Luz Cuadros

Música Sagrada

Luz Cuadros

Música Sagrada

0.

Escribir sobre música es algo que amerita reverencia e inclemencia. Escribir sin derramar lágrimas se convierte en un sabotaje íntimo, como los secretos más profundos de la entidad humana. Hablar sin caer en el drama ancestral de lo que viene primero y después. ¿Que importa? No he ganado aún los recursos trascendentales de una madre que acoge la vida, la muerte, la incertidumbre. Tratamos de estructurar la naturaleza que es mayormente superior, ligados a un tiempo que no se deja domar, si no que te invita a crecer con el oficio divino, un paradigma protuberante, basto de dudas, de riquezas espirituales que sudan el placer de lo corporal, sumido en elixires que penetran la piel y la transparencia,  para así crear un nuevo trazo: LA TANGENTE 

1.

¿Dónde estás música? ¿Quién eres? Con esta pregunta me saco la ropa y me arrodillo frente a ti. Soy devota, esclava. Soy una idiota que día a día busca tu perfección, esperando las señales que das cuando estoy en el limite de mi propia verdad, que es una tangente obtusa y humana, imperfecta y a la vez cruel. Pero ¿Qué importa? La inmortalidad de mi crueldad viene de la mano con este don de crear. Crear la vida, crear después una puerta para cruzar el sonido a otros mundos. Vengo de allá, lejos de aquí donde la imperfección se nutre de sus necesidades precarias en esencia. ¿Quiénes son ustedes? Los hijos de la miseria que arrancan mi cuerpo, la verdad de un sonido mediocre, escondido de un ritmo que no merecen nombrar. Hablo, en tu nombre, soy yo la DIOSA MÚSICA.

2.

Ustedes, mortales que han usurpado el terciopelo de mi sutileza, se mofan con sus cánticos banales lejos de mi hermano ARTE. Serán castigados quienes se atrevan a usar mi nombre en el nombre del sin nombre, a ese que llaman DIOS. ¿Como les puedo explicar por medio de esta humana que alguna vez fui en busca de la materialización? Hoy solo busco que limpien mi nombre ¿No entienden que el acceso a la divinidad requiere coraje? Precisa embarrar la comodidad de sus estudios tecnológicos, explotar la gracia de una voz interna que habla al son de las circunferencias invisibles. Ni se acercan a los antiguos, ni  a la purificación que soy capaz de dar, a quién sea devoto mío. De todas formas los acojo en mi manto eterno a quienes quieran aprender la realidad de la luz negra y la luz blanca, pues sin ellas yo no existo. Es así de imprescindible despertar en los sueños, es así de urgente volar en los sueños para poder soltar la ilusión de una vida segura. Los recibo en mi morada angelical llena de demonios blancos, fueron ellos quienes dieron vida a sus manos para crear la fuente del progreso evolutivo. Solo les digo: miren las estrellas, estudien el océano, escuchen a los pájaros. Quien no esté en armonía con el infinito no merece mi manto divino. Y si, aún así, continuas contaminando mi casa y te vistes con mi nombre, estarás destinado a los círculos del infierno Dantesco.

3.

Saturno es mi hermano, DIOS del tiempo y espacio. Él está antes y después. No pierdan la sangre que les he dado cuando venían a la tierra. Ustedes saben, a quienes les hablo, hijos míos, no existe pandemia alguna, no existe tiempo lineal ni existe el contorno de una realidad. Ustedes la hacen, moldean y comen. Estaré aquí para quienes busquen el camino de lo trascendental, ya no hay tregua. Estamos los DIOSES juntos esperando la fecundación de lo nuevo, asistimos la verdad humana venida del Khaos, lo entenderán quienes estén libres de dominios inventados. La creación es su dimensión, entiéndanlo y vivanlo sin dudar. 

Aquí estaré para quien se quite las máscaras…

Música.

Luz CuadrosLuz Alighieri, 9.345. Clarinetista y compositora, amante de las letras y libros, directora del proyecto Ensamble de Luz (jazz contemporáneo). Ana en la quinta dimensión, Luziana en el Mundo Zero. Hija de Lilith.

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=JqCwQ9clHec


sons of kemet

IN THE CASTLE OF MY SKIN

sons of kemet

IN THE CASTLE OF MY SKIN. Levantemos polvo en las canchas de tierra del Congo.

Tome nota, vecina.

Hay un grupo que se llama Sons of Kemet y tienen una canción increíble: In the Castle of my skin. 

Se ven bailando sobre una cancha de tierra a hombres y mujeres vestidos de ternos y camisas.

Usted trabaja así.

La he visto llegar del trabajo.

O la veía, más bien.

La música de estos gallos es mezcla de percusiones e instrumentos de vientos. 

Trombón, saxo, clarinete.

Todo empuja las pulsaciones. 

Es por los golpes. 

Es contagiosa la coreografía. 

Los negros bailan hasta cuando están en problemas.

Deberíamos aprender de eso.

Mover el cuerpo, o la cuerpa, o la cuerpá.

Sáquele, sáquele.

Preocúpese de respirar no más.

Vea cómo se le mueve la sangre y lo bien que se siente.

Hágalo para espantar males, o moles.

Deje de ir a esas vainas.

Apoye el comercio local.

No compre lechugas de góndola de supermercado.

Desconfíe si las coliflores son muy blancas. 

¿Cuándo han sido todos los tomates iguales?

Evite esa música que le ponen sin que usted se dé cuenta.

No mire las ofertas de cosas que no necesita.

¿Para qué querría comprar una alfombra persa ahora?

¿A quién va a recibir?

A no ser que la quiera para bailar descalza.

Ahí me retracto altiro.

Ya sé.

Al vecino que le vende las dobladitas y que le hace ojito.

Sé que lo encuentra insalubre y que le molesta que ande sin guantes, que tenga la nariz fuera de la mascarilla. 

Que la tiente tanto a usté como al viru.

No le compre mascarillas que no va a ocupar, si usted no sale.

Baile, señora.

Se lo recomiendo.

No descargue aplicaciones que le avisan si está temblando.

No sea ridícula. 

Si viene un terremoto ya veremos.

Su marido siempre decía que había que ahorrar neuronas.

El bailaba mucho cuando llegaba cocío de noche.

De las fiestas de fin de año siempre llegaba caramboleado.

¿No sabe lo que es estar caramboleado?

Le falta baile entonces.

Escuche a Redolés y pregúntese:

¿Cuándo llegará el socialismo?

Porque eso se espera del plebiscito ¿O no?

Báilese una polka, un tango contra la pared.

Practique besos con el espejo, mírese los ojos y enamórese de usted, no queda de otra.

No ponga sus fichas en llenar la despensa.

Destine esa plata en ayuda de la gente que está pasándolo mal.

Realmente mal.

Angustiados, con niños y el frío sobándoles las canillas.

Vamos a tener que movernos para darles la mano.

A ellos no les podría decir que bailen con esta desgracia, pero a pesar de todo, ellos bailan. 

Y los admiro, pero me da pudor decírselo.

Vergüenza de estar en mi computador escribiendo y tomando mate.

El mate lo voy a dejar porque me está desvelando.

Me preguntan por las reuniones de Zoom si trasnoché.

Claro, les digo yo. 

Me quedé bailando. ¿Solo? Me preguntan. Sí, solo.

Es que así es el mate. Así son las preocupaciones.

¿Sabía vecina que el mate es un regalo que le hizo la luna a los guaraníes para que se sentaran a conversar?

Yo lo aprendí ayer.

