacio rectangular, delimitado. Camionetas de fletes, autos sedan, jeeps, incluso carritos de super he visto desde la altura del cuarto piso, altura que considero adecuada para fotografiar y conseguir planos que emulen cenital, nadir, qué sé yo. 

La verdad es que alucino con la portada de Construction time again, disco de Depeche Mode. Si pudiera copiar y fotografiar esa imagen lo haría mil veces. Un hombre con un martillo contra las piedras de una montaña. El azul opaco del cielo. Como si fuera la pintura apocalíptica El mar de hielo de Friedrich. O más allá: como Horizon perdido de Erik Bulátov, cuadro en que se representan personas vestidas a “la soviética” (como señala Boris Groys en Obra de Arte Total Stalin), y caminan por la playa hacia un horizonte marino, pero rojo, una línea plana, horizontal que atraviesa el cuadro. 

La pintura, como el tema “Landscape is changing”, posee esa negatividad engañosa del progreso, la desaparición del horizonte, la muerte de toda espiritualidad incluso. En los sonidos industriales de la canción y en la pintura de Bulátov se conserva ese germen que nos encierra y nos vuelve planos, bidimensionales, abstractos, etcétera. 

Sin embargo, el horizonte, el paisaje, necesitan recrearse. Y hoy, en cuarentena, tanto Windows 96 como Depeche Mode nos precisan que el futuro se aproxima rápido, más de lo que hemos creído. Es hoy.

 

Pablo Cheng (1995). Publicó la novela Charapo (Cuneta, 2016).