De Memorias y Reencarnaciones

De Memorias y Reencarnaciones

En el colegio en que estudié, cuando iba en quinto básico, el centro de alumnos organizó primer festival de destreza musical. Temática libre. Mis amigos cercanos de quinto básico eran el Luna y el Gormaz. El Luna nos propuso preparar un par de temas y presentarnos en la competencia. En ese tiempo yo no tocaba ningún instrumento, fuera de la flauta dulce y el metalófono, que eran de la malla obligatoria de música. Me sabía unas canciones caladas: Mira niñita, Sambalando, Tatatí y otras del cancionero jipón exiliado. En kínder nos aprendimos Que la tortilla se vuelva y Arriba en la cordillera. 

La cantamos a coro en el acto de fin de año, entre aplausos de los apoderados y borras de vino tinto de sus recuerdos.

Ese era mi periplo musical hasta entonces.

Yo no sé tocar, dije. Yo tampoco, pero no debe ser tan difícil, me dijo el Luna. Tú tocai la batería, Gormaz la guitarra, yo canto y toco el bajo.
¿Pero batería yo? Sí, me dijo. Tu tení mejor ritmo que yo. Como era intuitivo, yo acepté. El Luna siempre fue de mentalidad decidida, un caradura y patudo a veces, aunque siempre acertaba. No sabía de donde iba a sacar una batería.

Ese mismo día en la tarde me invitó a su casa después del taller de fútbol y le pidió a su hermano que me enseñara el patrón de El baile de los que sobran de Los Prisioneros. Con ese tema nos vamos a presentar. 

Su hermano decía ser baterista. Tenía pósters de los Illya Kuryaki y usaba trenzas. Con mis amigos teníamos una afición por los Illya Kuryaki y el video clip de Abarajáme era nuestra obsesión.

El hermano mayor de Luna, luna grande por ende, nos convenció que el ascenso a la popularidad se abría siendo músico. Que él lo había comprobado. Yo soy baterista, decía, pero no tenía batería, ni siquiera baquetas. 

Da igual, le gustaban los Illya Kuryaki

En ese momento de la vida, alguien que tiene un par de años más, es un referente de alguna manera. Estaba en la media y fumaba. 

Tantas lógicas insulsas que uno despliega en esas edades del bigote plomizo y el cambio de voz.

Despejó la mesa y empezó con los dedos a golpear el patrón de El baile de los que sobran, tarareó la intro, hizo los ladridos de los perros y siguió con la letra: 

Es otra noche más

de caminar

Es otro fin de mes

sin novedad…

(Interludio)

Mis ami…

Ahí entra la batería. ¿Cachaste? En mis ami… 

Luna grande me dio una pincelada básica. 

Anota me dijo: Los golpes con la mano derecha van al Hi hat. Los de la mano izquierda a la caja. El pie derecho al bombo y el izquierdo al pedal del atril del hi hat.  

Lo anoté en un cuaderno sin entender nada. En la micro me fui familiarizando con la terminología que había usado Luna grande.

Cuando llegué a la casa, le conté a mi mamá que íbamos a participar del festival y que yo iba a tocar la batería.

Mi mamá actriz, tenía un colega baterista. Le pidió si me podía hacer unas clases. Él aceptó. Clases dos veces a la semana. Los miércoles en la tarde y los sábados en la mañana. 

Igual que a un niño arquero que le compran guantes nuevos y espera la pichanga para estrenar, mi mamá me compró baquetas en el Portal Lyon y esperé la primera clase ansioso.

El colega de mi mamá tenía dos bandas; un tributo a The Ramones y la otra, era la banda de una compañía de teatro muy conocida en el circuito.