Pero ellos toman tereré.

Eso es helado.

Y al verano le faltan vueltas.

Capaz que se demore en llegar.

¿Se imagina si nos quieren encerrar por harto tiempo más?

Le insisto que tiene que aprender a bailar.

¿Cómo irá a reaccionar la gente con calor, confinada y bailando?

El vecino que vende pan amasado va a tener que ofrecer cubos de leche o de jugo de frutilla o de melón tuna.

Y usted va querer comprar varios para tener por si acaso llega.

¿El socialismo? Se preguntará usted.

NO.

Recuerde que esta vez es a la inversa.

Usted diga que SÍ.

SÍ, APRUEBO.

Que SÍ quiere cambiar la constitución.

Yo sé que usted cree en esa vía.

Le encanta cumplir con su deber cívico.

Usted votó por el plebiscito del 88.

Fue concertacionista.

Nueva mayorista.

Coqueteó con Lavín eso sí.

Ahí se me cayó.

Se le hizo agua la boca con los parques de nieve en pleno verano.

También se sonrió con el Kiki challenge de la Kathy Barriga. 

Esa es la famosa Robotina.

¿Qué pensarán el Pera y el Salfate?

Maldita sea, deben decir en su interior.

Y usted debe pensar, maldita sea no atreverme.

A propósito ¿Le pagó el kit de cuarentena a la vecina de la torre b?

B de baile.

B de billetera para pagarle todo lo que le vende.

Se me olvida que le anota al lápiz y le cobra lo de la semana completa.

Algo así como un crédito, porque así le gusta a usted.

 

Vi que a su casilla le sigue llegando el Mercurio.

¿Hasta cuándo?

Y no me diga que cuando llegue el socialismo.

Usted sabe muy bien lo que hace Agustín y que él no cree en esos proyectos colectivos.

Engañe a otro diciéndole que le es imposible renunciar a la suscripción.

Yo renuncié a mi trabajo y tengo más suerte que usted.

Usted lee a mentirosos patológicos y les cree.

Y usted se persignaba los domingos, cuando había misa en el San Juan, que le queda en la esquina, atrás del paradero.

¿Cuándo llegará la ofrenda y la señal de la paz?

¿Pensó que le iba a hablar del So…cia…lis…mo?

No me mire como diciendo qué está hablando este negro de mierda.

No se equivoque conmigo.

Yo uso cortinas de papel kraft.

Usted tiene una vitrina comprada en Muebles Sur.

Yo la mía la compré en la feria de Arrieta. 

La trajimos en la camioneta del amigo que la vendía. 

De don Ivo. Como el Basay.

Le aproveché de pasar un refrigerador malo que yo tenía en la casa a don Ivo.

Usted piensa en mandarlo a arreglar para mantener más comida congelada. ¿Para qué hace eso?

Ya veremos si es necesario.

Salga a pasear a su perro, señora.

Afuera hay sol y le hace bien la vitamina D. 

D de Danza.

El necesita estirar las piernas y usted también.

Lea lo que dice el diario mural: 

“15 claves para entender por qué a las mascotas no se les pega el viru.”

A propósito, hay una oferta de nueces orgánicas que se la recomiendo.

 

Su marido se murió y usted no maneja.

Ese auto que tiene ahí… Me pregunto…

¿Le interesaría que yo se lo trabajara?

Usted pone la bencina, y yo la mano de obra.

Usted el auto, y yo la licencia de conducir.

Entre que se llene de polvo o se llene de monedas…

¿Cree usted que haciendo esto, llegue el socialismo?

 

PAUSA

 

Le cambio lo que tengo en el bolsillo por su auto.

Así. 

Mano a mano.

Aunque pierda.

Aunque perdamos ambos.

¿Se podría correr el riesgo?

Y si todo falla, bailemos.

Yo le enseño.

Correteamos a las arañas que están debajo de los sillones.

Y si es arrítmica, se bailará así no más. 

A lo loco.

Van a volar los mercurios.

Van a caer como hojas en otoño y se van a pegar en el barro, como cuando usted quiere quedarse acostada viendo Netflix o durmiendo a pata suelta y le suena el timbre.

Hágale caso a su instinto y óbvielo. 

Duerma no más, sin pudor. 

Por último, sueñe que baila sola.

Sienta el castillo que tiene en su piel, así como esa canción hermosa de la que le hablé al principio.

 

Vicente Larenas Añasco. 1983. Dramaturgo, director y actor de teatro. Fundador de la compañía Caldo con Enjundia teatro-Chile. Colaborador en Revista Lecturas.

 

 

 

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=wmN3vFIukk4&ab_channel=SonsOfKemet


Cerebros que suenan

Cerebros que suenan

A los 13 años, Friedrich Nietzche declamó que “la música nos habla a menudo más profundamente que las palabras de la poesía, en cuanto que se aferra a las grietas más recónditas del corazón”.

… O más bien las grietas más recónditas del cerebro.

Porque, desde antes de aquella frase, dentro de la mente del pequeño Nietzche ya rondaban partituras, y la música llegó a ser tan importante en su vida que compuso 70 obras musicales. Una de sus novelas más icónicas, Zaratustra, – al parecer, además de compositor, también era filósofo - fue escrita en versos, con una intención musical, y más tarde fue adaptada por nada menos que Richard Strauss, cuyo poema sinfónico sería utilizado por Kubrick como banda sonora de una de las introducciones más legendarias del cine de ciencia-ficción.

La vida y el legado del mismo Nietzche prueban que no solamente la música se acopla bien con pensamientos sino que los amplifica, y en algunos casos los completa.

Para nuestro cerebro, la música es más que un complemento del lenguaje, sino un lenguaje en sí mismo: según el neurólogo Oliver Sacks, “somos una especie tan lingüística como musical”; nuestro cerebro está tan bien desarrollado para interpretar las notas como lo está para tratar palabras, y aún resulta un gran misterio el porqué es tan bueno haciéndolo: ¿Tendría algún sentido evolutivo? ¿Nuestra supervivencia como especie dependerá, en cierto grado, de la música?

En cierto modo, sí. Todos los días, nuestra vida depende del ritmo de nuestro corazón, dictaminado por el cerebro, como un metrónomo que nunca debe fallar.

Nuestro humor, incluso, es afectado por la frecuencia de nuestras ondas cerebrales de la misma manera en que un estilo musical se caracteriza por el uso de ciertas notas. Tanto así, que la “amusia” (es decir, la incapacidad de reconocer o reproducir tonos y ritmos musicales) es considerada por muchos neurólogos como un indicio de que algo no anda del todo bien en la cabeza, pues, de hecho, puede generar problemas con la dicción o la escritura.

Nuestra mente funciona como una rockolla, adaptando lo discos y estilos de nuestras canciones internas a lo que vivimos y sentimos. Es más, algunos cerebros son capaces de generar música y sonidos para sí mismos. Y, aunque esto pueda parecer para muchos músicos como un superpoder envidiable, las alucinaciones auditivas son de los síntomas más característicos de la esquizofrenia (quizás en parte a eso se debía el talento para improvisar en piano de Thelonious Monk…)

Entonces, ¿qué viene primero? ¿El huevo o la gallina? ¿El cerebro busca la música que mejor se sincroniza con la suya o la música altera los ritmos que se manejan en nuestra cabeza? ¿Escuchamos canciones tristes cuando estamos deprimidos porque se sincronizan con el ritmo de nuestras ondas, o somos nosotros quienes nos sincronizamos a la frecuencia de dichas canciones?

