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Al sur de la memoria

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Al sur de la memoria

Cuando niño tenía varias ensaladas o enredaderas en mi mente. Una de ellas era creer que Los Prisioneros y The Beatles formaban una misma banda. Está confusión -pienso ahora- se produjo durante los viajes al sur con mis viejos, en esa camioneta roja destartalada que se hundía en la lluvia y los helechos, mientras nos acercábamos más y más a tierras huilliches. Viajar conmigo no era fácil, ni siquiera salíamos de Santiago, a menos de una cuadra de la casa de Ñuñoa, y ya estaba preguntando cuanto faltaba para llegar a Maicolpue. Lo único que me sosegaba era jugar al Secreto de la Momia, un juego que consiste en adivinar el personaje o cosa que el otro está imaginando, a través de preguntas sencillas como: ¿tiene pelos? o ¿está vivo ahora?, y sí la respuesta es <si> puedes seguir preguntando, pero si es <no> le toca al que sigue y así hasta achuntarle. Otra de las estrategias de mis viejos para mantenerme entretenido y no volverlos locos, era escuchar música en extintos cassettes y acompañarla con nuestras voces desafinadas; canciones y melodías que dibujan el paisaje de mi infancia con sus ritmos. Valparaiso del Gitano Rodriguez me sigue conmoviendo. La voz de la Violeta incluso hoy me resuena junto a los saltos duros de la Toyota. En esos cassettes las canciones no seguían un orden claro, pues habían sido grabadas directamente de la radio. Su organización era el gusto de la persona que las grabó cuando pudo y no la coherencia del álbum original. Ese orden musical para los viajes estaba a cargo de mi madre, una fanática empedernida de The Beatles. El Sargent peppers es ella y no mi padre, quien es Led Zeppelin, sobre todo Black dog. Recuerdo perfectamente cuando me mostró mi viejo ese tema y no podía dejar de moverme y saltar sobre el sillón y querer escucharlo una y otra vez. Después de eso me prohibió escucharlo. Como es evidente, Tren al sur no podía faltar en esos viajes, como tampoco las canciones de los ingleses, que en mis oídos se sobreponían unas sobre otras armando un solo amasijo sonoro que yo disfrutaba indistintamente. Lo que quiero decir es que para ese niño las dos bandas eran parte de un continuo gozoso, una misma y desordenada pero alucinante armonía. No recuerdo bien cuando me di cuenta que estaba confundido, debió ser años después, cuando ya habíamos abandonado esa cabaña húmeda rodeada de alerces; como a los doce o por ahí, cuando mi primo comenzaba a estudiar en el Conservatorio guitarra clásica y me mostraba otro tipo de música -como King Crimson, Frank Zappa o The Who, entre otras.- alejada de las huevadas que escuchaban mis compañeros  -Blink 182 o Limp Bizkit-; debió ser por ahí, mientras escuchábamos Revolver y decirle a este huevón oye, no cachaba este disco tan pulento de Los Prisioneros y que se cagara de la risa. Estay mal po primo, si son dos bandas nada que ver, unos son chilenos y los otros ingleses. A pesar de sus enormes diferencias, sigo creyendo que ambas bandas tienen algo en común que las une. Las dos provienen de barrios de trabajadores y no de clase media, no se conocen en la universidad -como los Rollings- sino en la calle. Ambas conformaron la idiosincracia de un país en una época, salvo que unos recorrieron todo el mundo y los otros con suerte Latinoamérica, pero que para mi son una misma emoción: recorrer una carretera perdida, acompañado de seres queridos y que me quieren, a pesar de estar volviéndolos locos.

Cristian Rolf Foerster Montecino (1988). Magister en Arte, mención Teoría e Historia del Arte y Diplomado en Gestión Cultural, ambos de la Universidad de Chile. Licenciado en Letras, mención Literatura Hispanoamericana, de la PUC. Ha publicado Ruido Blanco (Cuneta, 2013) y Balada (Libros del Pez Espiral, 2019). Actualmente cursa el Doctorado en Literatura de la PUC y es secretario de la Fundación Rectángulos de Agua. Patrimonio, Arte y Cultura.