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La Calle Sin Puertas

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La Calle Sin Puertas

Cuando estábamos en tercer año de la Escuela de Teatro nos tocó tener clases de actuación con Alexis Moreno. Yo había visto alguno de sus trabajos, que en esos años (2004), era lo mejor que se podía ver en el teatro emergente chileno, principalmente por la experiencia estética que implicaba asistir a sus obras, escritas y dirigidas por él, alcanzando alto nivel de ironía y oscuridad. Para recordar la profundidad de esas experiencias tengo que hacer memoria, pues lo que perdura tiene que ver con las imágenes que ese teatro configuraba, muy distintas a las que había visto hasta entonces. Lo que tengo en la memoria, compone un amplio campo semántico: colores plásticos, muertes en escena, lágrimas marcadas por el rímel corrido, personajes que son objetos, ángeles, personajes que son marcas, mitos urbanos, cultura popular, folclore rancio, personajes llorones, estúpidos, ignorantes, atrapados, poderosos, ingenuos, víctimas, sangre, efectos especiales, actos súbitos en escena, absurdo y alta dosis de crueldad. Mediante todo esto y más, se exponía, la mayoría de las veces a través de un relato inverosímil, lo deplorable de la conducta humana, marcada por un individualismo extremo puesto en tensión con la fragilidad emocional de los personajes y el contexto histórico que los contenía, insertando la comedia en la tragedia (o el absurdo). Alexis, junto a Teatro La María, creaba mundos que llevaban los recursos escénicos hasta hacerlos explotar en tu cabeza.  Todo era patético, sobre todo porque era hermoso a la vista, lo que lo hacía dramático. El Alexis profesor, cabeza de piñata como le decíamos en nuestras conversaciones de patio, era un chupasangre, que no nos dio tregua en la búsqueda que nos propuso. Un adorable jovencillo apenas 5 años mayor que todos nosotros, pero brillante, obsesivo, estudioso y demasiado divertido. Circulaba el rumor de que había sido mecánico de autos antes de transformarse en artista, lo que cargaba su ser de algo revolucionario que solo el arte podía lograr. Era exigente y generoso, hurgaba en nuestra oscuridad y compartía su mirada del mundo con nosotros, pequeños estudiantes de teatro. Ese semestre tocaba ver vanguardias históricas. Nos hizo investigar, leer, ver infinidad de películas y documentales sobre las guerras mundiales y conocer parte importante del arte desarrollado en torno a estas durante prácticamente todo el siglo XX, reconociendo los mecanismos con los que el arte ha contado la historia del mundo. Leímos sobre existencialismo, hicimos Dadá (lo que nos trajo grandes problemas, pero excelentes historias a todos), investigamos sobre expresionismo alemán, absurdo, Sartre, Camus, Buchner (dramaturgo alemán excepcional, que murió a los 23 años después de escribir tres obras de teatro que cambiaron la dramaturgia alemana para siempre, principalmente con Woyzeck), por supuesto Artaud, Jarry, Ionesco, Cocteau, Brecht (de pasada, porque nos tocaba verlo como tema en sí mismo al año siguiente), surrealismo, Bretón, Dalí, el futurismo de Marinetti, Lili Marleen, Un perro andaluz, Metrópolis, Nosferatu, El gabinete del doctor Caligari, Picasso, Munch, Chaplin, John Cage, Arte conceptual, Happening, Fluxus.

Después de leer, leer y leer, de todas las formas posibles, Alexis nos propuso un texto, que había guardado por años, con el deseo de montar alguna vez. Se trataba de La calle sin puertas (Afuera ante la puerta, en otra traducción) del alemán Wolfgang Borchert. Un texto extrañísimo, por su estructura, el relato y los personajes, entre los que se encuentran un soldado y su otro yo, un empresario de pompas fúnebres, un director de cabaret, el río Elba, Dios, la muerte.

La obra trata sobre el viaje del protagonista, Beckmann, un exsoldado alemán, atrapado por la guerra que vuelve a su ciudad y la encuentra destruida. En sus sueños, que pierden el límite con la realidad, lo persiguen muertos, fantasmas y sí mismo. Es la exhibición de la culpa y el conflicto interno de quien ha asesinado por la patria y, perseguido por sus contradicciones, debe reinsertarse en una sociedad que lo rechaza. Un drama sobre lo que queda después de la guerra. Así introduce el texto su autor:

Un hombre llega a Alemania.
Y entonces es el protagonista de una historia increíble. Durante su transcurso tiene que pellizcarse reiteradamente porque no sabe si vive o sueña. Pero más tarde cae en la cuenta de que a su lado, a derecha e izquierda, hay mucha más gente que sufre y pasa por análogas experiencias. Y piensa, por tanto, que todo ha de ser verdadero. Así es, y cuando, al final de la acción, se encuentra de nuevo en la calle, con el estómago vacío y los pies fríos, advierte que todo lo pasado no es sino el repetido argumento de la película cotidiana, la vida de cada día, lo corriente: la historia de un hombre que regresa a Alemania, la historia de uno de tantos. Uno entre tantos que vuelven a casa, pero que nunca llegan, por la sencilla razón de que su casa ya no existe. Y su casa entonces está afuera, ante la puerta. Su Alemania está fuera, a la intemperie en la noche de lluvia, en la calle. Esta es su Alemania.