Algo indudable es que la música nos impacta profundamente. Es capaz de inducir trances y alterar la conciencia a través de cantos chamánicos o conciertos de ‘psytrance’, e incluso incidir en lo que pensamos y escribimos: estoy seguro de que no soy el único que escribe o estudia con música. Es más, yo tengo una playlist “inspiradora” para escribir, y habrá quienes argumenten que sus efectos se deben a los estímulos de las ondas alpha de mi cerebro, ligadas a la inspiración y la meditación…

No faltarán los laboratorios que querrán capitalizar este fenómeno y desarrollar una canción diseñada para estimular la inspiración y el poder creativo con sólo escucharla.

Porque, por más descabellado que suene, ya existe una canción diseñada para reducir los niveles de ansiedad, llamada “Weightless”. Tras una serie de pruebas, esta canción resultó ser tan relajante, que los investigadores a cargo del estudio no recomiendan escucharla al conducir, por riesgo de quedarse dormido.

Existen también muchos estudios que vinculan la música con el comportamiento, y una de las premisas principales del neuro-marketing es poder influir, a través de ciertas canciones, en la decisión de comprar un artículo: algunos niños-rata de un laboratorio en Bélgica afirmarán con certeza que aquella falda que solamente usaste una vez (y que lleva años escondida en el armario) la compraste por un impulso inducido por la música pop, alegre y acelerada, de la tienda de ropa. O que la Bossa Nova del nuevo restaurant de Barrio Italia fue lo que te incitó a quedarte más tiempo y pedir un tiramisú carísimo que ni siquiera se te antojaba.

Lo sostendrán con datos duros, porque su trabajo consiste en colocar cascos sobre voluntarios y medir sus ondas cerebrales mientras éstos observan hamburguesas en un monitor.

Pero, tanto la consciencia humana como la música son mucho más complejas que sólo impulsos eléctricos y frecuencias. En realidad, por mucho que avance la ciencia, todavía estamos muy lejos de siquiera saber si se pueden controlar mentes a través de la música.

Aún tenemos muchas más preguntas que respuestas, y ni siquiera tenemos claro si nuestro cerebro es el instrumento que usamos para hacer música, o nuestro cerebro hace música con nosotros.

Matías A. Covacevich (1997). Mexicano-chileno. Licenciado en Ciencias Cognitivas y post-titulado en Comunicación de las Ciencias con un curriculum a la Jackson Pollock. Comunicador científico y escritor frustrado, pero obstinado. Recorrido profesional rimbombante en Letras aún pendiente.

 

 

 


la-calle-sin-puertas

La Calle Sin Puertas

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La Calle Sin Puertas

Cuando estábamos en tercer año de la Escuela de Teatro nos tocó tener clases de actuación con Alexis Moreno. Yo había visto alguno de sus trabajos, que en esos años (2004), era lo mejor que se podía ver en el teatro emergente chileno, principalmente por la experiencia estética que implicaba asistir a sus obras, escritas y dirigidas por él, alcanzando alto nivel de ironía y oscuridad. Para recordar la profundidad de esas experiencias tengo que hacer memoria, pues lo que perdura tiene que ver con las imágenes que ese teatro configuraba, muy distintas a las que había visto hasta entonces. Lo que tengo en la memoria, compone un amplio campo semántico: colores plásticos, muertes en escena, lágrimas marcadas por el rímel corrido, personajes que son objetos, ángeles, personajes que son marcas, mitos urbanos, cultura popular, folclore rancio, personajes llorones, estúpidos, ignorantes, atrapados, poderosos, ingenuos, víctimas, sangre, efectos especiales, actos súbitos en escena, absurdo y alta dosis de crueldad. Mediante todo esto y más, se exponía, la mayoría de las veces a través de un relato inverosímil, lo deplorable de la conducta humana, marcada por un individualismo extremo puesto en tensión con la fragilidad emocional de los personajes y el contexto histórico que los contenía, insertando la comedia en la tragedia (o el absurdo). Alexis, junto a Teatro La María, creaba mundos que llevaban los recursos escénicos hasta hacerlos explotar en tu cabeza.  Todo era patético, sobre todo porque era hermoso a la vista, lo que lo hacía dramático. El Alexis profesor, cabeza de piñata como le decíamos en nuestras conversaciones de patio, era un chupasangre, que no nos dio tregua en la búsqueda que nos propuso. Un adorable jovencillo apenas 5 años mayor que todos nosotros, pero brillante, obsesivo, estudioso y demasiado divertido. Circulaba el rumor de que había sido mecánico de autos antes de transformarse en artista, lo que cargaba su ser de algo revolucionario que solo el arte podía lograr. Era exigente y generoso, hurgaba en nuestra oscuridad y compartía su mirada del mundo con nosotros, pequeños estudiantes de teatro. Ese semestre tocaba ver vanguardias históricas. Nos hizo investigar, leer, ver infinidad de películas y documentales sobre las guerras mundiales y conocer parte importante del arte desarrollado en torno a estas durante prácticamente todo el siglo XX, reconociendo los mecanismos con los que el arte ha contado la historia del mundo. Leímos sobre existencialismo, hicimos Dadá (lo que nos trajo grandes problemas, pero excelentes historias a todos), investigamos sobre expresionismo alemán, absurdo, Sartre, Camus, Buchner (dramaturgo alemán excepcional, que murió a los 23 años después de escribir tres obras de teatro que cambiaron la dramaturgia alemana para siempre, principalmente con Woyzeck), por supuesto Artaud, Jarry, Ionesco, Cocteau, Brecht (de pasada, porque nos tocaba verlo como tema en sí mismo al año siguiente), surrealismo, Bretón, Dalí, el futurismo de Marinetti, Lili Marleen, Un perro andaluz, Metrópolis, Nosferatu, El gabinete del doctor Caligari, Picasso, Munch, Chaplin, John Cage, Arte conceptual, Happening, Fluxus.

Después de leer, leer y leer, de todas las formas posibles, Alexis nos propuso un texto, que había guardado por años, con el deseo de montar alguna vez. Se trataba de La calle sin puertas (Afuera ante la puerta, en otra traducción) del alemán Wolfgang Borchert. Un texto extrañísimo, por su estructura, el relato y los personajes, entre los que se encuentran un soldado y su otro yo, un empresario de pompas fúnebres, un director de cabaret, el río Elba, Dios, la muerte.

La obra trata sobre el viaje del protagonista, Beckmann, un exsoldado alemán, atrapado por la guerra que vuelve a su ciudad y la encuentra destruida. En sus sueños, que pierden el límite con la realidad, lo persiguen muertos, fantasmas y sí mismo. Es la exhibición de la culpa y el conflicto interno de quien ha asesinado por la patria y, perseguido por sus contradicciones, debe reinsertarse en una sociedad que lo rechaza. Un drama sobre lo que queda después de la guerra. Así introduce el texto su autor:

Un hombre llega a Alemania.
Y entonces es el protagonista de una historia increíble. Durante su transcurso tiene que pellizcarse reiteradamente porque no sabe si vive o sueña. Pero más tarde cae en la cuenta de que a su lado, a derecha e izquierda, hay mucha más gente que sufre y pasa por análogas experiencias. Y piensa, por tanto, que todo ha de ser verdadero. Así es, y cuando, al final de la acción, se encuentra de nuevo en la calle, con el estómago vacío y los pies fríos, advierte que todo lo pasado no es sino el repetido argumento de la película cotidiana, la vida de cada día, lo corriente: la historia de un hombre que regresa a Alemania, la historia de uno de tantos. Uno entre tantos que vuelven a casa, pero que nunca llegan, por la sencilla razón de que su casa ya no existe. Y su casa entonces está afuera, ante la puerta. Su Alemania está fuera, a la intemperie en la noche de lluvia, en la calle. Esta es su Alemania.