La primera vez que nos vimos, llegó con olor a copete y sin la batería. Me hizo escuchar un caset completo de Don Ramones. Así se llamaba su banda tributo. El sonido era muy artesanal, de garaje, coherente con su apariencia. Es para que sepas con quién vas a aprender a tocar, me dijo. Yo puse atención a la música mientras le miraba los bototos negros con que andaba. Tenían cordones rojos. ¿Cuándo fue la primera vez que descubriste la música? Abrió una ventana, prendió un cigarro y se dispuso a escucharme. Le hablé de los Yllia Kuryaki, por supuesto. 

Quedé contento, a pesar que no pude estrenar las baquetas.

La segunda clase fue un sábado en la mañana. Traía la batería en su auto. Era una Tama Swingstar. Algo como el balanceo de las estrellas. Buen instrumento. Otra vez el olor a copete. Claramente había una tendencia al alcohol, pero qué importaba. Yo estaba duchado y había tomado desayuno. Él venía de una fiesta, seguro. 

-Me atrasé un poco, se excusó. ¿Vives lejos? Le pregunté. A la misma distancia que tú de mi casa. 

Se saludó con mi mamá. Se tenían muy buena onda. Mi mamá ofreció ayuda para bajar la batería.

-No. –Dijo seco el profe. -Tiene que saber lo que pesa el instrumento que eligió. 

Por primera vez vi un desafío a la sobreprotección de mi mamá. Se sonrojó y acató. Quizá era parte del aprendizaje y ella poco sabía de baterías y de punkrock. 

Tuve que entrarla yo sólo. Ellos conversaban de un estreno que habían visto hace un par de días y de gente que yo no conocía. 

La instalamos en una pieza chica para que yo aprendiera. Qué altruismo. Un ser humano muy particular. Hablaba en claves que estaban a mitad de camino entre mi mamá y yo, y a pesar que tenían edades similares, inclinaba la balanza a la juventud eterna más que a sentar cabeza. No tenía la responsabilidad de criar. Era el profe punki. 

En dos clases, me había hecho dos jugadas que no preví. 

Era un muy buen inicio. Le agarré confianza. 

Además, toda la semana había practicado imaginariamente la combinación de golpes. Quería sentarme en el sillín y mostrarle al profe que había practicado. Quería estrenar las baquetas. 

Las estrené, pero con una repetición tediosa de golpes cuadrados. Plato bombo, plato caja. Plato bombo, plato caja. Toda la clase así. Me dijo que tenía buen ritmo. 

Dejó la batería para que practicara.

Luna y Gormaz hablaron con mi mamá para que nos dejara ensayar ahí hasta el festival. Era más fácil mover una guitarra y un bajo que los tambores. Mi mamá aceptó. Al primer ensayo, llegó un fierro al techo. Algún vecino desesperado por el ruido. Mi mamá compró napa y forramos con mis amigos la pieza completa. 

Pasaba las tardes sólo. Empezamos a fumar nuestros primeros cigarros y a escuchar a Los Prisioneros sistemáticamente. Eso me había sugerido el profe.

Al otro día nos inscribimos en el concurso. Necesitábamos un nombre de banda. Los reos le pusimos. La alusión estaba clara. Había que pagar una suma simbólica de dinero que iba en ayuda de un campamento que estaba cerca del colegio, que, a pesar de ser privado, ligaba todas las iniciativas a lo social. Era un oasis en medio de una población.

Seguí con las clases los miércoles y los sábados, y ensayaba con mis amigos día por medio. 

Agarré soltura en mis muñecas. Luna y Gormaz notaron mi avance.

La semana de la presentación, llamé por teléfono al profe. Le pedí si podía dirigirnos a los tres en un ensayo definitivo. Claro, me dijo. Nos vemos el miércoles en la tarde. 

Luna y Gormaz ya dejaban sus instrumentos en mi casa. Iban todos los días después de clases. 

Almorzábamos croquetas de pescado congeladas y puré instantáneo todos los días. No invertíamos tiempo en preparar nada muy elaborado. 

El miércoles del ensayo general, el profe no llegó. 

Estaba preso. 

Había chocado con un poste. Ensayamos igual.