Hicimos muchos ejercicios con distintos textos y con el texto mismo antes de que Alexis nos asignara los personajes. Me tocó interpretar a La directora de cabaret que, en la versión de Moreno, era atendido por mutilados. Montamos la obra en un galpón de la Escuela de Artes del Arcis. La escenografía estable del montaje era piso de cemento, paredes de cemento y tres cuerpos colgando, encargados de contar los chistes en los entretiempos. Chistes sobre judíos. Algunos personajes tenían dobletes, es decir había dos Beckmann, dos El otro de cada Beckman, muchos personajes del texto original se transformaron y otros fueron creados para el montaje como los colgados, los mutilados, las enfermeras, había una familia alemana inspirada en el documental I love Pinochet (pues si bien respetamos el tema de la guerra en el texto original, nuestros referentes o más bien la obra debía ser un correlato de nuestra propia historia) y el Río Elba, personaje maravilloso que comenzaba la obra hablándole al soldado, desde la penumbra:

Beckmann: ¿Dónde estoy? ¡Dios mío! ¿Dónde estoy?
El Elba: En mí.
Beckmann: ¿En ti? ¿Y quién eres tú?
El Elba: ¿Y quién puedo ser sino yo, muchacho, si te has arrojado al agua desde el embarcadero de Saint Pauli?
Beckmann: ¿El Elba?
El Elba: Eso es, el Elba.
Beckmann: ¿Tu eres el Elba?
El Elba: ¡Claro! ¿A qué vienen esos ojos de asombro? ¿O es que esperabas encontrarte con una muchachita romántica de tez aceitunada? ¿Algo así como un tipo Ofelia, con el pelo suelto adornado de nenúfares? ¿Habías pensado que te podías pasar la eternidad durmiendo dulcemente en mis olorosos brazos de lirio? ¡No hijo, no! Te equivocas: ni soy romántica ni huelo a rosas. Un río que se precie apesta. Sí señor, a petróleo y pescado. ¿Qué buscas aquí?
Beckmann: Dormir. Allá arriba ya no puedo resistir más. Renuncio al juego. Lo que quiero es dormir… 

La escena que me correspondía consistía en recibir a Beckman, humillarlo y despacharlo, para que pasara a otro sitio en su periplo, pues el hombre lo que buscaba era encontrar otra vez su lugar en un país que ya no existía como él lo había conocido. 

Yo estaba obsesionada con Lili Marleen, cantada por Lale Andersen, una canción compuesta a partir del poema que un soldado alemán escribió a su amada y que se transformó en himno de los soldados alemanes y también de los aliados durante la segunda guerra mundial, lo que curiosamente proporcionó un lugar común a ambos bandos. Esa canción apareció durante varios momentos del proceso creativo y si bien no la usamos directamente, de alguna manera inspiró lo que vendría a continuación. Junto a mis compañeras de escena, las mutiladas, que eran las bailarinas del cabaret, algunas sin piernas que se trasladaban sobre tablas con ruedas, otras mancas de ambos lados, todas llenas de vendas y manchadas con sangre, más los colgados y las enfermeras, conformamos un ballet de muerte. Hicimos de nuestra escena un musical, con la dirección de Alexis y el trabajo sonoro de nuestro profesor de música, Alejandro Miranda, que adoró la idea y nos ayudó a elaborar la canción que interpretaríamos, basándose en la melodía de Hello, Dolly!, ícono del musical estadounidense, compuesto por Jerry Herman en 1964. Creamos una escena inolvidable, por lo espectacular, rara, delirante y cruel, gracias al texto y los elementos que la componían. El diálogo se desarrolla entre el  soldado y una empresaria de las artes que le cierra las puertas por falta de talento y experiencia:

La directora de cabaret: ¡Beckmann, Beckmann!... No recuerdo ningún nombre parecido en cabarets. ¿O trabaja usted bajo un seudónimo?
Beckmann: No, soy nuevo. Un principiante.
La directora de cabaret: ¡Ah! ¿Principiante? Mire, amigo, las cosas no son tan fáciles en la vida como usted se las imagina (…) ¿Cuántos años tiene usted?
Beckmann: Veinticinco.
La directora de cabaret: ¿Lo está usted viendo? Aún tiene mucho que aprender… Entérese primero de lo que es la vida. ¿Qué ha hecho usted hasta ahora?
Beckmann: Nada, solo la guerra, pasar hambre, helarme, disparar…, es decir, la guerra. Si no, nada…
La directora de cabaret: ¿Si no, nada? ¿Y qué significa esto? Aún le falta madurar en los campos de batalla de la vida. Trabaje, hágase un nombre y entonces haremos algo bueno…
Beckmann: ¿Pero dónde comenzar? ¿Puede decírmelo? ¡En algún sitio se ha de tener la oportunidad! Tiene que haber un lugar para que los principiantes comiencen. En Rusia no hemos sabido apreciar la vida, pero sí el metal. Mucho metal, rígido y caliente… ¿Dónde podemos comenzar?
La directora de cabaret: A fin de cuentas, no soy yo la que ha enviado a la gente a Siberia.
Beckmann: No, si nadie nos ha enviado a Siberia. Nos fuimos voluntariamente, porque nos dio la gana. Y porque les dio la gana algunos no han vuelto. Ahora se encuentran bajo la nieve, o la arena, ¡todo porque les dio la gana, claro! Para ellos se terminaron las posibilidades. Pero nosotros, los que aun vivimos, somos los que no podemos comenzar en ninguna parte, en ninguna parte…

La escena concluía en el despliegue escénico de las mutiladas, enfermeras y colgados que acompañaban a La directora en una intervención al estilo Broadway en la que se enrostraba a Beckmann su falta de talento. La canción, que tradujimos al inglés para alejarla aún más del personaje y sumar a la lectura del musical, era un poema que el soldado recitaba en el texto:

Valiente mujercita del soldado
De la nación la gloria pura
Hoy la canción nos habla de una gloria
y en realidad todo es basura.

Estribillo: El mundo se reía
mientras yo lloraba.
La sombra de la noche
todo ocultaba.
La luna me ilumina
por uno de los rotos
de la cortina.

Al llegar a mi casa
-seguro puerto-
mi cama ya no era mía
Y yo ahora me pregunto,
por qué no he muerto.

(…)

El musical, como género teatral, en la vida me había interesado, pues jamás lo había disfrutado como espectadora y desconocía su sentido, tal vez. Nunca volvimos a montar la obra, pero el aprendizaje de ese semestre fue de alto impacto en mi vida, no solo por todo lo que conocimos sino también porque Moreno ponía en valor nuestras dificultades y errores, nuestras zonas oscuras, disponiéndolas al servicio del trabajo artístico que realizábamos. A Alexis lo volví a ver este verano, cuando su compañía, Teatro La María, cumplió 20 años y remontaron Las Huachas, donde tuve la oportunidad de mediar un conversatorio entre el elenco y el público. Nos saludamos con mucho cariño y por supuesto recordamos, en nuestro breve cruce de palabras, La calle sin puertas.

Bernardita LiraBernardita Lira Manriquez (1981). Licenciada en Artes Escénicas (Arcis), Máster en Historia del Arte Contemporáneo y Cultura Visual (UNAM-MNCARS). Actualmente coordina procesos de mediación artística y lectora a través del Plan Nacional de la Lectura.

 

 


“Ecos que no Volverán” (Fragmento de Adiós de G. Cerati)

“Ecos que no Volverán” (Fragmento de Adiós de G. Cerati)

Época universitaria. Año 2002 en Santiago Oriente. Estudié teatro en el Duoc. Era una mole rosada con forma de signo de interrogación. Siempre me intrigó saber por qué el arquitecto la diseñó así. 

¿

Al final del camino El Alba (literal, después venía el faldeo del cerro), estaba el paradero de la 638. Alrededor de la escuela había bosques. Un oasis realmente, no como hoy, que está inserto en una barriada aspiracional de casas estilo americano de tres pisos y dos autos en la entrada.

Los viernes era un día esperado por los alumnos y se armaba la samba desde temprano. Los estacionamientos que estaban al costado se repletaban desde la mañana con cabros que vendían pitos, pastillas y toda clase de colaciones a la medida de cada uno. 

El bosque tragaba gente sistemáticamente, era patrimonio comunitario. 

El Líder de Camino el Alba, era la botillería más cercana. Entre esperar la micro que pasaba con muy poca frecuencia, lo mejor era ir a pie y volver a dedo. Se aprovechaba de fortalecer los muslos y las amistades que duran hasta hoy.