Hicimos muchos ejercicios con distintos textos y con el texto mismo antes de que Alexis nos asignara los personajes. Me tocó interpretar a La directora de cabaret que, en la versión de Moreno, era atendido por mutilados. Montamos la obra en un galpón de la Escuela de Artes del Arcis. La escenografía estable del montaje era piso de cemento, paredes de cemento y tres cuerpos colgando, encargados de contar los chistes en los entretiempos. Chistes sobre judíos. Algunos personajes tenían dobletes, es decir había dos Beckmann, dos El otro de cada Beckman, muchos personajes del texto original se transformaron y otros fueron creados para el montaje como los colgados, los mutilados, las enfermeras, había una familia alemana inspirada en el documental I love Pinochet (pues si bien respetamos el tema de la guerra en el texto original, nuestros referentes o más bien la obra debía ser un correlato de nuestra propia historia) y el Río Elba, personaje maravilloso que comenzaba la obra hablándole al soldado, desde la penumbra:

Beckmann: ¿Dónde estoy? ¡Dios mío! ¿Dónde estoy?
El Elba: En mí.
Beckmann: ¿En ti? ¿Y quién eres tú?
El Elba: ¿Y quién puedo ser sino yo, muchacho, si te has arrojado al agua desde el embarcadero de Saint Pauli?
Beckmann: ¿El Elba?
El Elba: Eso es, el Elba.
Beckmann: ¿Tu eres el Elba?
El Elba: ¡Claro! ¿A qué vienen esos ojos de asombro? ¿O es que esperabas encontrarte con una muchachita romántica de tez aceitunada? ¿Algo así como un tipo Ofelia, con el pelo suelto adornado de nenúfares? ¿Habías pensado que te podías pasar la eternidad durmiendo dulcemente en mis olorosos brazos de lirio? ¡No hijo, no! Te equivocas: ni soy romántica ni huelo a rosas. Un río que se precie apesta. Sí señor, a petróleo y pescado. ¿Qué buscas aquí?
Beckmann: Dormir. Allá arriba ya no puedo resistir más. Renuncio al juego. Lo que quiero es dormir… 

La escena que me correspondía consistía en recibir a Beckman, humillarlo y despacharlo, para que pasara a otro sitio en su periplo, pues el hombre lo que buscaba era encontrar otra vez su lugar en un país que ya no existía como él lo había conocido. 

Yo estaba obsesionada con Lili Marleen, cantada por Lale Andersen, una canción compuesta a partir del poema que un soldado alemán escribió a su amada y que se transformó en himno de los soldados alemanes y también de los aliados durante la segunda guerra mundial, lo que curiosamente proporcionó un lugar común a ambos bandos. Esa canción apareció durante varios momentos del proceso creativo y si bien no la usamos directamente, de alguna manera inspiró lo que vendría a continuación. Junto a mis compañeras de escena, las mutiladas, que eran las bailarinas del cabaret, algunas sin piernas que se trasladaban sobre tablas con ruedas, otras mancas de ambos lados, todas llenas de vendas y manchadas con sangre, más los colgados y las enfermeras, conformamos un ballet de muerte. Hicimos de nuestra escena un musical, con la dirección de Alexis y el trabajo sonoro de nuestro profesor de música, Alejandro Miranda, que adoró la idea y nos ayudó a elaborar la canción que interpretaríamos, basándose en la melodía de Hello, Dolly!, ícono del musical estadounidense, compuesto por Jerry Herman en 1964. Creamos una escena inolvidable, por lo espectacular, rara, delirante y cruel, gracias al texto y los elementos que la componían. El diálogo se desarrolla entre el  soldado y una empresaria de las artes que le cierra las puertas por falta de talento y experiencia:

La directora de cabaret: ¡Beckmann, Beckmann!... No recuerdo ningún nombre parecido en cabarets. ¿O trabaja usted bajo un seudónimo?
Beckmann: No, soy nuevo. Un principiante.
La directora de cabaret: ¡Ah! ¿Principiante? Mire, amigo, las cosas no son tan fáciles en la vida como usted se las imagina (…) ¿Cuántos años tiene usted?
Beckmann: Veinticinco.
La directora de cabaret: ¿Lo está usted viendo? Aún tiene mucho que aprender… Entérese primero de lo que es la vida. ¿Qué ha hecho usted hasta ahora?
Beckmann: Nada, solo la guerra, pasar hambre, helarme, disparar…, es decir, la guerra. Si no, nada…
La directora de cabaret: ¿Si no, nada? ¿Y qué significa esto? Aún le falta madurar en los campos de batalla de la vida. Trabaje, hágase un nombre y entonces haremos algo bueno…
Beckmann: ¿Pero dónde comenzar? ¿Puede decírmelo? ¡En algún sitio se ha de tener la oportunidad! Tiene que haber un lugar para que los principiantes comiencen. En Rusia no hemos sabido apreciar la vida, pero sí el metal. Mucho metal, rígido y caliente… ¿Dónde podemos comenzar?
La directora de cabaret: A fin de cuentas, no soy yo la que ha enviado a la gente a Siberia.
Beckmann: No, si nadie nos ha enviado a Siberia. Nos fuimos voluntariamente, porque nos dio la gana. Y porque les dio la gana algunos no han vuelto. Ahora se encuentran bajo la nieve, o la arena, ¡todo porque les dio la gana, claro! Para ellos se terminaron las posibilidades. Pero nosotros, los que aun vivimos, somos los que no podemos comenzar en ninguna parte, en ninguna parte…

La escena concluía en el despliegue escénico de las mutiladas, enfermeras y colgados que acompañaban a La directora en una intervención al estilo Broadway en la que se enrostraba a Beckmann su falta de talento. La canción, que tradujimos al inglés para alejarla aún más del personaje y sumar a la lectura del musical, era un poema que el soldado recitaba en el texto:

Valiente mujercita del soldado
De la nación la gloria pura
Hoy la canción nos habla de una gloria
y en realidad todo es basura.

Estribillo: El mundo se reía
mientras yo lloraba.
La sombra de la noche
todo ocultaba.
La luna me ilumina
por uno de los rotos
de la cortina.

Al llegar a mi casa
-seguro puerto-
mi cama ya no era mía
Y yo ahora me pregunto,
por qué no he muerto.

(…)

El musical, como género teatral, en la vida me había interesado, pues jamás lo había disfrutado como espectadora y desconocía su sentido, tal vez. Nunca volvimos a montar la obra, pero el aprendizaje de ese semestre fue de alto impacto en mi vida, no solo por todo lo que conocimos sino también porque Moreno ponía en valor nuestras dificultades y errores, nuestras zonas oscuras, disponiéndolas al servicio del trabajo artístico que realizábamos. A Alexis lo volví a ver este verano, cuando su compañía, Teatro La María, cumplió 20 años y remontaron Las Huachas, donde tuve la oportunidad de mediar un conversatorio entre el elenco y el público. Nos saludamos con mucho cariño y por supuesto recordamos, en nuestro breve cruce de palabras, La calle sin puertas.

Bernardita LiraBernardita Lira Manriquez (1981). Licenciada en Artes Escénicas (Arcis), Máster en Historia del Arte Contemporáneo y Cultura Visual (UNAM-MNCARS). Actualmente coordina procesos de mediación artística y lectora a través del Plan Nacional de la Lectura.

