sequia-valdiviana

Sequía Valdiviana

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Sequía Valdiviana

Una vez mi mamá me llevó con ella de gira. Mi papá se quedó con mi hermana menor y nos fuimos en un viaje de casi dos semanas por el sur. Yo era chica. Chica de perderme, chica de ser regaloneada por todos los músicos como la guagua de la orquesta, de caber debajo de sus sillas durante los ensayos, chica de meterme a las piscinas con alitas. Chica de no entender las peleas entre los músicos, de haber canjeado un juguetito en una máquina y que ese sea mi recuerdo más claro del viaje; un mono de goma de dos colores que olía asqueroso. Chica de coleccionar las mermeladas que dan en el desayuno para llevárselas a mi papá, y después comérmelas con los dedos, llorando por mi fracaso. Chica, como para que mi mamá se controlara e interpretara cabalmente su papel de madre en ese contexto tan ligero y festivo. Pienso en eso y digo, si fuera yo la que se va de gira dos semanas al sur, ni cagando llevo a mi hijo. 

Esa vez viajaba con nosotros la Claudia, hija de una prima de mi mamá, que había fallado en medicina y se había pasado su año sabático con un megáfono en la mano, alegando afuera de todos los edificios gubernamentales por causas que nunca pudo explicarnos, porque imagino que ni ella conocía bien. Seguía al bus de la orquesta en un volvo azul y se colaba en todos los ensayos y conciertos. Tenía casi treinta años y había decidido que se iba a dedicar a la música, aunque no tocaba ningún instrumento ni leía partitura. Aún así no se perdía una nota, decía estar estudiando, y la escuchábamos en la cena comentar los conciertos y hacer sugerencias, todos perplejos, menos yo, que la adoraba y me fascinaba su traje de varón, su pelo corto peinado con gel, sus cigarros con boquillas transparentes y su timbre grueso y agresivo. Nadie le dijo que dejara la quinta de Beethoven en paz y se dedicara al canto, le hubiese ido bien. 

Valdivia fue una de las últimas paradas. Llovía con furia y en vez de hotel, nos instalaron en unas cabañas de veraneo, bien fomes en invierno, con tormenta y las piscinas llenas de lodo. Yo me había pasado toda la gira rondando los hoteles al cuidado de las mucamas y los botones, jugueteando en la recepción y ayudando a hacer las camas. Ahora tenía una caja de lápices de colores -más bacana de lo habitual, debo admitir- y una resma de papel, y estaba encantada, pero era la única; el agua estaba cortada, no se podía ni hacer caca. Las cabañas tenían cocina y habíamos comprado de todo para hacer una cena piola con la Claudia y mi mamá, pero sólo nos habían dado una botella de agua con gas en la recepción. Algunos colegas de mi mamá negociaron unas botellas de pisco y pasaron por nuestra cabaña a invitarnos. La Claudia se puso su blazer y sus zapatitos de una y salió con ellos, aunque no la habían invitado, porque ni siquiera tenía autorizado quedarse con la orquesta, pero ella sorteaba todos los protocolos y convencía a todo el mundo de todo y allá estaba, en una de las cabañas, discutiendo de política con los músicos al pulso de las tapitas de pisco. Y mi mamá se quedó, serena con su decisión de llevar a su hija a la gira y guardarse por una vez de los carretes. Le preocupaba más no tener agua para lavarse el poto, porque siempre que le da ansiedad se lava el poto. Comimos unas galletas de agua con lo que quedaba de mi colección de mermeladas y nos fuimos a dormir. 

Al otro día en la mañana, cuando la Claudia yacía como un globo desinflado en el camarote de arriba, mi mamá se levantó al baño y todavía no había agua. Parte de la orquesta se había dado cabezazos con el pisco durante la noche y estaban deshidratados; nada como una buena caña para buscar pleito, y a primera hora figuraban todos en las puertas de sus cabañas, separados por una lluvia espesa que no paraba de caer, gritándose de allá para acá que cómo era posible, que qué falta de respeto, que sin agua no hay ensayo, que sin agua no hay función. Y mi mamá, que tengo a mi hija aquí, que con quién hay que hablar para lavarse el poto en este puto lugar. Hasta que llegó un funcionario, un tipo estándar, medio calvo, amable y bien vestido, y se paró bajo su paraguas en medio de las cabañas a hablar en nombre del hotel, a pedir disculpas por la demora en las reparaciones, y a pedir que tuviéramos paciencia, que la lluvia dificultaba la obra. La Claudia entendía a medias lo que decía el funcionario y escupía el código del trabajo con la lengua seca, pensando quizá en su megáfono, que sin duda estaba en el volvo azul en alguna calle de Valdivia.

“Seguramente tienen agua que podamos calentar para lavarnos”, dijo mi mamá, pero el funcionario desvió la vista hacia los caballeros de la orquesta y siguió con sus disculpas. Mi vieja era animal de sindicato, sus colegas la conocían bien, sabían cómo se ponía cuando no la escuchaban, y ni siquiera trataron de detenerla. Salió de la cabaña mirando al tipo, se sacó la ropa, le pidió a la Claudia que le trajera jabón, y se lavó el poto bajo la lluvia. 

Los ojos de la Claudia brillaban. Todas las García somos nudistas, eso se sabe, pero ahí estaba su tía, ejerciendo el acto de protesta con el que ella siempre había soñado, y los colegas, que se habían bancado varios carapálida en las reuniones del sindicato, reían y aplaudían, porque estaban con caña, secos por dentro, aburridos y enojados y la cara del funcionario era un regalo.

Mi mamá se entró como una boxeadora cuando vuelve a su rincón, la Claudia esperándola con una toalla y toda la admiración que le cabía en el pecho. En minutos volvió el agua, mi mamá se ganó una invitación a cenar en un restorán de su elección y supe hace poco que la Claudia se graduó en derecho laboral.

 

Delfina Harms (1990). Estudió Licenciatura en Música y Luthería de cuerda clásica en el ex Pedagógico. En el año 2013 se mudó a París para continuar sus estudios y comienza a dedicarse a la escritura. En 2014 se instala en Marsella donde migra de la luthería al grabado y publica su primer libro ilustrado, “Perro Tigre”, presentado en Santiago en Agosto de 2017. En 2019 publica el libro “Nosotras las niñas” con la editorial LarvaPress. Actualmente forma parte del Taller Calicanto donde desarrolla arte gráfico y editorial.