Se parieron ideas libertarias bajo los sauces, romances de día viernes y ataques de risa eternos. Era inevitable terminar buscando el árbol con mejor sombra y tomando vino en caja. 

Siete años después de egresar, volví al Duoc como profesor. 

Estuve varios años y hubo cursos con procesos memorables.

Fue una segunda pasada por la escuela de teatro. Comprendí cosas que habían quedado truncas cuando fui estudiante. Buen proceso.

El bosque ya no estaba. Al frente, la Scuola Italiana. En la esquina diagonal un Subway, gyms, y lavanderías y una barriada estilo The Truman Show. 

Los postes de luz proliferaron y las camionetas de seguridad ciudadana pasaban a cada rato. A pesar de la ausencia del bosque, cambian los antros. Mis alumnos eran mucho más resueltos y adictos a los químicos. Pareciera que el trago es parte de lo análogo. 

Decirle trago me delata. 

Ellos hablan de M, de trips, del reino funji. Transaban por whatsapp y llegaban en uber a clases. 

Mi renuncia fue abrupta, impulsada por una cátedra del director de la escuela. Estábamos en una semana de retiro docente (Eufemismo para llamar al adoctrinamiento). 

Cuando partió la reunión preguntaron por los desafíos para este año entrante. Surgían iniciativas desde los profesores acerca de cómo fortalecer el bagaje en tanto lecturas y talleres complementarios. Había muchos cirqueros, músicos, semaforistas. Salieron ideas de talleres de iluminación, teatro de calle, profundización en interpretación musical, y…

Momento. Freno en seco. 

Nos explicó que las necesidades de la escuela estaban mutando, que no proyectáramos en nuestros alumnos la idea de instalar contenidos académicos que no estuvieran dentro del lineamiento de Duoc. 

¿Qué significa esto? Preguntó alguien. 

Que no es necesario ponerse creativo. Tomó un sorbo de su café de grano en un vaso con su nombre. Nos dejó claro que no éramos la Chile (Universidad en la que él estudió) ni la Católica, que los alumnos nuestros son casi todos de provincia y la gran mayoría de colegios municipales. Prácticamente es una escuela para oficiantes que ocuparán puestos de trabajo junto a los teatristas salidos de las casas más reputadas.

Nadie objetó. Yo tampoco. Me ahogué. Tuve que salir al patio. Caminar. Yo estudié ahí, putamadre, sentí la violencia de ese lineamiento como propia. Se me posó en la espalda la orfandad de estar trabajando en un lugar de descariño tan categórico con sus muchachos. 

El director de escuela también fue profesor nuestro. Tiendo a pensar que esa fue la diana con que nos medía. 

A pesar de ello salieron compañías de teatro connotadas que se abrieron paso en la escena teatral chilena. Entre ellos grandes amigos.

Lo que me violentaba era lo pusilánime de la cátedra farsante. Una escuela enmarcada en pagarés, quintiles y letras que encasillan por ingresos a sus alumnos. 

Ver la escuela de teatro, espacio trascendente en tanto material sensible que se articula, en manos del snobismo, con nula capacidad de ver las potencialidades. 

El director jugaba como peón que intermediaba entre el trabajo precarizado de los docentes, y el directorio que siempre calculaba todo en monedas.

Cuando renuncié, me costó acostumbrarme. 

El ingreso fijo, la estabilidá.

Esa tarde llegué triste. Dejamos a mi hija con sus abuelos. Mi compañera me invitó unas cervezas esa noche en un bar que está cerca de nuestra casa. 

Estaba frustrado por las esquivas posibilidades, la impotencia de influir en un cambio de paradigma en la escuela. 

Cesante y pensativo.

Me habló de Cerati y la canción Adiós.

Me la cantó incluso:

Quedabas esperando ecos que no volverán
Flotando entre rechazos
Del mismo dolor
Vendrá un nuevo amanecer
Uh uh uh uh

Repasamos memoria de nuestra época de la escuela, (Ambos Duocanos) de los compañeros históricos y el anecdotario. Nos metimos de lleno en los recuerdos. 

Algo con el desapego se instaló en mi cabeza. 

Pagamos la cuenta a medias. La tranquilidad del finiquito duraría un mes más, tiempo para planear los nuevos pasos, y con el ojo lavado y sin legañas.

Caminamos abrazados hasta la casa, chinos de cebada y marihuana. 

En ese tiempo no me hubiese imaginado escribir de ese episodio. 

A ese nivel de impensadas fueron las oportunidades que se abrieron al tomar esa decisión.

Cerati sabía mucho.

Vicente Larenas Añasco. 1983. Dramaturgo, director y actor de teatro. Fundador de la compañía Caldo con Enjundia teatro-Chile. Colaborador en Revista Lecturas.