 

 


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Gatita Chalé

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Gatita Chalé

Había un disco, por ahí entre sus cosas, que yo le había regalado. Es jazz judío, lo marqué con una estrella de David, dijo. No tenía idea de qué me estaba hablando, pero encontré la estrella. Quiero escucharlo, me dijo, y al ponerlo me acordé del disco y del mal amante que me lo había regalado. Me dio un poco de asco. John Zorn. ¿Te gusta esto?, le pregunté. Me dijo que hace unos días había sacado el violín y había intentado meterse un poco. Le habían regalado un libro de técnicas de improvisación. 

Estábamos ordenando todo. Había llegado hace rato, pero entre los ensayos con la nueva orquesta, el luto del Papageno y la batalla con los animales, no había tenido tiempo. Los animales, con el cambio de ciudad se habían vuelto salvajes. No le daban tregua. Había entre ellos una ansiedad generalizada que los hacía pelear y robar comida todo el día, sin hambre. Querían estar encima de ella constantemente y, como los niños, se meaban en cualquier parte. Mi mamá no aflojaba; tenía un permanente balde con agua con cloro, como un arma cargada en el cinto. Trapos limpios, clorados también, por todos lados; traperos, atomizadores con agua y bicarbonato, colonia, represalias. Amarres, ganchos, trancas, técnicas antirrobo cada vez más sofisticadas que muchas veces diseñó sin tenerse en cuenta a sí misma. Se quedaba encerrada en el patio por la traba que le había puesto a la puerta, o no lograba abrir un tarro que ella misma había sellado. Los gatos la miraban. 

La casita estaba en una población del sur de Talca. Los vecinos la bautizaron inmediatamente como “gatita chalé”, por los catorce gatos y porque era violinista y salía vestida de gala los días de concierto. Porque era guapa, tenía libros, loza delicada, venía de Santiago. Tenía dos hijas preciosas, santiaguinas, que estudiaban en la universidad. Y se aprendieron los nombres de los gatos. Gala, Marlon, Garfio, Galita, Tití, Tecla, Monona, Ayún, Diego, Peter, Flora, Helena, Chica Superpoderosa, Pilucho. Y las perras, las tres negras; Negra mamá, Tastiera y Fusa. 

Yo iba harto. Pinchaba, escuchaba los ensayos, ordenaba, viajaba con ella a las comunas, le robaba los libros. Tomábamos fernet, martini, malta con huevo, invitábamos gente y nos recurábamos. La orquesta estaba llena de músicos jóvenes y tres o cuatro filarmónicos exonerados del Teatro Municipal, y mi madre llenó de esa energía. Su juventud encontró lugar y se asentó, sabia. Le vino otra vez esa fiebre que le da a uno en la escuela de música, cuando quieres meterle tu instrumento a todo, quieres tocar todo el tiempo, probarlo todo. 

Ordenábamos la casa y fantaseábamos con poner un bar. Escuchábamos a John Zorn, a Bach, veíamos a Fellini, Kieslowski, construíamos juguetes para los gatos, dejábamos entrar el verano. Acabábamos de abrir la última caja, la de los discos y el piso estaba recién trapeado con agua hirviendo. Un vapor de cloro se levantaba del suelo y mi mamá se puso un vestido, sacó su violín y se puso a jugar sobre Bith Aneth.

Delfina Harms (1990). Estudió Licenciatura en Música y Luthería de cuerda clásica en el ex Pedagógico. En el año 2013 se mudó a París para continuar sus00 estudios y comienza a dedicarse a la escritura. En 2014 se instala en Marsella donde migra al grabado y publica su primer libro ilustrado, “Perro Tigre”, presentado en Santiago en Agosto de 2017. En 2019 publica el libro “Nosotras las niñas” con la editorial LarvaPress. Actualmente forma parte del Taller Calicanto donde desarrolla arte gráfico y editorial.

 


papageno

Papageno

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Papageno

Mi papá dijo, nos preguntó en el almuerzo, ¿han llamado a su madre? Sentí como un líquido que se me filtraba por alguna grieta del pecho. Habrán sido semanas. No, le dije, no he hablado con ella. El cuerpo avisa cuando va a llover. El líquido ensanchó la grieta, habrán sido semanas, pensé. El líquido ensanchó la grieta, me mojó las piernas por dentro. Habrán sido semanas. Sentí miedo de escucharla, pero me puse el teléfono en la oreja, rezando. Su voz se metió por mi mano, por mi brazo y me erizó los poros escondidos bajo un chaleco que ella misma había tejido, me hizo temblar y me abrió los ojos como dos lagunas. ¿Qué pasa, Delfina? ¿Qué pasa?, me preguntó mi hermana, me preguntó mi papá. Encontré sangre en la muralla, gritaba. Deben haber jugado con él, está muerto, ni siquiera pude enterrarlo, lloraba. Lo envolví en un pañuelo y salí a comprar veneno, voy a matar esas perras, perras asesinas. 

Le dije que se calmara, colgué el teléfono, preparé una mochila y me fui al terminal para rellenar el vacío que sentía en la clavícula, queriendo mi cuerpo esconder la cabeza de una madre que llora y no encontrándola por ninguna parte. Ella había armado un camión con todas sus cosas, sus 14 gatos, sus 3 perras y su ninfa cantora, el Papageno, y se había ido a cuatro horas de nosotros, al frío, al olor a leña húmeda, a una casa con un patio barroso y lleno de piedras. Ella se había ido arrancando de la pobreza de la música, de los alcaldes, de las corporaciones culturales, de los fondos estatales, de las orquestas herméticas y de la música que se desvanecía. Ella se había ido, y nosotras la habíamos abandonado.

Ese día que las perras mataron al Papageno y que supe que mi mamá lloraba de frío en las noches en su colchón en el suelo de la casa vacía, una represa entera se terminó de trizar en mi pecho y la ola me llevó derecho hasta ella, a la casa donde vivía hacía semanas y que yo no conocía. Tenía un baño sin tina, húmedo y frío. Tenía dos habitaciones con puertas que no cerraban bien. Tenía un living comedor cocina con una columna en el medio y un piso de baldosas que nos hizo caer a todos. Todo húmedo. Todo frío. Todo Talca. Y en la muralla del living, la mancha de sangre café de su amor cantante, que con nada del mundo podía borrarse.

Delfina Harms (1990). Estudió Licenciatura en Música y Luthería de cuerda clásica en el ex Pedagógico. En el año 2013 se mudó a París para continuar sus estudios y comienza a dedicarse a la escritura. En 2014 se instala en Marsella donde migra de la luthería al grabado y publica su primer libro ilustrado, “Perro Tigre”, presentado en Santiago en Agosto de 2017. En 2019 publica el libro “Nosotras las niñas” con la editorial LarvaPress. Actualmente forma parte del Taller Calicanto donde desarrolla arte gráfico y editorial.