Ese viernes nos presentamos en el patio del colegio. Era invierno y salimos con poleras y pelo engominado a tocar. Obtuvimos el segundo lugar en la competencia. Nada mal para ser unos principiantes. Ganó el flaco Greene de octavo que tocaba flauta traversa y estudiaba en el conservatorio. Era del gusto de los profes. Nosotros éramos del gusto del alumnado.

Fue un despertar en muchos aspectos. Nos hicimos conocidos para los más grandes. Me atreví a declararle mi amor a una chica de séptimo y fue mi primer pololeo. La banda duró un par de años más y para las kermeses tocábamos un repertorio que incluía Nirvana, los Guns´n Roses y Sepultura. Nos dejamos el pelo largo. Es que en el colegio se podía ir así. Fuimos rockeros reputados y abrimos la puerta a los que venían después que nosotros.

Mi profe desapareció. La batería quedó en mi casa. Hasta que un día, me lo encuentro en un estreno de mi mamá en el teatro Antonio Varas. 

-Tengo tu batería, le dije. ¿Seguís tocando? Sí. Te la regalo, y se empinó la copa de champaña al seco. –Esas weás tienen que circular. Pa eso las hicieron.

Yo ya le había comprado parches nuevos, más platos y un doble pedal. Era mía hacía un tiempo, sólo faltaba hacerlo oficial. 

A ese profe le debo mucho. Cuando lo vea lo voy a abrazar y se lo voy a decir.

Con mis amigos seguimos en contacto hasta ahora. 

El Luna se dedicó a la música y el Gormaz vive en Suiza, en los Alpes y es instructor de escalada. Seco.

Salimos del colegio y yo me fui a vivir a Los Lleuques, a un campo de mi abuelo. Vendí la batería y me compré un udú en Pomaire y un caballo. En la montaña es más necesario un caballo que una batería. 

Escuchaba el galope y era percusión. La bomba que extraía agua de la noria, tenía un ritmo. Se me había clavado el sentido sonoro.

A los dos años volví a Santiago. Mi hermano estaba con depresión y no quise estar lejos en ese momento. 

Me metí a estudiar con un cubano percusión latinoamericana. Toqué en bares, en la micro, y en combos. Las fiestas no las cuento, porque las fiestas son con música en vivo. No hay de otra.

Un día caminando con mi hermano por Plaza Egaña, vimos a un grupo evangélico con banda de música. 

La batería. 

Sonaba parecida. Me acerqué y tenía las mismas marcas y los mismos scotchs pegados. Era la Tama Swingstar, sólo que el parche delantero del bombo tenía una leyenda que decía “Dios es más grande que tu problema”.

Nos quedamos escuchándolos un rato. Había sol.

Se instalaban los sábados en la tarde a tocar frente al teletrak. Querían convencer a los descarriados, pero los viejos ludópatas les echaban la talla y seguían pendientes de los caballos fina sangre del hipódromo, las quinelas y las superfectas.

Un sábado pasé y habían renovado la batería. Al baterista también. 

Se la vendimos a un chinchinero, me respondieron cuando les pregunté. Sé que los chinchineros las intervienen, les cortan la longitud de fondo y las rompen para armar su herramienta de trabajo. 

Quizá en qué lugar terminó la Tama Swingstar. 

La nombré la callejera errante. 

La que llegó en un auto, se transformó en caballo y después se fue en carruajes a golpear la puerta de los ángeles, con sus platillos como timbres celestiales y los bombos marcando el pulso de los feligreses que escuchaban las alabanzas en las bancas de la Plaza Egaña. 

Ojalá que ruede por más tiempo. Ojalá que siga en manos de alguien que la use. 

Así fue el regalo que me hizo el profe.

Así tiene que terminar.

Vicente Larenas Añasco. 1983. Dramaturgo, director y actor de teatro. Fundador de la compañía Caldo con Enjundia teatro-Chile. Colaborador en Revista Lecturas.