 


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Al sur de la memoria

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Al sur de la memoria

Cuando niño tenía varias ensaladas o enredaderas en mi mente. Una de ellas era creer que Los Prisioneros y The Beatles formaban una misma banda. Está confusión -pienso ahora- se produjo durante los viajes al sur con mis viejos, en esa camioneta roja destartalada que se hundía en la lluvia y los helechos, mientras nos acercábamos más y más a tierras huilliches. Viajar conmigo no era fácil, ni siquiera salíamos de Santiago, a menos de una cuadra de la casa de Ñuñoa, y ya estaba preguntando cuanto faltaba para llegar a Maicolpue. Lo único que me sosegaba era jugar al Secreto de la Momia, un juego que consiste en adivinar el personaje o cosa que el otro está imaginando, a través de preguntas sencillas como: ¿tiene pelos? o ¿está vivo ahora?, y sí la respuesta es <si> puedes seguir preguntando, pero si es <no> le toca al que sigue y así hasta achuntarle. Otra de las estrategias de mis viejos para mantenerme entretenido y no volverlos locos, era escuchar música en extintos cassettes y acompañarla con nuestras voces desafinadas; canciones y melodías que dibujan el paisaje de mi infancia con sus ritmos. Valparaiso del Gitano Rodriguez me sigue conmoviendo. La voz de la Violeta incluso hoy me resuena junto a los saltos duros de la Toyota. En esos cassettes las canciones no seguían un orden claro, pues habían sido grabadas directamente de la radio. Su organización era el gusto de la persona que las grabó cuando pudo y no la coherencia del álbum original. Ese orden musical para los viajes estaba a cargo de mi madre, una fanática empedernida de The Beatles. El Sargent peppers es ella y no mi padre, quien es Led Zeppelin, sobre todo Black dog. Recuerdo perfectamente cuando me mostró mi viejo ese tema y no podía dejar de moverme y saltar sobre el sillón y querer escucharlo una y otra vez. Después de eso me prohibió escucharlo. Como es evidente, Tren al sur no podía faltar en esos viajes, como tampoco las canciones de los ingleses, que en mis oídos se sobreponían unas sobre otras armando un solo amasijo sonoro que yo disfrutaba indistintamente. Lo que quiero decir es que para ese niño las dos bandas eran parte de un continuo gozoso, una misma y desordenada pero alucinante armonía. No recuerdo bien cuando me di cuenta que estaba confundido, debió ser años después, cuando ya habíamos abandonado esa cabaña húmeda rodeada de alerces; como a los doce o por ahí, cuando mi primo comenzaba a estudiar en el Conservatorio guitarra clásica y me mostraba otro tipo de música -como King Crimson, Frank Zappa o The Who, entre otras.- alejada de las huevadas que escuchaban mis compañeros  -Blink 182 o Limp Bizkit-; debió ser por ahí, mientras escuchábamos Revolver y decirle a este huevón oye, no cachaba este disco tan pulento de Los Prisioneros y que se cagara de la risa. Estay mal po primo, si son dos bandas nada que ver, unos son chilenos y los otros ingleses. A pesar de sus enormes diferencias, sigo creyendo que ambas bandas tienen algo en común que las une. Las dos provienen de barrios de trabajadores y no de clase media, no se conocen en la universidad -como los Rollings- sino en la calle. Ambas conformaron la idiosincracia de un país en una época, salvo que unos recorrieron todo el mundo y los otros con suerte Latinoamérica, pero que para mi son una misma emoción: recorrer una carretera perdida, acompañado de seres queridos y que me quieren, a pesar de estar volviéndolos locos.

Cristian Rolf Foerster Montecino (1988). Magister en Arte, mención Teoría e Historia del Arte y Diplomado en Gestión Cultural, ambos de la Universidad de Chile. Licenciado en Letras, mención Literatura Hispanoamericana, de la PUC. Ha publicado Ruido Blanco (Cuneta, 2013) y Balada (Libros del Pez Espiral, 2019). Actualmente cursa el Doctorado en Literatura de la PUC y es secretario de la Fundación Rectángulos de Agua. Patrimonio, Arte y Cultura.

 


abril-94

Abril 94

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Abril 94

En el 94 el teléfono estaba a la entrada de la casa, sobre una mesa de máquina de coser marca Singer pintada de negro. En esa época las casas aún tenían sala de estar (ahora parece ser cada vez más difícil estar) y la nuestra no era la excepción. La voz al otro lado del teléfono era la de mi primera novia (de ascendencia italiana, me dejó por el presidente de curso, pero eso es otra historia) y me decía que Kurt Cobain había muerto. Miré los hoyos que le había hecho al jersey azul que le había robado a mi viejo y luego miré hacia arriba la lámpara de color verde botella. 

Un compañero de curso me prestó el Nevermind, un caset de edición gringa. Ya de partida, la portada no se parecía a nada de lo que había visto. No era oscura en el sentido clásico (al menos no a propósito) y me recordaba a cierto trauma que tenía con las piscinas. Se lo pedí prestado y lo grabé en un caset de cromo que compré especialmente para dicho efecto. Como sobraba un poco de cinta por cada lado, grabé algunas canciones de los Beatles, por lo que al cambiar el lado, siempre sonaba Hello, Goodbye o We can work it out. Me resultaba divertido matizar la amargura y desesperanza de Cobain con el optimismo inocente y melódico de McCartney. Era como tomar café negro con una galletita. 

Mi papá estaba empeñado en hacerme trabajar, porque estaba convencido de que lo único que hacía era ver televisión, escuchar música y hacer collages (puede ser). Pero en una capa más profunda, tal vez se daba cuenta de que nos alejábamos irremediablemente. Entonces me hacía levantarme a las 6 AM  y me llevaba a trabajar con él, a bordo de su furgón destartalado, por caminos de tierra rumbo a la costa, como hacían los hombres. Como era lógico, odiaba la situación (y el silencio instalándose entre nosotros, pesado como la rueda con cemento acostada en la parte trasera del furgón), y entonces me llevaba el Nevermind en el walkman Sony que le había robado a mi hermana (total, apenas lo usaba) mientras surfeaba con los ojos los paisajes costeros de la región del Maule. Cada vez que escucho ese disco, pienso en patos silvestres planeando sobre el lago Vichuquén y en la luna llena iluminando un cerro en cuyos caminos llenos de barro yace un furgón gris en pana. 

Mi mamá me había regalado una camisa de franela verde, muy abrigadora y muy bonita. Hoy daría lo que fuera por recuperarla, pero en aquel entonces, como era demasiado abrigadora y bonita para ser grunge, no la usaba mucho. Con mis amigos salíamos a pasar frío, usando chaquetas delgadas y zapatillas de lona en pleno invierno, para tocar guitarra en la plaza hasta la madrugada, compartiendo botellas y besos bajo la luz amarilla del alumbrado público. Tal vez si en aquella época hubiese elegido el hip hop no hubiese pasado tanto frío. 

Corté el teléfono, fui al living y puse el MTV. Era real: Kurt Cobain estaba muerto. Apagué la tele y subí a mi pieza, donde mi papá había empotrado una radio de auto en la muralla, con un par de parlantes a cada lado. Comenzó a sonar Serve the servants. Habría que buscar nuevas formas de llenar el silencio. 

Nader Cabezas: 42 años. Editor de contenidos digitales y músico autodidacta. Ha publicado los discos Día blanco (2009), Caminos, barrios y gente (2011), El hijo del monstruo (2012), Esfinges (2013), Rocket cinema (2015). Melómano y entusiasta del cine

 

 


De Memorias y Reencarnaciones

De Memorias y Reencarnaciones

En el colegio en que estudié, cuando iba en quinto básico, el centro de alumnos organizó primer festival de destreza musical. Temática libre. Mis amigos cercanos de quinto básico eran el Luna y el Gormaz. El Luna nos propuso preparar un par de temas y presentarnos en la competencia. En ese tiempo yo no tocaba ningún instrumento, fuera de la flauta dulce y el metalófono, que eran de la malla obligatoria de música. Me sabía unas canciones caladas: Mira niñita, Sambalando, Tatatí y otras del cancionero jipón exiliado. En kínder nos aprendimos Que la tortilla se vuelva y Arriba en la cordillera. 

La cantamos a coro en el acto de fin de año, entre aplausos de los apoderados y borras de vino tinto de sus recuerdos.

Ese era mi periplo musical hasta entonces.

Yo no sé tocar, dije. Yo tampoco, pero no debe ser tan difícil, me dijo el Luna. Tú tocai la batería, Gormaz la guitarra, yo canto y toco el bajo.
¿Pero batería yo? Sí, me dijo. Tu tení mejor ritmo que yo. Como era intuitivo, yo acepté. El Luna siempre fue de mentalidad decidida, un caradura y patudo a veces, aunque siempre acertaba. No sabía de donde iba a sacar una batería.

Ese mismo día en la tarde me invitó a su casa después del taller de fútbol y le pidió a su hermano que me enseñara el patrón de El baile de los que sobran de Los Prisioneros. Con ese tema nos vamos a presentar. 

Su hermano decía ser baterista. Tenía pósters de los Illya Kuryaki y usaba trenzas. Con mis amigos teníamos una afición por los Illya Kuryaki y el video clip de Abarajáme era nuestra obsesión.

El hermano mayor de Luna, luna grande por ende, nos convenció que el ascenso a la popularidad se abría siendo músico. Que él lo había comprobado. Yo soy baterista, decía, pero no tenía batería, ni siquiera baquetas. 

Da igual, le gustaban los Illya Kuryaki

En ese momento de la vida, alguien que tiene un par de años más, es un referente de alguna manera. Estaba en la media y fumaba. 

Tantas lógicas insulsas que uno despliega en esas edades del bigote plomizo y el cambio de voz.

Despejó la mesa y empezó con los dedos a golpear el patrón de El baile de los que sobran, tarareó la intro, hizo los ladridos de los perros y siguió con la letra: 

Es otra noche más

de caminar

Es otro fin de mes

sin novedad…

(Interludio)

Mis ami…

Ahí entra la batería. ¿Cachaste? En mis ami… 

Luna grande me dio una pincelada básica. 

Anota me dijo: Los golpes con la mano derecha van al Hi hat. Los de la mano izquierda a la caja. El pie derecho al bombo y el izquierdo al pedal del atril del hi hat.  

Lo anoté en un cuaderno sin entender nada. En la micro me fui familiarizando con la terminología que había usado Luna grande.

Cuando llegué a la casa, le conté a mi mamá que íbamos a participar del festival y que yo iba a tocar la batería.

Mi mamá actriz, tenía un colega baterista. Le pidió si me podía hacer unas clases. Él aceptó. Clases dos veces a la semana. Los miércoles en la tarde y los sábados en la mañana. 

Igual que a un niño arquero que le compran guantes nuevos y espera la pichanga para estrenar, mi mamá me compró baquetas en el Portal Lyon y esperé la primera clase ansioso.

El colega de mi mamá tenía dos bandas; un tributo a The Ramones y la otra, era la banda de una compañía de teatro muy conocida en el circuito.

La primera vez que nos vimos, llegó con olor a copete y sin la batería. Me hizo escuchar un caset completo de Don Ramones. Así se llamaba su banda tributo. El sonido era muy artesanal, de garaje, coherente con su apariencia. Es para que sepas con quién vas a aprender a tocar, me dijo. Yo puse atención a la música mientras le miraba los bototos negros con que andaba. Tenían cordones rojos. ¿Cuándo fue la primera vez que descubriste la música? Abrió una ventana, prendió un cigarro y se dispuso a escucharme. Le hablé de los Yllia Kuryaki, por supuesto. 

Quedé contento, a pesar que no pude estrenar las baquetas.

La segunda clase fue un sábado en la mañana. Traía la batería en su auto. Era una Tama Swingstar. Algo como el balanceo de las estrellas. Buen instrumento. Otra vez el olor a copete. Claramente había una tendencia al alcohol, pero qué importaba. Yo estaba duchado y había tomado desayuno. Él venía de una fiesta, seguro. 

-Me atrasé un poco, se excusó. ¿Vives lejos? Le pregunté. A la misma distancia que tú de mi casa. 

Se saludó con mi mamá. Se tenían muy buena onda. Mi mamá ofreció ayuda para bajar la batería.

-No. –Dijo seco el profe. -Tiene que saber lo que pesa el instrumento que eligió. 

Por primera vez vi un desafío a la sobreprotección de mi mamá. Se sonrojó y acató. Quizá era parte del aprendizaje y ella poco sabía de baterías y de punkrock. 

Tuve que entrarla yo sólo. Ellos conversaban de un estreno que habían visto hace un par de días y de gente que yo no conocía. 

La instalamos en una pieza chica para que yo aprendiera. Qué altruismo. Un ser humano muy particular. Hablaba en claves que estaban a mitad de camino entre mi mamá y yo, y a pesar que tenían edades similares, inclinaba la balanza a la juventud eterna más que a sentar cabeza. No tenía la responsabilidad de criar. Era el profe punki. 

En dos clases, me había hecho dos jugadas que no preví. 

Era un muy buen inicio. Le agarré confianza. 

Además, toda la semana había practicado imaginariamente la combinación de golpes. Quería sentarme en el sillín y mostrarle al profe que había practicado. Quería estrenar las baquetas. 

Las estrené, pero con una repetición tediosa de golpes cuadrados. Plato bombo, plato caja. Plato bombo, plato caja. Toda la clase así. Me dijo que tenía buen ritmo. 

Dejó la batería para que practicara.

Luna y Gormaz hablaron con mi mamá para que nos dejara ensayar ahí hasta el festival. Era más fácil mover una guitarra y un bajo que los tambores. Mi mamá aceptó. Al primer ensayo, llegó un fierro al techo. Algún vecino desesperado por el ruido. Mi mamá compró napa y forramos con mis amigos la pieza completa. 

Pasaba las tardes sólo. Empezamos a fumar nuestros primeros cigarros y a escuchar a Los Prisioneros sistemáticamente. Eso me había sugerido el profe.

Al otro día nos inscribimos en el concurso. Necesitábamos un nombre de banda. Los reos le pusimos. La alusión estaba clara. Había que pagar una suma simbólica de dinero que iba en ayuda de un campamento que estaba cerca del colegio, que, a pesar de ser privado, ligaba todas las iniciativas a lo social. Era un oasis en medio de una población.

Seguí con las clases los miércoles y los sábados, y ensayaba con mis amigos día por medio. 

Agarré soltura en mis muñecas. Luna y Gormaz notaron mi avance.

La semana de la presentación, llamé por teléfono al profe. Le pedí si podía dirigirnos a los tres en un ensayo definitivo. Claro, me dijo. Nos vemos el miércoles en la tarde. 

Luna y Gormaz ya dejaban sus instrumentos en mi casa. Iban todos los días después de clases. 

Almorzábamos croquetas de pescado congeladas y puré instantáneo todos los días. No invertíamos tiempo en preparar nada muy elaborado. 

El miércoles del ensayo general, el profe no llegó. 

Estaba preso. 

Había chocado con un poste. Ensayamos igual.

Ese viernes nos presentamos en el patio del colegio. Era invierno y salimos con poleras y pelo engominado a tocar. Obtuvimos el segundo lugar en la competencia. Nada mal para ser unos principiantes. Ganó el flaco Greene de octavo que tocaba flauta traversa y estudiaba en el conservatorio. Era del gusto de los profes. Nosotros éramos del gusto del alumnado.

Fue un despertar en muchos aspectos. Nos hicimos conocidos para los más grandes. Me atreví a declararle mi amor a una chica de séptimo y fue mi primer pololeo. La banda duró un par de años más y para las kermeses tocábamos un repertorio que incluía Nirvana, los Guns´n Roses y Sepultura. Nos dejamos el pelo largo. Es que en el colegio se podía ir así. Fuimos rockeros reputados y abrimos la puerta a los que venían después que nosotros.

Mi profe desapareció. La batería quedó en mi casa. Hasta que un día, me lo encuentro en un estreno de mi mamá en el teatro Antonio Varas. 

-Tengo tu batería, le dije. ¿Seguís tocando? Sí. Te la regalo, y se empinó la copa de champaña al seco. –Esas weás tienen que circular. Pa eso las hicieron.

Yo ya le había comprado parches nuevos, más platos y un doble pedal. Era mía hacía un tiempo, sólo faltaba hacerlo oficial. 

A ese profe le debo mucho. Cuando lo vea lo voy a abrazar y se lo voy a decir.

Con mis amigos seguimos en contacto hasta ahora. 

El Luna se dedicó a la música y el Gormaz vive en Suiza, en los Alpes y es instructor de escalada. Seco.

Salimos del colegio y yo me fui a vivir a Los Lleuques, a un campo de mi abuelo. Vendí la batería y me compré un udú en Pomaire y un caballo. En la montaña es más necesario un caballo que una batería. 

Escuchaba el galope y era percusión. La bomba que extraía agua de la noria, tenía un ritmo. Se me había clavado el sentido sonoro.

A los dos años volví a Santiago. Mi hermano estaba con depresión y no quise estar lejos en ese momento. 

Me metí a estudiar con un cubano percusión latinoamericana. Toqué en bares, en la micro, y en combos. Las fiestas no las cuento, porque las fiestas son con música en vivo. No hay de otra.

Un día caminando con mi hermano por Plaza Egaña, vimos a un grupo evangélico con banda de música. 

La batería. 

Sonaba parecida. Me acerqué y tenía las mismas marcas y los mismos scotchs pegados. Era la Tama Swingstar, sólo que el parche delantero del bombo tenía una leyenda que decía “Dios es más grande que tu problema”.

Nos quedamos escuchándolos un rato. Había sol.

Se instalaban los sábados en la tarde a tocar frente al teletrak. Querían convencer a los descarriados, pero los viejos ludópatas les echaban la talla y seguían pendientes de los caballos fina sangre del hipódromo, las quinelas y las superfectas.

Un sábado pasé y habían renovado la batería. Al baterista también. 

Se la vendimos a un chinchinero, me respondieron cuando les pregunté. Sé que los chinchineros las intervienen, les cortan la longitud de fondo y las rompen para armar su herramienta de trabajo. 

Quizá en qué lugar terminó la Tama Swingstar. 

La nombré la callejera errante. 

La que llegó en un auto, se transformó en caballo y después se fue en carruajes a golpear la puerta de los ángeles, con sus platillos como timbres celestiales y los bombos marcando el pulso de los feligreses que escuchaban las alabanzas en las bancas de la Plaza Egaña. 

Ojalá que ruede por más tiempo. Ojalá que siga en manos de alguien que la use. 

Así fue el regalo que me hizo el profe.

Así tiene que terminar.

Vicente Larenas Añasco. 1983. Dramaturgo, director y actor de teatro. Fundador de la compañía Caldo con Enjundia teatro-Chile. Colaborador en Revista Lecturas.

 

 

 

 

 


show-no-mercy

“Show no mercy”

“Show no mercy”

Tenía once o quizás doce años, cuando un amigo/novio metalero de mi hermana mayor, en un acto casi espiritual o epifánico, me prestó el cassette original americano de Slayer “Show no mercy”. Era verano y corría el año 1988, en el calendario occidental. Yo creo que básicamente estaba intentando ganarse mi cariño como cuñado, pero esa es otra historia, así que mejor quedémonos con la espiritualidad del acto, aunque pienso que lo que hacía este personaje era más bien una campaña de satanización infantil por el barrio. Esto último sí fue logrado.

En fin, les comenté a mis dos mejores amigos este suceso y nos juntamos al otro día en la casa de uno de ellos, sus padres trabajaban largas jornadas fuera de la casa, solo estaba su nana y su hermana chica. Fuimos a su pieza en el segundo piso, nos encerramos ahí y puse el cassette en la radio tipo Boombox que le habían regalado la navidad pasada. 

Cuando eres un pre púber durante la década de los 80, lo único importante para tí es callejear, andar en bicicleta o inventar pichangas, meterte a una pieza a escuchar música no era gran panorama. O quizás sí .Eso quedó claro un rato después.

Recuerdo como se movió mi cabeza por dentro con la intro del primer tema y su demoledora explosión de guitarras y baterías.¿Qué es esto? Me preguntaba mientras nos mirábamos con mis amigos y nos movíamos intentando seguir el ritmo o el sonido que salía por los parlantes. Tocábamos guitarras imaginarias y saltábamos como locos.

Si bien, me gustaba mucho la música new wave que escuchaban otros amigos, o la música popular en español que sonaba en la radio de mi casa, hasta el momento nunca había oído algo parecido a esto. El lado A del cassette terminó y descansamos un poco. Ha sido una descarga de energía trascendental. Tomamos un poco de bebida con unas marraquetas con queso que nos preparó la nana de mi amigo. Era un día casi perfecto. Digo casi porque aún no escuchábamos el lado B.

Gritábamos eufóricos, lo que se nos ocurriera en el instante, la hermana chica de mi amigo entró de imprevisto a la pieza y solo atino a reírse de nosotros, mi amigo la echo de un empujón, su llanto no se escuchó mientras bajaba las escaleras.

Nos tomó sólo treinta y cinco minutos entender que solo eramos niños queriendo entrar en un mundo de sonidos diferentes y que disfrutamos como si fuera la llegada de una bici nueva en navidad o ir al estadio a ver una final del campeonato. Era una alegría distinta, expresada a través de una música, que si bien era mal vista en esos tiempos de libertades vigiladas y padres sobre protectores, no fue impedimento para encontrar en ella un refugio al mundo externo e intentar vivir nuestras propias reglas desde ese día en adelante.

Nunca encontré al diablo visitándome por las noches debajo de mi cama y nunca tuve la intención de matar a mi mejor amigo con un cuchillo. Muy por el contrario esta música me propuso pasarlo bien, vivir la vida, reír, andar más rápido en la bici, jugar mejor las pichangas del barrio o, incluso, tener mejores notas en el colegio para comprarme mas cassettes de ese estilo. Lo de las mejores notas en el colegio nunca funcionó, pero logré igual conseguirme o grabar discos completos de la radio. Era más barato comprar cintas vírgenes y hacerlo de esa manera. Era el pirateo de esa época.

Nunca he dejado de escuchar Thrash metal y todos los derivados de esta música, pero sí agradezco poder haber logrado abrir la cabeza a diversos estilos que me parecían en un principio muy lejanos, pero hoy en día me parecen tan cercanos y motivantes en mi vida como lo fue ese  primer disco de Slayer una tarde de verano en los 80´s. Actualmente ya no los escucho la verdad, hay diferencias de pensamiento que me alejaron de ellos, pero esa es otra historia.

Juan Manuel aburto Z. (1976) Realizador audiovisual, fotógrafo, melómano y escritor en proceso. Cincoojos en Instagram.